Capítulo 046
A partir del volumen 05, capítulo 06 en adelante — Aviso Importante:
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Capítulo 346: 46 Jugar con fuego (3K palabras)
Un mes más tarde, León y Roswitha se dirigieron a la frontera entre tierras humanas y dracónicas para reunirse con su maestro y con Rebecca y entregar los informes de inteligencia.
Pero esta vez, a diferencia de las anteriores, León llevó papel, tinta… y una piedra de grabación, para registrar todo lo que hablaran.
Estaba seguro de que esta vez la información sería mucha.
Después de todo, si hablaban de la escama pectoral, de la resurrección de Konstantin, y de todas las movidas del Imperio, no sería poca cosa.
Y claro, su contraataque también fue de alto calibre.
Suficiente para dejarle una marca al Imperio.
Con semejante choque entre ambas partes, León sabía que los del Imperio no se iban a quedar quietos.
Iban a hacer algo.
Y en toda acción, siempre se escapa algo de información.
León tenía que anticiparse a los próximos pasos del Imperio.
Estar listo para responder.
Porque la vez pasada, el ataque sorpresa de Konstantin al Santuario Rojo fue un golpe que lo tomó totalmente desprevenido.
Si él y Roswitha no hubieran ido a visitar a Isa justo en ese momento… no importa qué buscara el Imperio con ese ataque:
lo habrían conseguido.
Así que tocaba ajustar estrategias.
No más llegar tarde a todo.
O un día… podría ser demasiado tarde.
Unas horas después, León y Roswitha llegaron a la cueva junto al río.
Cruzaron la cortina de agua de la cascada y caminaron unos pasos.
Pero antes de adentrarse más, una voz familiar los recibió.
—¡Ey, capitán! ¡Sigues vivo! Y yo que pensé que otra grieta dimensional te había chupado otra vez~
Rebecca, la chica de las dos coletas, estaba sentada sobre una mesa vieja.
Tenía una pierna alzada sobre el borde, y en el muslo llevaba una pistola amarrada.
Pero León no respondió a su saludo.
En cambio, caminó directo hacia ella, la agarró del cuello del abrigo y la levantó como si fuera un gato.
—¡Capitán, qué haces! ¡¡Hablemos como personas!! —Rebecca pataleó, pero estaba suspendida en el aire y no podía hacer nada.
León no dijo ni una palabra.
Solo la miraba con cara de pocos amigos.
Rebecca le sostuvo la mirada.
Ese rostro…
Ese maldito rostro de macho inexpresivo…
Algo había hecho mal.
Estaba segura de que ese tipo no la iba a soltar fácilmente.
¡Pero qué rayos!
¡Solo se ven cada tres meses!
¡La última vez estuvieron bien!
¡¿Qué había pasado para que la quisiera matar así de entrada?!
Tragó saliva y giró hacia su papá para pedir ayuda.
—¡Viejo! ¡Tu discípulo me quiere partir la cara! ¿¡No vas a hacer nada!?
Tigger seguía limpiando su espada sin levantar la cabeza.
—Está bien que te golpee, solo que no te rompa las manos. Todavía tienes que manejar el carro de regreso.
—¿¡Ese es mi único valor para ti, viejo!?
Tigger se lo pensó…
Y luego asintió con mucha seriedad.
—Sí.
—¡¡Aaaaahhh!!
Rebecca entonces buscó apoyo en la belleza plateada que estaba junto a León.
—¡Cuñada! ¡Cuñada, ayúdame! ¡Tu marido quiere usar la violencia conmigo! ¡Tiene esa mirada de cuando cazaba dragones!
—Tranquila, cariño. Tú no eres un dragón, así que no te va a cazar.
Rebecca: ¿?
…Ok. Ayuda del público: nula.
Tocaba salvarse sola.
Al final, miró a León con cara de resignación, y con voz heroica preguntó:
—Antes de que me destruyas… ¿puedo saber por qué?
—¿Fuiste tú quien le contó mi pasado a Roswitha, cierto?
Rebecca se quedó muda.
—¡¡Cuñada me apuñalaste por la espalda!!
Roswitha parpadeó y estaba por explicarse, pero León se adelantó:
—Ella no te dijo nada.
—Solo me estuvo dando lata con lo del baile de graduación por una semana entera…
—¿Qué?
—Nada. Digo, solo tú y Martin conocen mis “glorias escolares”, y Martin no conoce a Roswitha. Pero tú… la última vez estuviste mucho rato a solas con ella. Así que… bueno, era fácil deducirlo.
—Capitán, ¡lo hice para que tú y mi cuñada se conozcan mejor! ¿No me crees?
—No.
—¡Tienes que creerme, capitán!
León vio que ya la había asustado lo suficiente, echó un vistazo a Roswitha —que no dijo nada— y entonces se inclinó y le susurró al oído a Rebecca:
—¿Le dijiste algo más?
La cabeza de Rebecca empezó a girar a mil por hora, revisando su memoria.
Después de un rato, negó con la cabeza.
—Le dije… que no sabías nadar.
No saber nadar.
Eh… no pasa nada.
Mientras no sea algo que haga que esa dragona se ponga celosa, todo bien.
—¿Y ya?
—Ya. Lo juro. —Rebecca alzó tres dedos con expresión de santa.
—Te creeré esta vez.
