Capítulo 190
A partir del volumen 05, capítulo 06 en adelante — Aviso Importante:
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**Capítulo 190: El Refugio de los Débiles y Enfermos**
Finalmente se habían deshecho del topo que lo había traicionado hacía tres años, pero Leon no sentía la satisfacción de la venganza. Sus emociones eran complejas.
Más que éxito, sentía perplejidad. ¿Realmente alguien podía abandonar sus principios solo por ser el «eterno segundo»?
Quizá Victor tuvo otras razones para convertirse en lacayo del Imperio, pero un cadáver no habla. Tal como el Imperio había culpado a Leon (un «muerto») por su guerra fallida.
Por supuesto, Leon no se arrepentía de matar a Victor. Los traidores merecían su fin. Dejarlo vivo habría sido un riesgo para todos.
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**Las pistolas**
Leon devolvió las dos armas a Rebecca: una usada para ejecutar a Victor, la otra (con balas de fogueo) ensamblada por él en su primer día de regreso.
—Ah, así que *tú* tenías mi pistola perdida —dijo Rebecca, guardándolas—. Pensé que la había extraviado otra vez.
—Martin y yo somos tan *hogareños* que siempre perdemos cosas —bromeó.
Martin, sosteniendo su dolorido pecho, protestó:
—Mi habitación está ordenada. Solo… prefiero no salir.
—¡Eso es justo lo que hace a un hogareño! —Rebecca lo señaló acusadoramente.
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**El misterio más grande**
Martin miró el cadáver de Victor y suspiró:
—¿Por qué traicionó al capitán?
Leon negó con la cabeza.
—Es inútil preguntarse por los motivos de un peón. La pregunta real es: ¿por qué el Imperio quería matarme?
—¿Una amenaza al poder? —sugirió Martin, criado en la nobleza.
La fama de Leon como el «Más fuerte cazador de dragones» le granjeaba apoyo popular y militar. Un rival potencial para el régimen.
Pero eso no explicaba la colaboración del Imperio con los dragones…
Teg, apoyado en el marco de la puerta, intervino:
—No es solo por poder. El Imperio tiene secretos oscuros. Esta guerra de siglos esconde conspiraciones que ni imaginamos.
Matar a Victor era solo el principio. El verdadero enemigo seguía oculto.
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**El plan**
Leon se volvió hacia los demás:
—Martin, tú estás a salvo. Tu padre puede protegerte.
—Rebecca, el Maestro te llevará a un lugar seguro.
Teg se rascó la cabeza, incómodo:
—Bueno… mi esposa está con su familia ahora, y no soy muy cercano a ellos…
—¿Treinta años de matrimonio y no conoces bien a su familia? —Leon arqueó una ceja.
—¡No es asunto tuyo! —Teg se sonrojó—. No visitamos mucho.
Rebecca alzó la mano:
—¡Me opongo! ¡Iré con ustedes!
—¿Convertirte en fugitiva? Es peligroso —advirtió Leon.
—Peligroso es quedarse esperando a morir —replicó ella, firme—. Además, ¿qué sería de «Los Débiles y Enfermos» sin su chica bonita?
Leon dudó. Rebecca tenía razón: una vez que decidía algo, nada la detenía.
Martin intervino tímidamente:
—Yo puedo quedarme y recolectar información desde dentro. Sé cómo hacerlo discretamente.
Tras pensarlo, Leon aceptó:
—Bien. Pero *prioriza tu seguridad*.
—¡Sí, capitán!
Rebecca aplaudió:
—¡Perfecto! Ahora somos *»El Refugio de los Débiles y Enfermos»*!
—¡No soy hogareño! —protestó Martin, inútilmente.
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**La advertencia**
De pronto, Teg habló con seriedad:
—Leon, *no puedes quedarte en el Imperio*.