Capítulo 64
A partir del volumen 05, capítulo 06 en adelante — Aviso Importante:
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Antes del amanecer, León regresó a la habitación cargando a Roshwitha.
Mientras preparaba su majestuosa venganza, no solo inspeccionó varios terrenos estratégicos, sino que también calculó la hora en que las sirvientas del Templo de Plata comenzaban su jornada.
Aproximadamente a las cinco de la mañana, el Templo de la Dragona Plateada ya se encontraba en plena actividad.
Evitar esa “hora pico” era crucial, sobre todo para que ningún lagarto con cola descubriera que su reina había sido llevada por León a la montaña trasera para pasar unaplacenteranoche.
Además, León también estimó cuidadosamente su condición física: si tras una noche de intensa batalla amorosa tendría la energía suficiente para encargarse del resto de los preparativos.
Y resultó que sí. Lo había calculado todo a la perfección.
Una vez de regreso en la habitación, limpió rápidamente el cuerpo de Roshwitha —quien ya había perdido el conocimiento por segunda vez del puro agotamiento—, luego se dio una ducha y, apenas terminó, su barra de energía quedó completamente vacía.
Se tumbó en la cama abrazándola, incapaz de mover ni un músculo.
Así, los dos se quedaron acurrucados en la cabecera, profundamente dormidos.
El viento de la mañana entraba por la ventana del balcón, haciendo ondear las cortinas y acariciando suavemente sus rostros exhaustos.
Las largas pestañas de la hermosa dragona temblaban ligeramente, como si la brisa fresca la incomodara, y sin querer se acurrucó más cerca del cuerpo cálido a su lado.
Ssshh—
El roce de su piel contra las sábanas sonaba apenas perceptible. León giró la cabeza, apoyándola sobre la coronilla de Roshwitha, aspirando el aroma fresco de su cabello y disfrutando de cómo sus hebras le hacían cosquillas en el rostro.
Durante el sueño, buscar el calor es un instinto natural de todo ser vivo.
Y pensar que estas dos personas que dormían juntas tan tranquilamente… ¡justo la noche anterior se habían destrozado mutuamente en plena montaña!
Pero claro… la noche tiene una especie de magia especial que libera los deseos y pasiones más profundos de la gente.
A las ocho de la mañana, se oyó el sonido de la cerradura y el rápido taconeo de unos pasitos pequeños.
Moon corrió hacia el dormitorio. Iba a gritar “¡Papá, mamá!”, pero se encontró con la escena de ambos profundamente dormidos.
La dragoncita se acercó y se rascó la sien, confundida.
—¿Por qué todavía no se levantan?
Normalmente mamá se despertaba temprano —bueno, papá no tanto, pero mamá siempre—.
Se acercó y tiró suavemente de la cola de su madre.
—Mamá, levántate. El sol ya está calentando tu colita.
—Mmm… ve con papá a jugar… —murmuró Roshwitha, aún medio dormida.
Mientras hablaba, se acurrucaba aún más contra León.
Moon entonces fue con su papá, le dio unos toques en el brazo.
—Papá, ¡despierta! ¡El sol ya te está calentando el trasero!
León giró sobre sí mismo, abrazando aún más fuerte a Roshwitha, y medio dormido también respondió:
—Ve con tu mamá a jugar…
—¡Pero si están abrazados tan fuerte! ¡¿Quién va a jugar conmigo, entonces?!
Moon pisó el suelo con enojo, inflando las mejillas.
Pero luego pensó mejor: mamá acababa de despertar del coma, y papá a veces también se debilitaba mucho de repente.
Tal vez, esta vez simplemente coincidieron y los dos quedaronplanchadosal mismo tiempo.
Moon asintió con satisfacción ante su brillante deducción.
—¡Entonces será Moon quien los cuide a ustedes!
Saltó a la cama, agarró la punta de la manta y la acomodó con mucho cuidado sobre sus padres exhaustos.
