Capítulo 026
A partir del volumen 05, capítulo 06 en adelante — Aviso Importante:
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Capítulo 26: Tengo una idea atrevida
¿Inmortalidad…?
Leon reflexionó cuidadosamente sobre esa palabra.
A su parecer, la inmortalidad era un concepto algo contradictorio.
A lo largo de sus vidas, muchas personas jamás mencionan o se detienen a pensar seriamente en qué es realmente la “inmortalidad”, cómo alcanzarla, o cuál es el precio que conlleva.
Y, sin embargo, cuando llega el final, muchos lamentan no haber vivido más tiempo. Están dispuestos a sacrificar riqueza, salud o lo que sea, con tal de alargar su vida un poco más.
La “inmortalidad” rara vez aparece como un tema serio en la vida diaria de la mayoría. Pero una vez completan sus vidas, ordinarias o extraordinarias, todos acaban buscando esa prolongación que jamás consideraron a fondo.
Tomemos al propio Leon como ejemplo. Antes de formar esta familia falsa con Rosvitha, jamás se planteó nada relacionado con la inmortalidad o la longevidad.
Eso se debía a que, desde niño, había recibido una educación adecuada respecto a la muerte. Las monjas y los sabios del orfanato le enseñaron a afrontarla con serenidad.
Después de establecer esta familia falsa, Leon sí pensó en la diferencia de expectativa de vida entre humanos y dragones.
Pero por más que lo meditaba, no encontraba un motivo que lo convenciera.
La raza de los dragones puede tener una vida más larga que los humanos, pero al final, también acabarán sepultados bajo esta tierra.
Por eso, Leon sentía que nadie podía escapar de la muerte.
Lo que la gente llama “inmortalidad” no es más que dejar una huella de sí mismos en este extraño y colorido mundo.
Tal como la audaz suposición que acababa de hacer su maestro: que el anterior rey podría no haber muerto realmente, sino haberse retirado, convirtiéndose en el verdadero gobernante que manipulaba el país desde las sombras.
Y así, a pesar de que han pasado treinta años, las huellas del antiguo monarca aún siguen presentes por todo el imperio.
Leon apartó esos pensamientos y preguntó:
—Si el anterior rey realmente fingió su muerte, ¿cómo logró prolongar su vida?
El maestro también tenía sus propias conjeturas:
—La inmortalidad o longevidad ha sido un campo de investigación de los alquimistas reales durante cientos de años, así que… tal vez sí hicieron progresos.
—Pero si fue gracias a los alquimistas reales —dijo Leon—, ¿para qué fingir su muerte y ocultar ese logro experimental? Si logró extender su vida, podría haber consolidado aún más su poder, gobernar con más firmeza y, de paso, mostrar al mundo la fuerza de la magia humana. Fingir su muerte solo lo obligó a esconderse, y aunque conserve el poder real, no deja de ser incómodo en muchos aspectos, ¿no?
Ese punto era algo que Teg no había considerado. El anciano se acarició la barba, frunciendo el ceño, pensativo:
—Es verdad… Entonces, ¿qué representan esas dudas y pistas?
Con nuevas conjeturas vinieron nuevas preguntas. La mente de Leon estaba activa, y enseguida señaló:
—Quizás la llamada “inmortalidad”, su método y su precio… jamás deben salir a la luz pública.
Tras una pausa, añadió:
—Claro, investigaciones tan revolucionarias como la inmortalidad o prolongar la vida podrían mantenerse en secreto por razones de seguridad o para esconder el poder. Pero…
—Me inclino más a pensar que el “precio de la inmortalidad” que ha investigado el imperio es algo que no quieren que nadie sepa. Y… quizás esté relacionado con la guerra eterna entre humanos y dragones.
Teg no lograba seguir del todo el razonamiento de su discípulo:
—¿A qué te refieres con eso?
—Maestro, la guerra entre humanos y dragones lleva miles de años, y hay demasiadas cosas implicadas en ella. Cada paso que dan y cada decisión que toman ambos bandos están interrelacionados —explicó Leon—. Por eso creo que la inmortalidad o la longevidad del anterior rey están estrechamente relacionadas con los dragones… y con toda esta guerra.
Teg guardó silencio, sumido en los pensamientos de su discípulo.
En ese momento, Rebecca, que había estado callada todo el rato, intervino de pronto con tono muy serio:
—Creo que el capitán tiene razón.
