Capítulo 03
A partir del volumen 05, capítulo 06 en adelante — Aviso Importante:
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A partir de ahora, será ojo por ojo
Por un momento, León no supo qué expresión poner frente a la niña que lo abrazaba de la pierna mientras lo llamaba “papá”.
De verdad quería decirle:Cariño, ¿cómo puedes andar adjudicándote padres así como así?
¿No estarás confundida?
León se tomó un respiro, se agachó y, sujetándole el bracito delgado a Muun, le preguntó:
—Oye, peque… acabo de despertar y no tengo idea de nada. ¿No crees que podrías estarme confundiendo con otra persona?
Muun negó con la cabecita, y ese mechón tieso en la coronilla se sacudió junto con el movimiento.
—No, imposible. Mamá viene todos los días a verte, a ver si ya despertaste.
Antes de que León pudiera decir algo más, Muun ya le tomaba la mano, arrastrándolo decidida hacia la puerta.
—¡Vamos rápido a ver a mamá! Si sabe que despertaste, seguro se pone súper feliz.
¿De verdad, pequeña?
¿Estás segura de que tu mami se va a alegrar al verme?
Con que no me parta la cabeza ya me doy por satisfecho… ¿feliz, dices?
Mientras farfullaba para sí, León aprovechó que la niña le daba la espalda y notó algo que no había visto antes: una cola de dragón asomando detrás de ella.
No era tan gruesa ni larga como la de Roshwitha, pero sí pequeña y adorable, del tipo que dan ganas de acariciar.
—¡Eh, espera, espera, espera, Muun! —León sacudió sus pensamientos y la detuvo apresuradamente.
Pero lo que lo sorprendió fue que, a pesar de que parecía una niña humana de apenas tres o cuatro años, tenía una fuerza impresionante.
Sí, León acababa de despertar y estaba débil… pero tampoco era para que casi no pudiera detener a una mocosa de ese tamaño.
Definitivamente, la sangre de dragón se impone. Hasta un embarazo no planeado termina dominando la genética.
Y pensar que su hija era una pequeña draconiana con fuerza sobrehumana… a León lo invadió un sentimiento de resignación y amargura.
El cazador de dragones… convertido en el padre de una dragona.
—¿Qué pasa, papá?
Muun seguía llamándolo “papá” con tanta naturalidad que a León ya le empezaba a dar vergüenza.
—Eh… solo quiero saber, ¿cuánto tiempo estuve inconsciente?
Muun parpadeó con sus grandes ojitos, claramente confundida con el concepto de fechas y calendarios.
—No… no lo sé… Solo sé que mamá y yo venimos todos los días a verte.
Señaló el reloj de pared.
—Siempre venimos a las diez de la mañana, todos los días.
León giró la cabeza para mirar.
Faltaban diez minutos para las diez.
—Papá, papá, mamá siempre viene a verte. ¿Por qué no te pones contento?
León esbozó una sonrisa torcida.
¿Tú qué crees, por qué no estoy contento?
Faltaban diez minutos para que su archienemiga —con la que no tuvo tiempo ni de desarrollar una relación, pero sí una hija— viniera a visitarlo.
¿Cómo iba a sonreír con eso?
León miró alrededor, buscando algún agujero donde esconderse.
Pero en esta habitación infantil no había ningún rincón donde pudiera meterse un veinteañero de complexión atlética.
Miró la cama, lo pensó dos segundos, y decidió:¿Y si finjo estar dormido otra vez?
Y lo hizo. De un salto, se tiró sobre la cama como si fuera un cadáver.
Muun, confundida al ver que su papá recién despierto volvía a acostarse, corrió descalza hacia la cama.
—¿Papá, no vas a venir conmigo a ver a mamá?
—Shhh. Cuando venga, dile que todavía no desperté.
Muun se rascó la cabeza.
—¿Por qué? ¡Mamá quiere que despiertes!
—Emmm… porque quiero darle una sorpresa. ¿Lo entiendes?
—¡¿Una sorpresa?!
Los ojitos de Muun brillaron de emoción, su mechón blanco y su colita se agitaron con entusiasmo.
—¡Sí, sí, una sorpresa! ¿Verdad que tú también quieres hacerle un lindo regalo a mamá?
—¡Síii!
—Entonces, cuando entre, actúa como si no supieras nada, ¿vale?
—¡Vale! ¡Muun hará todo lo que papá diga!
Había que admitirlo: León tenía talento para lidiar con niños.
Una vez que dejó todo en orden con Muun, cerró los ojos y volvió a hacerse el dormido.
Pasaron unos diez minutos. La puerta se abrió. Tacones resonaron suavemente sobre el suelo, acercándose paso a paso.
Roshwitha, reina de los dragones plateados, no necesitaba decir una palabra para que su sola presencia impusiera respeto. Incluso con los ojos cerrados, León podía sentir esa majestad.
—Muun.
—¡Sí, madre!
La voz de Muun sonó muy alegre.
Roshwitha alzó una ceja.
—¿Y por qué estás tan feliz?
Muun dudó medio segundo y luego negó con la cabeza.
—No, no… Muun no está feliz.
Los ojos de dragón de Roshwitha brillaron ligeramente mientras examinaba con atención el rostro de su hija, que intentaba ocultar la emoción.
Nada extraño en responder seriamente a una madre… pero quizá demasiado seriamente.
Y además, la colita de Muun se movía de un lado a otro.
Los dragones solo meneaban la cola cuando estaban realmente emocionados. Normalmente, como Roshwitha, la dejaban reposando en el suelo.
