Capítulo 05
A partir del volumen 05, capítulo 06 en adelante — Aviso Importante:
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El orgullo del cazador de dragones no le permitía a León simplemente sentarse a esperar su destino.
Tenía que hacer algo… algo que evitara que terminara como un cadáver seco y exprimido por una dragona en celo.
Después de un breve descanso, León recuperó algo de fuerza.
Se levantó de la cama y echó un vistazo por la ventana.
Todavía recordaba bien la ruta que usaron hace dos años para asaltar el Santuario del Dragón Plateado, y en todo este tiempo, Roshwitha no había remodelado demasiado su guarida.
Eso significaba que aún podía escapar guiándose por su memoria.
Sí. León iba a fugarse.
¿Qué otra opción tenía? ¿Quedarse ahí esperando a que Roshwitha lo montara hasta convertirlo en una carcasa vacía?
La marca de dragón que ella le había dejado grabada en el pecho ya hacía imposible que regresara al Imperio comoLeón Kazmod, el cazador de dragones.
Sería una humillación para toda su carrera, una mancha indeleble en su leyenda.
Tendría que renunciar a todo: nombre, reputación, riqueza, gloria. Tendría que comenzar una nueva vida, como otro hombre.
Pero eso no lo detenía. Si sobrevivió al fuego de los dragones, también podría sobrevivir a esta caída.
Lo único que necesitaba era salir de allí.
Antes de fugarse, se tomó un momento para prepararse.
Revolvió el cuarto de arriba a abajo.
Si Roshwitha lo había mantenido en esa habitación durante sus dos años de coma, entonces era lógico pensar que habría dejado algún tipo de suplemento o medicina allí.
Y tenía razón. Su cuerpo seguía demasiado débil; sin un refuerzo físico, no llegaría ni al primer kilómetro.
Después de revisar cajones y estantes, León encontró una caja llena de ampollas de nutrientes en el buró.
Luego saqueó cualquier cosa comestible en la habitación y las guardó en una bandolera.
Estuvo tentado de dejarle una nota sarcástica a Roshwitha, algo bien venenoso, pero se contuvo.
Si lo atrapaban de vuelta, esa nota sería usada como excusa para hacerle cosas aún peores. Más humillación. Más castigo. Más sexo. Más todo.
En cuanto a la pequeña Moon…
Bueno, supuso que en ese “divorcio” la custodia iba para la madre.
No podía llevársela, ni aunque quisiera. Y dudaba mucho que la mocosa aceptara.
Era más dragona que humana, y tras dos años junto a Roshwitha, seguro que ya estaba completamente de su lado.
De todas formas, lo importante ahora era la actitud. Si iba a huir, tenía que hacerlo como un hombre decidido.
Guardó las provisiones, se puso una sudadera con capucha, y sin mirar atrás, se deslizó fuera de la habitación.
Esperaba encontrar algún tipo de vigilancia, pero el pasillo estaba desierto.
Una oportunidad de oro.
Pegándose a las paredes, León avanzaba con sigilo, deteniéndose en cada esquina para espiar con cuidado.
Pero el Santuario era un laberinto, y al no conocer a fondo su interior, perdió bastante tiempo dando vueltas antes de dar con la salida correcta.
Y para su sorpresa, tampoco había guardias en la entrada principal.
“¿Qué es esto…? El Santuario del Dragón Plateado parece como si hubieran despedido a todo el personal…”
Recordaba perfectamente la ofensiva de hace dos años. Había dragones por todas partes. Defensas impenetrables. Un auténtico infierno.
Ahora parecía un sitio abandonado.
León tragó saliva. “No importa. Corre ahora, pregunta después.”
Bajó las escaleras a toda velocidad, cruzó el patio frontal y se dirigió directo hacia la salida lateral.
Allí se escondió en unos arbustos cercanos, observando cuidadosamente.
Cuatro dragones custodiaban el portón. Salir por ahí era imposible.
—Mierda…
¿Se iba a ir todo al carajo tan pronto?
Vamos, piensa, León.
¿Qué haría tu viejo maestro en una situación así?
…No, mejor ni pensarlo.
Ese viejo desgraciado sin duda habría elegido la salida más humillante: un maldito agujero en la pared.
León negó con la cabeza. No era una opción. Esto era territorio de dragones, no había perros. No iban a dejar un agujero para una mascota inexistente…
Y entonces, lo vio.
Un hueco. No muy lejos del portón. No un agujero de perro, sino uno mucho más grande. Suficiente para que un adulto pudiera pasar de pie.
León se enderezó un poco y midió la abertura.
Perfecto. Era como si lo hubieran tallado a su medida.
