Capítulo 142
A partir del volumen 05, capítulo 06 en adelante — Aviso Importante:
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Capítulo 142: Solo las embarazadas pueden prender fuego
A primera hora de la mañana, Leon se despertó lentamente y abrió los ojos para descubrir que Roshwitha no estaba a su lado.
El camisón de tirantes finos que había usado la noche anterior yacía sobre la cama, aún tibio, lo que indicaba que se había levantado hacía poco.
Leon se incorporó con lentitud, bajó las piernas de la cama y se dirigió al baño mientras se despeinaba con una mano.
Al entrar, vio a Roshwitha cepillándose los dientes frente al lavamanos.
Llevaba puesto el pijama rosado de pareja, con el cierre del pecho sin subir del todo, dejando entrever parte de su generoso busto.
La parte del pijama diseñada para acomodar una cola había sido eliminada por ella, y su cola plateada salía directamente desde la espalda, revelando un trocito de piel tersa en la base, justo donde nacía su cola.
Más abajo, se delineaba la elegante curva de su cintura y caderas, como colinas ondulantes; ni siquiera el pijama suelto podía ocultar la figura de Roshwitha.
Con una mano en la cintura y la otra sosteniendo el cepillo, se cepillaba los dientes con desgano pero con ritmo, la espuma de la pasta rebosando por la comisura de sus labios, sus mejillas infladas… se veía bastante adorable.
Al ver que Leon llegaba, Roshwitha lo miró de reojo sin decir nada, y simplemente se hizo a un lado para hacerle espacio en el lavamanos.
Leon se inclinó, tomó el cepillo que habían llevado la noche anterior cuando sus hijas los ayudaron a mudarse, le puso pasta dental y empezó a cepillarse los dientes.
Cepillaba… y cepillaba…
Su ritmo era bastante más rápido que el de Roshwitha, y generaba mucha más espuma.
Ambos se miraban fijamente en el espejo.
Pijamas de pareja, uno azul y otro rosado, cepillándose los dientes lado a lado. Realmente daban una fuerte sensación de pareja que convive.
Aunque sólo en apariencia lucían sumamente compatibles, esta desdichada pareja no era capaz de protagonizar ninguna escena tierna en una mañana como esa.
Al ver que Leon se cepillaba con tanta rapidez, Roshwitha frunció ligeramente el ceño. Naturalmente, no estaba dispuesta a quedarse atrás.
La reina quitó la mano de su cintura y aceleró el ritmo.
Leon detuvo sus movimientos por un momento. ¿Acaso estaba empezando otra vez ese extraño espíritu competitivo de la madre dragón? ¿Incluso al cepillarse los dientes?
Leon puso los ojos en blanco con expresión resignada. ¡Qué infantil!
Y entonces… también aceleró el ritmo.
Cepillando… cepillando… cepillando…
“¡Ah!~”
De repente, Roshwitha dejó escapar un gemido bajo, levantando la mano para cubrirse la boca. Retiró el cepillo y vio una tenue marca roja en él.
Se había cepillado con demasiada fuerza y se le habían sangrado las encías.
Leon también miró, y luego esbozó una sonrisa triunfante. Al parecer, él había ganado esta competencia de cepillado.
Desvió la mirada y siguió cepillándose con calma.
Roshwitha lo fulminó con la mirada, iniciando su primer intercambio verbal del día:
—¿Tu pasta de dientes es sabor “Fuerza Dragón”?
Leon se desconcertó:
—No, ¿por qué lo dices?
—Si no lo es, ¿entonces por qué te cepillas con tanta fuerza?
Había perdido el duelo dental y quería salvar algo de dignidad con la boca.
¿Y Leon iba a dejarla?
La miró y se inclinó hacia ella mientras decía:
—¿Quieres saber a qué sabe mi pasta de dientes? Ven, te lo muestro.
Rápidamente, Roshwitha alzó una mano para empujarle el pecho.
—Qué asco, Casmode. No me hagas maldecirte el primer día de convivencia.
—¿Y por qué anoche no te daba asco entonces?
—Cállate.
—Oye, ¿cómo es que tú sí puedes decir esas cosas y yo no?
—¡Estoy embarazada! —refunfuñó Roshwitha.
Bueno… Leon ya se lo esperaba: durante la convivencia, Roshwitha usaría la frase “¡Estoy embarazada!” como una excusa para ser mandona y caprichosa.
Aunque de por sí no era una madre dragón muy razonable, su embarazo la haría aún más desatada con él.
