Capítulo 036.5
A partir del volumen 05, capítulo 06 en adelante — Aviso Importante:
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3 — ¡Se comieron las ofrendas a escondidas!
Unos días después del final de la guerra del Imperio, los trabajos de limpieza finalmente quedaron resueltos.
La administración interna del Imperio quedó en manos del núcleo de la Hermandad del León, junto con varios ministros y funcionarios que, durante el reinado de Kant, se negaron a colaborar con su corrupción.
El padre de Martin estaba entre ellos.
Cabe destacar que al principio no daban abasto ni siquiera con tareas básicas como clasificar documentos.
Pero entonces Rebecca tuvo una idea brillante: si estaban buscando funcionarios honrados… ¿por qué no ir a las prisiones?
Aunque sonaba terrible, la verdad es que funcionó.
Gracias al trabajo sin descanso de todos estos días, el Imperio logró volver a ponerse en marcha, incluso sin Kant ni sus corruptos secuaces.
La elección del nuevo rey tomaría algo más de tiempo.
Desde la metodología de elección hasta la lista de candidatos, todo debía ser debatido con calma antes de tomar una decisión definitiva.
Mientras tanto, con el poder militar del Imperio, no había miedo de que algún otro país se atreviera a aprovechar la situación.
Y tras dejar todo en orden, Leon por fin se preparaba para regresar a casa junto a Roswitha.
—¿Seguro que no quieres quedarte unos días más, capitán? Al fin y al cabo, todo esto lo conquistaste tú —dijo Rebecca frente a la puerta de la ciudad imperial.
Martin y varios miembros de la Hermandad del León también habían ido a despedirlos.
—¿Conquistar? ¿Qué conquistar? Mi papá siempre me dijo que me mantuviera lejos de la política. Ser el salvador fue más bien un accidente —respondió Leon.
Rebecca rodó tanto los ojos que casi le dan la vuelta a la cabeza.
Desde que se casó con la cuñada, sentía que el capitán solo había cambiado en una cosa: el nivel de faroleo se había disparado.
—Pero es que la distancia entre el Imperio y el Santuario de la Reina es enorme. Si pasa algo urgente aquí, no habrá forma de contactarte rápido…
Aunque el poder general del Imperio no había decaído tras la caída de Kant, seguía siendo una etapa frágil, con amenazas internas y externas. Estaban creando un nuevo sistema desde cero.
Y como decía Rebecca, la distancia era un verdadero problema. Aunque Roswitha volara a toda velocidad, tardaría entre cinco y seis horas en llegar.
Para cuando Leon apareciera… sus cenizas ya estarían frías.
—Cuando lleguemos, enviaré un dragón mensajero bien entrenado. Si ocurre una emergencia, solo tienen que usarlo para comunicarse con nosotros —explicó Roswitha—. Vuela rapidísimo. Puede cruzar esta distancia en una sola noche.
Rebecca parpadeó, confundida.
—¿Dragón mensajero?
—Es como sus palomas mensajeras, pero versión dragón. Son una subespecie domesticada que ha evolucionado con los años. En la sociedad dragón, se encargan de transmitir mensajes entre territorios.
—¡Oooh! Ya veo. ¡Gracias, cuñada!
—No hay de qué.
—Entonces, nos despedimos.
—Buen viaje, capitán.
—Que tengan buen viaje.
—Espero que la próxima vez que nos veamos ya no estés en silla de ruedas, Leon.
—Cuídense. Hasta la próxima.
—……
Todos se despidieron de Leon uno a uno.
Él levantó la mano a modo de saludo, luego partió con Roswitha.
El dragón plateado se alzó en el cielo más allá de la puerta imperial, desapareciendo entre las nubes.
Rebecca se cubrió los ojos con la mano para mirar el cielo, contemplando las siluetas que se alejaban.
—Vaya, cuando un hombre tiene familia, cambia completamente… renunció a un trono con tal de volver a casa a abrazar a sus hijas.
—Cuando tú tengas una familia, entenderás al capitán —dijo Martin, con voz de sabio veterano.
Rebecca lo miró de reojo.
—Hablas como si tuvieras experiencia. ¿Acaso no has tenido cero novias en tu vida?
Martin se atragantó. Al quedar expuesto, no pudo evitar ponerse nervioso.
—¡Y qué si no! ¿Tú acaso sí has tenido?
—No.
Rebecca hizo una pausa y luego sonrió como una pequeña zorra traviesa.
