Capítulo 045
A partir del volumen 05, capítulo 06 en adelante — Aviso Importante:
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Capítulo 345: 45 La reina: ¿????
—¿Por qué Noa tendría un fragmento del Carro de Guerra de Oro Negro?
León no sabía qué pensar.
En todo el Santuario del Dragón Plateado, la única persona que conocía su identidad humana era Roswitha.
Y una de las pruebas más importantes que lo delataban… era justamente ese Carro de Guerra.
En su época como el General Léon, vestido con esa armadura negra, no dejaba un solo dragón con vida a su paso.
En esos días de gloria al servicio de los cazadores, si no estaba matando dragones, estaba camino a hacerlo.
Y la que más lo acompañó en esas matanzas, además de Rebecca y su escuadrón, fue esa armadura encantada.
Los dragones que sobrevivieron a sus ataques no conocían su nombre… pero todos lo apodaron de la misma forma:
El hombre de la armadura negra.
Sí, el apodo era largo, pero los dragones que lo oían, temblaban del miedo.
Durante sus años de mayor efectividad, se convirtió en la pesadilla viviente de todo el mundo dracónico.
Y su armadura dejó una huella imposible de borrar.
Por eso, cuando tuvo que enfrentarse a Konstantin y a Star, León camufló el Carro de Guerra con pintura especial.
No era que temiera que los enemigos lo reconocieran.
Ellos ya sabían su identidad cuando fueron a matarlo.
Pero no podía permitir que los dragones plateados descubrieran quién era en realidad.
De ser así, no podría seguir viviendo entre ellos ni recolectando información.
Y más importante aún:
No quería que sus hijas supieran que su papá… era humano.
Lo había pensado muchas veces.
Y sin importar cómo lo viera, lo más seguro era mantenerlo oculto.
Pero entonces… ¿cómo es que un fragmento del Carro de Guerra terminó en la caja secreta de Noa?
—¿Tú crees que Noa ya descubrió tu verdadera identidad? —preguntó Roswitha con cierta preocupación.
León le había confiado sus temores antes.
Y Roswitha lo había entendido, prometiéndole guardar el secreto a toda costa.
No solo para que él pudiera seguir siendo el “Príncipe Plateado” entre los dragones y espiar los planes del Imperio…
Sino para proteger a la familia que tanto les costó construir.
León examinó el fragmento en silencio, y luego negó con la cabeza.
—No creo que Noa sepa que soy humano. Pero…
—¿Pero?
—Seguro ya sospecha que su papá… tiene un pasado raro.
Lo dijo con seriedad mientras jugaba con el fragmento entre los dedos.
—¿Recuerdas cuando me llevaste por primera vez al almacén del cerro trasero y sacaste el Carro de Guerra? Ese día me fijé que la pechera tenía un hueco. Si no me equivoco, fue hecho por Víctor cuando trató de matarme con esa daga encantada.
El traidor Víctor lo había atacado con una daga hecha con colmillo de mamut polar, uno de los materiales con mejor afinidad mágica.
Y si el encantamiento era lo suficientemente potente, podía perforar incluso el Carro de Guerra a corta distancia.
Eso sí, los colmillos de mamut polar eran carísimos y frágiles.
Normalmente los usaban para joyería, no para armas.
Pero claro…
Si era para asesinar al cazador más fuerte del Imperio, valía la pena desperdiciar unos cuantos.
Lástima que no funcionó.
Y años después, ese mismo hombre voló en pedazos la preciada escama pectoral de Konstantin.
Qué irónica es la vida.
Roswitha también recordó algo.
—Cuando terminó esa batalla hace años, recogimos los restos del campo, incluyendo tu armadura. Seguramente también agarramos ese fragmento. Pero… no lo revisé personalmente.
Solo fui a ver… después.
Los dos se miraron y, de inmediato, apartaron la mirada con las mejillas rojas.
Ambos sabían muy bien a qué se refería Roswitha con ese “después”.
La tentación de sangre.
El inicio de todo.
Cada vez que lo recordaban, era una mezcla entre lo absurdo y lo épico.
—¿Y cuando fuiste a ver… viste este fragmento? —preguntó León.
Roswitha negó con la cabeza.
—No… no me fijé.
—¿En serio? ¿Una pieza así de brillante y ni la notaste?
Roswitha lo fulminó con la mirada.
—¡Estaba más preocupada pensando cómo iba a torturarte apenas despertaras! ¡Guardarte la armadura ya fue un milagro, no me pidas más! ¿Quién se fija en un pedacito brillante en medio del caos?
La verdad, no era excusa.
El fragmento era pequeño.
