Capítulo 02
A partir del volumen 05, capítulo 06 en adelante — Aviso Importante:
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2. Por fin cayó en la trampa
En la habitación, los médicos del clan de dragones plateados se movían sin parar, sin atreverse a cometer el más mínimo error.
Las doncellas entraban y salían sin descanso: calentaban agua, exprimían toallas, cambiaban sábanas. Todo con rapidez y precisión.
A pesar del ajetreo, bajo la coordinación de Isa y la jefa de doncellas, Anna, todo transcurría con sorprendente orden. No había margen para el caos.
En medio de ese grupo de médicos y sirvientas, de vez en cuando se oían los suaves gemidos de Roswitha.
Estaba en plena labor de parto.
En una esquina del dormitorio, León tenía a Lucecita en brazos, mientras con la otra mano sostenía a Moon. A su lado, Noa se mantenía en silencio.
Padre e hijas observaban a todos moverse con urgencia, pero ellos no podían hacer nada.
Un momento antes, León y las niñas se habían acercado a Isa para ofrecer ayuda.
Ella les dijo que aún no era su momento de actuar.
León no insistió. No quería molestar ni interrumpir, así que llevó a las niñas a un rincón y esperó instrucciones.
Lucecita se aferraba a su padre, escondiendo la cola, sus pequeñas manos apretaban con fuerza la ropa de León.
Sus enormes ojos rosados reflejaban pura preocupación. Miraba hacia las cortinas de la cama, escuchando los débiles quejidos de su madre, y murmuró:
—¿Dar a luz… duele tanto…? Qué miedo…
Los verdaderos amantes del caos saben encontrar diversión en cualquier momento. Pero además de esa actitud positiva, Lucecita tenía algo más: una empatía muy superior a la de cualquier niño de su edad.
Por eso era tan buena leyendo emociones, entendiendo el mundo desde la perspectiva de otros… y encontrando alegría en donde nadie más la veía.
Pero precisamente por eso, en este ambiente tan solemne, ella era quien más sentía la tensión, la incomodidad y el sufrimiento en el aire.
Era pequeña, sí, pero podía percibir perfectamente cuánto dolor estaba soportando su madre.
Por eso, de forma poco común, no dijo nada gracioso ni se puso a bromear: solo se acurrucó en los brazos de su papá.
León la miró y quiso contarle un chiste para tranquilizarla.
—Cuando tú naciste fue aún más aterrador.
Lucecita levantó la cabeza.
—¿Más aterrador? ¿Por qué, papá?
León sonrió.
—El día que naciste, había una cabeza de Rey Dragón colgando en la entrada de nuestra casa. ¿Eso no da más miedo?
Lucecita soltó una risita. La tensión en su rostro se alivió un poco.
Justo cuando iba a decir algo gracioso para responderle, notó que la mano que la sostenía… estaba temblando.
Su sonrisa se congeló.
Miró a su papá, ese hombre que hace apenas segundos le estaba contando un chiste.
Estaba fingiendo.
La verdad es que papá también estaba muy preocupado. Más que ellas. Tanto, que no podía evitar que le temblara la mano derecha.
Si uno se fijaba bien, incluso tenía los labios un poco pálidos.
Lucecita nunca había visto a su padre así.
En su cabeza, él siempre era ese tipo que podía enfrentarse a cualquier situación peligrosa con una sonrisa, sin perder la calma.
Pero ahora… ahora que mamá estaba en trabajo de parto, él solo podía contar chistes para calmar a su hija… y a sí mismo.
Lucecita no dijo nada más. Solo se aferró a él con más fuerza.
León seguía mirando en silencio al grupo de médicos y doncellas, escuchando de fondo los débiles sonidos de su esposa.
Todo eso lo hizo recordar aquel día, hace años, cuando nació Lucecita.
También entonces se quedó en silencio en un rincón, acompañado por Noa y Moon, sin saber qué hacer, sin poder ayudar.
Luego vino la invasión de Konstantin. León tuvo que ponerse la armadura negra y salir a pelear.
Cuando volvió… Lucecita ya había nacido.
Matar un dragón era fácil. Apenas unos minutos.
Pero esos minutos fueron los más duros para Roswitha. El dolor más intenso.
Después le contaron lo difícil que fue, todo lo que soportó la reina ese día. Y aunque León lo entendía… no era lo mismo.
Escucharlo nunca iba a ser lo mismo que verlo con sus propios ojos.
Y ahora, esa sensación de impotencia le apretaba el pecho.
Aunque sabía que ella estaba rodeada de los mejores médicos del clan plateado, no podía evitar preocuparse.
