Capítulo 032
A partir del volumen 05, capítulo 06 en adelante — Aviso Importante:
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Capítulo 332: Ritual (Parte doble)
—¡A-achís!
—¿Papá, te resfriaste?
Frente al ventanal de la biblioteca, Moon estaba sentada en su pupitre, con un libro de Teoría básica de magia entre las manos. Alzó la cabecita y miró a su padre.
León se frotó la nariz y exhaló.
—No lo creo…
—¿Entonces por qué estornudaste?
—Quizá… alguien está hablando mal de mí.
Y no era solo “hablar mal”. En ese instante, los viejos del Imperio estaban jurando hacer polvo hasta el último huesito de León.
Pero bueno, por suerte el general Casmod tenía la suerte dura, y esa “maldición” solo se tradujo en un simple estornudo.
—¿No será la tía Isa murmurando mientras repara el quiosco que tú le destruiste?
Comentó Xiaoguang desde el otro lado.
León sonrió y se acercó para acariciar la cabecita de su hija menor.
—Concéntrense, niñas. A estudiar. Mañana papá les va a hacer una prueba para ver cómo van.
Faltaban solo veinte días para el examen de ingreso en la Academia Saint Heath.
Según el progreso de sus dos pequeñas, pasar el examen no era problema. La cuestión era: ¿qué tan bien podían rendir?
Noa en su momento fue la estudiante más joven en ingresar con la nota más alta. Y siendo ellas sus hermanas, Moon y Xiaoguang obviamente no iban a quedarse atrás.
—Sí, papá —respondieron.
Las dragoncitas volvieron a enfocarse en sus libros.
Ya estaban en fase de consolidación, así que no necesitaban que León les explicara nada en ese momento. Él, en cambio, ya no sabía qué hacer consigo mismo.
Miró el reloj de pared. Aún era temprano.
—Sigan estudiando un rato más. Papá va a salir un momento.
—¡Sí, papi!
—Y bajen a cenar después, ¿eh?
—¡Sííí!
Tras dar esas indicaciones, León salió de la biblioteca.
Atravesó el pasillo, bajó las escaleras, y llegó al gran salón del santuario.
Allí estaba Roswitha, sentada en el recién renovado trono real, trabajando entre montones de papeles y expedientes.
Hoy no tenía audiencias ni compromisos diplomáticos. Llevaba solo un maquillaje ligero, un vestido largo y sobrio, y un collar heredado de su abuela.
El cabello plateado caía libre sobre su espalda, salvo por esa trencita en la sien: una broma de León de hace años, que ella terminó incorporando como parte de su estilo.
El salón estaba en silencio. León caminaba con pasos muy suaves, pero incluso así, sentía el eco de sus pisadas.
Roswitha lo miró de reojo, no dijo nada, y volvió a su trabajo.
Solo cuando él subió al estrado y se paró a su lado, ella habló:
—¿Necesitás algo?
—¿Estás… ocupada?
Roswitha señaló con la mirada la montaña de documentos en la mesa.
—¿Tú qué crees? Solo estuve dos días en casa de mi hermana y ya se me acumuló todo esto. Esta noche seguro me toca trasnochar.
—Ah…
—¿Qué pasa? ¿En qué te ayudo?
Ella se detuvo un momento, pensativa. Luego, sin decir más, se corrió un poco hacia un lado.
—¿Qué esperas? Siéntate.
—¿Eh?
—Dijiste que querías ayudar, ¿no? Pues siéntate.
—Ah… sí.
León se sentó obedientemente junto a ella.
Apenas se acomodó en el trono, la sensación familiar del respaldo lo hizo recordar ciertos… buenos momentos.
Especialmente cuando recién habían terminado de renovar el trono y él y Roswitha decidieron, ejem… “estrenarlo” con una sesión de deberes maritales bien intensa.
Un poco rebelde, un poco prohibido, y muy estimulante.
Pero después de aquello no lo volvieron a hacer ahí. Por dos razones: uno, no querían que los descubrieran —que con una simple “vergüenza social” no bastaría, tendrían que cambiar de planeta; y dos, el trono era símbolo de poder y respeto. No daba para repetirlo muchas veces.
León sacudió esos recuerdos y se asomó para ver los documentos.
—¿Qué puedo ayudarte a revisar?
—Mmm… ninguno.
—¿Eh?
—Tú ya estás ayudando con solo estar aquí.
Roswitha dijo con calma:
—Necesito a alguien que me acompañe mientras reviso todo esto. Que tenga buen humor, inteligencia emocional, un poco de chispa… Si encima es guapo, mejor.
—…Madre mía, qué superficial eres.
—Oye, mientras manejo con la mente de una reina los asuntos del reino, también quiero disfrutar del valor emocional que me brinda el hombre que me gusta. ¿Dónde está lo superficial?
Giró la cabeza y le sonrió con picardía.
—Ah, y aparte de emocional, también eres lindo a la vista.
Ahí lo tienen. Estar en el punto débil de una reina puede ser maravilloso.
Desde que te dejen vivir un poco más antes de matarte, hasta que solo tengas que sentarte para que te digan que estás bueno.
León reprimió una sonrisa. Lo tomaba como un cumplido tácito.
Ella también sonrió satisfecha al ver su expresión y volvió al trabajo.
Pasaron unos minutos.
—¿Por qué preguntaste si estaba ocupada? —dijo ella.
—Eh… Quería invitarte a salir a dar una vuelta.
—¿Estás invitándome a una cita?
