Capítulo 092
A partir del volumen 05, capítulo 06 en adelante — Aviso Importante:
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Capítulo 92 – Lo siento, solo nos queda una habitación
¡Uy, uy, uy! Ese perro asqueroso tuvo el descaro de proponer una cita.
De verdad… ¡una vaca pequeña dando puñetazos feministas! ¡Inclasificablemente increíble!
La reina estaba feliz por dentro, pero por fuera mantenía su expresión imperturbable.
Por favor… como si me muriera de ganas de salir con él. ¿Por qué tendría que parecer contenta?
Y si encima este idiota se entera de que me puse feliz solo porque me invitó a una cita, seguro se le infla tanto la cola que le pega al cielo.
Además, antes de que empezara la cita, Roswitha tenía que dejar algo bien claro:
—Esta vez fuiste tú quien me invitó a salir, ¿verdad?
Le puso énfasis a “tú” y “me”.
Parece que Su Majestad aún le daba mucha importancia a quién llevaba la iniciativa en este matrimonio ficticio.
León, con las manos en los bolsillos, asintió rápidamente:
—Sip, fui yo, yo solito.
Roswitha soltó un par de risitas orgullosas:
—Eso está mejor. No quiero que luego andes diciendo que fui yo quien te rogó por una cita.
—Pff. Bueno, si ya está decidido, vámonos. Aún llegamos a cenar algo.
—Ajá.
Roswitha pensó que la reunión sobre Konstantin duraría hasta el día siguiente. Por eso le había dicho a Anna que regresaría a casa a más tardar mañana por la noche.
Pero al final, todo terminó en un solo día.
Probablemente fue por la presión que causó la propuesta final de León, lo que espantó a esos viejos que querían apoderarse del Poder Primordial. Así que ya no valía la pena seguir estirando el evento.
Perfecto: eso le daba la oportunidad de relajarse con León una noche en Ciudad Cielo y volver a casa a tiempo mañana.
Salieron de la Torre del Crepúsculo y caminaron por las calles iluminadas de la ciudad.
Corría una brisa fresca, así que León se quitó la chaqueta y la puso sobre los hombros de Roswitha.
Ella llevaba un conjunto blanco formal, muy apropiado para una reunión, pero poco adecuado para caminar de noche.
Aunque como Reina Dragón era casi inmune a los resfríos, León, como su falso esposo, igual tenía que cumplir con ciertas formalidades.
Roswitha sintió el calor que aún quedaba en el forro de la chaqueta, y su boca se curvó levemente:
—Esta vez actuaste sin que te lo pidiera.
—Solo quiero evitar que luego me acuses de ser un esposo falso e incompetente.
A este nivel… hasta se estaban debatiendo si el esposo ficticio estaba cumpliendo bien o mal su papel.
El general León era un tipo que realmente no se andaba con vueltas.
—Hmph.
Un bufido ligero, medio orgulloso, medio frío. Muy típico de ella.
Siguieron caminando y charlando de todo un poco.
—Oye, al inicio de la reunión hubo un presentador, decía ser sirviente del “Amo de la Torre del Crepúsculo”. ¿Sabes quién es ese tipo?
Después de tantos años luchando contra dragones y estudiando historia dracónica, León jamás había escuchado de ese tal “Amo”.
Pero para crear Ciudad Cielo, una ciudad neutral, y convocar a tantos Reyes Dragón… no podía ser alguien común y corriente.
Porque la neutralidad… solo se sostiene con poder.
Si eres un don nadie, a nadie le importa tu postura.
—No sé mucho —respondió Roswitha—. Dicen que es un ser muy misterioso. Al parecer, fundó Ciudad Cielo hace mucho, muchísimo tiempo. Más tiempo incluso que la existencia del clan de los dragones plateados.
León se sorprendió:
—¿En serio tanto? ¿Y creó esta ciudad solo para que los dragones tuvieran un lugar de retiro?
Roswitha lo pensó un momento y luego negó con la cabeza:
—No estoy segura. De pequeña escuché a los ancianos decir que detrás de Ciudad Cielo hay algo más que una simple ciudad neutral.
—Pero en todos estos siglos, sin importar guerras internas, desastres o cualquier caos… Ciudad Cielo ha mantenido su neutralidad absoluta.
—Así que… puede que solo sean leyendas urbanas.
Pisó con sus tacones una losa del suelo, produciendo un pequeño sonido seco.
—Me gusta esta ciudad. Caminar aquí con alguien importante… se siente muy relajante.
Cuando hablaba de temas serios, Roswitha siempre se concentraba mucho.
Tanto, que sin querer dejó escapar lo que sentía.
León alzó una ceja.
—¿Qué dijiste recién?
—¿Eh? Que esta ciudad es neutral, pero con muchas leyendas. ¿Por qué?
—No, no esa parte. Lo que dijiste después.
—¿Ah? Yo…
Roswitha abrió la boca, pero su cerebro reaccionó más rápido: ¡ups! Se le salió sin querer.
Por suerte, como buena dragona plateada, su velocidad de respuesta era de nivel rayo. ¿Y no iba a poder cambiar la cara a tiempo?
—¿Qué dije? Yo no dije nada.
—Sí dijiste. Dijiste que caminar aquí con alguien importante te hace sentir relajada.
La bella mujer se sonrojó. Apretó instintivamente el cuello de la chaqueta y replicó:
—¿Y cómo sabes que “alguien importante” se refiere a ti?
León dio un paso atrás, levantó las manos.
—¿Y aquí hay alguien más que conozcas?
—¡Eres un…! ¡Bah, ni te contesto!
Se fue caminando rápido, con sus pasitos de terca orgullosa cuya trampa emocional había sido expuesta.
León simplemente la siguió, sin prisa, caminando justo detrás de su sombra alargada por las luces del alumbrado.
