Capítulo 074
A partir del volumen 05, capítulo 06 en adelante — Aviso Importante:
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Capítulo 374
74 – En primera fila para el chisme
La magia de teletransporte del Leviatán no era del mismo tipo que la que usaban Ravi y los Reyes Dragón.
Cada vez que hacía un salto largo, necesitaba un buen rato para recargar el hechizo.
Además, por su tamaño, el alcance de sus saltos también era inferior al de otros usuarios de magia espacial.
Aun así, en las circunstancias actuales, era el método más rápido para que León y Roswitha llegaran al Extremo Norte.
Esa noche, Leviatán acababa de hacer una gran teletransportación.
Mientras esperaba a que se recuperara la magia, León se encontraba de pie en el borde del lomo del gigante, mirando hacia abajo.
Un bosque profundo e interminable se extendía bajo sus pies.
La línea del horizonte a lo lejos se curvaba suavemente.
Estar de pie sobre una criatura tan colosal, sobrevolando el mundo…
Era otra experiencia.
—Impresiona, ¿verdad? —dijo una voz conocida a su espalda—. Todos reaccionan igual la primera vez que se suben a un Leviatán.
León se giró al oírla.
Una silueta alta y elegante caminaba hacia él.
El viento nocturno alborotaba su largo cabello plateado, que se agitaba como un espíritu brillante entre las sombras.
—No estoy impresionado —respondió él, volviendo la mirada al horizonte.
—¿Entonces?
—Estoy pensando —dijo con expresión seria.
Roswitha arqueó una ceja y le sonrió.
—¿Tú pensando? Qué raro. ¿Y qué estás pensando?
León metió las manos en los bolsillos, bajó un poco la cabeza y, tras dos golpecitos en las escamas del Leviatán, soltó:
—Para cortar a un bicho de este tamaño, haría falta un buen esfuerzo.
—…
Roswitha puso los ojos en blanco.
Sabía que si ese idiota decía que estaba “pensando”, definitivamente no era nada bueno.
—¿Cuánto falta para llegar? —preguntó él, cambiando de tema.
—Normalmente, tres días.
—O sea…
León giró la cabeza hacia los jóvenes dragones al fondo.
—¿Vamos a pasar tres días y tres noches atrapados en este Leviatán con esa pandilla de adolescentes intensos?
—¿Y tú con qué cara los llamas intensos?
—Lo mío es pasión. Lo de ellos es drama adolescente.
—Para mí, tú y ellos son iguales. Unos idiotas.
Y para una Reina Dragón de más de 200 años, un León de veintitantos y unos chicos de quince eran básicamente lo mismo.
…Aunque sí había una diferencia:
León estaba más bueno.
Jeje 🙂
Después de esa mini discusión de pareja, León volvió a preguntar:
—¿Cuándo fue la última vez que salimos tú y yo a una cita? ¿La vez de la Ciudad Celeste?
—Fue cuando fuimos a la playa con las niñas —corrigió Roswitha.
—Vaya, te acuerdas de todas.
¿No tendrás por ahí un diario secreto donde anotas todas nuestras historias de amor?
¿Diario secreto…?
Ajá.
Sí tenía.
¡Pero ni loca lo iba a admitir!
—No digas cosas raras, Kasmode. Entre tú y yo no hay amor, ni historia, ni nada.
Roswitha se apresuró a cambiar de tema, para evitar que ese idiota se aprovechara del momento.
—Y además, no estamos aquí por romance. Venimos a ver si Konstantin está tramando algo en el Extremo Norte, ¿lo olvidaste?
Pero León solo pensaba en lo nerviosa que se puso su esposa cuando le mencionó el diario.
¿Será que sí tenía uno de verdad?
Hmmm…
Definitivamente tendría que buscarlo cuando volvieran a casa.
Mientras tanto, en un rincón donde nadie los veía, dos cabecitas asomaban una sobre la otra.
—¿Y por qué tío León y tía Ros todavía no se besan?
—No tiene sentido. Es de noche, están solos, y hasta ahora siempre se besaban en estos momentos.
La princesa Noa sabía que sus papás eran cero vergüenza cuando estaban solos.
Pero no sabía que antes de cada momento «sin vergüenza», siempre venía una ronda de “yo no te quiero”.
En casa Melkve, las discusiones eran como la sal en la sopa.
Sin ellas, todo sabría mal.
Noa pensaba a toda velocidad.
—¿Y si es porque no quieren tener un tercer bebé?
Helena parpadeó.
—¿Y qué tiene que ver eso con besarse?
Noa la miró seria:
—Porque cuando los adultos se besan… ¡tienen bebés!
Eso lo habían deducido ella y Moon hace tiempo, cuando fueron a la playa con la familia.
En ese entonces, querían tener una hermanita más, así que hasta organizaron una “misión de primeros auxilios playera: beso forzado”.
Pero por más que lo intentaron, mamá nunca se volvió a embarazar.
Luego, cuando Lucecita ya podía correr, hablar y gritar, las tres hermanas intentaron otra operación de besos…
Pero tampoco funcionó.
Después de eso, Noa se enfocó en estudiar y se le fue olvidando el tema.
Pero ahora que podía espiar a sus papás de nuevo, tenía que averiguar si es que ya no querían tener otro bebé, o si simplemente eran muy decentes en público.
—Eso de que besarse da bebés… no es así —corrigió Helena, toda culta.
—¿No?
—No. Besarse es solo una forma en que los adultos muestran su amor. No da bebés.
Noa se quedó tiesa.
—¿De verdad?