Sin embargo, al hacer eso, se fijó en algo…
Había varias marcas rojizas en el cuello y los brazos de su papá.
Se arrodilló para mirarlas mejor.
Había muchas, no parecían mordidas ni rasguños.
Y mamá también tenía bastantes.
Moon se rascó la cabeza.
—¿Qué es esto…?
Y entonces, como si una bombilla se encendiera sobre su cabeza:
—¡Ahhh~! ¡Seguro fueron insectos! ¡Moon sabe cómo curar eso!
Cuando fue al bosque, los bichos la picaron por todos lados, y Noa le dio una pomadita mágica que curaba rápido.
Tal vez papá y mamá también fueron al bosque, y por eso los picaron… esas marcas se veían muy parecidas a las que tuvo ella, así que…
¡La misma medicina tenía que servir!
Como León, Moon era una persona de acción. Cuando se le ocurría algo, lo hacía de inmediato.
Fue a su cuarto a buscar el frasco de la pomada, y luego volvió corriendo a la habitación de Roshwitha.
Aplicó la pomada con sumo cuidado sobre las “picaduras” de su papá y su mamá, con toda la dedicación del mundo.
Afortunadamente, era una niña sin conciencia de lo que realmente estaba viendo.
De lo contrario, al ver el estado de sus padres, seguramente se habría quedado traumatizada.
—¡¿Qué clase de insectos tan malos los picaron por todo el cuerpo?! ¡Malditos bichos!
Probablemente habría dicho algo así.
Una vez que terminó de aplicar la pomada, Moon suspiró aliviada, mostrando una gran sonrisa de orgullo.
Se arrodilló entre los dos, observando cómo dormían abrazados, y su corazón se llenó de ternura.
Desde que papá despertó, no los había visto así de cercanos.
Moon nunca fue una niña exigente. Solo ver a sus padres así ya la hacía feliz.
Movió su colita de lado a lado, deseando que el tiempo se detuviera en ese instante.
Bueno…
Mejor no, pensándolo bien. Si se detiene, entonces papá y mamá no podrían seguir amándola.
Les arropó cuidadosamente y salió del dormitorio de puntillas.
Antes de irse, incluso les cerró la puerta.
Por la tarde, León se despertó lentamente.
Miró la manta sobre su cuerpo, y antes de preguntarse quién se la había puesto, sintió el cálido aliento a su lado.
Se giró, y vio que aún estaba abrazando a la madre dragona.
¡Saltó fuera de la cama de inmediato, sacudiendo la cabeza!
Luego levantó la vista al reloj de la pared.
—Ya son las tres de la tarde.
Habían dormido más de diez horas. Aunque aún estaba algo cansado, al menos no tanto como Roshwitha.
Ella seguía durmiendo profundamente.
León no la despertó.
No porque no quisiera molestarla, sino porque después de semejante esfuerzo nocturno, él también necesitaba tiempo para “refrigerarse”.
Una vez la acomodó bien en la cama, fue al baño a lavarse la cara para terminar de despabilarse.
Y entonces empezó a repasar su situación.
Sabía muy bien que ya había colmado la paciencia de Roshwitha y que, tarde o temprano, le llegaría su castigo.
Una vez que ella se recuperara, él volvería a ser su estrella maldita.
Pero eso no significaba que no pudiera hacer nada mientras tanto.
Podía retrasar ese día.
¿Y cómo? Muy simple: ¡entrenando intensamente a esa madre dragona!
Hacer que no duerma bien, que no coma suficiente… ¡y azotarla sin piedad!
Para maximizar su venganza en el corto tiempo que le quedaba, esa era la única opción.
Después de todo, cuando Roshwitha se recuperara, su cuerpo iba a quedar destruido igual… ¿por qué no aprovecharlo al máximo mientras aún funcionaba?
¡Tortura!
¡Castigarla sin compasión!
