Capítulo 02
A partir del volumen 05, capítulo 06 en adelante — Aviso Importante:
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Repasar la vida del más poderoso cazador de dragones del Imperio,Leon Casmod, es repasar una vida breve, pero también gloriosa—
Por supuesto, una gloria no exenta de ciertos momentos tan absurdos que uno no podía evitar soltar una risa.
A los cinco años, Leon mató a puñetazos al perro feroz del vecino para salvar a una niña pequeña. Esta escena fue presenciada por un cazador de dragones que pasaba por allí, quien, al ver su potencial, se lo llevó como discípulo.
A los seis años, lo declararon un talento nato con un cuerpo excepcionalmente dotado para cazar dragones. Así que su maestro decidió subirle el nivel de dificultad y le enseñó una técnica de fortalecimiento corporal que, según él, lo haría «indestructible».
A los diez años, Leon ingresó como genio en la academia de cazadores de dragones más prestigiosa del Imperio—
¿Qué?¿Preguntas qué hizo Leon entre los siete y los nueve años?
Estuvo hospitalizado.
Porque cuando su maestro le enseñó aquella técnica supuestamente indestructible, se entusiasmó tanto que lo puso a demostrarla públicamente… con una exhibición de “romper una piedra gigante con el pecho”.
Pero en vez de romper la piedra, fue el pecho el que casi se rompe.
Ese mazazo lo dejó tres años internado.
Su maestro pensó que no sobreviviría. Incluso ya tenía preparados sus discursos de disculpa para los profesores del orfanato que lo había criado.
Pero contra todo pronóstico, los genios son genios. ¡Hasta de esa se salvó!
Si le hubiera pasado a cualquier otro, ya habría reiniciado su vida con un nuevo personaje hace rato.
Tras recuperarse, y gracias al cuidadoso tratamiento de su maestro, Leon volvió a tener un cuerpo tan fuerte como antes.
Así que, en su décimo cumpleaños, su maestro lo envió a la academia de cazadores de dragones.
Leon pensó que quizás separarse de su maestro no era tan mala idea.
Al menos en la academia, probablemente no enseñaban «romper piedras con el pecho» como materia obligatoria, ¿verdad?
Y así fue como Leon se convirtió en el graduado más joven y con la calificación más alta en toda la historia de la academia.
A los quince años, empuñó su arma y marchó al campo de batalla para cazar dragones.
Su escuadrón arrasó con todo a su paso, derrotando enemigos sin cesar y recuperando vastos territorios para el Imperio.
Su nombre resonaba en boca de todos los ciudadanos imperiales.
Decían que era un héroe de los que solo nacen una vez cada cien años, la última esperanza del Imperio para ganar la guerra y traer la paz definitiva.
Pero…
Un huérfano sin respaldo, sin conexiones, no debería tener tanta popularidad entre el pueblo.
Tampoco debería escalar tan alto en el poder.
Así que, cuando su fama estaba en su punto más alto, la familia imperial lo envió al frente más brutal de la guerra contra los dragones.
Es decir, al campo de batalla contra la raza de los dragones plateados.
La lucha se extendió durante años, con incontables bajas en ambos bandos.
En la batalla final, justo cuando Leon estaba a punto de romper el Santuario de los Dragones Plateados, fue traicionado y cayó prisionero deRoshwitha, la reina de los dragones plateados.
No sabe quién fue el traidor.
Y probablemente nunca llegue a saberlo.
Pero al menos, antes de morir, logró hacer que su mayor enemiga —la reina de los dragones— pagara un precio… bastante «doloroso».
Hablamos de esa mágica y escandalosamente sucia técnica de embarazo forzado que Leon había leído una vez en un viejo y desgastado libro arcano.
Al terminar de leerla, Leon pensó:»¿Cómo puede existir algo tan perverso y depravado? ¡Debo cumplir con la justicia y destruir este libro!»
Y así lo hizo. Lo quemó.
Nunca pensó que algún día tendría que usarla…Hasta que Roshwitha le dio la oportunidad perfecta.
Cualquier otro cazador de dragones, al ser capturado, se habría resignado a soltar unas cuantas amenazas antes de morir con dignidad.
Leon, en cambio, logró dejarle un último y desagradable «regalito» a la Reina de los Dragones Plateados.
Victoria total.
Aunque al final murió, Leon consideraba que, con su historial, no debería tener problemas en ir al cielo.
Lo de «esperar a Roshwitha en el infierno» que dijo justo antes de morir no era una profecía ni una maldición.
Simplemente le pareció…cool.
Cosas de joven.
Pero por muy cool que sonara, Leon seguía sintiendo una única cosa de forma abrumadora:
Cansancio.
Estabamuycansado.
Su vida había sido breve, pero también demasiado agotadora.
