Capítulo 54
A partir del volumen 05, capítulo 06 en adelante — Aviso Importante:
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Nadie conocía mejor que León lo que pasaba después de caer bajo el hechizo de la Sangre del Deseo.
Después de todo, él lo había experimentado en carne propia dos años atrás.
Lo que no esperaba era que, dos años después, Roshwitha diera un giro completo a los roles y le jugara una inversión total de papeles.
En el momento en que fue marcado por las ondas de corazones flotantes, el cuerpo tenso de León se relajó de inmediato.
El tatuaje de dragón en su pecho comenzó a resonar también.
La camisola de dormir de Roshwitha era tan fina que apenas cubría algo, y el tenue resplandor violeta que emanaba de su cuerpo delineaba de manera perfecta las suaves curvas de su pecho en un ángulo casi artístico.
Roshwitha sonrió con satisfacción, y le pellizcó suavemente la nariz a León.
—Antes era yo la que te forzaba, te amenazaba… pero ahora, dentro de poco, vas a volverte como un perrito pegajoso, rogándome, suplicándome que hagamos algo, ¿sí~?
Sus dedos descendieron lentamente desde la nariz de León, pasando por sus labios, su mandíbula, su nuez, hasta posarse sobre su pecho.
—¿Qué vas a hacer, oh valeroso y recto cazador de dragones? ¿Podrás controlarte dentro de un rato, hmm?
Al ver el resplandor en el pecho de Roshwitha intensificarse, León supo que no tardaría en rendirse por completo.
Apretó los puños, con las uñas clavándose levemente en la piel, intentando usar el dolor para mantenerse, al menos un poco, lúcido.
Pero claro, no era más que un esfuerzo inútil antes de caer.
A sus ojos, Roshwitha ya no era la dragona astuta y manipuladora que siempre lo hacía rabiar. En su lugar, veía a su encantadora y delicada esposa, tan vulnerable como hermosa.
Tan hermosa… tan cautivadora. Cualquier palabra que describiera la belleza quedaba corta con ella.
Deseaba… deseaba abrazarla… besarla… unirse a ella una vez más…
Sha-sha—
León soltó los puños y deslizó la mano por la suave pierna de Roshwitha, subiendo por detrás de su rodilla caliente, acariciando la tela sedosa de la camisola, hasta rodear con suavidad su estrecha cintura.
Sus ojos se fijaron en esos labios jugosos y tentadores, acercándose poco a poco.
Roshwitha también fue inclinándose hacia él.
En el siguiente segundo, León podía sentir el cálido aliento de Roshwitha sobre su rostro.
Pero entonces—
Un dedo frío tocó suavemente sus labios.
Roshwitha lo detuvo con el dedo índice y le sonrió de forma seductora.
—¿Quieres besarme?
Las pupilas de León temblaron. Abrió la boca con debilidad y respondió:
—Sí…
—¿Cuánto quieres hacerlo, hmm?
—Mucho… muchísimo…
—Pues no te voy a dejar.
Roshwitha no tenía ninguna prisa en pasar a lo siguiente.
Disfrutaba provocarlo así, “rozando sin entrar”, haciéndolo arder de deseo sin darle lo que quería. Cuanto más lo hacía, más se encendía el fuego dentro de León.
Entonces, levantó la mano derecha, hizo brillar una luz mágica y apareció un espejo.
León, jadeando con dificultad, lo miró de reojo.
—E-esto… ¿qué es?
—Un artefacto mágico que puede grabar un momento durante un rato. Lo compré la última vez que fuimos a la Ciudad Celeste —respondió ella, colocando el espejo sobre el respaldo del sofá, justo en un ángulo perfecto para capturar por completo la imagen de la “caída” de León.
Una vez colocado, retiró la mano y acarició su mejilla con suavidad.
—Entonces, repite conmigo, mi querido cazador de dragones… ¿quieres besarme?