La soltó. Y cuando sus pies tocaron el suelo, salió corriendo hacia Roswitha, se paró frente a ella y comenzó a pisotear el suelo como una niña molesta.
Roswitha solo la miraba con una sonrisa de tía orgullosa.
León soltó una risa, luego caminó hacia su maestro y se sentó frente a él.
Tigger acababa de guardar su espada.
—Parece que hiciste enojar al Imperio, chaval.
El viejo fue directo al grano.
—¿Por?
León ya se imaginaba de qué hablaba.
Probablemente de lo que pasó cuando Konstantin atacó el Santuario Rojo, y él voló la escama pectoral que le habían cosido al cuerpo.
Claro, su magia de detonación no era muy precisa.
No podía elegir una escama específica para explotar.
Era todo o nada.
Lección del día: es más difícil cablear cosas en paralelo que en serie (bromeando, claro).
—Fue como hace dos meses. Una noche, escuchamos una explosión cerca del palacio del Emperador. Rebecca y yo fuimos a ver.
—Según los del Círculo de Hechiceros Reales, fue el laboratorio donde almacenaban las escamas pectorales.
Todo se perdió.
Ni una sola escama quedó intacta.
—Al principio pensé que algún héroe misterioso se había hartado del Imperio y fue a destruir el lugar, así como acto simbólico.
—Pero luego me di cuenta de que el Imperio no publicó ninguna orden de búsqueda o recompensa.
Eso solo significaba una cosa: sabían perfectamente quién lo había hecho.
Y esa persona… no estaba en el Imperio.
Tigger miró fijamente a su discípulo.
—Así que el que se atrevió a patear el avispero… ¿fuiste tú, verdad?
León se rascó la cabeza.
—Bueno… digamos que me vi forzado.
El viejo frunció el ceño.
—¿Por qué desde los veinte todo lo tuyo es “me vi forzado”?
—¿Eh?
—Te “forzaron” a casarte, a tener hijos, a tener otro. ¡Y ahora también a volar el laboratorio del Imperio! —dijo mientras contaba con los dedos—. Tu vida a los veinticuatro años es un poema a lo absurdo.
León rio incómodo y le explicó rápidamente lo que pasó con Konstantin, la resurrección y cómo terminó volando la escama.
Tigger lo escuchó con calma, y al final asintió.
—Imprudente, pero con cálculo. Muy tu estilo.
—¡Oye! ¿Cómo que imprudente con cálculo? ¡Yo siempre pienso las cosas!
—¿Tu esposa lo sabe?
—¡Mi esposa también es—! Espera… ¡¿Estamos hablando de estrategia o de otra cosa!?
Tigger sonrió, pero luego se puso serio.
—Ese estallido fue una pérdida enorme para el Imperio.
Las escamas que juntaron durante años… todas destruidas. Se lo buscaron.
León frunció el ceño.
—Maestro… dijiste “las escamas que el Imperio acumuló durante años”. ¿Significa que llevan haciendo esto desde hace tiempo?
Él recién se enteró cuando viajó al futuro usando una grieta.
Pero si el viejo ya lo sabía…
—¿Cómo lo supiste?
El viejo se quedó pensativo, luego asintió.
—Desde hace unos treinta años ya había notado que el Imperio extraía cosas del cuerpo de los dragones. Aunque en ese momento, no sabía que eran escamas pectorales.
—Después pasó… algo. Y tuve que dejar la unidad de caza. Desde entonces dejé de seguir los movimientos del Imperio.
León lo miró.
—¿Qué pasó?
—Eso no tiene nada que ver con lo que hablamos ahora, León.
Y eso fue todo.
Era una forma educada de decir: no sigas preguntando.
León entendió y respetó eso.
Sabía desde hace tiempo que su maestro guardaba secretos.
Pero también entendía que si no se los había contado, era porque aún no era el momento.
León no sabía cuándo lo sería, pero hasta entonces… confiaba en su maestro.
—¿Y después de perder las escamas, el Imperio tiene algún nuevo plan?
—Sí. Poco después de la explosión, empezaron a entrar y salir caravanas enormes del Imperio.
—Rebecca y yo seguimos a una. Estaban cargando jaulas encantadas con criaturas de nivel alto. Puras bestias peligrosas.
—¿Peligrosas?
—Ajá. El Imperio siempre ha cazado monstruos que amenazan a los humanos, pero nunca con tanta intensidad ni frecuencia.
—Además, solo los traen por la noche. Evitan a toda costa llamar la atención.
—Eso es muy sospechoso, ¿no crees?
León asintió.
—Mucho. Si el Imperio caza monstruos, siempre lo presume para ganar apoyo popular.
Pero ahora que atrapan tantos… y lo hacen en secreto…
—¿Será que aún no se rinden con Konstantin?
Tigger frunció el ceño.
—¿Crees que, sin escamas pectorales, aún piensan seguir experimentando con esos engendros?
—¿Y no sería típico del Imperio?
Tenía razón.
Otros chocan con una pared y se detienen.
El Imperio choca, retrocede… y vuelve a embestir, solo para ver de qué material está hecha.
Pero Tigger tenía una mala corazonada.
Si seguían experimentando con monstruos híbridos…
podrían terminar destruyéndose a sí mismos.
Porque esa gente siempre perseguía poderes que no podían controlar.
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