Capítulo 20
A partir del volumen 05, capítulo 06 en adelante — Aviso Importante:
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Si esta clase de cenas familiares se repitiera a diario, Leon calculaba que su esperanza de vida se reduciría, como mínimo, en treinta años.
La cena, en teoría, debía ser el momento ideal para que una familia conversara con calma y reforzara sus lazos.
Pero en esta casa, se había convertido en un campo de tortura cuidadosamente montado por Roshwitha para castigar a Leon.
Y ahora, con Noah —una pequeña dragona de hielo precoz e implacable— en escena, Leon tenía que lidiar con un dos contra uno constante.
¡Era imposible ganar!
Mientras pensaba cómo hacer que Moon abandonara aquella idea absurda, escuchó de pronto la voz de Noah:
—No, Moon.
Moon frunció el ceño y miró a su hermana mayor.
—¿Por qué no?
—Quiero estudiar en la división de dragones jóvenes de la Academia Saint Heath.
Al decir esto, Noah miró a Roshwitha, buscando su aprobación.
Incluso Roshwitha se sorprendió un poco ante esa propuesta.
Sabía que Noah era precoz y tenía talento para la magia. Pero lo normal era que los dragones ingresaran a esa división a los cuatro o cinco años.
Noah tenía apenas un año y dos meses. En estatura, ni siquiera se acercaba a los dragones de esa edad.
Roshwitha dejó el cuchillo y el tenedor sobre la mesa, levantó la vista y preguntó con seriedad:
—¿Por qué tienes tanta prisa por ingresar?
—Porque quiero vencer a más…
—¿Más qué?
—Cazadores de dragones.
—Pff… ¡Cof, cof, cof!…
Leon se atragantó con el agua que acababa de llevarse a la boca. Justo cuando pensaba que no podía ser peor, su hija mayor confesaba que quería derrotarlo.
Qué gran muestra de “amor filial”.
Noah lo miró con desdén.
—Ten un poco de modales en la mesa.
Leon limpió su boca con la servilleta.
—Los cazadores de dragones son muy valientes, papá no quiere que te lastimes.
—Si no me lastimo, no puedo crecer.
Vaya… esta sí que es una pequeña testaruda.
Leon quería decir algo más, pero Roshwitha intervino:
—A mí me parece una excelente idea. Cuanto antes aprenda a defenderse, antes podrá enfrentarse a los cazadores de dragones. Además, creo que esos cazadores son un montón de idiotas. No tienen nada de especial… Seguro que hasta escupen el agua cuando se asustan. ¿No es así, Leon?
—…
—Bien, parece que tu padre tampoco tiene objeciones.
Roshwitha sonrió.
—La Academia Saint Heath realiza dos exámenes de admisión cada año. El próximo es dentro de un mes. En ese tiempo, nos prepararemos.
—Sí, madre.
—Muy bien. Ya hablaremos de esto mañana. Comamos.
Las dos pequeñas inclinaron la cabeza y siguieron devorando la comida.
Roshwitha miró de reojo a Leon, que estaba completamente desanimado, y fingió preocupación:
—¿Por qué no sigues comiendo, Leon? ¿No está rico?
—Sí… muy rico…
—Si está rico, come más. Necesitarás energía… para otras cosas.
Ese “otras cosas” estaba cargado de intenciones.
Leon sintió un escalofrío recorrerle la espalda.
¿Por qué sentía como si lo estuvieran engordando para la matanza de fin de año?
Miró el filete de su plato, y sin darse cuenta, aferró con fuerza el cuchillo y el tenedor.
Podía sentir el desprecio y la condescendencia en los ojos de Roshwitha.
Para ella, él ya no era el valeroso cazador de dragones de hace dos años, digno de ser su rival.
Quizá, a sus ojos, ahora no era más que una herramienta para cuidar niños… un juguete al que recurrir cuando necesitara descargar su frustración.
Ella quería que las niñas conocieran el amor paterno. Por eso lo había dejado vivir.
Leon había dicho una vez que podían destruir su orgullo, su dignidad… pero jamás quebrarían su voluntad.
¿Era solo una bravata más de un hombre despojado de su humanidad?
No.
No era así.
No permitiría que Roshwitha le arrebatara nada más.
Miró su filete… y lo cortó en pedacitos, como si despedazara algo más que carne.
Una pequeña chispa, a punto de extinguirse en su interior, se avivó de nuevo.
Una hora después.
La cena familiar había terminado.
Noah llevó a Moon de regreso a sus habitaciones. Leon, voluntariamente, se ofreció a lavar los platos.
Roshwitha dijo que eso era tarea de los sirvientes.
Pero Leon insistió en que hacer las tareas juntos después de cenar era algo que fortalecía los lazos familiares.
Roshwitha no discutió más. Se ató el delantal y fue a la cocina.
Solo quedaron ella y Leon en la habitación.
El agua fluía del grifo. Roshwitha, frente al fregadero, limpiaba cada plato con meticulosidad.
—Oye, ¿piensas ayudar o no? Dijiste que lo haríamos juntos… tú—ah…
No terminó de hablar. Sintió un calor repentino en el pecho.
