Capítulo 038
A partir del volumen 05, capítulo 06 en adelante — Aviso Importante:
El documento está traducido por Google de manera automática. Hay nombres u otras palabras que no se han traducido correctamente y pueden aparecer de forma distinta en español.
==================================================
Capítulo 338: 38 ¡Resuciten, mi pareja favorita!
Terminada la entrevista, la pareja salió del salón y, al cerrar la puerta, soltaron un suspiro de alivio al unísono.
—¡Plan “No morir de vergüenza”… misión cumplida!
¡Paf!
Se dieron una palmada victoriosa.
…Y al instante se dieron cuenta de algo: seguían dentro del territorio del subdirector. Si allá adentro acababan de hacerse pasar por un matrimonio sin pasión, y en cuanto salieron están celebrando a carcajadas… cualquiera pensaría que todo fue un acto.
Bajaron las escaleras y llegaron al vestíbulo del primer piso.
Allí todavía había varios padres, todos esperando que sus hijitos dragón terminaran el examen.
León echó un vistazo alrededor. No vio al subdirector ni a nadie que pudiera ser su espía. Solo entonces se acercó a Roswitha, sonriendo con descaro, buscando elogios.
—¿Qué te pareció mi actuación?
La reina cruzó los brazos, fingiendo confusión mientras reprimía la sonrisa.
—¿Actuación? ¿De qué hablas? ¿No era todo lo que dijiste lo que realmente sientes?
León se quedó de piedra.
—¿C-cómo que lo que siento? ¡Quedamos en que íbamos a actuar! Fingir que ya no había pasión entre nosotros, ¡eso era todo!
—¿Y yo cómo sé que no aprovechaste para soltar lo que llevabas guardado desde hace tiempo?
—¡Oye, madre dragona tú—!
Justo cuando el tonto de su esposo iba a entrar en modo “cabreo nivel dragón”, Roswitha frenó el juego. Alzó un dedo y lo posó suavemente sobre sus labios.
—Tranquilo, solo te estoy molestando.
—…
Cada vez es mejor haciendo esto… —pensó León— Y no solo en la cama.
Una de las diversiones favoritas de Roswitha era provocarlo, ver su cara entre molesto y confundido le parecía… adorable.
Aunque, claro, a veces se pasaba.
Al principio tenía que disculparse mucho para no hacerlo enojar de verdad, pero con el tiempo fue aprendiendo a detectar justo el momento antes de que explotara… y a bajarle las revoluciones con un poco de mimo.
Y sí, aunque León fuera un gruñón bocón… era un esposo increíblemente consentidor.
—Tu actuación fue excelente —dijo Roswitha al fin—. Ese aire de hombre casado sin ilusiones, resignado pero con esperanzas… ¡qué interpretación! ¡El Imperio te debe un premio al mejor actor!
—Bah, y tú tampoco te quedas atrás. Por un momento de verdad creí que ya no sentías ni un poquito de—…
Se detuvo a tiempo. Por poco se le escapaba algo que no debía.
Demasiado tarde.
Roswitha lo miró con una sonrisa juguetona, las manos tras la espalda, inclinándose un poco hacia él.
—¿Mmm? ¿Pensaste que yo qué?
—…Nada, nada.
—¿A que sí? ¿A que de verdad crees que ya no me interesas? ¿Hmm~?
—Aaay, pobrecito mi leoncito… ¿tienes miedo de que ya no te quiera?
—¿Este instituto tiene campo de práctica de combate, verdad?
Roswitha parpadeó.
—Sí… ¿por qué?
—Vamos tú y yo, una pelea, así dejas de hablar.
—Tch~.
Estaba a punto de seguir molestándolo, cuando León levantó la mano y le hizo una señal para que callara.
Roswitha frunció el ceño, bajó la voz.
—¿Qué pasa?
—Wilson… está bajando las escaleras. Justo detrás de ti. No te gires. Finge que no lo vimos.
Ella asintió y, con una sincronización perfecta, ambos se separaron un poco. Después de todo, en los ojos del subdirector, eran una pareja fría y sin pasión.
—¡León, León! ¡Ah, por fin te encuentro!
El subdirector llegó jadeando.
—¿Ocurre algo, subdirector?
—No, no, nada importante. Solo quería hablar contigo un momento.
Hizo una pausa y luego aclaró con rapidez:
—No tiene nada que ver con la entrevista ni con el examen. Solo quiero hablar como… amigos.
León no sabía qué pretendía el viejo, así que miró a Roswitha.
Ella asintió discretamente. Todo bien.
—Está bien. Conversemos.
—Por aquí, por favor —dijo el subdirector, señalando un rincón del vestíbulo con un gesto solemne.
—Uh… vale.
—Señorita Roswitha, discúlpenos un momento.
—No hay problema.
León siguió al subdirector hasta el pequeño espacio apartado.
Wilson miró a los lados, cerró la puerta… y se puso serio.
León levantó una ceja.
¿Qué se trae este tipo…? ¿Acaso ya no es solo un “shipeador” sino un fan obsesivo? ¿Me vas a encerrar aquí? Espero que recuerdes que con un chidori te dejo hecho polvo, viejo.
—León… tengo que preguntarte algo muy serio.
—Dígame.
—¿Tu matrimonio con Roswitha… está en crisis?
—¿Hah?
—Digo, ¿ustedes… están enfrentando problemas emocionales?