Isa, su cuñada, también había dejado de lado todos sus compromisos apenas se enteró de que Roswitha entró en trabajo de parto. Estaba ayudando personalmente.
El parto era algo delicado, y León no podía hacer nada. Todo dependía de Isa y Anna.
Y esa impotencia… lo hacía sentirse aún más inútil.
—¡Su Alteza!
La doncella Milan lo llamó de pronto.
León se sobresaltó, con un rayo de esperanza en los ojos. ¿Por fin podía ayudar?
—¿Qué pasa, Milan?
—Por favor, lleve a las princesas al balcón. Pronto llegarán más médicos.
León se quedó en blanco. Su momentánea emoción se esfumó de golpe.
Solo pudo asentir. Y se llevó a las niñas afuera.
Noa le sirvió un vaso de agua y se lo entregó.
—Toma, papá.
—Ah… gracias.
León bebió un sorbo, con gesto cansado.
—Ánimo, viejo. —le dijo Noa—. Si mamá te viera así, todo desanimado, seguro se burlaría de ti.
León miró el vaso.
Imaginó a Roswitha viéndolo con esa cara derrotada…
Seguro le diría:
“¿Tan asustado por esto, León? Qué bebé eres. Anda, di ‘hermanita’.”
O tal vez:
“Por favor, tú eres mi esposo, ¿no? El príncipe de los dragones de plata. ¡Compórtate! No solo sabes matar dragones, ¿cierto?”
Sí. Definitivamente cosas que ella diría.
Al imaginarlo, León no pudo evitar soltar una sonrisa. La tensión en su pecho se aligeró un poco.
—Hey, cuñado. Ya puedes entrar.
Isa apareció en el balcón.
—Es tu turno.
León se levantó de golpe.
—¿Qué hago? Dime, lo que sea.
—Haz… lo que mejor sabes hacer.
León se quedó pasmado.
¿Lo que mejor sabe hacer?
…
¡HERMANA, NO DIGAS ESO!
—¡Vamos! ¡Deja de quedarte parado! ¡Sígueme!
Isa lo tomó del brazo y se lo llevó de nuevo junto a la cama, dejando a las niñas al cuidado de las doncellas.
Atravesaron el grupo de médicos y doncellas, hasta llegar a Roswitha.
León la vio.
El sudor le empapaba el cabello, pegándolo a su rostro.
Estaba pálida, jadeando, con los ojos entreabiertos. Su mirada estaba algo nublada.
—León… viniste…
Su voz era un susurro.
León se quedó en shock.
No sabía qué decir.
Solo… le dolía el alma.
Hasta que Isa le dio un codazo por detrás, despertándolo.
—Aquí estoy, Roswitha. Aquí estoy.
Se arrodilló junto a la cama y tomó su mano temblorosa, sintiendo el calor en su palma.
Al sentir esa mano grande y cálida, una tenue sonrisa apareció en el rostro pálido de Roswitha.
—Estoy… muy fea ahora, ¿verdad?
—No. Te ves hermosa. Como siempre.
—Mientes… tonto…
León le apartó un mechón de la cara, le acarició la mejilla húmeda con una sonrisa suave.
—Jamás te mentiría. Eres la reina más hermosa… siempre.
—Hmm… b-bueno… te creo… más o menos…
Mientras tanto, Anna se acercó a Milan y los médicos, hablando en voz baja:
—Ahora que Su Alteza está distraída con el príncipe, es el momento perfecto para proceder. ¡Vamos!
—Sí, jefa.
Era la etapa más delicada del parto. Nadie podía cometer errores.
—León… te odio…
León parpadeó.
—¿Eh? ¿Por qué me odias de pronto…?
—¡Está dando a luz, idiota! ¡Tú solo di “sí, mi amor” a todo lo que diga! ¿No distingues lo que es real de lo que no? —Isa le volvió a dar un codazo.
León asintió como pollo picoteando maíz.
—¡Sí! Me odias. Lo merezco. Soy lo peor.
—¿Quieres… que deje de odiarte…?
—¡Claro que sí! ¿Qué tengo que hacer?
Justo entonces, Roswitha dirigió una mirada fugaz a Isa detrás de León.
Se cruzaron las miradas.
Ambas sonrieron con complicidad.
Cayó en la trampa.
Roswitha volvió a mirar a su esposo.
—Tienes que prometer… que vas a cumplir… mi siguiente deseo…
—Sí, lo que sea. Dímelo.
—El primer deseo es…
—Ajá.
—Que nunca… jamás… le enseñes a nuestro bebé… a tocar la trompeta…