Capítulo 65
A partir del volumen 05, capítulo 06 en adelante — Aviso Importante:
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Al día siguiente, Roshwitha abrió lentamente los ojos.
Leon no estaba. Seguramente había ido a jugar con Moon.
Eso le permitía seguir descansando tranquila y en paz.
Se incorporó, recostándose contra el cabecero de la cama. Alzó una mano y trató de reunir algo de energía mágica.
Al sentir la magia fluir con fuerza desde su interior, los labios de Roshwitha se curvaron levemente.
—Al final subestimé mi recuperación… No pensé que me repondría tan rápido.
Quizá también tenía que ver con lobrutalque Leon la había dejado anoche. Ese nivel de “entrenamiento” podría curar hasta a un muerto.
El dicho “romper para luego reconstruir” era especialmente aplicable en el cuerpo de una Reina Dragón.
Roshwitha cerró los ojos y comenzó a canalizar su energía mágica, equilibrando su estado interno para acelerar la recuperación.
Aproximadamente media hora después, Anna entró por la puerta.
—Disculpe la interrupción, Su Majestad.
Se acercó con respeto.
—He venido a examinar a Su Majestad, para ver cómo avanza su recuperación.
—Adelante.
Anna se sentó al borde de la cama, tomó la mano izquierda de Roshwitha entre las suyas, y enseguida una luz verde brillante pulsó en su palma.
Tras un momento de concentración, soltó su mano con una sonrisa difícil de ocultar.
—Su Majestad ya está prácticamente recuperada. Con unas pocas dosis más de tónico, esta misma noche estará completamente bien.
—Para un cuerpo de Reina Dragón, esto no es nada. Beber medicinas es puro trámite, no hace falta tanto alboroto.
Anna soltó una risita.
—Tiene razón, Su Majestad. Entonces iré a contarle esta buena noticia al príncipe Leon y a la princesa…
—Espera —interrumpió Roshwitha, entrecerrando los ojos con una chispa de picardía—. No le digas nada a Leon aún. Yo… quiero que siga cuidando de mí unos días más.
Desvió la mirada, con las mejillas levemente enrojecidas.
—Si lo ves, dile que necesito reposar… una semana más.
Anna parpadeó sorprendida, luego se tapó la boca con una sonrisa cómplice.
—No diga más, Su Majestad. Lo entiendo perfectamente.
Roshwitha bajó la mirada con una expresión de falsa inocencia.
—Ajá… ahora ve, que tienes cosas que hacer.
—Sí, Su Majestad. Descanse y beba mucha agua.
—Lo haré.
Anna se despidió con una reverencia y salió de la habitación.
Roshwitha continuó canalizando su energía mágica, enfocada en su recuperación… al menos en apariencia.
En el jardín, Leon estaba acompañando a Moon con los ejercicios más básicos de control mágico.
Esa misma mañana, Moon había ido a buscarlo, diciendo que quería aprender magia.
Leon le respondió que todavía era muy pequeña, que aún no era momento de estudiar esas cosas.
Pero Moon insistió: su hermana ya había comenzado la escuela, y ella no quería quedarse atrás. Quería esforzarse y alcanzar a su hermana.
Ah, tener dos niñas en casa tenía sus ventajas. No hacía falta empujarlas: ellas solas se impulsaban, compitiendo y avanzando juntas.
Al oír eso, Leon aceptó. Empezó a enseñarle los fundamentos más simples del control mágico.
Aunque su talento no llegaba al nivel de Noa, Moon también aprendía rápido.
En pocas horas ya podía canalizar la magia desde su interior.
Ambos descansaban en una banca del jardín, bebiendo una bebida energética que les había preparado una de las doncellas.
—Oye, papá —dijo Moon, sorbiendo ruidosamente su bebida.
—¿Hmm?
—¿Todavía te pican las heridas?
Leon parpadeó.
—¿Heridas?
¡Slurp, slurp, slurp!
Moon se terminó la bebida, levantó la cabeza y lo miró.
—Sí. Ayer fui a su cuarto, ustedes estaban acostados y la ventana estaba abierta. Me preocupaba que se enfriaran, así que fui a taparlos. Pero cuando puse la manta, noté que tenían un montón de puntitos rojos por todo el cuerpo, igualitos a cuando me pican los mosquitos. ¿No les pica?
