Capítulo 05
A partir del volumen 05, capítulo 06 en adelante — Aviso Importante:
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**Capítulo 5: Ser terco también es un arte**
El reciente viaje al Imperio había dejado una fuerte impresión en Leon. Recordaba esa noche cuando, junto a su maestro y Rebecca, discutían sus planes futuros. De repente, el maldito tatuaje dragón se iluminó sin previo aviso, dejándolo expuesto a un interrogatorio incómodo sobre tatuajes de pareja y… otras intimidades.
Pero al reflexionar, Leon entendió: el brillo del tatuaje significaba que Rosvitha lo había extrañado. Y en ese momento, ella debería haber estado aún acampando en el bosque cerca del Imperio.
Los ojos de Rosvitha titilaron antes de apartar la mirada.
—¿Qué hay que explicar? Estuviste lejos muchos días. ¿No puedo extrañarte?
—¿Eh?
—Para saber si estabas muerto o vivo… o dónde enterrarte si lo estabas. ¿Qué más podría extrañar de ti?
Era una mentira tan obvia que casi resultaba cómica. La reina no era buena mintiendo, o quizá ni siquiera intentó hacerlo convincente. Quería que Leon supiera que lo había extrañado, pero sin arruinar su imagen altiva.
*(Vamos, matadragones, sé que sabes que miento… ¿verdad?)*
—Ah, entiendo. Te creo —respondió Leon con naturalidad.
Rosvitha: ?
—¿Me… crees?
—Encaja perfecto con mi imagen de ti, así que sí.
—¡Tú…! ¡Desalmado!
Ella giró la cabeza, cruzó los brazos y agitó la cola con fastidio.
Al ver su expresión, Leon no pudo evitar sonreír mientras se acercaba.
—Está bien, sé que me extrañabas pero te daba vergüenza decirlo.
Dejó de provocarla. **Ser terco requiere medida**: un poco es encantador; demasiado, contraproducente.
Rosvitha había esperado cinco días en el bosque por él. Podría no ser un «nunca me fui» romántico, pero al menos demostraba que aún valoraba lo que tenían.
—No te extrañé. Para nada.
—Sí, sí, fui yo quien te extrañó a ti.
El rostro tenso de Rosvitha se relajó levemente, aunque mantuvo el ceño fruncido.
—¿Tú extrañándome? Esta reina no necesita tus añoranzas. Ve a extrañar a tu burro.
—Vaya, ¿cómo se te ocurren esas comparaciones? ¿Acaso le aplico protector solar a un burro? Eso sería ridículo.
**Halagos**. Pero efectivos.
Conteniendo una sonrisa, Rosvitha extendió sus largas piernas frente a Leon.
—Aprovecha la oportunidad.
Tomando el protector solar, Leon frotó una porción entre sus palmas antes de aplicarlo con cuidado sobre su piel.
Era suave como gelatina de leche, fresca al tacto. Sus piernas tenían la proporción perfecta: ni demasiado delgadas ni con un gramo de grasa sobrante.
Aunque había dado a luz a Luz hace menos de un mes, su figura ya era envidiable: curvilínea pero aún así sensual.
—No vayas a activar el tatuaje dragón por esto —advirtió Rosvitha, observándolo.
En otras palabras: *»No reacciones de manera… extraña»*.
—¿Por qué lo haría? Son solo tus piernas. Ya las he tocado antes.
—Tonterías —murmuró ella, ruborizándose.
La verdad era que **nadie** más había tocado sus piernas, cintura o pies antes de Leon.
Isabella solía decir que ningún hombre interesado en «Xiao Luo» podía acercarse a menos de cinco metros.
¿Y cuándo fue la primera vez que Leon exploró esas zonas íntimas?
Hace más de un año, durante una misión donde, contra todo pronóstico, Rosvitha no solo no se enfadó, sino que… **disfrutó** la experiencia.
Leon parecía entender su cuerpo de manera innata, como si llevara años estudiándolo.
Una vez, bajo la influencia del tatuaje dragón, ella le preguntó cómo lo hacía.
Esperaba una respuesta romántica.
Pero el General Leon, fiel a su título de «Matadragones más fuerte», soltó:
—**Claro que un matadragones conoce el cuerpo de un dragón. ¿Acaso hay carniceros que no entiendan a los cerdos?**
*Resultado: patada fuera de la cama.*
En fin, era un tipo peculiar. Hasta el contacto físico más íntimo con él no le producía rechazo. Al contrario, sentía una extraña satisfacción al ser «conquistada».
—¿Por qué compraste dos botellas? —preguntó Leon, aplicando crema en su pantorrilla.
—Mis piernas son largas. Necesito más cantidad.
Leon la imitó en tono burlón:
—*»Mis piernas son largaaas~»*
Rosvitha rio y le dio un suave puntapié en el pecho.
Él aprovechó para agarrar su tobillo, sosteniendo su pie delicado.
—Ya que estamos, apliquemos en las plantas.
—¡Oye, pervertido, no…! —un escalofrío la recorrió al sentir sus dedos en esa zona sensible.
Al recuperarse, lanzó una mirada asesina.
—Esta pierna ya está. Sigue con la otra.
Terminada la tarea, Leon anunció:
—¡Listo!
—¿Eso es todo?
—Solo muestras las piernas. El resto no necesita protección.
Rosvitha agitó la cola.
—Olvidaste esto.
—¿No puedes guardarla?
—No. Quiero protector en mi cola.
*Ah.* Las dos botellas no eran solo por sus piernas, sino también por **esto**.
Con un suspiro, Leon comenzó a aplicar crema sobre las escamas plateadas.
Eran incluso más suaves que sus piernas. Frías, sedosas y… **sensibles**.
Especialmente la base y la punta. Durante sus *»misiones»*, eran como interruptores mágicos: un roce podía desencadenar un torrente incontrolable. Así que evitó cuidadosamente esas zonas.
—No aplicaste en la base ni la punta —señaló Rosvitha, apoyada en los codos y mirándolo con una sonrisa pícara—. Como prisionero de guerra, tu deber es servir a la reina. ¿O… **te da miedo tocar ahí**?
**Provocación**.
Antes, era el método infalible para hacer picar a Leon. Pero el General Leon, veterano de batallas, ya no caía tan fácil.
Miró esa cola arrogante, luego el rostro burlón de la reina dragón.
Cuanto más lo pensaba, más se enfurecía.
—¡Basta!
Arrojó el protector solar y, con un movimiento rápido, **azotó** las nalgas de Rosvitha.
*¡Slap!*
El sonido resonó en la playa.
—¡¿Leon, qué haces?! ¡Si te atreves…!
*¡Slap!* —otro golpe.