Capítulo 32
A partir del volumen 05, capítulo 06 en adelante — Aviso Importante:
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La lluvia caía con más fuerza.
Leon yacía en la cama, con una mano bajo la nuca y la otra lanzando al aire una cajita de plástico transparente con «Fuerza de Dragón» adentro, atrapándola una y otra vez.
Aunque ya había terminado de preparar el medicamento, todavía tenía sus reservas.
Y ese problema era…
Leon miró hacia los chiles que descansaban sobre la mesa.
La mayoría de los alimentos exclusivos de los dragones eran demasiado extremos para la fisiología humana.
Leon había sido entrenado por su maestro desde pequeño como si fuera de acero puro, y solo por eso tenía un cuerpo tan resistente.
Comerse unos cuantos chiles de dragón era solo un juego de niños.
Pero ese suplemento nutricional de los dragones…
¿Y si funcionabademasiado bien, hasta el punto de que su cuerpo humano no pudiera resistirlo y terminara causándole el efecto contrario?
¿Y si, en lugar de ayudarlo a sanar, su estado empeoraba aún más?
Leon suspiró, mirando al techo, atrapado en la duda.
Y justo en ese momento, oyó que alguien abría la puerta.
Cerró los ojos y rápidamente escondió la Fuerza de Dragón bajo la almohada.
No necesitaba mirar para saber quién era.
—Hola, Su Majestad —dijo con pereza.
Roshwitha se sentó al borde de la cama.
—Vaya, hoy sí me saludaste por iniciativa propia —comentó con una leve sonrisa.
—Ayer tú lo hiciste primero, hoy lo hago yo. Todo está en equilibrio.
Roshwitha soltó una risa suave, sin rodeos, fue al grano:
—Moon me dijo que hiciste un medicamento que parece un dulce de chocolate para ayudarme con mi condición física. Pero sé que en realidad lo hiciste para ti, ¿me equivoco?
Al oír eso, Leon se puso serio de inmediato y se incorporó.
—Tranquilo —le dijo Roshwitha—, no vengo a reclamarte nada. Solo me sorprende que hayas podido crear algo tan raro en un lugar tan precario. Ni siquiera yo había visto algo así antes. ¿Puedo… echarle un vistazo?
Su tono era sincero, hablaba con un aire de conversación y no con intención de intimidar.
De hecho, después de enterarse de lo que era la Fuerza de Dragón, podría haberle arrebatado el frasco a Leon usando la fuerza.
Después de todo, estaban en el territorio de la Reina de los Dragones Plateados.
Leon usaba sus ingredientes, en su tierra, para fabricar Fuerza de Dragón. Si se lo quitaban, no tenía derecho a protestar.
Pero aun así, ella optó por hablarle con calma.
Leon dudó un momento, pero al final sacó la cajita de debajo de la almohada.
Roshwitha la tomó y la observó con atención en la palma de su mano.
Leon la miró, pensando que esa dragona seguramente aprovecharía la oportunidad para burlarse de él, como siempre.
Pero tras unos segundos, Roshwitha asintió.
—Hmm… nada mal. Hacer una píldora tan pura en estas condiciones… eres bastante increíble, Leon.
Sonrió levemente y lo picó un poco:
—¿Cómo era esa frase? ¿Bueno con la espada y con la pluma?
Leon parpadeó, sorprendido.
¿No se burló de mí?
Se frotó la nariz, un poco incómodo por los elogios tan directos de Roshwitha.
Normalmente ella no perdía oportunidad para burlarse o denigrarlo.
Pero al ver esa Fuerza de Dragón auténtica, terminó reconociendo su talento.
Leon, por supuesto, se sentía secretamente halagado.
Y Roshwitha, al ver la cara satisfecha del chico, no pudo evitar reír por dentro.
Tal como esperaba… controlar a este tontito es demasiado fácil. Basta con halagarlo un poco y se pierde por completo~
Por supuesto, su elogio no fue fingido.
Ella, criada bajo la idea de que solo los fuertes merecen respeto, sabía reconocer el verdadero talento.
Pero de pronto cambió de tono:
—Aunque… esta medicina no deberías tomarla. O mejor dicho, no es para ti.
Leon alzó una ceja.
—¿Por qué no?
—Porque es un suplemento para dragones. Su potencia es demasiado agresiva para un cuerpo humano. No vas a poder soportarlo —le explicó con seriedad—. Si de verdad quieres recuperar tus funciones corporales, puedo pedirle a Anna y a las otras que te preparen otro tipo de suplemento. Pero esta píldora… El cuerpo frágil de un humano no puede soportar el poder de un dragón. Nunca ha existido un humano que haya tomado medicina para dragones.
Esta vez, su voz no era burlona.
En el mundo de Roshwitha, era un hecho que los humanos no podían contener tal fuerza.
Ella solo quería advertirle con buenas intenciones.