Puntitos rojos…
¡…Oh no!
Leon casi se atragantó.
¿¡No se referirá a las marcas de “eso”!?
Se giró con rigidez, murmurando:
—Es-Está bien… no pica tanto.
—¡Je je! ¡Sabía que eran picaduras! ¡Mi deducción fue perfecta!
La pequeña coletita sobre su cabeza se sacudía feliz, y su colita también se alzó con orgullo.
—¡Incluso les puse pomada!
Leon estaba entre avergonzado y agradecido. Le dio unas palmadas en la cabeza a su hija.
—Lo hiciste muy bien, Moon. Eres una campeona.
Moon se rió, satisfecha, y luego saltó de la banca.
—¡Vamos a seguir practicando magia, papá!
—Claro que sí.
Cerca de las cuatro o cinco de la tarde, Leon volvió a su habitación.
El sol del atardecer teñía el cielo de dorado, y una brisa fresca se colaba por la ventana, meciendo suavemente las cortinas de la cama.
Sobre el colchón, la belleza de cabellos plateados descansaba contra el cabecero, ojos medio cerrados, respirando de forma pausada.
Seguía pálida, con el ceño levemente fruncido por el agotamiento.
Al oír sus pasos, Roshwitha entreabrió los ojos.
Al ver que era Leon, los cerró de nuevo.
Parecía que ya se había resignado a lo que fuera a pasar a continuación.
Leon apretó los labios, dudando un poco.
En estos dos días ya la había castigado lo suficiente. Su rencor estaba satisfecho.
Incluso su cuerpo humano ya no podía seguir ese ritmo. Un hombre, por mucho que se esfuerce, no puede competir con la resistencia natural de un dragón.
Además, Anna le había dicho que Su Majestad necesitaría al menos una semana para recuperarse.
Así que… le quedaban seis días más. Podía saltarse esta noche.
Sí, mejor dejarla descansar, y de paso descansar él también.
Con eso en mente, se dio la vuelta para marcharse.
—¿Qué pasa? ¿Te vas?
Leon se detuvo y la miró.
—¿Qué pasa, exterminador de dragones? ¿Ya no puedes más? Dos días y te rendiste. Y yo que pensaba que eras más resistente. Qué decepción… tan aburrido como un niño jugando a los adultos.
Leon frunció el ceño, su voz grave:
—Vaya con la Reina Dragona… Iba a perdonarte esta noche, pero con lo afilada que tienes la lengua, supongo que tu cuerpo aún tiene fuerza, ¿eh?
Roshwitha levantó la sábana y mostró su esbelta figura.
—Vamos. Demuéstrame de qué estás hecho.
—Te vas a arrepentir, Roshwitha.
—Nunca me he arrepentido de nada, exterminador.
Leon cerró la puerta de la habitación, con seguro incluido.
Se acercó a la cama, despojándose lentamente de la ropa, prenda por prenda.
No tenía por qué ser considerado con esa maldita dragona.
Subió a la cama, mirándola desde arriba, y dijo con frialdad:
—Los prisioneros deben saber cuál es su lugar… Su Majestad.
Roshwitha lo miraba con una sonrisa encantadora, sin decir una palabra.
Leon le tomó la barbilla. Las marcas de dragón empezaban a resplandecer.
Justo cuando iba a pasar a la acción, algo frío y resbaladizo se enroscó en su cintura.
Miró hacia abajo…
¡Era la cola de Roshwitha!
En ese instante, lo comprendió todo.
¡Mierda!
Pero ya era tarde.
Con un solo movimiento de su cola, Roshwitha lo lanzó sobre la cama y en un segundo ya se había montado sobre él.
—¡Roshwitha, tú…!
—Shhh…
La Reina Dragona alzó la cabeza, peinándose el cabello hacia atrás con elegancia, luego se inclinó hacia él, sus ojos brillando con deseo.
Sus labios rosados susurraron con voz seductora:
—Los prisioneros deben saber cuál es su lugar… Mi valiente, feroz, pequeño exterminador de dragones~