Pero Leon no tenía muchas opciones. Después de todo, la noche en que confirmaron el segundo embarazo, le había prometido a Roshwitha que aguantaría sus cambios de humor y rarezas durante ese periodo.
Por supuesto, Leon cumpliría esa promesa no solo por Roshwitha, sino también por el bebé que llevaba en el vientre.
Si la preocupación de Leon se pudiera dividir en 100 partes, sin duda el segundo bebé ocuparía 51, mientras que la madre dragón apenas tendría 49.
Ni siquiera la mitad. ¿Cómo podrían decir que Leon se preocupaba más por la señorita Melkvi que por el bebé?
Hmm…
No, 49 sigue siendo mucho.
¿Y si lo dejamos en 48?
Sí, 48. No se puede permitir más.
—
Después de terminar de asearse, Roshwitha salió del baño con sus pantuflas de alas de dragón.
Leon también se dio prisa en arreglarse antes de salir.
Cuando salió, Roshwitha ya estaba sentada frente al tocador, comenzando a peinarse.
Su larga cabellera plateada caía hasta la cintura, y tenía un pequeño estuche de cuero sujetado con la boca. Primero se recogió el cabello con agilidad, y luego trenzó un pequeño mechón a la altura de la sien izquierda mientras se miraba en el espejo.
Leon recordó que esa trencita se la había hecho él en secreto cuando Roshwitha estaba inconsciente por la Plaga de Sangre, solo para molestarla.
Jamás imaginó que con el tiempo se convertiría en el peinado característico de Roshwitha.
De pie detrás de ella, Leon tenía las manos metidas en los bolsillos del pijama y se recargaba levemente contra la pared, observándola en silencio mientras se arreglaba.
Si hubiera sabido que le gustaba tanto ese peinado, Leon le habría hecho coletas dobles desde el principio. Pero las coletas quizás no iban con la dignidad de una reina.
Perdido en sus pensamientos, Leon escuchó la voz de Roshwitha:
—¿Qué piensas hacer hoy?
Roshwitha seguía sentada frente al tocador, con la espalda recta y la cola plateada extendida hacia abajo. Alzó el brazo y continuó arreglándose el cabello.
—En la mañana, jugaré con Noia y Muen en el jardín. Por la tarde, veré si Muen quiere estudiar. Si quiere, estudiaremos un rato; si no, le daré medio día libre para que esté con Noia.
Las hermanas solo podían pasar juntas los sábados y domingos, y aunque estudiar era importante, también lo era su vínculo.
Además, Muen tenía poco más de un año, y a esa edad, jugar era lo que más le gustaba. Leon no quería presionarla demasiado con los estudios.
—Mm.
Roshwitha, aún de espaldas a Leon, respondió con un murmullo y añadió:
—Hoy vendrá control de plagas al Templo del Dragón Plateado, probablemente antes de las tres de la tarde. Asegúrate de que las niñas no regresen antes de esa hora.
—OK.
—Y recuerda dejar tiempo libre para mañana. Vamos a ir a Ciudad Celeste —dijo mientras se giraba hacia él.
Leon parpadeó.
—¿A qué vamos a Ciudad Celeste?
—A comprar algunas cosas necesarias para el embarazo —dijo Roshwitha—. No podemos dejar que Anna y las demás compren eso, o descubrirán que estoy embarazada.
—Entendido.
Después de coordinar los planes para los próximos dos días, la pareja tomó caminos separados: uno al baño, el otro permaneció en el dormitorio.
Aunque ya se habían visto completamente desnudos muchas veces y se conocían de sobra, aún mantenían ciertas distancias en su día a día.
Nunca había existido un precedente de una reina y su prisionero vistiéndose juntos. Claro que tampoco había precedentes de que dieran a luz, se besaran o convivieran.
Pero esas eran cosas distintas. Dar a luz, besarse y convivir eran inevitables; cambiarse de ropa frente a frente, no.
Esta pareja peculiar siempre intentaba trazar límites claros entre ellos. Pero quizás no se daban cuenta de que cuanto más lo intentaban, más enredados acababan.
Después de cambiarse, salieron uno tras otro de la habitación. Se despidieron en la puerta con un simple gesto de cabeza.
Y así, la primera noche de convivencia llegaba a su fin.
Se sentía… ¿bien? Al menos no había sido tan tensa ni explosiva como imaginaban.
Sin embargo, con las personalidades de esta pareja, quién sabe cómo acabaría todo en el futuro.