Capítulo 57
A partir del volumen 05, capítulo 06 en adelante — Aviso Importante:
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Para poder darle a Roshwitha una «sorpresa» justo cuando despertara, León rechazó la propuesta de las sirvientas de ayudarlo a cuidarla.
Él dijo que iba a quedarse junto a ella, sin moverse, las veinticuatro horas del día.
A ojos de las criadas, aquello no podía significar otra cosa que una cosa: ¡el príncipe estaba perdidamente enamorado de su reina!
Su esposa estaba enferma, postrada en cama;
y el marido no se apartaba de su lado, cuidándola en todo momento.
¡Oh, cielos!
¿Existía acaso una forma de amor más pura?
Seguro que esos dos llegarían a viejitos tomados de la mano…
Si León supiera lo que estaban pensando las sirvientas, probablemente lanzaría dos comentarios muy concisos:
Primero: “Están alucinando. Prefiero tirarme por una ventana antes que envejecer al lado de esa dragona.”
Y segundo: “Aunque el plateado y el blanco no son lo mismo, de lejos se parecen, ¿no? Así que, redondeando, su majestad ya está canosa~”
En fin, volviendo al tema.
Aunque su motivo principal para quedarse allí era esperar a que Roshwitha despertara, León realmente tenía la intención de cuidarla un poco mientras tanto.
No porque le preocupara la salud de esa dragona tonta.
Sino porque no quería que, cuando despertara hecha un guiñapo, sus preciosas hijas se angustiaren por su culpa.
Bien, lo primero era lavarle la cara y limpiarle el cuerpo.
El curso de “Atención a enfermos” no era algo que enseñaran en la Academia de Cazadores de Dragones.
Pero bueno, ¿qué tan diferente podía ser de bañar a un burro?
León solía volver a casa en vacaciones y siempre ayudaba a bañar al burro de su maestro. Era todo un experto.
Y además, cuidar del cuerpo de Roshwitha era muchísimo más fácil que hacerlo con un burro.
El burro pateaba.
La dragona inconsciente, desde luego que no.
León se puso manos a la obra.
Mojó una toalla con agua tibia, se colocó al borde de la cama, se inclinó con cuidado y empezó a limpiarle la frente, el puente de la nariz, las mejillas y la mandíbula.
Hay que decirlo: dormida era mucho más guapa que despierta.
Con un rostro digno de una diosa, lo normal sería que siempre irradiara belleza… pero en realidad, la mayoría del tiempo tenía el ceño fruncido o se la veía agotada.
Rara vez sonreía, y siempre tenía ese aire serio y melancólico.
Solo cuando hablaban de sus hijas se le notaba una pizca de ternura en los ojos, una sonrisa apenas visible.
—Oye… Deberías sonreír más seguido. De verdad te ves bonita cuando sonríes…
Murmurando para sí, León le tomó la mano y empezó a limpiarle con cuidado la palma y el dorso.
Lo dicho.
Lavar a una dragona era muchísimo más fácil que lavar a un burro.
La pequeña dragona se portaba muy bien.
Cuando terminó con las manos, llegó el momento del cuerpo.
Levantó la manta. Estaba a punto de seguir, pero al ver la silueta recostada en la cama, tragó saliva sin darse cuenta.
—Ya… ya la he visto muchas veces. ¿Por qué me voy a poner nervioso?
Respiró hondo varias veces para calmarse y se dio ánimos a sí mismo en su cabeza.
Una vez preparado, se inclinó, levantó su espalda con una mano, y con la otra le bajó con cuidado el tirante del camisón.
La tela era fina y ligera. Con un leve tirón se le resbaló todo.
León se puso rojo, entre curioso y avergonzado.
Maldita sea…
Se suponía que ya eran «marido y mujer». Bueno, tal vez no llevaban tanto tiempo conviviendo como para que fuera cierto, pero en cuanto a «frecuencia», eso sí que calificaba como pareja de años…
¿Y todavía se iba a poner nervioso solo por limpiarla?
¡Vamos, Cosmod! ¡Más coraje!
Si no te dio miedo cazar dragones, ¿cómo te va a dar miedo bañar a uno?
Inspiró profundo. El aire que exhaló se sentía cálido.
Tragó saliva de nuevo, tomó la toalla y la acercó poco a poco al pecho de Roshwitha.
