Capítulo 192
A partir del volumen 05, capítulo 06 en adelante — Aviso Importante:
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**Capítulo 192: ¿Estás herido? ¡Déjame revisar!**
Un dragón plateado surcó el cielo, cruzando montañas y ríos, dejando atrás el territorio humano para regresar al reino de los dragones.
Leon yacía sobre el lomo de Rosvitha, escuchando el rugir del viento y sintiendo el ritmo de sus alas. Con cuidado, extendió la mano y acarició las escamas del dragón bajo él.
—Frías, pero sorprendentemente cómodas… —murmuró, cerrando los ojos.
Tenía mil preguntas para Rosvitha, pero sabía que este no era el momento. Durante todo el viaje, ella no dijo nada, solo voló en silencio.
Como aquella vez que lo llevó de regreso al Imperio, el silencio los envolvió. Pero ahora era diferente.
Era como una pregunta que siempre evitaron, pero que las circunstancias les obligaron a responder de manera inesperada… y lógica.
Ni el humano más fuerte ni la reina de los dragones plateados podían escapar de ciertas verdades.
### **Dos horas después**
Rosvitha redujo la velocidad. Leon se incorporó y miró hacia abajo: el Templo del Dragón Plateado estaba aún lejos.
Antes de que pudiera preguntar, ella aterrizó suavemente en un claro y se transformó en su forma humana.
Vestía el mismo traje que llevaba cuando lo despidió días atrás, ahora con manchas de lodo en el dobladillo. Su rostro, hermoso pero cansado, delataba su vigilia.
*»Dijo que nunca se fue… Significa que esperó todo este tiempo en el bosque»*, pensó Leon.
Rosvitha no habló. Solo se sentó junto a unos arbustos, encendió una fogata con un pequeño fuego de dragón y dijo:
—Después de estar empapado tanto tiempo, cálmate aquí.
—Ah… sí.
Leon se sentó a su lado, dejando un espacio entre ellos. Rosvitha lo miró, luego al hueco vacío. La mirada lo dijo todo.
El hombre se arrastró tímidamente hasta cerrar la distancia.
El crepitar de las llamas ahuyentó el frío. Rosvitha apoyó su mentón en una mano, contemplando el fuego. La luz danzaba en sus ojos plateados, convirtiéndolos en gemas vivientes.
Leon tragó saliva y rompió el silencio:
—¿Estuviste… esperándome todo este tiempo?
Ella asintió.
—Al principio, solo planeaba esperar tres días. Pasado ese tiempo, me iría, vinieras o no.
Leon hizo cálculos mentales.
—Pero han pasado cuatro o cinco días desde que regresé al Imperio…
—Sí. Te esperé dos días más.
Los ojos de Leon brillaron.
—¿Y si me hubiera demorado semanas?
—Antes de irme, le di instrucciones a Anna: le dije que tal vez estaría fuera un tiempo con el Príncipe, que no se preocupara y cuidara bien de las niñas.
Leon asintió. *Típico de Rosvitha: siempre planeando todo.* Pero su respuesta… evitaba lo que él realmente quería saber.
Ella lo miró de reojo, con una sonrisa casi imperceptible. ¿Acaso creía que podía ocultarle algo después de tanto tiempo juntos?
—Si te demorabas dos días, esperaba dos. Si te demorabas diez, esperaba diez. Si te demorabas medio año…
—¿Me habrías esperado medio año? —preguntó Leon, esperanzado.
Rosvitha estiró la mano y le pellizcó la oreja.
—¡Qué optimista eres! ¿Quién crees que es para hacer esperar a esta reina tanto tiempo, comiendo y durmiendo en el bosque? Esperarte estos días ya fue un favor. ¿Quieres que me convierta en una estatua de «esposa esperando»?
El dolor del pellizco fue mínimo comparado con la calidez que sintió.
*Feliz.* Sí, esa era la palabra.
Ahora entendía lo que su maestro Teg le decía: *»Que tu esposa te controle es otra forma de felicidad. Lo entenderás cuando crezcas.»*
No sabía si «ahora» contaba como haber «crecido», pero… lo aceptaría.
Rosvitha soltó su oreja al verla enrojecer, pero luego notó que el rubor se extendía a sus mejillas.
—Hum. Tonto.
Le dio un suave codazo en el hombro.
—Quítate la camisa.
—¿Eh? ¿¡Para qué!?
En parejas más liberales, existían «palabras de seguridad» para detener situaciones incómodas. Pero esta pareja, en su torpeza, había desarrollado todo un sistema de *»palabras de inicio»* en su vida cotidiana.
Frases como *»quítate»*, *»así está bien»* o *»¿crees que no me atreveré?»* eran señales claras de que la noche sería… intensa.
Pero esta vez no era el caso.
—Para secarla. Llevarla mojada es incómodo.
—Oh…
Leon se quitó la camisa y la sostuvo frente al fuego.
—Parece que regresaste del Imperio, pero tu cerebro se quedó allá —murmuró Rosvitha, tomando la prenda y colgándola en una rama.
—Así es mejor. No hay que sostenerla.
—Ah… buena idea.
El hombre, ahora sin camisa, sintió el calor directo de las llamas.
—¿Estás herido? —preguntó Rosvitha de pronto, mirando su abdomen.
—¿Dónde?
—Aquí.
Su mano fresca y suave tocó los abdominales de Leon. Se inclinó hacia él, apoyando su mentón en su brazo. Sus dedos acariciaron su piel mientras su otro brazo rodeaba su espalda baja. Su pecho presionaba suavemente su brazo, y sus ojos plateados lo observaban con intensidad.
—Ah… debí equivocarme —dijo, acercándose más, su calor reemplazando el de la fogata.
*Ah, la astuta madre dragón.*
Leon deslizó su mano por su espalda, presionando su palma contra su abdomen. Luego, su mano ascendió por su brazo, hombro, clavícula, cuello, hasta detenerse en su mejilla, ahora sonrojada.
Rosvitha giró levemente la cabeza y besó su muñeca, sus labios calientes contrastando con su piel.
—Mmm…
El contacto en esa zona sensible hizo que Leon contuviera un gemido. Tomó su nuca y la atrajo hacia él.
Cuando el sol asomó en el horizonte, sus labios se encontraron.
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