Si pudiera elegir, le habría encantado retirarse y vivir una vida tranquila en el campo.
Tal vez irse del Imperio, comprar una granja en un pueblito lejano, casarse con una chica no muy guapa, pero tampoco fea, y tener una hija adorable.
Después de eso, simplemente pasar los días ordeñando vacas y dejando que los años se lo llevaran lentamente.
Después de todo, ordeñar vacas suena mucho más seguro que cazar dragones.
No haber podido vivir esa vida fue, quizás, su único arrepentimiento.
Pero bueno, los arrepentimientos son lo que le da forma a la vida, ¿no?
BZZZ—
Un zumbido le resonó en la cabeza, interrumpiendo bruscamente sus pensamientos.
Un momento…
¿En la cabeza?
¿No se suponía que ya no tenía cuerpo?
¿Por qué sentía algo como “dentro del cerebro”?
Antes de que pudiera entenderlo, suvistavolvió de golpe.
Como una linterna encendida de repente, los recuerdos pasaron frente a sus ojos como una película.
Su nacimiento, su infancia, sus días en la academia de cazadores de dragones…
Era como ver su vida proyectada en una pantalla.
Hasta que la última imagen se congeló:la prisión de los dragones plateados.
La luz del sol entraba por la única ventana. Estaba atado a una estructura de hierro.Y frente a él: Roshwitha.
La mirada entre ellos no era solo de enemistad; era como la súplica de un pecador frente a una santa.
Y entonces, la imagen se hizo pedazos.
Una luz atravesó la oscuridad como una lanza, perforándolo todo.
Leon abrió lentamente los ojos.Y uno a uno, sus sentidos regresaron.
Temperatura, respiración, latido, pulso…
“¿No… estoy muerto…?”
Y también, suvoz.
Probó mover los dedos.
Estaban entumecidos, pero aún respondían.
Haciendo un gran esfuerzo, se incorporó.Estaba en una habitación lujosa y acogedora.
Todo era rosa.En las paredes, dibujos del sol, de nubes y de unos ángeles dibujados con líneas torpes—
Aunque bastante abstractos, uno podía adivinar que eran angelitos: cabezones con aureolas y alas mal hechas.
Un segundo.
¿Ángeles?
¿Significa eso que su alma por fin había llegado a su destino?
Si era así, al fin podría dejar atrás toda la gloria y las penas… y reunirse con sus camaradas caídos en batalla.
Recuperando un poco de energía, se bajó de la cama.
Con pasos pesados, se acercó a la ventana y miró hacia afuera.
Cielo despejado. Pájaros cantando. Flores por todas partes.
“¡Demonios, sí que es el paraíso!”
Al parecer, su vida había terminado con un punto final perfecto.
O bueno…
¿Con un signo de exclamación?
Después de todo, su vida sí que había sido bastante intensa.
En fin, no importaba.
¡Morir y llegar al cielo ya era un logro!
“¡Hey~, despertaste~!”
Una vocecita infantil lo llamó desde atrás.
Leon se dio la vuelta, buscando de dónde venía.
Y entonces la vio:una niña tan adorable como su voz.
Tendría apenas tres o cuatro años.Una carita redondita, con un poco de cachetes de bebé, pero ya mostrando que sería toda una belleza de mayor.
A primera vista, sí que se parecía a la idea de un “angelito” que tenía Leon.
Aunque…
Su cabello era algo raro.
Negro como base, con mechones teñidos de plateado.
El contraste entre negro y plateado no era feo, pero sí algo chocante para una niña tan pequeña.
¿En serio?
¿Contratan menores como ángeles y encima las visten como si fueran emo?
Leon no pudo evitar criticar mentalmente la estética celestial mientras se acercaba, se agachaba frente a la niña y preguntaba:
“Hola, ¿cómo te llamas?”
“Moon”, respondió ella con seriedad.
“Qué nombre tan bonito. Significa ‘luna’, ¿cierto? ¿Quién te lo puso?”
“Mamá.”
Leon se quedó pasmado.
Sin querer ofender, pero…¿Los ángeles tienen mamá?
Creía que Dios los hacía a mano, como figuritas.
“Yo me llamo Leon. Leon Casmod.”Se presentó por cortesía.
“Ajá, ya sabía. Tu nombre suena como el de un león.”
“¿Y quién te lo dijo?”
“Mamá.”
“……”
Una mala corazonada le cruzó el pecho.
Se puso de pie lentamente, con los ojos llenos de incertidumbre, y preguntó con voz temblorosa:
“Tu mamá… ¿es…?”
“¡Roshwitha!”
La niña corrió hacia él, lo abrazó de la pierna y levantó la cabeza con emoción:
“¡Papá, por fin despertaste!”
Tal vez su vida breve y gloriosa no terminó con un punto final ni con un signo de exclamación…
Sino con puntos suspensivos.
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