Capítulo 67
A partir del volumen 05, capítulo 06 en adelante — Aviso Importante:
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Capítulo 67 – ¡Ya dejen de pelear!
Con lo rencorosos que eran ambos, esto no iba a terminar nunca.
Tú me jodes, yo te jodo… ¿cuándo acabará este círculo vicioso?
Como dice el viejo refrán:para detener una guerra, hay que iniciar otra.
En ese momento, muy lejos, en la Academia Saint Heath, Noa —heredera indiscutible del Santuario del Dragón Plateado—, quizá por esa conexión especial con sus padres, o tal vez por pura coincidencia…el caso es que intervino en esta batalla entre humanos y dragones de la forma más inesperada.
Justo cuando Roshwitha se estaba quitando la blusa a mitad, se oyó desde el balcón el grito de un dragón mensajero.
Sin más remedio, Roshwitha tuvo que vestirse de nuevo y dejar a León en paz —por ahora.
Se asomó al balcón pensando que sería una carta de su hermana Isa, pero al abrirla, su ceño se frunció de inmediato.
León, al notar que no regresaba, se levantó de la cama y fue a su encuentro.
—¿Qué pasó? —preguntó, acercándose.
Roshwitha no respondió. Solo le pasó la carta que tenía en la mano.
León la leyó y soltó con sorpresa:
—¿Noa se peleó con alguien?
—Si la academia mandó un dragón mensajero a estas horas, debe ser grave —dijo Roshwitha, preocupada—. ¿Le habrá pasado algo a Noa?
Noa era mucho más joven que los demás dragoncitos. Tan pequeña y estudiando fuera sola…Solo pensar que pudo haber estado en una pelea hacía que el corazón de Roshwitha se encogiera.
León repasó el contenido de la carta. El mensaje era escueto:
“Señor León, señora Roshwitha: Su hija Noa ha tenido un altercado físico con otros estudiantes. Por favor, preséntense en la academia mañana por la mañana para tratar el asunto.”
León no sabía cómo se manejaban las noticias en el mundo dracónico.
Pero en el Imperio, cuanto más breve es una noticia, más grande es el problema.
Y si además la academia mandó un dragón en plena noche y exige presencia inmediata…quizá de verdad era tan grave como Roshwitha temía.
Frunció los labios, serio.
Quiso decir algo para compartir su preocupación.
Pero al ver la expresión inquieta y tensa de Roshwitha, se lo tragó todo.Sí, él también estaba preocupado por Noa, pero decirlo ahora solo echaría más leña al fuego.
Y no podía permitirse eso.
Por su hija, él y Roshwitha hicieron una tregua tácita y dejaron de lado sus rencores.
León guardó la carta, y con suavidad le tocó el brazo a Roshwitha:
—Vamos a descansar. Mañana salimos temprano.
Roshwitha no dijo nada. Solo asintió y lo siguió de vuelta al dormitorio.
Se sentó al borde de la cama, sin decir palabra, jugando con sus uñas.
León, respetando su silencio, se puso a ordenar todo lo que habían desordenado minutos antes.
Puso la silla en su sitio, guardó las cuerdas en el armario, dobló las medias negras y las volvió a guardar.Después le sirvió un vaso de agua caliente y lo dejó en su mesita de noche.
Finalmente, se agachó frente a ella, la miró a los ojos y dijo:
—Descansa. Mañana nos vamos temprano. Dormiré en el sofá. Si no puedes dormir, llámame.
Se quedó un momento mirando su mano. Recordó cómo la última vez, durante una entrevista, Roshwitha estaba muy nerviosa y quiso consolarla con un gesto…
Pero solo se atrevió a palmearle el hombro.
Esta vez…
Después de dudar un poco, estiró la mano y cubrió suavemente la suya, que estaba fría.
—Eso es todo —murmuró.
Se puso de pie y se fue al sofá del salón.
Roshwitha alzó la vista para ver cómo se alejaba. En su mano todavía sentía el calor de su palma.
Abrió la boca, queriendo decir algo.
Pero las palabras se le quedaron en la garganta.