Teg y Leon no pudieron evitar mirarla.
—¿Oh? ¿Por qué crees que tiene sentido? Cuéntanos —le dijo Teg, pensando que quizá los jóvenes entienden mejor a otros jóvenes, sin barreras generacionales.
Rebecca se mostró muy solemne:
—Porque el capitán habla mucho. Y si habla mucho, es porque tiene razón.
Teg: “…”
Leon: “…”
Rosvitha, intentando no reírse: “No, no me puedo reír, soy la reina, debo mantenerme seria…”
Leon le dio una palmada a Rebecca en la cara y la apartó:
—Anda, vete a jugar. Los adultos están hablando. Los niños no interrumpen.
Rebecca dio unos pasos al lado, le sacó la lengua y le hizo una mueca:
—¡Tienes solo un año más que yo, idiota hetero!
Leon decidió ignorarla y volvió a concentrarse en la conversación con su maestro. Viendo que los dos estaban tan metidos en su charla, Rebecca se sintió desplazada… y de pronto se le ocurrió actuar por su cuenta.
—¡Este trío de ancianos, lisiados y moribundos no está a la altura de decorar mi grandeza!
La loli mascaba su chicle con aire aburrido, las manos metidas en los bolsillos, cabeza baja, pateando piedritas en el suelo. De repente, una piedrita rodó más de lo esperado.
Rebecca iba a levantar el pie para ir tras ella, pero se dio cuenta de que la piedra, molesta como ella sola, estaba rodando hacia Rosvitha.
¡Toc!
La piedra golpeó levemente el tacón alto de Rosvitha. Ella abrió lentamente sus ojos plateados, bajó la mirada hacia la piedrita, luego alzó los ojos para ver a quien la pateó.
En el instante en que Rebecca cruzó mirada con las pupilas invertidas de la dragona, no pudo evitar sentirse nerviosa.
Ella no tenía el valor de su capitán para enfrentar con descaro a la Reina Dragón, mucho menos para casarse con ella y tener hijos. Solo era una artillera de 22 años, algo loca, sí, pero lo suficientemente cuerda como para saber que esa mujer que la miraba con calma no era una simple belleza, sino una Reina Dragón con todas las letras.
Para Rebecca, los dragones seguían siendo sinónimo de brutalidad. Y esa Reina era la esposa del capitán, no suya. ¿Quién sabía de lo que sería capaz?
Sin embargo…
Una reina dragón no debería ser tan rencorosa… es solo una piedrita. ¿No?
Mientras Rebecca sufría su pequeño infierno mental, Rosvitha se mantuvo en silencio, serena. Luego, discretamente extendió la cola y devolvió la piedra a su lugar con un suave empujón.
Después, volvió a cerrar los ojos para descansar.
La piedrita rodó de regreso hasta los pies de Rebecca, quien por fin soltó un suspiro de alivio.
Parece que el capitán sí eligió bien a su esposa dragona: es muy amable.
Esa pequeña interacción entre la loli loca y la reina dragona pasó completamente desapercibida para el maestro y su discípulo.
Después de intercambiar información y confirmar los próximos pasos, Leon preguntó:
—¿La esposa de mi maestro sigue con sus padres?
Teg frunció los labios, dudando, pero al final respondió:
—Sí, sigue ahí. Muy segura.
Leon se rascó la cabeza:
—¿Por qué no me dice dónde viven? Ahora tengo tiempo libre, podría ir a visitarla. Hace rato que no la veo.
También hace rato que no ve un burro…
—Es que… viven en una zona bastante remota. Difícil de describir con palabras —dijo el maestro, algo evasivo—. Mejor terminemos primero los asuntos del imperio, y luego te llevo yo mismo.
¿Por qué este viejo está tan reacio a que vea a su esposa?
Leon sospechó, pero no dijo nada. Solo asintió:
—Está bien, lo hablamos después.
—Claro.
Tras una pausa, Leon pareció recordar algo. Metió la mano al bolsillo y sacó una foto, que le entregó a Teg.
El anciano la tomó y vio a una bebé con cabello y cola rosados, dormida con sus puñitos cerrados, adorabilísima.
—¿Esto es…?
—Aurora, la tercera hija de Rosvitha y yo. Ya le hablé de ella cuando regresé al imperio. Su apodo es “Luzcita”.
