Capítulo 27
A partir del volumen 05, capítulo 06 en adelante — Aviso Importante:
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Al final, Leon ideó un método de tutoría que encajaba perfectamente con la situación actual de Noa.
Entre los libros que acababa de traer la jefa de las doncellas, Anna, venían también algunos exámenes antiguos de la Academia Saint Heath.
Leon les echó un vistazo por encima. Todas las preguntas estaban relacionadas con conocimientos sobre los dragones.
Al ver eso, soltó un suspiro de alivio en silencio.
Eso deconoce a tu enemigo y conócete a ti mismo, y ganarás todas las batallas… Al fin y al cabo, él era uno de los cazadores de dragones más temidos del imperio, incluso más entendido que los propios dragones.
Aunque su cuerpo ya no era lo que solía ser —(¡Maldita sea, por qué siempre que pienso eso me viene a la cabeza la voz de Roshwitha!)—
Aun así, todo ese conocimiento que acumuló en el pasado seguía intacto.
Tenía pensado enseñar a Noa basándose en su comprensión profunda de los dragones, complementada con los exámenes antiguos y los libros que habían traído.
El plan de estudio lo armó en un santiamén.
Después de todo, él había sido un estudiante modelo en la Academia de Cazadores de Dragones, graduándose primero tanto en exámenes teóricos como en combate práctico.
—Bien. Vamos, Noa. Vamos a empezar de forma oficial. Primero, estudiaremos cómo utilizan la magia los dragones.
Diciendo eso, Leon le empujó un libro básico de magia.
—Este libro está bien estructurado. El índice es claro y los títulos resumen bien cada tema.
Sacó tres bolígrafos de diferentes colores.
—Mi idea es la siguiente: primero, échale un vistazo general al índice. Luego, usando verde, amarillo y rojo, marca cada título según si lo entiendes bien, más o menos, o nada en absoluto.
—Estuve revisando los datos de años anteriores y descubrí que la mayoría de estudiantes se preparan durante un año entero para entrar a la Academia Saint Heath.
—Pero nosotros solo tenemos un mes.
—Así que tenemos que hacer todo lo posible por mejorar la eficiencia del estudio.
—Confío en ti, Noa. Tú puedes lograrlo.
—Cuando estés lista, comenzamos.
Terminó de hablar y le pasó los bolígrafos junto con el libro.
Noa tenía un control emocional admirable.
Aunque se sorprendió un poco por la eficacia de este “papá niñero”, no se comportó como una niña común.
Tomó el libro y los bolígrafos y empezó a marcar el índice tal como Leon le indicó.
Al ver a su hija mayor trabajando tan concentrada, a Leon también se le ablandó un poco el corazón.
No había charlas innecesarias, ni preguntas vacías. Todo estaba enfocado en un solo objetivo: la eficiencia.
Sin embargo, enseñar a una estudiante como Noa también implicaba una gran presión para él como maestro.
Noa era claramente más inteligente que Moon. Y Leon, como su tutor, tenía que ir siempre un paso por delante de ella.
De lo contrario, toda la tutoría perdería eficacia.
—Uf, parece que tendré que empezar a trasnochar —pensó Leon.
Recordó su época en la Academia de Cazadores de Dragones, cuando solía estudiar hasta después de la medianoche.
Sus compañeros lo llamaban “el fanático del esfuerzo”, y él nunca lo negó.
Solo sabía que, si no estudiaba con todas sus fuerzas, su maestro le rompería el pecho con una roca cuando regresara a casa.
—Ya terminé de marcar.
La voz de Noa lo sacó de sus recuerdos.
Leon volvió en sí, tomó el libro y revisó cómo había marcado el índice.
—Bien, nada mal. Entre los temas verdes y amarillos cubrimos un 70%. Solo algunos capítulos están en rojo, los que no entiendes, ¿verdad?
Noa asintió.
—Perfecto. Esto solo nos da un esquema general. No significa que los temas en rojo sean imposibles ni que los amarillos estén completamente dominados. Así que vamos a empezar por los amarillos, e iremos resolviendo las dudas a medida que aparezcan. ¿Te parece?
—Sí.
Leon asintió y comenzó a explicarle los capítulos marcados en amarillo.
El tiempo de estudio pasó volando. En un abrir y cerrar de ojos, ya habían pasado tres horas.
Leon había garabateado todo el libro. Había repasado con Noa casi todos los puntos importantes.
Lo siguiente era poner en práctica lo aprendido.
Sacó un examen antiguo.
—Vamos a hacer una prueba. Así podremos ver directamente en qué áreas aún fallamos.
