Capítulo 28
A partir del volumen 05, capítulo 06 en adelante — Aviso Importante:
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La clase de refuerzo por la tarde se centró exclusivamente en los errores de Noa.
Tras echar un vistazo general, Leon descubrió que su hija mayor tenía una percepción muy precisa de sus propias capacidades.
Todos los errores que había cometido estaban marcados en el temario como capítulos de dificultad roja.
En cambio, los de dificultad verde o amarilla los había respondido bien.
Eso, al menos, servía para ahorrarles tiempo y evitar dar rodeos innecesarios.
Estudiar es como curar una enfermedad: solo con el tratamiento adecuado se mejora rápido.
Durante toda la tarde, Noa aprendió bastantes cosas nuevas.
Al despedirse, por fin fue capaz de decir con naturalidad:
—Gracias.
¡Ahhh~!
Ese “gracias” le supo al viejo padre como un bálsamo para el alma, ¡una delicia reconfortante!
Leon reprimió como pudo las ganas de sonreír, fingiendo indiferencia mientras respondía:
—No es nada, es lo que debo hacer.
Noa asintió, abrazó el cuaderno con las tareas que Leon le había preparado, se giró, se puso de puntillas para alcanzar el picaporte, lo giró y salió del cuarto.
Leon suspiró con alivio y se volvió hacia la ventana.
Ya estaba anocheciendo.
Se preparó algo rápido para cenar, y luego volvió a sentarse frente al escritorio.
Encima de la mesa tenía los libros de medicina básica que le había traído la sirvienta Anna.
Y también algunos chiles que había encargado a Noa al mediodía.
Leon tomó uno, lo observó detenidamente y murmuró:
—No se ven diferentes a los que cultivaba mi maestro…
Dicho eso, le dio un mordisco y masticó.
Dos segundos después…
—¡AGUAAGUAAGUAAGUAAGUAAGUA!
Salió disparado hacia el fregadero, abrió el grifo y metió la cabeza bajo el chorro de agua fría, pero el ardor picante y endemoniado del chile no se calmó en lo más mínimo.
Tirado en el suelo, se retorcía mientras se cubría la boca.
Sentía como si le hubieran metido un trozo de carbón ardiendo entre los dientes.
Después de unos minutos de intensa lucha con sus papilas gustativas, Leon logró recuperarse un poco.
Tenía los ojos llenos de lágrimas, y los labios tan entumecidos que ya ni los sentía.
—Si los dragones comen esta clase de chile todos los días… tarde o temprano van a acabar con hemorroides.
Soltó la queja entre dientes, se levantó del suelo y volvió al escritorio.
Después de semejante batalla, el cansancio acumulado durante el día desapareció por completo.
Se frotó la cara, se concentró y empezó a preparar el contenido de las clases del día siguiente.
Por un momento, sintió como si hubiera regresado a sus días en la Academia de Cazadores de Dragones.
Después de cada jornada, se dedicaba por completo a estudiar.
Ya fuera repasando o adelantando temas, nunca se permitía descansar.
No era raro que sus compañeros lo llamaran “el rey de los nerds”.
Cuando se desvelaba estudiando hasta altas horas de la noche, masticaba uno de los chiles que le había dado su maestro.
Eran un excelente estimulante natural.
Aunque técnicamente todavía estaba recuperándose del coma, y debería estar descansando, Noa tenía su examen de ingreso el mes que viene.
No podía permitirse perder tiempo, así que tenía que diseñar un plan de estudios estricto y eficaz.
Como su cuerpo aún no aguantaba largas sesiones, Leon no tuvo más remedio que usar los chiles para obligarse a mantenerse despierto.
Y los chiles de los dragones…
Cumplían con creces esa función.
Estaba tan concentrado que, cuando por fin pensó en tomar un descanso, ya pasaban de las once de la noche.
Se frotó los ojos, notando el peso del cansancio. En ese momento, tomó otro chile y le dio un mordisco.
En un instante, el ardor ácido y punzante le subió directo al cráneo, disipando todo el sueño.
Apretó los dientes y se agarró el muslo, intentando soportar el picor abrasador en su boca.
Cuando por fin se estabilizó, apartó el material de enseñanza que había preparado y sacó del cajón los libros de medicina.
En realidad…
Abrió el índice y buscó las secciones de “fortalecimiento del cuerpo” y “nutrición”.
La frase de Roshwitha —“Tu cuerpo ya no es lo que era”— seguía clavada en su mente como un cuchillo.
Y como buen “rey de los nerds”, tenía una terquedad sin remedio.