Aunque el maestro fue un cazador de dragones, el hecho de que aún conservara con tanto cuidado la foto familiar que Rosvitha le dio demostraba que no tenía problema con que la hija de Leon fuese una híbrida.
Por eso, antes de esta visita, Leon se aseguró de traer una foto de Luzcita para mostrársela al viejo. Teg observó la imagen de su nieta, y una sonrisa aliviada apareció en su rostro curtido.
Rebecca también se acercó curiosa. Al ver a la pequeña dragoncita rosa en la foto, sus ojos de loli brillaron como estrellas.
—¡Aaaay, qué ternura!~~
Leon agitó la mano, con falsa modestia pero presumiendo:
—Claro, mírala bien, ¡mira de quién heredó los genes!
—Cierto. Sin los genes de tu esposa, la belleza, tu hijita no sería tan linda —añadió Rebecca.
—¡Oye! ¡Eso merece un golpe!
Rebecca soltó una risita traviesa y se escondió detrás de Teg.
Después de contemplar a su nieta un rato más, Teg guardó con cuidado la foto.
—Si no tienen más asuntos, Rosvitha y yo volveremos ya, maestro.
—Espera, hay una cosa más.
Mientras hablaba, Teg sacó un libro viejo del bolsillo:
—Cuando dijiste que no podías condensar maná en el imperio, recordé este libro. Contiene algo que podría servirte.
Leon lo tomó. El título era: “Las Nueve Puertas del Infierno”.
—Suena… oscuro —comentó—. ¿Tiene algún método para restaurar el maná?
Teg negó con la cabeza:
—No tiene relación con el maná. Es un arte marcial muy poderoso. Como no puedes usar maná por ahora, necesitas otras formas de defensa. Solo con lo aprendido en el Escuadrón Cazadragones no será suficiente. Así que, me arriesgué y pedí que encontraran este libro antiguo para ti. Estúdialo bien cuando regreses. Te veo algo… desanimado.
—…
—¡Maestro, no es mi culpa si parezco desanimado! ¡Ya no soy ese inocente niño de antes!
—Está bien, lo practicaré con esmero. Gracias, maestro.
Teg asintió:
—Bien. Regresen, y tengan cuidado en el camino.
—Sí, usted también, maestro.
Leon guardó el libro, se giró y llamó a Rosvitha para marcharse. Ella se levantó lentamente y lo siguió hasta la salida de la cueva.
Al irse, giró la cabeza y miró a Rebecca. La loli se puso nerviosa de nuevo. Los ojos plateados de la Reina la observaron con calma, y al final, los labios de la dragona se curvaron levemente:
—Niña humana… bastante mona.
Dicho esto, desvió la mirada, desplegó sus alas de dragón, apartó la cortina de agua de la cascada y se fue con Leon.
Después de que la pareja desapareciera, Teg se acercó a la atónita Rebecca y le dio una palmada en la cabeza.
—Ya se fueron. ¿Qué sigues mirando?
Rebecca por fin volvió en sí. Sacudió la cabeza y murmuró:
—Papá, tú dijiste varias conjeturas atrevidas hace un rato, pero ahora… ¡yo tengo una aún más atrevida!
Teg alzó una ceja, escéptico:
—¿Y cuál sería?
La loli levantó la cabeza con tono solemne:
—¡Creo que el capitán y su esposa podrían tener más hijos!
—…Tu corazón es puro, pero contrólate.
Mandaron al aprendiz a infiltrarse en la raza dragón para obtener información, ¡no para aumentar la población! A este paso, van a terminar fundando un equipo de fútbol.
—¡¿Y qué tiene de malo?! ¡Las tres hijitas que tienen ya son hermosísimas! ¡Que tengan más! Además, la Reina Dragón puede vivir más de mil años. ¡Si tienen uno cada diez años, podrían tener cien!
—¿Y pensaste qué pasará cuando tu capitán se muera en unas décadas? ¿Van a tener hijos como no-muertos?
—¡Oh, ahora que lo dice! ¡Eso quiere decir que la Reina se va a quedar viuda! ¡Pobre mujer hermosa! ¡Leon Casmode, no tienes corazón! ¡Oye, oye, papá, ¿qué haces?!
Teg se agachó, cargó a Rebecca al hombro como un costal, y luego se colgó su gran espada al cinturón.
—Eso no es asunto nuestro. Ellos sabrán cómo manejarlo. Vamos al imperio. Es hora de lidiar con ese perro de emperador.