Capítulo 56
A partir del volumen 05, capítulo 06 en adelante — Aviso Importante:
El documento está traducido por Google de manera automática. Hay nombres u otras palabras que no se han traducido correctamente y pueden aparecer de forma distinta en español.
==================================================
¡Toc, toc, toc!
—¡Ya va! —León fue a abrir la puerta.
Afuera estaban Moon y Noa.
—¡Mamá…! Eh, ¿papá? ¿Dormiste anoche en la habitación de mamá? —preguntó Moon con una carita de emoción y puro chisme.
León sonrió con cierta vergüenza y se rascó la cabeza.
—Sí… es que nos quedamos muy tarde con mamá hablando de poesía, filosofía y los misterios del universo… así que me quedé a dormir aquí.
—Entonces, ¿la próxima vez que papá y mamá duerman juntos pueden llevar a Moon también?
—Claro que sí.
—¡Yay! ¡Papá es el mejor~!
Moon estaba a punto de lanzarse a abrazarlo, pero León levantó un dedo frente a sus labios.
—Shhh~ Mamá está enferma, sigue durmiendo. No la despiertes, ¿sí?
La sonrisa de Moon se congeló.
—¿Enferma? ¿Cómo pasó eso?
León abrió del todo la puerta.
—Entren y verán.
Las dos pequeñas se miraron y enseguida entraron corriendo. Al llegar al dormitorio, efectivamente, encontraron a su madre acostada e inmóvil en la cama.
—¡Mamá! —gritó Moon mientras se apresuraba hasta la cabecera.
Le dio un golpecito suave en la muñeca, pero no obtuvo respuesta.
—¿Cómo se enfermó mamá? —preguntó Noa, volviéndose hacia León.
León se apoyó en el marco de la puerta, con las manos en los bolsillos del pantalón, y explicó con toda calma:
—Anoche estuvimos hablando mucho en el balcón, nos quedamos dormidos sin darnos cuenta… y con el frío que hacía, pues acabó resfriada.
Se detuvo un momento y añadió:
—Aunque quizá sea un poco más grave que un simple resfriado.
Sabía que Noa era muy lista y bastante precoz para su edad… pero al fin y al cabo, seguía siendo una pequeña dragoncita de poco más de un año.
Y en todo lo que había aprendido hasta ahora, la “enfermedad” era un concepto poco presente.
Justo por eso, León podía mentir con toda tranquilidad sin levantar sospechas.
—Pero no se preocupen —añadió con una sonrisa—, papá va a cuidar bien de mamá.
Moon tomó la mano de Roswitha, que estaba un poco fría, y con un leve puchero dijo, preocupada:
—Mamá, ¿cómo puedes ser tan descuidada? Ponte buena pronto, ¿sí? Si te mejoras, Moon promete que no te volverá a hacer enojar nunca más.
El ambiente en la habitación se volvió un poco denso.
Justo en ese momento, la doncella Anna llegó a la puerta con unos frascos de suplementos en la mano.
—Mi señor, aquí están los nutrientes que me pidió preparar.
—Ah, gracias, déjalos junto a la cama.
—Sí, alteza.
Anna entró al cuarto y al ver a las dos niñas, se inclinó con respeto.
—Buenos días, altezas.
—Anna, mi mamá está enferma —dijo Noa.
Mientras dejaba los suplementos en la mesita, Anna respondió:
—Esta mañana, cuando vine a buscar a Su Majestad, su padre ya me había informado. Le hice una revisión, y aunque su cuerpo está muy débil ahora mismo, todos sus indicadores son normales. Con un par de días de descanso, estará bien. No hay de qué preocuparse.
Terminó de acomodar las cosas y añadió con una sonrisa:
—Estos días yo me encargaré de los asuntos del clan en nombre de Su Majestad. Si a ustedes les interesa, pueden venir a ver cómo trabajo y vigilarme un poco.
—Vale. Gracias por tu ayuda, Anna.
—No hay de qué. Para mí es un honor aliviar la carga de Su Majestad. Si no necesitan nada más, con su permiso, alteza.
—Adelante.
Anna hizo una reverencia y se fue, dejando a León y a las dos pequeñas dragonesas.
—¿Ven? Anna también dijo que mamá estará bien. Ya pueden estar tranquilas, ¿verdad?
León se agachó y limpió con el dedo una lágrima que se le escapaba a Moon.
—Vamos, no llores, pequeña. En unos días verás a mamá saltando de aquí para allá como siempre.
Moon asintió con fuerza.
—¡Mm! Moon ya no llora.
