Capítulo 040
A partir del volumen 05, capítulo 06 en adelante — Aviso Importante:
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Capítulo 340: 40 ¡Otra vez a abrir el champán! (3K)
Una noche, poco después del examen de admisión, la familia Melkvey recibió la carta de aceptación de la Academia Saint Heath.
Ante esto:
Noa estaba feliz, porque sus hermanitas por fin podrían recibir una educación más completa y de mejor calidad.
Moon estaba feliz, porque una vez dentro, podría seguir de cerca a su hermana y evitar que alguna dragona le robara el corazón.
Lucecita estaba feliz, porque estaba a punto de entrar a un nuevo océano lleno de chismes y diversión.
Y los papás… también estaban felices, porque ahora que no habría niñas en casa, podrían intentar por el tercer hijo (tachado).
En resumen: el mes de estudio intensivo había valido la pena, y las dos niñas habían pasado el examen sin problemas.
Aunque las calificaciones finales se revelarían tres días después, durante la ceremonia de ingreso, León y Roswitha estaban bastante seguros de que habían sacado una nota media. Y eso significaba una cosa: este año el “Premio Familia Ejemplar” no era asunto suyo, así que podían evitar ese traumático discurso en público.
Claro, ellos dos no eran precisamente personas tímidas —una reina de los dragones plateados y un exlíder del ejército cazadragones están más que acostumbrados a hablar en público—, pero su temor tenía nombre y apellido: el subdirector Wilson.
Ese viejo loco del CP era tan fan de su pareja que seguro ya no se conformaba con verlos darse un beso en el escenario. Si lo dejaban, lo siguiente sería un show de amor más explícito.
Una cosa es coquetear en privado, y otra muy distinta es estar en el escenario haciendo el ridículo frente a medio colegio. ¡Demasiado cringe!
Esa noche, las tres pequeñas estaban reunidas en su habitación, muy animadas, planeando todo lo que harían una vez comenzaran las clases.
Mientras tanto, la pareja se encontraba en el balcón, disfrutando del aire fresco. Cada uno levantó su copa y brindaron suavemente.
—Salud. Por el éxito total del plan “no morir de vergüenza” —dijo León.
Roswitha sonrió con calma.
—Mira tú… si hasta tú, que no sueles beber, vienes a brindar conmigo, será que de verdad estás satisfecho con el plan.
León dio un sorbo al vino tinto y asintió.
—Es la primera vez que logramos plantarle cara al subdirector Wilson. Claro que hay que celebrarlo.
Roswitha también alzó su copa y brindó con él.
Luego, miró el líquido rojo que reflejaba su rostro, y murmuró:
—Pero… ¿no crees que nos adelantamos con el champán otra vez? Las últimas veces que lo hicimos, terminamos estrellándonos…
León agitó la mano como si nada.
—Bah, tranquilo. Créeme. Con todos mis años lidiando con dragones, esta vez podríamos estallarle el champán en la cara a Wilson y aún así saldríamos ilesos.
Roswitha alzó una ceja, jugueteó con la copa y curvó los labios con una risita.
—Ojalá tengas razón.
—¿Qué pasa? ¿No estás muy emocionada que digamos?
—¿Eh? ¿Yo? ¡Sí lo estoy!
León entrecerró los ojos, se le acercó con una sonrisa maliciosa.
—Tú en realidad…
—¿Yo en realidad qué?
—… estás deseando que me pongan a demostrar amor en público contigo, ¿cierto?
Roswitha se sonrojó y le dio un leve empujón con el hombro.
—¡Nadie está deseando eso! ¡No digas idioteces! Y para empezar, ¿qué “demostrar amor”? ¿Tú y yo tenemos amor para mostrar?
El general León puso cara de drama como si lo hubieran golpeado, pero al final solo se encogió de hombros.
—Lo que tú digas.
—¡Infantil!
La reina dio media vuelta, su cola ondeó con fuerza, y se fue caminando rápido con sus pantuflas con alas de dragón.
León la vio irse, divertido, sin intentar detenerla.
Se giró, se apoyó sobre el barandal del balcón y miró la noche con nostalgia.
—Humanos, dragones… todos tan contradictorios, tan difíciles —susurró.
—
Tres días después, ceremonia de ingreso a la Academia Saint Heath.
En el gran auditorio, más de cien dragones y un único humano esperaban a que el subdirector revelara los tres mejores resultados del examen.
Claro, antes de eso, venía el obligatorio y eterno discurso.
—Gracias por confiar en la Academia Saint Heath. Soy el subdirector Wilson…
Debajo del escenario, León sostenía a Moon, y Roswitha tenía en brazos a Lucecita. Toda la familia estaba en un rincón.
¿La razón?
Diez minutos antes se dieron cuenta de que, incluso sin hacer nada, una familia de cuatro llamaba muchísimo la atención. Así que discretamente se alejaron a un rincón para mantener el perfil bajo.
—Me pregunto quién se llevará el premio de Familia Ejemplar este año —decía un padre cerca.
—Yo apuesto por el niño de los dragones eléctricos, parece muy listo.
—Nah, mi hija es más lista —respondió otra madre.