Qué… qué forma tan perfecta…
Redondo y firme. Ni exageradamente grande ni miserablemente pequeño. Un equilibrio ideal.
Se alzaba y descendía ligeramente con su respiración, una escena sensual que podía hacerle perder la cabeza a cualquiera.
¡De pronto!
¡La marca de dragón que tenía en el pecho se iluminó por un segundo!
León soltó un chillido, la cubrió con la manta de inmediato, lanzó la toalla al suelo y salió corriendo de la habitación.
Corrió sin parar hasta el jardín trasero del templo, donde se dobló sobre las rodillas, jadeando como si hubiera escapado de un incendio.
—¡¿Pero qué carajos fue eso?! ¿¡Por qué se encendió!?
La marca de dragón no brillaba cuando Roshwitha despertaba.
León lo tenía bien presente: cuando ella le inscribió la marca, le explicó que si uno de los dos pensaba en el otro, la marca del otro brillaría en respuesta.
León incluso había usado eso en el pasado para molestarla, justo cuando su hermana mayor, la Reina Roja Isa, los vino a visitar.
Así que si la marca de Roshwitha se encendió justo ahora, eso significaba que…
¡León, sin estar bajo efecto de drogas ni encantamientos, y completamente lúcido, había tenido pensamientos indecentes hacia Roshwitha!
—¡Pecado, pecado!
Se abofeteó un par de veces, intentando calmarse.
Y al mismo tiempo empezó a recitar para sí el código de los cazadores de dragones:
“Gloria al que sirve al Imperio. Vergüenza al que se alía con los dragones.”“Gloria al que lucha en el campo de batalla. Vergüenza al que huye como cobarde.”“Gloria al que protege a su familia cazando dragones. Vergüenza al que traiciona y se rinde al enemigo.”
Solo después de repetirlo tres veces consiguió calmarse.
Una vez recompuesto, volvió a la habitación.
La brisa entraba por la ventana, moviendo suavemente las cortinas.
La dragona de plata dormía sobre la cama, tan serena y hermosa que daba pena interrumpir su descanso.
León se acercó en silencio.
Aunque sabía que ella no podía oírlo, algo en su interior le pedía no hacer ruido.
Le subió el camisón con cuidado, cubriéndole bien el pecho y ocultando la marca de dragón.
No fuera a ser que volviera a brillar.
Si eso pasaba otra vez, León iba a empezar a preguntarse si su espíritu cazadragones no se estaba tambaleando.
Mojó otra vez la toalla con agua tibia.
Manos y pies. ¡Nada de cuerpo esta vez!
Se fue al pie de la cama, levantó la manta, y con delicadeza le tomó el pie izquierdo para limpiarlo.
La verdad… sus pies también eran muy bonitos.
—¡Ya basta! ¡Concéntrate!
León sacudió la cabeza para despejar pensamientos raros.
Después de limpiar todo lo que debía, se sentó a descansar.
Fshhh—
El viento del mediodía mecía las cortinas.
La luz del sol se colaba por la ventana, rodeándolos con su calidez.
León miró a la dragona inconsciente, chasqueó la lengua y decidió hacer algo para matar el tiempo.
Se estiró, caminó hasta el armario de Roshwitha.
—Tú no puedes moverte, ¿verdad?
Abrió el armario.
Encontró vestidos de todo tipo, tan lujosos y variados que le costaba enfocar la vista.
Roshwitha tenía un estilo conservador. La mayoría de sus vestidos le cubrían hasta el cuello, y el más corto apenas le llegaba a las rodillas.
León, por su parte, no tenía fetiches raros con la ropa.
Pero bueno… no siempre se tiene la oportunidad de vestir a una dragona a su gusto, así que pensó que sería un desperdicio no hacer algo con eso.
Revolvió cajones hasta que encontró algo aún sin estrenar…
—Medias negras.
Sus mejillas se sonrojaron.
—M-Medias negras son justicia… ¡justicia absoluta!
Además, si ni siquiera había abierto el paquete, era obvio que Roshwitha no era fan de ese tipo de ropa.
Pero esta vez, ella no tenía voto.
León volvió a la cama, abrió el paquete y, torpemente, empezó a ponerle las medias negras.
Sus piernas eran largas. Costó un poco.
