Capítulo 081
A partir del volumen 05, capítulo 06 en adelante — Aviso Importante:
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Capítulo 382: 81 Estoy estresada otra vez, esposo
El viaje al extremo norte había terminado.
La buena noticia: León tenía razón, Konstantin sí iba tras el poder primordial.
La mala: al final, ese poder acabó en sus manos.
Por suerte, según lo que León pudo percibir durante su breve combate con él en las ruinas de Noah, parecía que Konstantin aún no había absorbido todo el poder.
Aun así, con su energía al máximo, León creía que todavía podía darle pelea.
¿Pero cuándo sería ese combate?
¿Y qué otras cosas inesperadas podrían pasar antes de que ocurriera?
No había forma de saberlo.
Así que por lo pronto, tanto León, Roswitha como su maestro debían prepararse a fondo.
Aunque bueno, no todo fue malo.
Este viaje también hizo que su hija mayor creciera bastante.
Valiente, decidida, tranquila bajo presión… cada vez se parecía más a León.
El general no podía estar más orgulloso.
Sobre todo porque el talento de su hija apuntaba claramente hacia el camino del guerrero.
Nada que ver con su madre, que era una maga de velocidad y precisión.
Y aprovechando eso, León llevaba varios días presumiendo frente a Roswitha.
Ya había pasado una semana desde que volvieron del norte, y Roswitha estaba, como siempre, trabajando sin parar.
Desde que Konstantin obtuvo el poder primordial, todo el mundo estaba en estado de alerta.
El clan entero se había movilizado, y se había reforzado la vigilancia en las fronteras.
La escuadra de exploradores liderada por Shirley también salió a recolectar información, tratando de tomar la delantera ante cualquier movimiento del enemigo.
Por eso, el trabajo de Roswitha se había duplicado.
El estrés también.
Claro, parte de ese estrés venía de cierto idiota que vivía gratis en el Santuario de los Dragones Plateados, comía gratis, dormía gratis… ¡y todavía la molestaba a propósito!
—Buenos días, mi querida majestad.
Una voz conocida sonó junto al trono.
—Si tienes algo que decir, dilo ya —respondió Roswitha sin levantar la cabeza.
—Noa ya casi entra en vacaciones. Te presento el plan de entrenamiento que diseñé para ella. Espero tus valiosos comentarios.
León le entregó una hoja con una pose demasiado formal.
Roswitha la miró de reojo, algo curiosa, y la tomó.
La abrió.
Y su expresión se volvió negra.
> —“8:00 AM: levantarse, aseo y desayuno.
—9:00 AM: calentamiento en el campo de entrenamiento.
—9:30 AM: repaso de magia de rayo.
—11:00 AM: teoría básica de combate.
—11:30 AM: almuerzo. Siesta de una hora.
—1:00 PM: entrenamiento de combate cuerpo a cuerpo.
—3:00 PM: aprendizaje de una nueva magia de rayo.
—5:00 PM: correr tres vueltas al campo.”_
Roswitha bajó la hoja, miró a León.
—¿Me puedes explicar por qué todo es magia de rayo y entrenamiento físico? Noa necesita aprender hechizos de ataque a distancia. Tus magias de rayo son todas de embestida y fuerza bruta.
—¿Y para qué quiere aprender ataque a distancia? —León se encogió de hombros—. No sirven de mucho.
—¿Cómo que no sirven?
Como buena maga tipo torre de artillería, Roswitha se indignó al instante.
—Los enemigos ahora son muy escurridizos. Cuando terminas de lanzar un hechizo largo, ya están fuera del rango.
—Pues por eso uso hechizos con poca preparación —respondió León muy serio.
—¿Y eso no les baja la potencia?
—Solo hay que lanzar más rápido.
—¿Y no gasta eso un montón de maná?
—¿Estás llevándome la contraria solo por fastidiar?
La Reina le clavó una mirada. Luego, levantó la pluma y añadió una línea al plan:
—“Después de la cena: aprender Rayo Lobuno: Filo Destructor.”
León parpadeó.
No esperaba que Roswitha propusiera esa técnica de rayo.
Era un hechizo de largo alcance, uno de los pocos del tipo “disparo libre”.
Perfecto para contener al enemigo o barrer a grupos de soldados.
Él en realidad había venido a enseñarle el plan solo para molestarla, provocar que se inflara de rabia y se pusiera en modo “pufferfish”, como a él le gustaba decir.
Era el jueguito de pareja que solían tener.
Después de todo, Roswitha también se la pasaba haciéndole la vida imposible.
Pero esta vez…
—La senpai de Noa escribió un informe bastante detallado sobre lo que pasó en las ruinas —dijo Roswitha—. Sí, nuestra hija es muy buena en combate cercano y no le falta valor para arriesgar la vida, pero también viste que terminó con el brazo lesionado. Apenas se acaba de recuperar.
—Por eso… quiero enseñarle algunos hechizos de rayo de largo alcance. Es por su bien.
León bajó la mirada, guardó la hoja, y sintió una punzada de culpa.