—Obvio. Si por cada beso hubiera un bebé, tú no serías una dragona rara, serías parte de una plaga.
Noa parpadeó y empezó a pensarlo bien.
Tenía sentido…
—Entonces, ¿cómo se tienen bebés?
La pequeña genia también tenía curiosidad.
…Pero esta vez, curiosidad fuera de lugar.
Helena se sonrojó.
—Eh… es difícil de explicar.
Cuando llegues a mi edad, ya lo sabrás.
(En realidad, no es que sea algo que los dragones de diez años tengan que saber).
Helena solo sabía un poco porque en su casa tenían una mascota… digamos… peculiar, que su tía trajo hace años.
Para entenderlo, tuvo que aprender sobre biología, y eso incluyó reproducción de especies…
Volvió al presente y sacudió la cabeza.
—¿Y por qué siguen hablando? ¡Queríamos verlos besarse!
—¿Ni Claudia te deja ver eso?
—Nada. Cada vez que una pareja se pone romántica, mamá me tapa los ojos.
—¡A mí también!
Las criadas de casa siempre nos tapan los ojos cuando mis papás se besan.
Noa apretó los puñitos.
—¡Y ellas sí se quedan mirando! ¡Injusto!
—¡Por eso esta vez vamos a ver el beso con nuestros propios ojos!
—¡Exacto!
Dos dragoncitas decididas.
Hoy no se iban sin su ración de “romance parental en vivo”.
Mientras tanto, León y Ros estaban ya en la última etapa del tira y afloja.
Faltaba solo un detalle para que estallara todo lo contenido en las miradas, las pullas, los juegos de palabras…
Y viniera el beso.
—Ya cállate, León. Yo no te quiero.
—Pues yo no te quiero más todavía.
—Imposible. Yo no te quiero mucho más.
El eterno debate: ¿quién quiere menos al otro?
Ambos sabían muy bien la verdad…
Pero el orgullo mandaba.
Conseguir que alguno confesara que amaba al otro sin que fuera una emergencia era más difícil que Konstantin resucitando dos veces.
León miró de reojo a su bella y orgullosa esposa, pero no dijo nada.
Desvió la mirada hacia abajo…
Y sonrió.
—Roswitha… puedo demostrarte que no solo me quieres, sino que te importo un montón.
Ella rodó los ojos.
—Ya está. Con este frío y tú saliendo con chistes malos.
—¿No me crees?
—Obvio que no.
—Pues te lo demuestro ya mismo.
Roswitha cruzó los brazos.
—Dale, a ver.
León sonrió, se dio la vuelta y abrió los brazos.
—Tu clan es famoso por su velocidad, ¿verdad?
Entonces veamos si puedes ganarle a la gravedad.
—¿Qué estás haciendo…? —Ros preguntó, ya con cara de susto.
Pero él no respondió.
Se inclinó hacia atrás…
Y saltó al vacío.
—¡¿Estás loco, idiota?! —gritó Roswitha, corriendo al borde del Leviatán.
León caía en caída libre.
Ella apretó los puños.
—¿En serio crees que voy a ir a salvarte?
Se giró con un coletazo, muy digna, y volvió a su lugar.
Decidida.
No lo iba a salvar.
¡Tenía mil formas de volver!
Con técnicas como la Sombra del Vacío o la Puerta de los Nueve Infiernos, podía escalar de regreso o al menos evitar matarse.
¡No necesitaba su ayuda!
Si lo salvaba, estaría cayendo justo en su trampa.
Y ella no iba a caer.
Pero…
Y si…
…
La silueta plateada saltó del Leviatán como un rayo.
En menos de un segundo, ya estaba a medio aire, abrazando al idiota.
Y volaron de vuelta.
Roswitha lo tiró al suelo con toda la cara de “me haces envejecer más rápido”.
León se reincorporó, sonriendo:
—Te dije que…
No alcanzó a terminar.
Ros levantó su vestido con rabia, dio un paso y se le sentó encima.
—¡Eres un completo inmaduro, Kasmode!
—¿Pero te gusta o no?
—¡Yo…!
Y le pegó en el pecho con vergüenza y rabia.
—¡Maldito! ¡Sabes que me importas, y aun así haces estas locuras!
León se acercó, apoyando la frente contra su cuello perfumado.
La miró a los labios.
—Una esposa con alas… hay que aprovecharla bien. Para experimentar nuevas formas de amor, ¿no?
—Esposa con alas… FALSA esposa, gracias.
Sus ojos se encontraron.
Y con esa última frase orgullosa como telón, se besaron.
Corazones acelerados.
Tal vez por el salto.
Tal vez por el amor.
—Wow… esta dosis de romance fue fuerte. Nunca había visto a una pareja así —dijo Helena, impactada.
Luego frunció el ceño.
—Pero… ¿los dragones adultos no pueden volar? ¿Por qué la tía Ros fue a salvarlo?
Noa pestañeó, pensativa.
—Mi mamá me dijo que papá tiene heridas en las alas. Que no puede volar.
De hecho, nunca he visto sus alas.
Helena asintió.
—Con razón… bueno, ¡nos llevamos el chisme completo!
¡A dormir!
—Ajá.
Helena se fue directo al pequeño cuartito improvisado.
Pero Noa miró una vez más a sus padres, aún perdidos en su mundo.
Su madre sí había mencionado antes que papá tenía heridas en las alas.
Pero… ¿no estaba demasiado nerviosa hoy?
La brisa nocturna soplaba suave…
Y los pensamientos de Noa no se detenían.