—¿Y si probamos tú y yo?
—¡¿Quién quiere probar contigo?!
—Ooooh~ El pequeño Martin tiene miedito~
—¡No tengo miedo! —intentó defenderse.
Pero la chica de dos coletas ya lo había visto todo. Dio media vuelta y, sonriendo, le dio una palmada en el pecho.
—Si no tienes miedo… entonces te doy permiso para intentar conquistarme.
—Oh… ¿eh? ¡Espera! ¡¿Quién dijo que quería conquistarte?!
Entre bromas y piques, los dos adolescentes regresaron hacia la ciudad.
Nacho los siguió de cerca con los brazos cruzados, suspirando con resignación.
—Cuesta creer que haya hecho una revolución con este par de críos…
Walker se acercó por un costado y le dio una palmada en el hombro.
—Vamos, señor Nacho. Tenemos mucho por hacer.
—Sí, vamos.
El amanecer asomaba por el horizonte, iluminando a este país recién nacido, y también el futuro brillante de la Hermandad del León.
—
—Estoy seguro de que cuando lleguemos, nuestras hijas van a abrazarme a mí primero.
—No, será a mí.
Nacho no se imaginaba que no solo trabajaba con un grupo de críos… ¡sino que su jefe revolucionario y la esposa del jefe eran un par de críos más grandes!
¿Quién demonios discute todos los días por eso?
Solo estos dos tontos lo hacían, y encima… ¡encantados de la vida!
—Esta vez te gano, Roswitha. Y te gano por triple.
—¿Tan seguro estás de que las tres van a ir contigo primero?
—No, no, me refiero a esto…
Roswitha giró la cabeza, intrigada por qué tontería venía ahora.
—Si Noa, Moon o Lucecita me abrazan a mí primero, antes que a ti… esa es una victoria mía.
—Ajá. ¿Y luego?
—Tú: cero victorias. Yo: una victoria. Esa es mi segunda victoria.
La Reina: ¿?
—Tú: cero. Yo: dos. Esa es mi tercera victoria.
—……
—Tres a cero. Victoria total. Dime, madre dragona, ¿cómo te sientes?
—Estoy pensando… quizás deberíamos soltar a Kant de nuevo. No puede ser que el líder revolucionario del país más poderoso sea tan perro como tú.
Roswitha ya sospechaba desde hacía rato que Leon tenía una segunda personalidad.
En momentos clave —como cuando aparecía como héroe, salvaba la patria, o cambiaba el destino— era serio, decidido, valiente, nada de sermones, directo al grano, y un completo badass.
Pero el 90% del tiempo… solo mostraba su personalidad principal: un idiota total.
¿Contraste? No tanto. Porque desde el primer día que se conocieron, ¡ya era así!
¿Constancia? Tampoco, porque ahora era peor que antes.
Tras analizarlo todo, Roswitha llegó a una conclusión:
Este perro ya se acostumbró a vivir con ella.
Ya no la trata como una extraña. ¡Ni siquiera como una dragona peligrosa!
Cinco años de matrimonio y ya se le había olvidado que una vez fue su prisionera.
Así que… al volver a casa, ya no importaba quién recibiera el primer abrazo.
Primero tenía que darle una lección.
¡Para que recuerde quién manda en este hogar!
Con esa idea, Roswitha batió sus alas con fuerza y aceleró rumbo al santuario.
—
Ya era mediodía cuando la pareja volvió al Santuario del Dragón Plateado.
Pero algo era raro: no había nadie recibiéndolos.
Ni una sola doncella en la entrada. Ni un alma en el patio. Si no fuera porque en la frontera del territorio vieron a los guardias patrullando, Leon habría pensado que algún dragón loco había invadido su casa.
Entraron caminando al patio, mirando a su alrededor. Vacío.
Ni sirvientas. Ni hijas.
—¿Dónde se metieron todos? —murmuró Roswitha.
Leon parpadeó. De pronto, algo se le vino a la cabeza y se iluminó.
—¡Oh! ¡Ya sé qué pasó!
Roswitha se asustó.
—¿¡Qué!? ¡¿Puedes caminar sin la silla!?
—¡No no no! Me refiero a que ya sé dónde están Noa, las niñas y las doncellas.
Leon miró a Roswitha. Ella también lo miró, bajando un poco la cabeza.
Y al mismo tiempo, los dos dijeron al unísono:
—¡Se comieron las ofrendas a escondidas!