Bajó la mirada. En la mesita estaba la foto familiar.
La tomó y con los dedos acarició la carita sonriente de Noa.
—Por favor, que no estés herida…
Mientras tanto, en el sofá, León miraba fijamente el techo, considerando si debía arrancarle la cabeza al que había tocado a su hija, o si mejor lo apuñalaba directamente.
A la mañana siguiente, ambos irrumpieron con prisas en la oficina del subdirector.
El subdirector Wilson estaba hablando con un profesor. Al verlos llegar, dijo:
—Ve a llamar a Noa y los demás.
—Sí, subdirector.
Roshwitha se adelantó y preguntó con ansiedad:
—¿Qué ocurrió? ¿Por qué Noa se peleó con otros alumnos?
—Cálmese, señora Roshwitha —pidió Wilson mientras se acomodaba las gafas—. Todo comenzó por los conflictos de siempre entre dragoncitos nacidos de huevo y los nacidos de vientre.
En realidad, “conflictos” era una forma elegante de decir “discriminación”.
Los nacidos en capullo heredan directamente el poder del progenitor. Los nacidos de forma natural requieren tiempo para desarrollar su fuerza.
Aunque al llegar a adultos no hay casi diferencia, durante la infancia sí la hay.
Además de tener mejor físico y talento, los del capullo nacen con cuernos. Los de nacimiento natural solo los desarrollan al madurar.
Pero el conflicto físico no surge solo por los cuernos.
También está la cola, símbolo del linaje dracónico.
Cuando León, Roshwitha y Noa subieron a dar su discurso como familia modelo, León no mostró su cola.
A la mayoría de los adultos no les importaba.Pero para los niños, la cola era como un trofeo.
Así que probablemente el problema con Noa comenzó por ahí.
Wilson continuó:
—Esos tres dragoncitos suelen ser problemáticos. Suelen molestar a los nacidos de forma natural. Noa tuvo la mala suerte de llamarles la atención.
Roshwitha entornó los ojos:
—¿Tres? ¿Está diciendo que tres dragoncitos se unieron para intimidar a mi hija?
León también frunció el ceño y dio un paso adelante:
—Eso sí que está fuera de lugar. Llame a los padres de esos tres. Quiero… conversar con ellos.
Después de todo, un cazador de dragones siempre tiene formas muy simples de “razonar” con los dragones.
Wilson se frotó las sienes con resignación. Al parecer, esta pareja ya daba por hecho que Noa era la víctima.
Pero la realidad…
—Subdirector, ya llegaron —avisó el profesor desde la puerta.
—Ah, perfecto, que pasen.
León y Roshwitha miraron hacia la entrada.
Guiada por el profesor, Noa entró caminando con toda calma.
Los padres corrieron a su lado y se agacharon a examinarla.
—¿Estás bien? ¿Te duele algo? ¿Quieres volver a casa a descansar?
Roshwitha le revisó cada dedo con detalle. León, más directo, comprobó de un vistazo…y notó algo extraño.
Noa no tenía ni un rasguño.
Intrigado, volvió la vista a la puerta.
Allí entraban tres dragoncitos más…
Pero a diferencia de Noa, ellos estaban… hechos polvo.
Uno tenía el brazo en cabestrillo, los otros dos con moretones y ojos hinchados.Apenas vieron a Noa, se pegaron a la pared como ratones asustados.
León, captando la escena, le puso una mano a Roshwitha en el brazo.
—¿Qué? —le preguntó en voz baja.
—La academia se equivocó. Esto no fue una pelea… Parece más una paliza unilateral de Noa.
—¿¡Paliza!?
Roshwitha miró hacia los tres dragoncitos.
Uno peor que el otro.
Tenían cuernitos —así que sí, eran del tipo capullo.
Los dos de los lados eran bajos y con cabezas enormes. El del centro parecía más normal y tenía un símbolo de llama en la frente.
—Un enano de patas cortas y un dragón ígneo… —murmuró Roshwitha.
—¿Patas cortas? ¿Eso no es como… un dragón sapo? —preguntó León.
—¿Eh?
