Capítulo 022
A partir del volumen 05, capítulo 06 en adelante — Aviso Importante:
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Capítulo 22: El autocultivo de un estudiante modelo
Algo está mal.
Absolutamente y completamente mal.
Como todo el mundo sabe, cada vez que Rosvitha inventa un nuevo juego o un plan astuto, utiliza esta torpe trampa de belleza para que Leon baje la guardia y así lograr sus objetivos inconfesables.
En el momento en que Rosvitha se le pegó, Leon despertó de golpe, aliviado en secreto de no haber caído por completo en las artimañas de esa mujer encantadora.
Le empujó los hombros con expresión seria.
—Dragona, ten un poco de decencia. He renunciado a los cuatro deseos mundanos y he hecho voto de abstinencia. No intentes perturbar mi camino espiritual.
Oh, míralo al perro de hombre, actuando todo decente ahora.
¿Renunciar a los deseos mundanos y hacer voto de abstinencia? Si alguien lo oyera, pensaría que era algún tipo de monje o algo así.
Mientras hablaba, Leon giró la cabeza, sin mirar más a Rosvitha. Porque si bien la trampa de belleza era torpe, la belleza en sí no lo era en absoluto.
Cuando estaba con Rosvitha, no solo tenía que cuidar lo que decía, sino también lo que veía.
¿Quién podía resistirse a esa carita coqueta frunciendo los labios contigo?
Al verlo así, Rosvitha no se apresuró; simplemente siguió el juego de Leon con calma y continuó hablando despacio:
—Si realmente has renunciado a los deseos mundanos, ¿por qué no te atreves a mirarme?
No volvió a acercarse a él, solo levantó la mano y la posó suavemente sobre su hombro.
—Lo de encargar un trono más grande era solo un comentario casual, para estar más cómodos, o quizá… tomar una siesta juntos.
Con una sonrisa llena de picardía, extendió el dedo índice de la mano que descansaba en el hombro de Leon y le hizo cosquillas en el lóbulo de la oreja con la punta.
—¿Dónde tienes la cabeza? ¿No estarás pensando algo travieso?
—¡No estaba…!
Leon estaba a punto de replicar, pero de pronto recordó que su razón para buscar a Rosvitha no era hablar de los «usos diversos del trono», sino averiguar el paradero de sus hijas.
Ahora que sabía dónde estaban, no había razón para seguir discutiendo con la dragona. Si prolongaba esto, solo corría el riesgo de convertirse en su saco de boxeo emocional.
Era más importante concentrarse en lograr que Luzcita lo llamara “papá”.
Con ese pensamiento, Leon le quitó la mano de encima y se puso de pie.
—No estaba pensando en nada. Tú sigue trabajando; yo voy a buscar a las niñas.
¡Hiss—!
Después de todo este rato, el perro de hombre seguía empeñado en “lavarle el cerebro” a Luzcita. ¡De ninguna manera! Tenía que seguir reteniéndolo el mayor tiempo posible.
—Siéntate —ordenó Rosvitha.
Leon extendió las manos.
—Si me quedo aquí, solo voy a interrumpirte.
—No interrumpes —respondió Rosvitha, echando un vistazo a los informes y documentos sobre la mesa mientras una idea le cruzaba la mente—. De hecho, necesito enseñarte algo.
Leon alzó una ceja.
—¿Enseñarme qué?
Rosvitha inclinó elegantemente el mentón hacia los documentos.
—Ya sabes, enseñarte a manejar estos asuntos.
Al oír eso, el rostro de Leon se llenó de confusión.
—¿Para qué iba a necesitar yo, un humano, aprender a manejar los asuntos de tu clan de Dragones Plateados? Ni siquiera me pagas.
—Delante de mí, eres humano; pero para Anna y los demás, eres un príncipe. ¿Recuerdas aquel plan de fuga que hicimos en invierno, cuando yo estaba embarazada de Luzcita?
Leon pensó un momento y enseguida recordó a qué plan se refería Rosvitha.
En aquel entonces, Rosvitha estaba embarazada, y por su seguridad, Anna no le permitía salir del santuario.