—Así me gusta. Quédate un rato más con mamá, pero sin acercarte demasiado. Los resfriados se contagian.
—¡Entendido!
Moon se sentó cerca de la cama, con algo de distancia, mirando a su mamá inconsciente.
Era esa clase de niña tierna, obediente y completamente transparente.
Mostraba lo que sentía, sin filtros. Así, por lo menos, uno no tenía que preocuparse por adivinar.
En ese momento, su mechoncito de pelo sobre la cabeza y su colita caída decían claramente cómo se sentía: decaída y triste.
Por más estricta que Roswitha fuera a veces… seguía siendo su madre.
¿Y qué niño puede ver enferma a su madre y actuar como si nada?
León suspiró. De reojo, notó algo raro.
Miró la cola caída de Moon… y se le encendió una alarma.
¿Cola?
Es decir…
De repente, recordó: cuando había arreglado la cama, no vio por ningún lado la cola de Roswitha.
Abrió la boca, a punto de preguntar…
Pero luego se lo tragó.
Porque ni Anna, ni Moon, ni Noa habían mostrado sorpresa alguna ante la desaparición de la cola de Roswitha.
Eso solo podía significar que, para los dragones, esto era algo completamente normal.
No valía la pena ni preguntar.
Si lo hacía, probablemente…
… levantaría sospechas.
De su hija mayor, seguro.
León miró a Noa.
Efectivamente, la pequeña dragona de hielo lo observaba con cara de póker, escaneándolo con la mirada.
León se rascó la sien.
—¿Qué pasa?
—Nada —respondió Noa, retirando la mirada.
¿Por qué había estado mirando fijamente la cola de Moon?
¿Y luego echó un vistazo sorprendido a la cintura de mamá?
Noa frunció levemente el ceño y se quedó pensativa.
…
Las dos hermanas acompañaron a Roswitha toda la mañana.
A la hora del almuerzo, una doncella fue a buscarlas y se las llevó.
Pero Noa apenas había salido del pasillo cuando se detuvo. Se giró y miró a León, sin decir nada.
Él seguía apoyado en el marco de la puerta.
—¿Y ahora por qué me miras?
Noa entrecerró los ojos y preguntó en voz baja:
—Mamá está inconsciente ahora mismo. ¿Tienes… algún plan?
A simple vista, la pregunta parecía sin sentido.
Pero León no se la tomó a la ligera.
Su hija mayor era demasiado lista como para lanzar una pregunta así sin tener motivos.
Tal vez… había notado algo.
—No. No tengo ningún plan. Solo quiero cuidar bien de mamá —respondió León, sin titubear.
No se puso nervioso, ni trató de parecer sincero a la fuerza.
Habló como quien charla sobre el clima.
Noa lo miró por un segundo más, luego asintió levemente.
—Ya veo. Entonces está bien.
Y se marchó con Moon y la doncella, sin volver a mirar atrás.
León la observó alejarse y murmuró con una sonrisa:
—Demasiado lista, mi niña… Sí, igualita a mí.
Podría sonar un poco egocéntrico, pero lo cierto era que tanto León como Noa compartían una capacidad de observación afiladísima.
Respiró hondo, cerró la puerta y volvió al dormitorio.
Tomó una silla y se sentó junto a la cama. Después, pensándolo un momento, levantó la sábana y giró a Roswitha.
Debajo del camisón, estaba claro: su famosa cola “multiusos” había desaparecido.
—Lo sabía, la cola no está.
La volvió a acomodar y tapó de nuevo.
—Aunque si la tuviera, acostarse de espaldas no sería nada cómodo…
Imaginó por un segundo tener algo largo y rígido saliéndole del coxis. Seguramente solo podría dormir de lado.
Decidió no darle más vueltas al tema de la cola. En vez de eso, miró los frascos de suplementos que Anna había dejado en la mesita.
Por la mañana, le había preguntado si valía la pena darle esos suplementos, como cuando él estuvo inconsciente.
Anna respondió: «No hace falta. Los dragones pueden pasar todo el período de descanso sin comer ni beber. Lo que comen normalmente es para acumular energía. Pero si el príncipe desea dárselos por precaución, puedo prepararlos.»
—Vaya, ni comer ni beber… estos dragones sí que son duros.
León tomó uno de los frascos.
Si Roswitha no los necesitaba… entonces él se encargaría de ellos.
Su plan era sencillo: tomárselos todos.
Así, cuando Roswitha despertara, se encontraría cara a cara con un cazador de dragones en plena forma y listo para la acción.
León alzó el frasco en su mano, miró a su esposa dormida y sonrió.
—Salud, mi amada esposa.