León cruzó los brazos, pensó un momento, y respondió:
—Subdirector, ya respondimos con toda claridad en la entrevista. No hay nada más que explicar.
Pero Wilson, al notar que no le respondía con un sí o un no, empezó a desesperarse.
—Entonces… entonces sí. ¡Sí están en crisis! ¿Van a divorciarse?
—¿Qué? ¿De dónde sacó eso?
—¡No lo negaste! ¡Eso equivale a admitirlo! ¡Tu matrimonio está al borde del colapso y ya estás pensando en separarte!
—…
—¡No puede ser! ¡Hace dos años eran nuestro modelo de familia! ¿Cómo pudieron llegar a esto?
—Subdirector…
—¡Increíble! ¡Ustedes eran mi pareja favorita!
—¡Subdirector!
—Pero tranquilo, aún hay esperanza. Conozco un equipo profesional de consejería con los mejores terapeutas dracónicos. ¡Son tan buenos que lograron que un dragón de cien años se enamorara de una anciana de ochocientos!
—¿Qué demonios…?
—¡No, no! ¡Ustedes dos son muy inteligentes! Seguro que hasta frente a los terapeutas seguirían mintiendo, así que hay que—
—¡¡Subdirector, ya basta!!
León por fin explotó. Le cortó el monólogo de raíz.
Si lo dejaba seguir, al rato iban a estar firmando papeles de divorcio.
Wilson, sin inmutarse, ajustó sus gafas con expresión grave.
—Lo sabía. Estás desesperado. Quieres recuperar tu matrimonio, ¿verdad?
¡Te juro que…!
La rabia le subió como fuego por la espalda. León respiró hondo.
—No. Escúcheme bien. Mi esposa y yo estamos perfectamente.
—¡No me mientas, León! ¡Ya lo vi todo! ¡Ustedes—!
—¡AHORA TE LO VOY A DEMOSTRAR!
—¿Eh?
León esquivó al subdirector, abrió la puerta y salió a toda velocidad hacia el vestíbulo.
Roswitha lo vio venir con esa expresión seria, casi furiosa, y creyó que algo había dicho mal antes.
—¿Oye, qué te pa—? ¡¿Mmph?! ¡¿Mmmmh?!?
Ante la mirada atónita de los demás padres —y del mismísimo subdirector—, León la rodeó con el brazo y la besó sin pensarlo dos veces.
Un beso directo. Profundo. Sin aviso.
Roswitha se quedó tiesa un instante, le dio dos golpecitos en el brazo por reflejo…
…y luego simplemente se dejó llevar.
Al fin y al cabo, ¿quién puede resistirse a un beso loco de un hombre poseído?
—¿¡Qué fue eso!? ¿¡Eso también era parte de la entrevista!?
—¡Oh por los cielos! ¡¿No es ese el héroe León Carmod y su esposa?! ¡Son tan románticos como dicen!
—¡Inmoral! ¡Inmoral! ¡Llamen al comité de disciplina!
—Shhh, cállate. El comité también está shipeando.
—…
El beso no duró mucho.
León se separó, y Roswitha —con el rostro sonrojado y la respiración entrecortada— preguntó en voz baja:
—¿Qué… qué pasó?
—El subdirector insistía en que nuestro matrimonio estaba en crisis.
—¿Y?
—Así que le demostré que nuestra relación no tiene ningún maldito problema.
Roswitha parpadeó. Luego lo miró con mezcla de enfado y risa, y lo golpeó suavemente en el pecho.
—¡Eres un bruto! ¡Ahora por tu culpa todo nuestro numerito en la entrevista se arruinó!
León también se dio cuenta y soltó la cintura de su esposa con cara de “ups”.
Pero no tuvo tiempo para excusas.
Desde atrás se oyó un grito emocionado:
—¡¡¡Mi pareja favorita… ha resucitadooooooo!!!
…
Fuera del edificio, León y Roswitha se sentaron en una banca.
Roswitha tenía un helado sabor naranja en las manos, regalo de León. Bajó la mirada, sonrió suavemente mientras miraba sus zapatos.
—El subdirector dijo que ese pequeño incidente no afecta nuestra puntuación. Así que… técnicamente, el plan “no morir de vergüenza” fue un éxito.
León miró a los demás padres y madres que pasaban.
Todos comentaban el beso loco que había dado hace un rato.
—¿Éxito…? No sé. Yo diría que ahora están hablando más de nosotros que nunca.
—¿Y de quién crees que fue la culpa, impulsivo?
—Ay…
Suspiró. La vida es dura.
Roswitha le dio una palmadita en el hombro.
—No te preocupes. A tu edad, es normal dejarte llevar por la emoción. Ya cuando llegues a la mía, serás más tranquilo.
—Cuando llegue a tu edad, no estaré tranquilo. Estaré… muerto. Con las cenizas bien reposadas en el fondo de una urna.
—¡Calla, tonto!
Roswitha le dio un pequeño empujón.
León se rió con resignación.
—En fin, las notas de la entrevista quedaron justo donde queríamos. Mientras nuestras hijas hagan un examen normal, no tendremos que subir al escenario a pasar vergüenza otra vez.
—Exacto. Todo está en sus garras ahora.
Ambos suspiraron, relajados al fin…
¿Pero de verdad pueden relajarse?
En ese mismo momento, dentro del salón de pruebas, cierta niña de cabello rosado acababa de detectar… el próximo gran chisme.