Pero una vez puestas, esas medias finas envolviendo esas piernas estilizadas… el efecto era misterioso y sensual.
León tragó saliva, con el rostro encendido.
—Sería un crimen que no usaras medias negras con estas piernas…
Orgulloso de su «obra», sentía que aún le faltaba algo.
—Ya que llegamos hasta aquí, ¡vamos a terminar lo que empezamos!
Volvió al armario, revolvió y encontró una blusa negra ceñida.
Era un diseño sencillo, pero León se encargó de personalizarlo.
Sacó unas tijeras del cajón y empezó a recortar.
Cuando la dragona se despertara, le iba a echar la culpa a Moon. Que la niña había estado jugando y cortó la ropa sin querer.
(Moon: ¿¡Qué dijiste de mí, viejo!?)
Tras los recortes, le quitó el camisón a Roshwitha (evitando mirar al frente, por si acaso) y le puso la blusa modificada.
Hombros descubiertos, escote bajo, moño en el cuello, medias negras…
—¡Una conejita!
Solo le faltaban unas orejitas de conejo para completar el conjunto.
Claro, no iba a encontrar algo así por la habitación.
Así que… ¡hazlo tú mismo!
Se sentó en la cabecera, tomó mechones del cabello de Roshwitha y empezó a trenzarlos como orejas de conejo.
Menos mal que ella tenía una cantidad impresionante de pelo. Si fuera una oficinista cualquiera que duerme tres horas por noche, no le alcanzaría ni para un nudo.
Por fin, terminó las orejitas.
La muñeca viviente versióndragona plateada con orejas de conejoestaba completa.
No hay hombre que rechace a una dragona así.
Y si lo hay, es porque todavía no la ha visto con medias negras y orejas de conejo.
Con semejante visión frente a sus ojos, ¿cómo no inmortalizarla?
¡Esto era material de chantaje para toda la vida!
Recordaba haber visto una cámara de fotos en su cuarto, porque Roshwitha solía tener fotos familiares en la sala y el tocador.
Buscó en la despensa. Y sí, ¡ahí estaba!
Corrió de vuelta al dormitorio, se lanzó sobre la cama y la abrazó.
Con la cámara en alto y un hechizo para enfocar, ¡empezó la sesión!
—Vamos, mi amor, una sonrisa.
—¡Wow, eres fotogénica, cariño!
—¡Estas fotos las voy a guardar con mi vida!
León estaba encantado con su trabajo, cuando de pronto… la marca de dragón volvió a brillar.
Rápidamente la cubrió con la manta.
Pero esta vez no salió corriendo. Respiró hondo varias veces y murmuró:
—E-Esto… Esto fue culpa del disfraz de conejita. No tiene nada que ver con la dragona, ¿sí? Me gusta el traje, no la dueña. ¡Eso es!
Una vez se tranquilizó, quitó rápidamente las medias negras, las orejas y todo lo demás.
¡Nadie podía verla así! No había forma de explicarlo.
Pero cuando ya todo estaba en su lugar, algo le hizo sentir que dejarla así, sin más, era un desperdicio.
Pensativo, León volvió a mirar ese cabello sedoso de Roshwitha.
Ella siempre llevaba el pelo suelto, liso, largo y plateado, con un ligero flequillo sobre la frente. Un estilo elegante y sobrio.
Pero León pensaba que “bonito” no debía ser su único look.
Ya que lo de las orejitas de conejo no iba a quedar, al menos podía divertirse con algo más…
Se sentó a su lado, tomó un mechón y empezó a trenzar.
En poco tiempo, creó una mariposa de cabello plateado.
Sonrió satisfecho, luego la deshizo.
Trenzó de nuevo: ahora una estrella de cinco puntas.
Después, una estrella de seis.
Luego, un corazón.
Finalmente, ¡una pequeña canasta!
El cabello de Roshwitha, siempre tan cuidado, se convirtió en su nuevo juguete.
Algún día se lo haría también a sus hijas~
Al final, León se contuvo un poco.
Solo dejó una trencita fina, a un lado de la sien.
Desde un punto de vista estético, la trenza le daba un aire más dulce y encantador.
No la deshizo. La dejó reposando sobre la almohada.
Se levantó y se estiró.
—Es hora de salir. Tengo que pasar al siguiente paso del plan.