No dijo nada más. Simplemente dirigió su mirada al “inconsciente” León.
Según sus cálculos, ese tipo ya debía llevar dos años dormido. Era hora de que despertara.
Su tono seguía tan sereno como siempre.
—Entiendo. Puedes ir a jugar.
—Madre…
—¿Algo más?
—N-no, nada. ¡Muun se va!
La niña lanzó una última mirada a su fingidamente dormido padre y salió corriendo.
Roshwitha, por su parte, se acercó con calma a la cama y se sentó elegantemente a un lado. Su cola plateada cayó grácilmente sobre las sábanas.
No dijo nada. No hizo nada.
Solo se quedó ahí. Por un buen rato.
Hasta que de pronto, soltó una risita.
León oyó esa risa perfectamente.
Y se puso nervioso.
¿Lo había descubierto?
No podía ser. Su actuación era impecable.
Instintivamente, su mano se tensó y apretó el puño.
Él sabía perfectamente lo que había hecho hace dos años. Esa dragona debía odiarlo con todo su ser.
Si no lo había matado mientras estaba inconsciente, era porque quería que sufriera despierto.
Pero no pensaba dejárselo fácil.
Si se daba cuenta de que fingía, pelearía con todo lo que le quedaba.
Entonces, Roshwitha se quitó los tacones.
Cling.
El sonido de los zapatos al caer al suelo fue claro.
Luego, el roce de su ropa sobre la cama.
Ese leve sonido hacía que la piel se le erizara.
Un suave aroma se deslizó por el aire, rozando la mejilla de León.
Lo conocía bien. Era el mismo perfume que había olido por última vez, antes de desmayarse en aquella celda.
Aunque entonces estaba tapado por el olor del alcohol, aún lo recordaba.
¿Qué estaba tramando ahora? ¿Matarlo en silencio?
Heh.Pequeña dragona, qué considerada… Si hace mucho ruido, Muun podría escuchar. Y presenciar una escena así podría traumarla de por vida.
León no se movió. Esperó a ver qué haría.
Entonces, Roshwitha alargó el índice y el pulgar, acercándolos lentamente a su nariz.
Y lo pellizcó.
—Oh, olvidé la boca.
Y con la otra mano, le tapó los labios.
Pero no con intención de asfixiarlo. Él lo notó. Estaba controlando la fuerza.
Solo quería incomodarlo.
Si quisiera matarlo, lo habría estrangulado.
Estaba probando si realmente estaba dormido.
León aguantó la respiración con todas sus fuerzas.
Si superaba esta prueba, luego pensaría cómo escapar.
Pasaban los segundos, lentos como el castigo divino.
Roshwitha, muy paciente, seguía allí, tapándole boca y nariz.
Y él, también aguantando como si nada.
¡Por favor! ¿Quién se cree que es? ¡Él era el mejor cazador de dragones del imperio! ¡Veinte minutos bajo el agua y ni se inmuta!
—Vaya, qué aguante —dijo Roshwitha, divertida.
León se sintió orgulloso… hasta que, de pronto, una ráfaga cálida le rozó el oído.
Roshwitha se había inclinado sobre él y le soplaba aire caliente en la oreja.
Ese aliento tibio se colaba por su oído, bajaba por su cuello… le ponía la piel de gallina.
Y encima olía bien. Como su aliento natural, ligeramente dulce.
¿Esta es tu prueba? ¿Una prueba para ver si alguien se resiste?
¡Por favor! ¿Quién va a resistirse a esto?
Heh.
Dragona inmadura.
Pero no terminó ahí.
Como soplar no funcionó, Roshwitha abrió un poco la boca… y le mordió la oreja.
Una mordida suave, más provocadora que dolorosa.
León apretó el puño.
Ya no por defensa.
Sino por contener sus instintos.
¿De verdad crees que con esto puedes derribar al mejor cazador de dragones del imperio?
Heh.
Inmadura x2.
—Oye… ya basta. Se nota que estás despierto —dijo de repente.
—¡Mentira! ¿Qué se supone que…?
El ambiente se volvió incómodo.
Roshwitha lo miraba con una sonrisa entrecerrada.
—Mira eso. ¿Y dices que no estás despierto?
Un silencio sepulcral reinó por dos segundos. Hasta que León se levantó de un salto, apretando el puño.
—¡Ya que me descubriste, no tengo nada que decir! ¡Haz lo que quieras! ¡Pero te advierto que voy a resistirme!
Roshwitha se acomodó el cabello sin inmutarse.
—¿No tienes nada más que decir? Por ejemplo, ¿disculparte por lo que me hiciste hace dos años?
—Tú… ¿de verdad crees que quise hacerlo? Humanos y dragones estamos destinados a enfrentarnos. Si hubiera podido elegir, ¡jamás te habría tocado!
Roshwitha alzó una ceja.
—¿Entonces dices que… tocarme fue una tortura para ti?
—¡Claro que sí!
—Je… León Kasmode.
Sus ojos se tornaron fríos y afilados: una señal clara de ataque en los dragones.
León, aunque débil, se preparó para luchar.
Pero justo cuando pensó en contraatacar, Roshwitha enroscó su cola en su tobillo y lo hizo caer de nuevo sobre la cama.
Intentó levantarse, pero Roshwitha se alzó y, con una pierna larga y perfecta, apoyó su pie sobre su pecho.
—¿Qué… qué vas a hacer?
—Cobrarme. León Kasmode… Lo que me hiciste hace dos años… ahora te lo devolveré con creces.