—Pff…
—La última vez fue impresionante. ¡Una familia de dragones vivíparos! El papá le cantó una canción de amor a la mamá en pleno escenario.
—¡No me digas!
—¡Te lo juro!
León escuchaba esos comentarios y solo podía pensar: ¿CANTAR? ¡Eso fue idea de Wilson, seguro!
Lo dicho. Un beso en público ya no es suficiente para ese viejo pervertido. ¡Ahora quiere canciones románticas!
¿Y qué seguiría después? ¿Baile en pareja? ¿Recital poético? ¿Performance con humo y luces?
Cualquier opción era una vergüenza absoluta para él y Roswitha.
Y solo de imaginarse cantándole una balada a su dragona de rostro perfecto y corazón helado, León casi se desploma.
Claro que ya le había cantado antes… pero a su pancita, cuando Roswitha estaba embarazada de Lucecita. Hasta poesía le había recitado.
Sacudió la cabeza y trató de concentrarse. El discurso estaba terminando.
El subdirector por fin se disponía a anunciar los resultados.
—Como muchos sabrán, esta prueba ha sido la más difícil de los últimos años.
—No buscamos poner las cosas imposibles, sino identificar los puntos fuertes y débiles de cada pequeño dragón, para luego enfocarnos en reforzarlos.
—Y aunque subimos la dificultad, también bajamos un poco la nota mínima para ingresar. Así podemos aceptar a más niños talentosos.
—Bien, sin más preámbulo, voy a anunciar los tres mejores resultados.
En ese momento, la tensión llenó la sala. Todos los padres esperaban escuchar el nombre de sus hijos.
Porque si algo distingue a los dragones, es el deseo de competir y destacar.
Todos… excepto los Melkvey, que esperaban tranquilos en su rincón.
Obvio, ¿qué tenían que ver ellos con el primer lugar?
León y Roswitha se miraron y sonrieron. Todo bajo control.
—¿Papá, por qué te ríes? —preguntó Lucecita.
—¿Yo? Ah… es que me acordé de algo alegre.
—¿Qué cosa?
De que por fin renuncié a un primer lugar que tenía en la palma de la mano.
León solo le apretó las mejillas a Lucecita sin decir más.
—Bien, el tercer lugar en el examen de ingreso es para… ¡Kristina, de la tribu de los dragones eléctricos, y su madre, la señora Etia! ¡Felicidades!
Aplausos.
La pequeña Kristina, con las mejillas encendidas, juntó sus manos e hizo una leve reverencia en señal de agradecimiento.
Roswitha también aplaudió suavemente, pero León le dio un codazo.
Ella lo miró de lado.
León: ¡Ya salió el tercer lugar, estamos a salvo!
Roswitha: Quisiera llevarte la contraria, pero… ¡estamos a salvo de verdad!
León: Shh… mantén el perfil bajo, que nadie note nuestras proezas.
—Muy bien. El segundo lugar es para… ¡Moon K. Melkvey, de la tribu de los dragones plateados, junto a sus padres, el señor León y la señora Roswitha! ¡Felicidades!
El subdirector aplaudió el primero. Esta vez, el aplauso fue aún más fuerte.
Como si un rayo hubiera caído, León y Roswitha quedaron paralizados.
Tuvieron que ser empujados por otros para reaccionar.
León suspiró y miró a Moon, que estaba en sus brazos.
—Hija, eres increíble…
—El increíble es papá~ —respondió Moon.
¡Ah, mi amor! Qué bien hablas… ¡no lo vuelvas a decir nunca más!
Aunque León y Roswitha bajaron a propósito su nota en la entrevista, Moon igual alcanzó el segundo lugar. Una prueba clara de su talento.
Y eso, además, hacía que el “Plan No-Morir-de-Vergüenza” fuera perfecto: sin primer lugar, sin discurso, sin beso público. Pero con el orgullo intacto.
Además, ni Moon ni Lucecita estaban obsesionadas con el primer lugar. Lo importante para ellas era pasar el examen.
Al fin y al cabo, eran más pequeñas que los demás participantes, y solo habían tenido un mes para prepararse.
Y si ambas hubieran sido como Noa —con exigencias académicas altísimas—, León y Roswitha jamás habrían saboteado sus notas solo por vergüenza.
Eso ya sería perder el rumbo.
Así que este segundo lugar era una victoria total.
Los papás evitaban el ridículo, y la hija brillaba por sí sola.
Melkvey, WIN.
—León… —la voz de Roswitha lo sacó de sus pensamientos. Sonaba tensa.
Él enseguida se puso serio.
—¿Qué pasa?
—¿No te parece raro que el subdirector solo haya nombrado a “Moon”? ¿Y Lucecita?
León parpadeó y se encogió de hombros.
—Bueno, aunque sean hermanas, sus resultados se cuentan por separado.
Roswitha tragó saliva, giró la cabeza lentamente y clavó la mirada en los ojos de León.
—Entonces… ¿no crees que hay una posibilidad de que Moon sea la segunda, y Lucecita…
—¡Primera! ¡Aurora K. Melkvey, de la tribu de los dragones plateados!