León miró hacia un lado.
—Más o menos…
Las niñas ya se manejaban solas, y su cuerpo todavía seguía en recuperación. Tenía demasiado tiempo libre y no sabía qué hacer.
Pero la reina contestó con frialdad:
—No quiero.
—¿Ah?
—No somos novios. ¿Por qué saldría contigo?
León la miró. Luego entendió que esta madre dragona solo estaba jugando a hacerse la difícil.
—¿Cómo que no somos pareja?
—Ni siquiera me has confesado tu amor oficialmente.
¡Pum! Uno pensaba que estaba tirando un “directo”, y ella respondió con uno más certero.
León bajó la cabeza y se rascó la nariz, derrotado.
—Ok…
No insistió. Se quedó allí en silencio, aportando con su presencia… y su atractivo.
Ella tampoco dijo nada más, siguió trabajando.
Así pasaron toda la tarde.
Sentados uno al lado del otro, Roswitha firmando y revisando papeles, y cuando se cansaba, se recostaba un ratito en su hombro.
Desde la conversación de la “no confesión”, no volvieron a hablar mucho.
Casi al anochecer, Roswitha soltó la pluma y se estiró. Su figura se contorneó perfectamente ante los ojos de León, que ya no sabía dónde mirar.
La reina soltó un suspiro aliviado y lo observó.
Parecía… apagado.
Probablemente seguía resentido por la “cita” fallida.
Roswitha lo conocía bien. Sabía que este idiota de mirada directa tenía su corazoncito y era bastante rencoroso cuando quería.
Así que sonrió y se levantó.
—Después de cenar, ve a esperarme al bosque de cerezos en la colina.
León alzó la mirada.
—¿Una cita…? ¿De verdad?
—Solo vamos a hacer una inspección nocturna. Para nada es una cita.
Casi le escribe “estoy siendo tsundere” en la frente.
León lo entendió.
Ambos se miraron con una sonrisa cargada de complicidad.
Roswitha se dio la vuelta y bajó las escaleras:
—Hora de cenar.
León la siguió.
Durante la cena, las niñas contaron todo lo que habían estudiado. Los papás escuchaban y las elogiaban.
Después de comer, los esposos se cruzaron una mirada cómplice.
Roswitha apenas movió el mentón en dirección a la colina. León lo captó al instante.
Aprovechando que las criadas limpiaban la mesa, él se adelantó y se fue al bosque de cerezos.
Cuando uno lleva años casado, con un simple gesto se entienden.
Era una “cita secreta”, y no hacía falta decirlo en voz alta.
Al rato, escuchó pasos acercarse. Miró… y frunció el ceño.
Roswitha no venía sola.
Venía con la sirvienta Milán.
León se quedó helado. Ella lo miró y sonrió como si disfrutara cada segundo de su cara.
—Oh… ¿Milán también vino?
—Sí, príncipe. Acompañaré a su majestad en la inspección —dijo Milán con toda formalidad.
¡¿Qué inspección ni qué nada?!
¿Y la cita, dónde quedó?
León no podía decirle a la cara: “yo venía a salir con tu jefa, vete pa’ otro lado”.
Roswitha estaba más que feliz de ver la cara de León.
Sí, justo esa expresión de:
“¿Cómo? ¿Yo que venía todo ilusionado y me mete a otra persona en la cita? ¡Nooo, mi reina, yo quería tomarte la manita…!”
Ah, hombres… Hace nada me ganabas al uno… pero ahora…
Estás perdido. Estás enamorado.
—Milán, ve por ese lado. Yo y el príncipe vamos por acá —ordenó Roswitha.
—Sí, majestad.
Milán era lista. Se fue enseguida.
Una vez solos, Roswitha miró a León y sonrió con malicia.
—¿Por un momento pensaste que la cita se había arruinado?
—Tsk. Ridícula.
León giró la cara, molesto.
Ella aprovechó y le tomó la mano.
—¿Enojado, mi pequeño león?
—Déjate de cursilerías, madre dragona…
Roswitha rió bajito.
—Ya, ya. No bromeo más. Vamos.
León asintió.
Y así caminaron de la mano por el bosque de cerezos.
Hablaron del avance de las niñas, y también sobre la última batalla con Konstantin.
—Ahora que el Imperio domina esa magia de fusión… los próximos combates van a ser duros —dijo Roswitha.
—No tanto.
León explicó:
—Mi hechizo de detonación no se activa con una sola escama, sino con todas las que están juntas. Y todas las que vi en mis visiones estaban juntas… Así que seguro ahora mismo en el Imperio me están reputeando sin parar.
Roswitha rió.
—¿Y por qué no las hiciste explotar antes?
—¿Qué querías? ¿Que un día me despertara, chasqueara los dedos y… boom, todo el almacén imperial explotara?
Se volvió a mirarla.
—Eso no tendría ningún ritual.
Ella lo golpeó suave en el brazo.
—¡Todo por tu bendito ritual! Por tu culpa, mi hermana tiene que rehacer el pasto y el quiosco.
—Que lo rehaga. No es como si yo fuera a pagar.
Entre risas, pasaron de Isa al tema de la abuela.
—Ah, cierto. Mi abuela escribió esta mañana. Dijo que la semana que viene va a visitar a mi hermana.
—¿Y si llevamos a las niñas y aprovechamos para sacar la foto familiar?
—Buena idea.
—Y de paso… tal vez podamos preguntarle otra vez sobre lo que sabe del extremo norte.