Caray… ni se me pasó por la cabeza. Solo pensaba en lucirme delante de Roswitha…
Qué vergüenza.
Ella lo miró de reojo y sonrió con orgullo.
Como si no lo conociera…
Ese tonto que no entra a la fuerza, pero cae rendido si le hablas bonito.
Si ella lo contradecía directamente, él se ponía necio.
Pero si le hablaba suavecito…
Zas. Perro fiel nivel dios.
Tener controlado a este pequeño prisionero era demasiado fácil. Demasiado.
Aunque bueno, Noa sí necesitaba hechizos de largo alcance.
No podía parecerse a su padre en todo.
Una cosa era que León peleara sin importar su vida,
otra muy distinta era dejar que su hija heredara ese patrón suicida.
—En fin, voy a ajustar el plan de entrenamiento. Noa también tiene su propio cronograma para vacaciones, no quiero que interfiera —dijo León.
—Bien.
De pronto, Roswitha recordó algo.
—Ah, cierto. ¿Noa no iba a quedarse unos días en casa de Helena? ¿Cuándo se va?
—Cambiaron los planes. Ahora va a ir en los últimos días de vacaciones, y de ahí se va directo a la academia con la gente del Clan Marino.
—Perfecto —asintió Roswitha.
León se rascó la cabeza, dobló la hoja del plan y la guardó en el bolsillo. Estaba a punto de irse cuando…
—¿Ya te vas?
Se detuvo.
—¿Pasa algo?
La reina de cabellos plateados dejó la pluma, se recostó levemente sobre el trono.
Sonrió.
Jugaba con los dedos sobre el apoyabrazos, mirando a León con ojos brillantes.
—León… últimamente he estado muy estresada.
Al oírla, el general sintió un escalofrío entre las piernas.
—¡Espera, el “desestresarnos” tiene que ser de noche…!
—No puedo esperar.
Roswitha se inclinó hacia adelante, apoyó la mejilla en la mano, y con voz dulce, lenta y seductora, le dijo:
—Inventa algo. Ayúdame a desestresarme… ahora.
No hacía falta explicar qué significaba “desestresarse” entre esos dos.
León no tenía ni idea de cómo demonios iban a hacer eso en pleno día, en medio del Santuario, con dragones entrando y saliendo por todos lados.
Se tocó la boca, y propuso algo tentativo:
—¿Qué tal si… te doy un masaje en los hombros?
—Perfecto.
Roswitha se hizo a un lado y palmeó el espacio vacío junto a ella.
—Ven.
León obedeció.
El técnico número uno del reino, el gran León, entraba en servicio.
Roswitha se acomodó de lado, cerró los ojos, y se entregó al masaje del antiguo asesino de dragones del Imperio.
Ah… ¡qué delicia!
—Más a la izquierda. Con más fuerza.
León puso los ojos en blanco.
Encima que le daba masaje, ¡le exigía!
Pero bueno, con tal de evitar que lo obligara a “hacer deberes” a plena luz del día… aguantaba.
—Ajá.
—Más fuerte.
—…Ajá.
—¿No has comido, esposo?
—…
—¡Más fuerte! ¡Mi cuerpo es el de una Reina Dragón! ¡No es como si…!
¡CRACK!
—¡AY! ¡TSSS…!
—Majestad… creo que tu cuerpo de Reina Dragón se acaba de romper en alguna parte.
León lo dijo con la cara más seria del mundo.
Roswitha se quejó, se tocó el hombro y le quitó la mano de encima.
Hace un segundo se sentía orgullosa de tener al asesino más fuerte del Imperio como masajista personal…
Y al siguiente, lo quería matar.
¡Ese hombre usaba las manos como si siguiera peleando contra dragones!
Aunque bueno… con esa fuerza… en otras cosas… el resultado era bastante satisfactorio…
¡COF! ¡COF!
Roswitha sacudió esos pensamientos indecentes, se frotó el hombro y volvió al trabajo.
—Entonces… ¿ya te vas?
—¿Y qué haría allá?
—No sé. ¿Tienes algo que hacer?
León se encogió de hombros.
—No.
—Oh.
Ese “oh” parecía inocente.
Pero con años de experiencia matrimonial, León sabía perfectamente lo que en realidad significaba.
Su cerebro, modo esposo de alto coeficiente, entró en acción:
?¿Tienes algo que hacer??
?No.?
?Entonces quédate conmigo.?
Sí. Exactamente eso quería decir.
—Bah, igual no tengo nada que hacer. Me quedo contigo un rato.
Al oírlo, Roswitha reprimió la sonrisa que le subía sola a los labios.
Pero por protocolo, tenía que responder con su clásico modo tsundere:
—Solo para que quede claro: no te estoy obligando, ¿eh? Tú decidiste quedarte.
—Sí, sí, me quedo porque quiero.
—Hmph.
Y así, sentados uno al lado del otro en el trono, esposo y esposa compartieron ese raro momento de calma y ternura…
en medio del ajetreo del día.
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