Sus nervios comenzaron a activarse.
Se aflojó el cuello del vestido y vio que la marca de dragón en su pecho brillaba con un tenue resplandor violeta.
—Leon… tú…
Quiso salir a exigirle una explicación.
Pero en cuanto se giró, la reacción de la marca se intensificó.
Sus piernas flaquearon y cayó hacia delante. Por suerte, alcanzó a sujetarse del marco de la puerta.
Aun así, la marca seguía invadiendo su cuerpo y nublando su mente.
La vista se le volvió borrosa, la garganta seca, y una necesidad urgente de “reproducirse” comenzó a aflorar.
Tragó saliva. Pero no pudo resistir.
Terminó cayendo al suelo, respirando con dificultad, completamente sonrojada.
Toc… toc… toc…
Sonaron pasos.
Roshwitha alzó la vista.
Era Leon.
La pálida luz de luna que entraba por la ventana iluminaba su rostro.
No tenía expresión, pero si se miraba con cuidado, se podían ver gotas de sudor en su frente.
Él también estaba luchando contra los efectos de la marca.
—¿Qué… qué piensas hacer…? —preguntó con voz entrecortada.
En su interior, dos impulsos se enfrentaban: la cautela ante ese hombre… y la necesidad animal de perderse con él entre las sábanas.
Sabía que él sentía lo mismo.
—Roshwitha, hace dos años, en el calabozo, te dije algo. ¿Lo recuerdas?
Leon se agachó, igualando su mirada con la de ella.
Le levantó el mentón suavemente, contemplando su rostro enrojecido y los ojos turbios de deseo.
—Nunca deberías quedarte a solas con un cazador de dragones entrenado al extremo.
Roshwitha le devolvió la mirada con una sonrisa sarcástica.
—Heh… ¿Sigues fingiendo? ¿Crees que vas a debilitarme con la marca y escapar? No podrás. Ambos sufrimos los mismos efectos. Y tú acabas de despertar de un coma de dos años. Apenas te has recuperado. Aunque yo me debilite… tú tampoco podrías salir de aquí…
Leon la interrumpió.
—¿Quién dijo que quiero escapar?
—¿Q… qué?
Se inclinó y la alzó en brazos.
El cabello plateado de su cola cayó como una cortina. La reina, completamente desconcertada, quedó acurrucada en su pecho.
—Leon, ¿qué haces? ¿Qué vas a hacer?
—Es cierto, aún no he recuperado toda mi fuerza… pero lo suficiente.
—¿Suficiente para qué? ¡Leon! ¡Contéstame!
Al llegar a la entrada, la dejó en el suelo, con la cabeza hacia la puerta y la cola hacia él.
Entonces, se agachó y le agarró la cola con firmeza.
—¡No, Leon…!
Durante la resonancia de la marca, la cola de los dragones se convertía en un punto extremadamente sensible.
Solo con tocarla, el cuerpo entero respondía.
Roshwitha, como una gatita atrapada por el cuello, quedó tirada en el suelo, sin fuerzas.
—Suelta mi cola… Leon…
Con su último aliento de lucidez, amenazó:
—Si sobrevives a esta noche… te mataré, te lo juro…
—Eso será mañana, Roshwitha. Y tú sabes que nunca he temido a la muerte.
Apretó un poco más.
Un escalofrío recorrió el cuerpo de Roshwitha.
—Los dragones desean conquistar, destruir, dominar.
—Tú también, Roshwitha.
—Desde que desperté, me has pisoteado, me has usado como si fuera un juguete.
—Esta noche, ¿por qué no cambiamos los roles?
—¿Alguna vez te han conquistado, dominado?
—Creo que no. Pero pronto sabrás lo que se siente.
Se inclinó sobre ella, presionó su cola con la rodilla, la tomó del cuello con una mano, y con la otra le apartó el cabello de la cara. Luego, susurró al oído:
—Y no hagas ruido, Su Majestad…
—¿No hacer ruido?
—Sí, porque…
Toc toc toc—
—Su Majestad, venimos a recoger la mesa. ¿Es un buen momento?
La voz de las sirvientas resonó tras la puerta.
Roshwitha abrió los ojos con terror. Intentó pedir ayuda, pero Leon le tiró del cabello, forzándola a levantar la cabeza.
—Si gritas, abriré la puerta sin dudarlo. Que vean a su reina, tan altiva, reducida a esto. A mí no me importa. ¿Y a ti?
—Leon… ¡Eres un bastardo!
—Shhh~ Más bajito. No querrás que escuchen, ¿cierto?
—¿Su Majestad? ¿Está todo bien? ¿Le pasa algo?
—Di que estás ocupada, que vuelvan mañana.
Roshwitha cerró los ojos un momento. Luego los abrió y, con voz serena, respondió:
—Todo está bien. Vengan mañana a limpiar.
—Sí, Su Majestad.
Los pasos se alejaron.
Leon sonrió con satisfacción.
—Entonces… empecemos, mi querida esposa.