Ya con su plan trazado, León salió emocionado de la habitación, con la intención de avisar a las sirvientas que esa noche no les prepararan la cena.
Apenas salió al pasillo, se topó con Anna.
¡Qué coincidencia tan conveniente!
Anna llevaba una bandeja con un tazón de sopa de hierbas oscuras.
—¿Qué es eso? —preguntó León.
—Ah, es una medicina para fortalecer el cuerpo de Su Majestad. Como escuché que despertó, pedí a los boticarios que prepararan una receta especial. ¿Está en su habitación?
León pensó rápido.
—Ah, sí. Está durmiendo. Dámela a mí, yo se la llevo luego.
—Está bien. Se lo encargo, príncipe.
—Ve tranquila.
—Me retiro.
Anna se inclinó respetuosamente y se fue.
León, con la sopa en mano, no volvió al cuarto de Roshwitha.
Se fue a su antigua habitación… la de bebé.
Cerró la puerta con llave y miró el cuenco.
Una medicina para fortalecer a la dragona… bueno, haría elsacrificiode tomarla él.
Quizás incluso le ayudaba a reducir su tiempo de “enfriamiento”.
Con ese pensamiento, se bebió la sopa de un solo trago.
Se limpió la boca, saboreó un poco…
—No está tan buena como el “súper tónico dragón”.
Dejó el cuenco y regresó al cuarto de Roshwitha.
—¡Reina Plateada Roshwitha Melkweiss, sal del pelotón!
Ella, agotada, abrió un ojo y se cubrió la cara con el osito de peluche.
—Lárgate… quiero dormir.
—Vamos a bañarnos. ¿No eras tú la maniática de la limpieza?
León la agarró del brazo y la obligó a levantarse.
Ella no tenía fuerza para resistirse. Se tambaleó fuera de la cama, sin siquiera ponerse las pantuflas.
La llevó al baño.
—Báñate.
Roshwitha se quedó bajo la ducha, con los brazos y la cola colgando. Su cuerpo estaba despierto, pero su alma aún estaba en la cama.
No fue hasta que el agua caliente le cayó encima que reaccionó.
—¿Estás enfermo, León? ¡Tú también te mataste anoche! ¿No estás cansado? ¿No tienes sueño?
Pero en vez de responderle…
Una sombra oscureció el baño.
Antes de que pudiera reaccionar, León ya la había abrazado con fuerza.
Intentó resistirse, apenas un poco, pero incluso ese gesto simbólico fue suficiente para notar la enorme diferencia de fuerzas entre ellos ahora mismo.
Con el rostro rojo como tomate, se dejó envolver en sus brazos.
Ambas marcas de dragón se unieron, haciendo que la resonancia mágica aumentara aún más.
—¿¡No puedes dejarme bañarme tranquila!? —gritó Roshwitha.
—No. Estoy muy estresado.
—¡Tú…!
Ese motivo absurdo y lleno de resentimiento era prueba más que suficiente para saber que León lo hacía todoa propósito.
—Pequeña madre dragona… —murmuró él con voz grave.
—¿Pe… pequeña madre dragona? ¿Me estás llamando así?
¡Muy bien, León! Yo te llamo perro, y ahora tú me llamas madre dragona, ¿eh?
Muy bien. ¡Esto no va a quedar así!
—Enrosca tu cola.
—¿¡Enroscarla en dónde!?
—En mi cintura. ¿No te encanta eso?
—¡Me niego!
—Hazlo. O lo haré yo.
Roshwitha apretó los dientes. No podía hacer nada, así que obedeció.
Y apenas lo hizo…
León usó la fuerza del enrosque para empotrarla contra la pared.
Trató de soltar la cola, pero ya era demasiado tarde.
—¡Maldito! ¡Más despacio…!
¿Despacio?
Vamos, soy el mayor cazador de dragones… ¡la velocidad lo es todo!