Capítulo 66
A partir del volumen 05, capítulo 06 en adelante — Aviso Importante:
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En ese momento, León sintió que estaba a solo un paso de la victoria final, pero por confiarse y subestimar al enemigo, cayó en cuartos de final.
Cerró la puerta… y sonrió.
Pero esa sonrisa, un minuto después, se trasladó al rostro de Roshwitha.
Lo peor de todo fue queél mismose había desnudado y subido a la cama de Roshwitha…
¡Ni siquiera le dio la oportunidad a ella de desvestirlo!
Ni un cordero caminando directo a la boca del lobo se entregaba de forma tan sumisa.
Recordaba claramente que en su primer día en la Academia de Cazadores de Dragones, el maestro les dijo:“Nunca bajen la guardia frente a un dragón.”
Esa frase le había salvado la vida incontables veces en el campo de batalla. Y sin embargo, en el momento más crucial… falló.
En realidad, después de todas las locuras que había hecho en estos días, León ya no se habría sorprendido por cualquier “castigo” que Roshwitha quisiera aplicarle.
Pero…
¿Atarlo a una sillano era un poco excesivo?
Y encima con el torso desnudo.
El tatuaje de dragón sobre su pecho estaba completamente expuesto al aire.
Roshwitha, sentada sobre el escritorio, cruzaba sus largas y hermosas piernas. Sus pies, calzados con unas pantuflas con forma de alas de dragón, se balanceaban perezosamente.
En la mano sostenía un pequeño “puntero”, no se sabía de dónde lo había sacado, y lo agitaba con diversión mientras examinaba a León con mirada juguetona.
Él desvió lentamente la mirada del puntero hacia su rostro, y al final no pudo evitar preguntar:
—No estarás pensando hacerme un interrogatorio, ¿verdad?
—Escucha, dragona. Yo he recibido entrenamiento especializado contra tortura. ¡No diré nada sobre el Imperio!
—Y si quieres irte por las malas, solo tengo cuatro palabras para ti: ¡Vete a la mier—!
Roshwitha bajó de la mesa, se acercó a él y le dio un toquecito en la mejilla con el puntero.
—Shhh~ no hables tanto.
Luego levantó la vista hacia el reloj de pared.
Eran las ocho de la noche.
Después de mirar la hora, comenzó a pasearse frente a él, como si estuviera esperando algo… o a alguien.
León ya no dijo nada más.
No iba a rogar por su vida ni a suplicar clemencia.
Conocía demasiado bien a esa dragona: esta noche no iba a tener escapatoria. Y probablemente, mañana tampoco.
La venganza de Roshwitha era como una flecha disparada: imposible detenerla a mitad de camino.
A eso de las nueve en punto, alguien llamó a la puerta.
León rezó con todas sus fuerzas para que fuera Moon.
Tal vez con eso podría librarse, al menos por esta noche.
Roshwitha fue a abrir la puerta.
—Su Majestad —saludó la visitante.
Con esas dos palabras, las esperanzas de León se hicieron trizas.
La que estaba afuera no era un ángel. Era la muerte misma.
—Aquí está la medicina que me pidió —dijo Anna, entregándole una píldora marrón.
—Gracias, Anna. Te lo agradezco mucho.
—Es un honor servirle, Su Majestad.
Tras despedirse con una reverencia, Anna se marchó.
Roshwitha regresó al dormitorio y se acercó a León, sosteniendo la píldora entre el índice y el pulgar.
—¿La recuerdas, León?
Se inclinó hacia él, su nariz rozando la suya, y la píldora, parecida a un caramelo de chocolate, se interponía entre sus miradas.
León la reconoció de inmediato.
—¡Eso es… Dragofuerza…!
Roshwitha sonrió entrecerrando los ojos.
—Correcto. Pero esta no es la misma que tú preparaste. Esta es mucho más pura. Más potente. Incluso un Rey Dragón tendría problemas para soportar sus efectos.
Mientras hablaba, intentó abrirle la boca con el dedo.
—Te he visto agotado estos días, bañándome, cocinando para mí, durmiendo conmigo… Estoy tan~ emocionada por lo mucho que me cuidas. Así que encargué esta Dragofuerza para ayudarte a reponer fuerzas.