Esa maldita dragona quería grabar su humillación para poder atormentarlo después.
Una parte de León todavía intentaba resistirse, deseando negarse.
Pero el hechizo de la Sangre del Deseo era tan fuerte que ni siquiera la propia Roshwitha pudo resistirlo en su día… ¿cómo iba a hacerlo él?
La idea de “estar con Roshwitha” se había convertido en una espina venenosa clavada en su cerebro, picándole sin cesar.
Aunque por dentro gritaba que no, lo que salió de su boca fue:
—Quiero besarte… Roshwitha, deseo besarte tanto…
—No basta con decirlo —replicó ella—. Tienes que rogarme, mimarme… si me haces feliz, quizá te deje hacerlo.
—Te lo ruego… Roshwitha, por favor…
Ella rodeó su cuello con el brazo, acercando su rostro al suyo. Sus ojos plateados y negros se encontraron, y cada uno pudo ver su reflejo en los ojos del otro.
—¿Así es como ruegas a una chica? Hmph… Bueno, tampoco puedo pedirle peras al olmo. Has pasado veinte años solo peleando, pedirte que me hagas feliz quizá es demasiado.
Roshwitha sopló suavemente sobre su rostro, dejando escapar un aroma fresco y encantador que agitó aún más el corazón de León.
Él la abrazó con más fuerza, intentando robarle un beso de nuevo.
Pero Roshwitha solo alzó un poco el cuello, revelando su pálido y largo cuello de cisne.
León no pudo seguir subiendo, así que sus labios solo alcanzaron el cuello.
Aun así, con tal de poder tocarla, se sentía ya afortunado.
León besó su cuello como si fuera un tesoro, hasta sentir el pulso latir bajo su piel.
Roshwitha se apartó el cabello del pecho, dándole más espacio para moverse.
Se rió abiertamente.
—Mírate, León. Qué patético. Por besar a una dragona, ¿eres capaz de tirar por la borda todo tu orgullo? ¿Qué pasó con tu dignidad de cazador de dragones?
Él se detuvo.
Fue un breve instante en que su escasa lucidez logró tomar el control.
Pero solo duró eso, un instante.
Hundió el rostro en su cuello, queriendo escapar de esas palabras.
Pero Roshwitha no pensaba dejarlo rendirse tan fácilmente.
Apoyó la mano en su frente y lo empujó hacia atrás con lentitud.
—Así que yo estaba así… cuando caí bajo tu hechizo de sangre…
Dijo con calma:
—Jamás pensaste que acabarías igual, ¿eh, mi héroe cazador de dragones?
León ya no intentó resistirse.
Le tomó la muñeca y llevó su dedo índice a sus labios, mordiéndolo suavemente.
No era un mordisco fuerte. Solo necesitaba… tocarla, sentirla, algo.
—Tsk… —Roshwitha soltó un quejido leve, frunciendo las cejas. Después de todo, los dedos son extremadamente sensibles.
Se rio entre dientes, desactivó el hechizo de grabación, y tomó la copa de vino que aún quedaba sobre la mesa.
La vació de un solo trago.
Suspiró profundamente, y luego sacó el dedo de la boca de León para rodear con el brazo sus hombros.
—Vamos, León perrito. Déjame ver tu verdadero yo después de la caída.
El brillo púrpura en la habitación se volvía cada vez más brumoso. León estaba completamente atrapado en la dulce trampa que Roshwitha le había tendido.
Y caía cada vez más…
Cada vez más profundo…
Por un instante, sus recuerdos lo transportaron a dos años atrás.
A esa húmeda y oscura celda donde conoció a Roshwitha por primera vez.
Aquella escena parecía sacada de una leyenda: el prisionero caído rogando el perdón de la santa.
Tal vez, desde el momento en que sus miradas se cruzaron por primera vez, los engranajes del destino ya habían comenzado a girar.
Todo, absolutamente todo… ya estaba escrito desde el principio.