—Nosotros…
Se inclinó al oído de Roshwitha:
—En la guerra, llamábamos así a los dragones feos y bajitos. Eran torpes y cobardes, perfectos para que los novatos practicaran.
—No les falta razón…
Roshwitha alzó a Noa en brazos y se sentó con León en el sofá.
—Esperen un poco. Los padres de Rahl llegarán pronto —dijo Wilson.
Rahl debía ser el dragón ígneo del centro. El clásico bravucón con dos secuaces.
Quince minutos después, se abrió la puerta de nuevo.
Entraron tres dragones adultos.
—¿Rahl? ¿Golpeaste a otro niño? ¿Y por eso nos llaman? Bah, dime a quién le diste y yo pago los daños.
El que hablaba debía de ser el padre de Rahl, y parecía hasta orgulloso.
Pero cuando vio a su hijo hecho un desastre, corrió a revisarlo horrorizado.
—¡¿Qué te hicieron, hijo mío?!
Los otros dos también corrieron hacia sus hijos.
Roshwitha se inclinó un poco y murmuró:
—Ese es un pariente del rey del Clan Ígneo. Son muy arrogantes.
—He matado tantos de esos que podrían rodear la academia —respondió León sin inmutarse.
Noa lo miró boquiabierta.
León, sonriendo:
—Jeje, ya sabes, papá luchó mucho en el pasado para proteger a nuestro clan.
—¡Fue ella! ¡Esa mocosa golpeó a mi hijo! ¡Exijo una disculpa! —gritó el padre de Rahl, señalando a León.
—¡Y ustedes dos también! ¡Y me pagan los gastos! ¡Cada centavo!
—¡Silencio! —interrumpió Wilson, golpeando el escritorio—. Voy a explicar lo que ocurrió.
—Anoche, en el comedor, Rahl y los suyos tiraron la comida de Noa. Hay versiones contradictorias, así que dejemos eso de lado.
—Pero más tarde, en el camino a los dormitorios, la acorralaron y hubo una confrontación física.
—El resultado… ya lo ven.
—¿Alguno quiere agregar algo?
Noa levantó la mano.
—Yo.
—Adelante.
—Primero vino el dragón bajito de la izquierda. Le pateé el estómago y cayó al suelo.
—Luego vino el de la derecha. Le hice una llave por el hombro y lo dejé en el suelo. Le pisé el hombro para que no se levantara.
—Finalmente, el dragón ígneo del centro. Le pisé la cola, trató de golpearme, y sin querer le rompí el brazo.
—Eso es todo, señor.
Wilson se llevó las manos a las sienes.
—Rahl, ¿quieres decir algo sobre eso de que te rompió el brazo “sin querer”?
—¡Nada! ¡Es todo cierto! —respondió Rahl al instante.
—¡¿Qué clase de hijo eres?! ¡Te pegaron y encima la defiendes! —gritó su padre, furioso—. ¡Esta mocosa debe disculparse! ¡Y ustedes también!
—Ya basta —dijo León de repente.
Todos lo miraron.
—León, ¿qué estás diciendo?
León apoyó la mano sobre la cabeza de Noa, mirándola con seriedad:
—Noa, cometiste errores.
—¿Eh?
—Después de derribar al primer dragón sapo —digo, de patas cortas—, debiste rematarlo para que no se levantara.
—El segundo, en lugar de pisarle el hombro, debiste apuntar a la pierna. Es más efectivo.
—Y el ígneo… romperle el brazo no da tanto miedo. Su punto débil es la rodilla. Si la dañas, se quedan sin movilidad en batalla.
Noa lo miraba con los ojos como platos.
Sus consejos eran detallados y muy convincentes.No parecía un simple padre hogareño… sino un profesional curtido en combate.
La admiración natural de los dragones por la fuerza hizo que la imagen de León en su corazón subiera como la espuma.
Le sonrió con dulzura, algo raro en ella, y asintió con fuerza:
—Entendido. La próxima vez lo haré mejor.
Los dos dragoncitos de patas cortas temblaban del miedo.
Y Noa ya se moría de ganas de practicar.
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