Capítulo 06
A partir del volumen 05, capítulo 06 en adelante — Aviso Importante:
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**Capítulo 6: Otra vez «lo entiendes»**
Aunque la pequeña Luz nació después que sus hermanas, no se ha perdido ningún espectáculo.
¿Qué clase de pareja pelea a golpes frente a un bebé de menos de un mes?
Cuando estos dos combaten, no se guardan nada.
Rosvitha conoce el punto débil de Leon (la cintura) y le clava la punta de su cola en los riñones sin piedad.
Leon sabe que el trasero de la reina dragón produce un sonido satisfactorio al ser golpeado, así que apunta allí cada vez.
Al final, la reina dragón plateada usa su ventaja racial (una cola larga y flexible) para someter al general Leon.
Con sus piernas alrededor de su cuello y su cola enroscada en su cintura, ejecuta una llave de tijera perfecta.
Puede que la posición no sea elegante, pero es efectiva.
Leon, atrapado entre las piernas de esta dragona, huele la mezcla de protector solar y un leve aroma salado que flota en el aire.
—Hmm, olor a mar —murmura.
—¿Te rindes? —Rosvitha sostiene su rostro entre sus manos, obligándolo a mirarla.
Aunque tiene la boca deformada en una «O» entre sus muslos, su respuesta es firme:
—¡Jamás! Yo, Casmode, nunca me he rendido en la vida. ¿Crees que una llave de tijera me hará caer? ¡Ridículo!
—¡Marca dragón… activar!
—Está bien, está bien… me rindo —golpea su muslo, la señal de rendimiento en las artes marciales.
Rosvitha lo libera con un resoplido.
Leon se levanta frotándose la cara, aún caliente por el contacto y con rastros del protector solar.
—¿Para qué lo limpias? Es para protegerte del sol —dice ella.
—Un cerebro roto no se arregla con nueces, y el protector de tus muslos no bloquea el sol —replica él.
—Vaya habilidades poéticas. ¿Tu tesis en la Academia de Matadragones sacó buena nota?
Leon se recuesta en su silla playera y alza a Luz:
—Claro. El tema era innovador: *»Cómo manejar a una dragona que insiste en ser tu esposa»*.
Rosvitha pone los ojos en blanco.
Si alguien más hablara así a la Reina Dragón Plateada, no merecería ni una mirada. Pero con Leon, no le importa perder el tiempo en estas tonterías.
¿La razón?
La vida de los dragones es tan larga que necesitan desperdiciar algo de tiempo. Nada que ver con que este granuja ocupe un lugar especial en su corazón.
—¿Yo? ¿Insistiendo en ser tu esposa? ¿Qué disparate es ese?
—Ay, las mujeres, siempre tercas —Leon suspira, jugando con Luz.
—Infantil —responde Rosvitha.
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**Brisa marina**
El viento salado lleva lejos su fatiga acumulada. El océano infinito hace que sus preocupaciones parezcan pequeñas.
—Los territorios humanos están lejos del mar, ¿no? —pregunta Rosvitha.
Leon asiente:
—Solo lo vi una vez, durante una campaña militar. No pude apreciarlo.
En este continente lleno de magia, varias razas coexisten. Humanos y dragones pelean por recursos, pero otros conflictos ocurren en otras tierras.
Cada raza tiene sus ventajas:
– **Humanos**: Tierras fértiles para agricultura y ganadería. Gran capacidad de reproducción (aunque el Imperio multa por más de dos hijos).
– **Dragones**: Menos tierra, pero más diversidad. Recursos marinos, montañas y ciudades flotantes.
Rosvitha señala el horizonte:
—Más allá está el territorio del Clan Dragón Marino.
Leon arquea una ceja:
—¿Estamos festejando frente a su casa?
Ella niega con la cabeza:
—Están muy lejos. Además, son diferentes: nada agresivos, incluso… *dóciles*. ¿Los has visto antes?
—No. Ni siquiera aparecían en mis libros de texto.
—Son discretos. Durante milenios, nunca causaron problemas —explica Rosvitha—. Pero hace treinta años, empezaron a desaparecer de lugares públicos como la Ciudad Celestial.
Leon se intriga:
—¿Fueron atacados?
—No lo sé. Su hábitat es único. Otros dragones no pueden llegar a su verdadero dominio: **Atlantis**.
—¿Atlantis? —repite Leon.
—Sí. Un reino submarino inalcanzable para la guerra. Un paraíso.
Leon asimila la información:
—Parece que sé muy poco sobre los dragones.
Rosvitha sonríe:
—Eres joven. La historia dragón es larguísima.
Leon hace una mueca:
—No me interesan otros clanes. Entenderte a ti ya me agota.
Rosvitha parpadea, maliciosa:
—Ohhh… *ya entiendo*.
—¿Otra vez «entiendes»? ¿Qué entiendes?
La belleza plateada se gira hacia él, entrecerrando los ojos:
—Que solo me tienes ojos a mí, ¿verdad?
—¡Dragona, mañana mismo me arranco los ojos para probar mi inocencia!