Aunque claro, advertir amablemente a un enemigo mortal… sí, sonaba un poco raro.
Pero había algo que Roshwitha había pasado por alto:
¿Cómo podría uncazador de dragonesaceptar rendirse delante de una dragona?
—No quiero hacerte daño, Leon. Puedes conservar la medicina, pero tu cuerpo humano no aguantará su efecto…
—Roshwitha —la interrumpió Leon.
—¿…Sí?
—Tú me prometiste… que no me dejarías morir, ¿cierto?
Los ojos de Roshwitha se agrandaron.
—Leon…
—La verdad es que estaba dudando si tomarla o no. Pero después de oírte… ya no tengo dudas.
¡BOOM!
Un rayo retumbó afuera.
Leon bajó la cabeza, su flequillo negro cubriéndole los ojos. Roshwitha no podía ver su expresión.
Sostenía la píldora con fuerza, mientras murmuraba:
—¿El poder de un dragón? Por favor… Ya he matado a tantos Reyes Dragón. ¿Cómo no voy a poder con una píldora? Roshwitha… no me subestimes.
—¡El coraje… es el himno de la humanidad!
Sí, cada vez le importaba más lo que Roshwitha pensara de él.
—¡Leon, tú—!
CRACK
Se metió la píldora en la boca, la mordió y la tragó sin dudar.
Bajó por su garganta, y en apenas dos segundos…
¡FWOOM!
Un ardor feroz estalló en su estómago.
—¡UGH! —Leon cayó de rodillas, con la mano sobre el abdomen. El ardor se extendía por todo su cuerpo.
Una fuerza descomunal corría salvaje dentro de él, como si quisiera romperle cada hueso, cada vaso sanguíneo.
Apretó los dientes, resistiendo sin soltar un solo quejido.
Roshwitha corrió hacia él y se arrodilló a su lado, posando una mano en su hombro. De inmediato, una energía mágica suave y húmeda fluyó de su palma al cuerpo de Leon, intentando ayudarle a disipar la fuerza de la píldora.
Era la primera vez que la Reina de los Dragones Plateados usaba magia curativa.
Y además, era para ayudar a su archienemigo.
Con el ceño fruncido, trató de que su voz no sonara temblorosa.
—Leon… ¿Leon?
Lo sacudió un poco, pero él tenía los ojos cerrados, con una expresión de profundo dolor.
Desde que despertó, Leon siempre había mostrado tendencias autodestructivas. Si no fuera por sus hijas, probablemente ya habría encontrado la forma de quitarse la vida.
Al ver que su magia curativa no surtía efecto, Roshwitha se levantó de golpe para correr a buscar un médico dragón.
Maldijo por lo bajo.Este lunático está completamente demente…
Ella no era como Leon. No tenía ese tipo de valor para jugarse la vida como si fuera una ficha de ajedrez.
Pero justo cuando iba a alejarse, Leon le agarró la muñeca con fuerza.
Roshwitha se volvió. Él seguía de rodillas, una mano sobre el estómago, la otra sujetándola.
—Mira bien, Reina de los Dragones Plateados. Esto… esto es el coraje humano. Y también… mi determinación.
ZAP-ZAP—
De repente, su mano sobre el estómago comenzó a emitir un fulgor azul eléctrico. Su cuerpo entero temblaba levemente.
Los ojos de Roshwitha se agrandaron, horrorizada.
—¿Estás usando magia de rayo sobretu propio cuerpo…? Estás completamente loco, Leon…
Pero aunque decía eso, volvió a su lado, lo sostuvo por los hombros y le ofreció su apoyo físico y mágico para estabilizarlo.
Sin darse cuenta, lo abrazó con fuerza, sintiendo el temblor, el sufrimiento.
Minutos después, el cuerpo de Leon dejó de temblar, la electricidad se desvaneció.
Tomó una breve pausa… luego apretó el puño.
Esa fuerza… la reconocía.
Roshwitha respiró aliviada.
Pero no dijo nada más. No lo felicitó, ni lo celebró.
Solo se secó el sudor de la frente.
Fue entonces que notó que seguían abrazados.
Y de forma un tanto torpe, se apartó dos pasos hacia atrás, visiblemente incómoda.
Justo cuando se disponía a marcharse…
Sintió que alguien le jalaba la cola.
Frunciendo el ceño, se giró, furiosa:
—¡Suelta, idiota!
Leon sonreía como borracho, la mirada perdida, las mejillas rojas.
O tal vez… no era borracho, sino que había caído bajo algún tipo de magia ilusoria.
A sus ojos, Roshwitha ya no era la altiva Reina de los Dragones Plateados.
Era la mujer dulce y cariñosa que había estado a su lado durante años.
Su esposa.
Y entonces soltó una bomba:
—¿A dónde vas…? Esposa mía…
Reina: ¿¡Qué!?