…
Tras la cena, salieron a caminar para hacer la digestión.
—Y dime, ¿por qué quisiste quedarte a tener una cita?
Aunque estaba contenta con la iniciativa del perro, no descartaba que tuviera algo turbio entre manos.
Era mejor preguntar.
León parpadeó. Decir la verdad está complicado…
Ahora que las niñas estaban de vacaciones, lo tenían pegado todo el día: por la mañana entrenaba magia con Noa, por la tarde ayudaba a Moon y Lucecita a repasar materias.
Al final, el único rato a solas con Roswitha era en la cena y en el cuarto.
Y aunque los “entregables” seguían al día, el contacto físico… seguía siendo solo físico.
Él quería pasar tiempo de verdad con ella. Sin trabajo, sin imperio, sin Konstantin.
Solo ellos dos.
Como dijo ella antes: con alguien importante, se siente muy relajante.
Ciudad Cielo era la oportunidad perfecta para eso.
León no quería que terminara tan pronto. Por eso propuso quedarse.
No lo quería admitir, pero… se estaba encariñando demasiado con esa dragona retorcida.
Y cada vez quería más… estar con ella.
Volviendo a la realidad, se encogió de hombros con fingida indiferencia:
—Te vi estresada últimamente. Pensé que podrías relajarte un poco.
Y agregó:
—Anna se está encargando del trabajo, y las niñas están bien cuidadas. No hay apuro por volver.
Lo primero no la movió mucho.
Pero lo segundo, cuando mencionó a sus hijas, sí le hizo clic.
Desde que empezó el receso escolar, no habían tenido descanso. Todo el día corriendo, atendiendo cosas.
Y ahora, justo cuando tuvieron una salida por la reunión… él propone una cita.
Así que, sumando todo, Roswitha llegó a una conclusión:
Este hombre casado quiere estar a solas con su esposa.
Y claro… ¿cómo no? Si hasta Isa decía que el matrimonio te quitaba la libertad.
Roswitha sonrió con sutileza.
—Bueno, entonces relajémonos un poco.
Ella ya había captado las verdaderas intenciones de León. Pero no dijo nada.
Primero, para cuidar el ego del niño inmaduro.
Segundo… cof cof, esta mujer casada también quería pasar un rato a solas con su esposo.
Pero ya era tarde, y no tenían intención de vagar por la calle de noche.
Así que buscaron un hotel.
Al cruzar la entrada, a Roswitha le vino a la mente la frase que Isa les había lanzado en la reunión:
“La casa y el hotel no se sienten igual~”
Maldita dragona roja. Ni siquiera había tenido novio, y ya se las sabía todas.
¿Era eso lo que llamaban una estratega que no pisa el campo de batalla?
Roswitha sacudió la cabeza. Fuera pensamientos.
Solo es una noche en un hotel. No es nada del otro mundo.
Se acercaron al mostrador.
—Bienvenidos —los saludó una recepcionista entusiasta—. Tenemos habitaciones con cama grande, camas de agua, suites temáticas… ¿qué desean?
Cuando oyeron “cama de agua” y “temáticas”, los dos casi activan el PTSD.
Tragaron saliva al mismo tiempo.
Y respondieron, al unísono:
—¡Dos habitaciones!
La recepcionista se quedó en blanco. ¿Qué clase de sketch era este?
Con su experiencia, era obvio que eran pareja. ¡Incluso ya casados y con hijos!
¿Entonces por qué… dos habitaciones?
Ambos se miraron.
Y enseguida desviaron la mirada.
León, pensamientos internos: Ya rompí mi límite invitándola a una cita. Pero si esta noche dormimos juntos, va a pensar que me tiene comiendo de la mano.
Roswitha, pensamientos internos: Decir dos habitaciones era una prueba para ver si se animaba a dar un paso más. ¡Y me sale con lo mismo! ¡Perfecto! Esta noche duermes solo. ¡Ni se te ocurra entrar a mi cuarto!
La recepcionista se rascó la cabeza.
—Eh… está bien, dos habitaciones. Yo—
—Un momento, voy al baño —interrumpió León de repente.
—Claro, al fondo a la izquierda.
Tal vez la cena no le cayó bien. Se fue al baño con una mano en la barriga.
Roswitha lo siguió con la mirada. Apenas dobló la esquina, sus ojos plateados se iluminaron.
Se giró hacia la recepcionista:
—Señorita, ¿puedo pedirle un favor?
—Dígame.
—En un momento, dígales que no hay habitaciones disponibles. Solo queda una con cama grande.
—…
—¿No se puede? Le pago extra.
—¡No, no! No hace falta. Es solo que… no entiendo mucho su plan.
¿No entiende?
Pues claro que no entiende.
Cuando te cases con un esposo ficticio tan terco como las escamas de un dragón, vas a entender.
¿Y que no dijo que no iba a dejar entrar a León a su habitación?
¡Claro que sí!
Pero nadie dijo que ella no entraría a la suya.
Todo muy lógico.
Poco después, León regresó.
Roswitha le lanzó una mirada a la recepcionista.
Ella entendió la señal y empezó a actuar:
—¡Lo siento mucho, señores! Solo nos queda una habitación con cama grande.
Apenas lo oyó, el general León puso cara de tragedia:
—¿Eh? ¿Solo una? ¡Qué mala suerte!
Roswitha también lo siguió:
—Sí, justo ahora… ¡qué coincidencia tan desafortunada!
León: —Bueno, ya es tarde. Seguramente los otros hoteles tampoco tienen lugar…
Roswitha: —Parece que no nos queda otra que quedarnos aquí…
Los dos a coro: —Ahh, qué remedio.
Recepcionista: Estos dos sí que nacieron para el teatro.
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