Por eso, esa mañana le había pedido a Anna libros de medicina, para ver si podía encontrar algo que reemplazara los suplementos nutricionales que tomaba.
Solo con suplementos, su cuerpo tardaría una eternidad en recuperarse por completo.
Leon no podía permitir que esa madre dragona lo siguiera menospreciando.
¡Iba a hacer que Roshwitha pagara caro esa frase!
Con ese pensamiento, se encendió su determinación y comenzó a hojear los libros con atención.
—“Fruto de dragón carmesí… pulpa sabrosa, la semilla sirve como medicina, tiene propiedades para regular la energía vital… Mmm, no me sirve.”
—“Hierba de loto sombría, de uso tópico ayuda a curar heridas, y tomada mejora la digestión… Vaya, ¿todas las hierbas de los dragones tienen doble función o qué?”
—“ProtectoRrenal del Dragón… mejora— ¿¡Qué clase de nombre ridículo es este!? Solo con oírlo ya parece cualquier cosa menos seria. ¡Seguro que es…!”
Leon refunfuñaba mientras entrecerraba los ojos y seguía leyendo la descripción del producto.
—“Tsk… tal como me lo imaginaba, exactamente lo que pensé al leer el nombre.”
Pero lo que él buscaba no era algo tan agresivo o directo como el “ProtectoRrenal del Dragón”.
Su objetivo era algo que ayudara a nutrir y fortalecer el cuerpo.
Sin embargo, tras revisar media enciclopedia, no encontró nada que le sirviera.
Justo cuando estaba por tomar otro de los libros, la cerradura de la puerta hizo un “clic”.
Al oír el sonido, Leon se apresuró a esconder el libro de medicina básica y puso sobre el escritorio los textos que Noa necesitaría al día siguiente.
La visitante no era otra que Roshwitha.
—Oh, ¿aún despierto?
Dijo, entrando con paso tranquilo.
—Ajá —respondió Leon, fingiendo calma.
Roshwitha fue hasta la cama y se sentó con elegancia. Cruzó las largas piernas, apoyó un brazo en la cama y el otro sobre la rodilla. Su porte era relajado, aunque mostraba un leve cansancio.
Leon se llevó inconscientemente la mano al pecho, sintiendo la marca de dragón.
Por suerte, no había ninguna reacción.
Eso significaba que esta noche, la madre dragona no venía a torturarlo.
Aun así, Leon no le dirigió la palabra. En su lugar, revisaba los apuntes de refuerzo que había preparado, por si podía mejorar algo.
La mirada de Roshwitha se deslizó desde su rostro hasta los chiles sobre la mesa.
Frunció el ceño y preguntó:
—¿Para qué estás comiendo chiles?
—Para mantenerme despierto.
—¿Despierto?
—Sí. Noa tiene su examen de ingreso el mes que viene. Normalmente deberíamos haber comenzado a prepararnos un año antes, pero no tenemos ese lujo. Así que… hay que trasnochar.
Leon seguía ajustando los planes de estudio sin mirarla.
Tras una breve pausa, añadió:
—Y también quería darte las gracias.
Roshwitha alzó una ceja.
—¿Gracias a mí?
—Sí. Gracias por darme una hija tan inteligente. Es gracias a eso que confío en que puedo ayudarla a pasar el examen en solo un mes.
La reina soltó una risita desdeñosa.
—Noa salió a mí.
Leon se quedó en blanco. Finalmente, soltó los apuntes y se giró hacia ella con rostro serio.
—¿Y tú cómo sabes eso?
Roshwitha parpadeó, como si no esperara esa reacción.
—Ah, pues yo…
—A los diez años ingresé en la Academia Imperial de Cazadores de Dragones. A los quince, me gradué como el mejor tanto en exámenes escritos como en combate. Durante cinco años gané todas las becas más prestigiosas. El rector me entregó personalmente la medalla de graduación. Fui el primer graduado menor de edad en casi un siglo. Después, en todas las competencias del ejército cazadragones, fui el campeón.
Leon la miró a los ojos, articulando con precisión:
—¿Y tú, Su Majestad? ¿Qué campeonato ganaste tú?
—…
Roshwitha se quedó sin palabras.
No lo quería admitir, pero realmente no se esperaba que Leon fuera un cerebrito.
Siempre lo había visto como un simple bruto peleador.
Por supuesto, nunca iba a elogiarlo en voz alta. Así que, en lugar de responderle directamente, dijo con tono neutro:
—Vaya, impresionante.
—Por supuesto.
—Entonces, ¿cómo terminaste siendo mi prisionero?
Leon: …
Maldita sea.
Toque crítico.