Así que ella y Leon tramaron un plan de fuga. El plan era meticuloso y perfecto, pero terminó fallando. ¿La razón? Anna notó que el príncipe, que normalmente no mostraba el menor interés por los asuntos del clan, de pronto quiso inspeccionar su trabajo. Aquello le pareció sospechoso, y de inmediato tomó medidas. Justo cuando la reina estaba a punto de “escapar”, fue atrapada.
Leon asintió.
—Sí, lo recuerdo. ¿Y qué pasa?
—Fue porque te hiciste el desentendido. Dijiste que ibas a supervisar a Anna, pero al final te desentendiste y por eso sospechó y me atrapó.
—¿No fue idea tuya? Yo no dije nada, solo cooperé contigo. Y además, ¿cómo que me hice el desentendido? Ese trabajo ni siquiera me correspondía, así que no podía desentenderme de algo que no era mi deber.
—Tú…
Leon lo dijo con tanta convicción que la reina se quedó sin palabras. Al ver que el hombre ya se preparaba para salir del santuario en busca de sus hijas, Rosvitha mordió su labio inferior, pensando a toda velocidad en cómo retenerlo.
¡Si la lógica no funciona, entonces que hable el corazón!
—Ah… —la reina suspiró, agotada.
Leon, que ya se había dado la vuelta, oyó ese suspiro tan cargado de tristeza, se detuvo y preguntó:
—¿Qué pasa?
Apoyando la cabeza con una mano mientras hojeaba los documentos apilados sobre la mesa, Rosvitha respondió con voz cansada:
—Nada. Mi esposo tiene sus propios asuntos, y como su esposa, ¿cómo no voy a entenderlo? Está bien, yo puedo encargarme de todo esto sola, aunque me resulte muy agotador.
Luego levantó la cabeza y lo miró entrecerrando los ojos con una sonrisa leve:
—Ve tú a acompañar a nuestras hijas. No tienes por qué quedarte conmigo. Cuando termine con estos asuntos, prepararé el almuerzo para todos.
“…”
¿A quién crees que engañas, dragona?
¿Crees que no lo noto?
Bah… lo de que Luzcita me llame papá no es tan urgente. Pero no voy a dejar que te quedes aquí diciendo que no me importa nada—
Aunque en realidad sí me da un poco igual… pero si te desmayas de tanto trabajo, nuestras hijas se preocuparán.
Leon, una vez más, encontró excusas internas para preocuparse por Rosvitha. Y enseguida se volvió a sentar a su lado.
—Está bien, enséñame. Estoy listo para aprender.
Rosvitha sonrió con satisfacción, tomó unos informes al azar—nada que implicara secretos internos del clan de Dragones Plateados—solo documentos rutinarios que eran seguros para que Leon los viera. No era que no confiara en él, ni que no se atreviera a mostrarle información confidencial; simplemente esos asuntos no eran precisamente “limpios”, y si Leon los conocía, solo le añadiría preocupaciones innecesarias.
Además, era un novato en el juego del poder. Rosvitha no podía apresurar el proceso; tenía que guiarlo poco a poco.
Más allá de no querer que él fuera a buscar a Luzcita, Rosvitha ni siquiera sabía por qué quería enseñarle estas cosas. Después de todo, él era un humano, y había sido su enemigo mortal…
Hay un viejo dicho: “Enseñar a un aprendiz es cavarse la tumba como maestro”, pero… ¿enseñar a un enemigo? ¿No era eso buscarse la ruina?
Entonces, ¿por qué decidió enseñarle a Leon los entresijos del poder? ¿Era… porque esperaba que él pudiera enfrentarse con sabiduría a las conspiraciones y corrientes ocultas del futuro? ¿O… por otra razón?
No podía descifrarlo.
En fin… que aprenda, por ahora.
Aunque este idiota probablemente no entienda ni la mitad en poco tiempo.
Rosvitha apartó esas ideas desordenadas de su mente y comenzó a enseñarle con seriedad a Leon cómo manejar los asuntos diarios.
Aunque hace un momento él había dicho que ese no era su trabajo, al momento de aprender, Leon se mostró sorprendentemente serio.
Cuando se trata de aprender algo, sin importar el tema, siempre da lo mejor de sí. Esa es la autoformación de un estudiante modelo.
Mientras las preguntas y respuestas fluían en voz baja, acompañadas ocasionalmente de alguna que otra broma, el Santuario del Dragón Plateado, normalmente silencioso, parecía haber ganado un poco de calidez.