Capítulo 186
A partir del volumen 05, capítulo 06 en adelante — Aviso Importante:
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**Capítulo 186: Cruzando esta montaña**
Al anochecer, Leon y sus dos compañeros llegaron al bar donde actuaba Victor.
El lugar no era de lujo, con una clientela variopinta: desde obreros hasta criminales menores. No solo venían a beber; también había tratos clandestinos, peleas ilegales y hasta narcotráfico.
Aunque comparado con los negocios turbios que Teg y los demás habían desmantelado antes, este sitio era relativamente «tranquilo». Al menos no exhibían sus actividades ilegales a plena luz.
Leon y Rebecca entraron mientras Teg vigilaba fuera. Los carteles de «Se busca» con su rostro estaban por toda la ciudad, y la recompensa era tentadora. Mejor evitar riesgos.
Al cruzar la entrada, el bullicio golpeó los oídos de Leon. El pasillo hacia la pista de baile estaba abarrotado.
Mujeres con vestidos ajustados, cigarrillos baratos entre los dedos, llenaban el aire de humo. Una de ellas sopló una bocanada directamente al rostro de Leon.
Hasta las trabajadoras sexuales hacían su negocio en la entrada.
Leon ignoró el avance y siguió caminando.
—Oye, guapo, ¿tanta prisa? ¿No quieres divertirte un rato? Tengo algo interesante…
*¡Click!*
Rebecca apuntó a la mujer con su pistola.
La mujer se calló de inmediato y retrocedió. Los demás en el pasillo también les abrieron paso.
En segundos, el camino quedó despejado.
—Los de la entrada «filtran» a los nuevos. Si no muestras autoridad, es difícil moverse aquí —susurró Rebecca.
Leon entendía esas reglas no escritas. Lo que no entendía era por qué Victor, tras dejar el Cuerpo de Dragones, había terminado en un lugar tan decadente.
¿Lo eligió voluntariamente? ¿O había otra razón?
Victor siempre tuvo principios. No parecía el tipo para este ambiente.
Tendría que esperar a encontrarlo para saber la verdad.
—
**En la barra**
—¿Qué les sirvo? —preguntó el barman.
—Agua —Leon tenía baja tolerancia al alcohol. Además, no venían a beber.
—Un «Luna Negra» —Rebecca, experta en tragos, decía que disparaba mejor borracha (aunque eso era discutible).
El barman miró a la menuda Rebecca.
—No servimos alcohol a menores.
Leon, que iba a sugerirle un jugo, se contuvo. Se movió ligeramente para evitar salpicaduras de sangre.
Si el punto débil de Leon era su familia, el de Rebecca era que la subestimaran por su edad.
—¡Soy mayor de edad! ¡Abre bien los ojos, idiota!
La chica se subió al taburete, manos en la mesa. Si el barman replicaba, sin duda sacaría el arma.
Afortunadamente, el hombre fue prudente.
—De acuerdo, «Luna Negra», enseguida.
—¡Espera! Cambio de idea. También quiero agua.
—Dos aguas, entonces.
Rebecca se sentó, brazos cruzados, fulminando al barman con la mirada.
—Por eso odio a todos los barmans del mundo.
Leon sonrió, sin comentar, y escudriñó el lugar.
—
**El espectáculo**
De pronto, las luces se apagaron, dejando solo un foco en el escenario.
Allí, un hombre alto y delgado, guitarra en mano, se sentó en un taburete. Vestía sencillo, rostro marcado por el tiempo, cabello hasta los hombros.
Pero su aparición desató gritos en la pista de baile.
—¡Victor! ¡Victor!
—¡Canta «Junto al río»!
—¡No, «Brisa nocturna»!
Leon observó a su exsubordinado desde la barra. Victor había cambiado mucho: antes llevaba el pelo corto y era más vivaz.
—¿Cómo terminó así? —murmuró Leon.
—Los artistas son así —Rebecca sorbió su agua con una pajita.
Cuando el bullicio aminoró, Victor tomó la púa de su collar.
No era una púa cualquiera, sino una pieza de marfil tallada, que brilló bajo las luces.
Con un suave rasgueo, comenzó a cantar.
Su voz era excepcional, incluso para los estándares de este bar.
Leon recordó las noches en el Cuerpo de Dragones, cuando Victor cantaba junto a la fogata. Por eso tenía admiradores, aunque nunca tantos como Leon.
«El eterno segundo» era como una maldición que lo perseguía en todo.
Por más que se esforzara, Leon parecía una montaña infranqueable.
Casualmente, Leon supo que la canción que Victor cantaba ahora se llamaba *»Cruzando esta montaña»*.
Pero él nunca se vio como un obstáculo para Victor.
Para Leon, Victor siempre fue un subordinado leal y confiable…
Al menos, eso creyó hasta que lo traicionaron en la Batalla del Dragón Plateado.
¿Quién podía salir ileso de esta conspiración imperial?
Leon guardó sus pensamientos y esperó a que Victor terminara.
Como cantante residente, una canción no bastaba. Durante la siguiente hora, Victor interpretó clásicos, algunos que Leon recordaba de sus días en el Cuerpo.
Hasta él, que decía carecer de sensibilidad artística, disfrutó la música, reviviendo viejos recuerdos.
Mientras, la chica de coletas a su lado cabeceaba, a punto de dormirse.
Leon chasqueó los dedos junto a su oreja.
—¡Ah! ¿Quién dispara? —Rebecca despertó sobresaltada.
—Despierta. Vamos a buscar a Victor entre bastidores.
—
**El reencuentro**
En el backstage, varias puertas tenían nombres del personal. Encontraron la de Victor y llamaron.
—El show de hoy terminó. Vuelvan mañana —respondió una voz desde dentro.
—Oye, *estrella*, ¿ahora que eres famoso ni saludas a tus excompañeros? —Rebecca habló tras la puerta.
Tras un silencio, pasos se acercaron.
La puerta se abrió, revelando a un hombre delgado y cansado. Bajó la mirada hacia la chica que le llegaba al pecho.
—Rebecca, ¿qué haces aquí?
—Vine a apoyar a la *superestrella*.
—No bromees. Si vinieron, es por algo importante.
Rebecca se encogió de hombros.
—Algo hay, pero no es mío. Es de *él*.
Con eso, apartó a Leon de detrás de la puerta.
Victor alzó la vista… y se quedó petrificado.
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