—Vamos, querido esposo. Abre la boquita. Yo te doy de comer.
León echó la cabeza hacia atrás, casi cayendo con silla y todo, pero Roshwitha levantó la pierna y presionó la tabla del asiento entre sus piernas, inmovilizándolo.
—¿Qué pasa? ¿No te gusta?
—¡Lo dejé! No es bueno para la salud…
—Qué decepción… ¡Y yo que soy tu esposa y lo preparé especialmente para ti! ¿Cómo iba a hacerte daño? Anda, sé bueno, no pasará nada…
Y bajando la voz hasta un susurro en su oído, dijo:
—O me haces caso… o usaré otros métodos para abrirte la boca.
¡Dragona maldita, qué cruel eres!
Roshwitha le sonrió dulcemente:
—Qué lindo… abre bien la boquita.
A regañadientes, León abrió un poco. Ella le empujó la píldora lentamente dentro.
Luego le alzó la barbilla para obligarlo a tragar.
El sabor amargo y fuerte lo hizo toser violentamente.
—Ay~ lo siento, ¿te atragantaste?
Fingiendo preocupación, Roshwitha le acercó un vaso de agua.
Pero en cuanto el líquido le bajó por la garganta, León frunció el ceño.
—Esto no es agua… ¿qué me diste?
—Eres tan listo. Es una bebida especial que acelera la absorción del medicamento.
León entró en pánico.
Sabía perfectamente cuál era su posición ahora mismo:un juguete.
Más bajo que un prisionero. Una vergüenza absoluta.
Roshwitha dejó el vaso a un lado, se subió sobre sus piernas, su fragancia lo envolvió.
El suave peso de su pecho rozó su clavícula.
Eso sí era un verdadero acelerador, no esa bebida.
Ella apoyó los brazos sobre sus hombros, se inclinó hacia él y lo miró a los ojos.
—¿Lo sientes? El Dragofuerza derritiéndose en tu estómago, activando su poder…
—Dentro de un minuto, tu cuerpo se calentará, buscando desesperadamente un desahogo.
—A los dos minutos, arderás de deseo. Será insoportable.
—Y al tercer minuto, estarás completamente bajo su control. Un esclavo a mis pies.
Le levantó la barbilla, observando sus labios temblorosos, y murmuró:
—Pero yo puedo ayudarte, León. Solo yo puedo calmar esa bestia dentro de ti. Solo necesitas… pedírmelo.
León apretó los dientes.
—¡Ni en sueños!
—Vamos, ¿por qué tan terco? Solo tienes que rogarme… y te librarás del tormento. ¿No suena tentador?
—¡Antes muerto, dragona! ¡Soy un campeón de la abstinencia!
—Entonces… disfruta tu reencuentro con nuestro viejo amigo, Dragofuerza.
Tomó un reloj, lo puso delante de él.
—Mira bien, ya casi pasa el primer minuto… vamos, empieza a arder, mi querido esposo~
León cerró los puños. El sudor le corría por la frente y la nariz.
Clavó la vista en el reloj.
Tic-tac. Tic-tac. Tic-tac.
Cada segundo, sentía que la garra del deseo se acercaba más.
Un minuto… su corazón latía con fuerza, el estómago en llamas.
Dos minutos… todos sus nervios en tensión, luchando contra las reacciones del cuerpo.
Tres minutos—
León, como un mártir, cerró los ojos y gritó:
—¡¡¡Roshwitha, no te tengo miedo!!! ¡¡¡Soy el campeón de la abstinencia sexual!!!
—¡Pfffff! ¡Jajajaja, qué idiota!
Roshwitha se dejó caer al suelo de la risa, abrazada al reloj.
Con los hombros sacudiéndose, se reía con ganas.
León se quedó pasmado.
¿No se suponía que debía convertirme en su esclavo de deseo…?
¿Por qué, aparte de sudar un poco, no pasa nada?
—¡Dragona maldita… me estás tomando el pelo!
Roshwitha se reía aún más, casi rodando por el suelo.
No se podía esperar menos de ella… tan maliciosa, tan brillante. Manipulándolo todo desde las sombras.