—Cuando la suerte está de tu lado… ¡ni la desgracia se atreve a tocarte!
Sin pensarlo dos veces, León cruzó el hueco y se escapó del Santuario del Dragón Plateado.
La huida fue tan fluida que parecía que alguien desde las sombras se lo estuviera facilitando.
Una vez fuera, corrió directo hacia las montañas.
Debía adentrarse en la espesura antes de que cayera la noche. Solo así evitaría que Roshwitha pudiera rastrearlo.
Pero lo que no sabía… es que alguien ya lo había visto todo desde el tejado del Santuario.
Roshwitha.
De pie sobre la baranda, observando con una sonrisa apacible cómo su presa huía.
A su lado, la pequeña Moon apoyaba los brazos en el borde de la terraza, señalando con entusiasmo.
—¡Mamá, mamá, mira! ¡Papá corre rapidísimo! ¡Es genial!
—Sí, lo vi. Es muy bueno huyendo.
—Pero, mamá, ¿papá no se da cuenta de que tú lo dejaste escapar a propósito?
—Él solo quiere libertad. ¿Eso es un crimen? Y acaba de despertar, es normal que no piense con claridad.
—Entonces, ¿cuándo vas a ir a buscarlo?
Los grandes ojos de Moon brillaban como cristales puros.
Roshwitha la miró con ternura. Se agachó lentamente, puso un dedo sobre los labios de la niña y susurró:
—No digas “ir a buscarlo”. Es un poco grosero con tu papá.
—¿Entonces cómo debería decirlo?
Roshwitha sonrió con dulzura. Luego, con una expresión seria, dijo:
—Decimos: “ir a atraparlo”.
Media noche.
León, agotado, llegó a un arroyo para rehidratarse y recuperar fuerzas.
Bebió una ampolla de nutrientes, masticó unas galletas, y se acercó al río para echarse agua a la boca.
Después se sentó, mirando hacia el otro lado del río.
Más allá, al cruzar dos montañas, estaría de vuelta en territorio humano.
Eso marcaría el éxito parcial de su fuga.
Pero mientras se relajaba por primera vez en horas, algo lo inquietó.
¿Por qué todo había sido tan fácil?
Desde que salió de la habitación, no había enfrentado resistencia alguna.
Los dragones nunca fueron tan negligentes. Ni de cerca.
—¿Qué demonios está pasando…?
Rustle… rustle…
Un leve crujido detrás de él interrumpió sus pensamientos.
Se puso de pie en un instante y se giró.
De entre las sombras, emergió una figura alta y esbelta.
—Tienes buen cardio, León —dijo la voz, con tono burlón y mirada como cuchillas de hielo.
Su sangre se congeló.
—…Roshwitha.
—Moon te extraña. Vine a llevarte de vuelta.
—¡No pienso volver contigo!
Roshwitha sonrió, tranquila, como si la situación le aburriera.
Se acercó, y con un solo dedo, le tocó el pecho, justo donde le había dejado la marca.
—No olvides algo, héroe. Ya no puedes regresar al Imperio como un cazador de dragones. Eres mío ahora.
León le apartó la mano con un manotazo y retrocedió.
—¡Pues empezaré desde cero! ¡Cualquier cosa es mejor que seguir siendo tu maldito juguete!
—Hmpf. Qué necio eres.
Dicho esto, Roshwitha extendió sus alas.
Veinte metros de pura envergadura.
Con un batir suave, levantó polvo y hojas del suelo.
León apenas pudo cubrirse los ojos a tiempo.
Y entonces ocurrió.
Roshwitha se envolvió con sus alas, y un segundo después, un rugido ensordecedor rasgó el cielo.
De entre las alas surgió una majestuosa dragona plateada, gigantesca, imponente, letal.
Una reina.
León solo pudo quedarse parado, petrificado por la presión que irradiaba esa forma.
Roshwitha bajó la cabeza lentamente, sus ojos de reptil reflejando el diminuto cuerpo de León como espejos demoníacos.
Él tragó saliva.
—No me digas que… ¿vas a montarme así? Escucha, ¡yo no soy dragón! Si te lanzas encima de mí en ese estado, me vas a pulverizar.
La dragona no respondió.
En vez de eso, acercó la boca, entreabrió las fauces, y con suma delicadeza… lo mordió del cuello de la camisa.
Y de un movimiento, lo arrojó sobre su lomo.
León se aferró como pudo al espinazo de la dragona.
—¿A dónde demonios me llevas?
La voz de Roshwitha resonó en su mente.
—A donde tanto sueñas volver, querido: el Imperio.