“Ver en qué fallamos”…
Noa notó que Leon solía hablar usando palabras comonosotros,nuestro avance,nuestras fallas.
Rara vez decía cosas como¿tú entendiste?ohaz esto tú.
No sabía si lo hacía conscientemente o no, pero esa manera de hablar era efectiva: hacía que uno siguiera su ritmo casi sin pensarlo.
Sacudió un poco la cabeza, dejando de lado esos pensamientos ajenos al estudio.
Tomó la prueba, agarró el bolígrafo y empezó a responder.
El examen se centraba más en la comprensión que en cálculos o fórmulas, así que Noa avanzó bastante rápido.
Mordía la punta del lápiz, fruncía el ceño y analizaba con atención cada pregunta.
Resultaba difícil imaginar que una niña de apenas un año y pico pudiera concentrarse con esa intensidad.
Cada vez que resolvía una pregunta, su pequeña cara inexpresiva se iluminaba brevemente con una sonrisa de satisfacción.
Pero al notar que Leon la observaba, enseguida volvía a su expresión impasible.
Era una ternura distinta a la de Moon.
Más sutil. Más contenida.
Veinte minutos después, terminó la prueba y se la entregó a Leon.
Él la revisó, comparando con el modelo de respuestas, y al final calculó el resultado.
—La prueba es sobre cien puntos. Adivina cuánto sacaste.
—¿Cincuenta?
—Sesenta y dos.
—Oh.
Leon dejó el examen a un lado.
—¿Qué pasa? ¿No estás contenta?
Noa frunció un poco los labios, colocó sus manitas sobre las rodillas y asintió lentamente.
—Mira… está bien exigirse y tener altos estándares, pero también hay que entender que, normalmente, los dragoncitos de tu edad ni siquiera llegan a tocar este tipo de temas. Y además, en los últimos diez años, el promedio de los exámenes de ingreso apenas ronda los ochenta. Realmente no son fáciles.
Leon sonrió.
—Sacar sesenta y dos en tu primer intento, Noa, es un logro. En serio.
—…Gracias.
—¿Qué dijiste?
—Nada.
Noa se frotó la naricita.
—Sigamos.
Leon sonrió. Extendió la mano con la intención de despeinarle un poco la cabeza, pero recordó que Noa había dicho que no podía tocarla sin su permiso.
Así que la retiró torpemente a medio camino.
—Dejémoslo por la mañana. Es hora de almorzar. Después de comer, descansa media hora y seguimos.
—De acuerdo.
Noa saltó del banco y se dirigió a la puerta.
Pero al ver que Leon no la seguía, se dio vuelta y preguntó:
—¿No vienes a comer?
Leon se encogió de hombros, medio en broma:
—Tu mamá me tiene en arresto domiciliario. Si tienes tiempo, reclámale un poco de libertad para tu pobre padre.
Noa asintió con toda seriedad.
—Vale.
—Ah, espera, Noa. Cuando regreses, ¿podrías traerme unos chiles? Los más picantes que encuentres.
Noa parpadeó.
—¿Te gusta mucho el picante?
—Más o menos. Los necesito… para otra cosa.
Noa respondió con un suave “oh” y asintió sin hacer más preguntas.
Abrió la puerta y se fue.
Leon se estiró perezosamente, se levantó a estirar las piernas y luego volvió a sentarse.
Tenía que preparar el contenido para la clase de la tarde.
Tal como había pensado, tener una estudiante inteligente no era tarea fácil.
Tenía que ir siempre por delante de Noa si quería guiarla correctamente.
Y, claro, también se imaginaba por qué Roshwitha le había dejado esa tarea.
Quería que su hija mayor le hiciera la vida imposible.
Con Moon, que desde el inicio le tenía cariño, no hacía falta cultivar ningún vínculo especial.
Pero con Noa era distinto.
A su corta edad, ya tenía un criterio propio, una personalidad formada. Y era difícil aceptar a un hombre que había estado inconsciente durante dos años y que ahora de la nada decía ser su padre.
Además… Leon tenía la sensación de que ese recelo que Noa sentía hacia él no se debía solo a eso.
Era demasiado inteligente como para no haber notado que la relación entre su madre y ese “padre” no era tan armoniosa como aparentaban.
Así que…
Esta tutoría no iba a tomársela a la ligera. No iba a ver a su hija mayor como un castigo viviente.
Iba a tomárselo en serio. Con la esperanza de cambiar poco a poco la forma en que ella lo veía.
Y luego…
¡Ganársela!