Al fin y al cabo, fue una puñalada con daga, no una explosión.
La herida era profunda, no ancha.
Solo necesitaba llegar al corazón.
—¿Y nunca trajiste a Noa aquí?
—Jamás. ¿Cómo iba a traer a mi hija a ver esto, si es la prueba clave de que su papá es… bueno… eso?
—¿Podrías dejar de usar ese tono para decir que soy humano?
—Es que estoy entrando en personaje, ¿no? ¡En esa época te detestaba!
—Y yo estuve en coma dos años. ¿Cómo es que no me asfixiaste con una almohada mientras dormía? Gracias por eso, supongo.
—No hay de qué.
León sonrió y movió la mano.
Volvieron al tema central.
—Entonces… si tú no le diste ese fragmento, y ella nunca vino al almacén… ¿cómo lo consiguió?
Roswitha también se puso seria.
León razonó en voz alta:
—Si en el futuro Noa dijo que todo lo que había en esa caja eran sus tesoros más importantes, entonces este fragmento también lo es. Y por las fechas, debió conseguirlo durante los dos años que estuve en coma.
—Quitando los diez meses de embarazo, y unos tres o cuatro meses de desarrollo físico…
—Exacto. Significa que lo encontró aproximadamente un año antes de que despertara. ¿Cierto?
Roswitha pensó unos segundos y asintió.
—Sí. Más o menos por esa fecha.
Y con eso, León terminó de confirmar su sospecha:
Noa ya había notado que su papá tenía algo raro.
Pero aun así…
Durante cuatro años, nunca dijo nada.
¿Por qué?
Noa no era del tipo que ignoraba un misterio así.
Y mucho menos si podía estar relacionado con su familia.
Así que solo quedaban dos opciones:
1. Ya sabe suficiente. Tiene tantos secretos acumulados que no necesitaba profundizar más en ese fragmento.
2. Está ayudándolos a proteger el secreto.
A pesar de no saber todo el pasado de sus padres, Noa intuyó que si descubría la verdad, podría cambiarlo todo.
Cambiar a su familia.
Cambiar su futuro.
Cambiar el de sus hermanas.
Y por eso, eligió guardar ese secreto a su manera.
Sin alejarse de la verdad…
Pero sin sacarla a la luz.
De las dos teorías, León estaba más inclinado a la segunda.
Sostuvo el fragmento, donde la luz del sol se reflejaba intensamente.
Luego lo colocó de nuevo en la caja.
Y deslizó la caja bajo la cama, tal y como estaba.
—¿Y qué piensas hacer? —preguntó Roswitha con suavidad—. ¿Vas a probarla? ¿Ver qué tanto sabe?
—¿Probarla?
León negó con la cabeza.
—No tiene sentido.
—¿Por qué?
—Nuestra hija es muy lista. Si intentamos probarla… se va a dar cuenta al instante.
Y en ese momento, no importa si sabe mucho o poco: la relación entre nosotros va a cambiar.
Y yo… no quiero eso.
—Entonces lo dejamos así, ¿no?
—Sí. Por ahora, mantenemos las cosas como están.
Roswitha suspiró de alivio.
—La verdad es que Noa sí se preocupa por esta familia… por nosotras, por Moon y por Lucecita. Eso no se puede fingir.
Y sin duda… nos ama.
—Tal vez estamos pensando demasiado.
No importa cómo obtuvo ese fragmento…
No nos lo ocultó para hacer daño.
—Porque Noa… es muy madura, ¿no es así?
León asintió.
—Sí. Es una niña tan madura…
Roswitha levantó una ceja, esperando que dijera “como pocas en el mundo”.
Pero no.
Porque este hombre nunca decepciona con sus tonterías.
—Es tan madura… como yo.
La reina puso cara de: ?
—¿Como tú? ¿Como tú a los cinco años peleando con perros salvajes? ¿Como tú rompiendo piedras con el pecho a los siete? ¿O como tú haciéndote el tonto y actuando de macho cavernícola?
—¡Falso! ¡Yo nunca dejaría que mi hija hiciera ese truco de la piedra en el pecho! Ese fue mi maestro loco, no yo.
León se defendió con argumentos.
—Y hablando de hacerse el tonto… justo dijiste algo muy interesante hace un rato.
—¿Ah sí? ¿Qué?
—Dijiste que lo que Noa siente por nosotros no se puede fingir.
—Ajá.
—Entonces… lo que tú sientes por mí… ¿tampoco se puede fingir?
León sonrió de oreja a oreja.
Roswitha le dio un coletazo en toda la cara.
—¡No necesito fingir nada, León, porque ni siquiera me importas! ¡Nunca me importaste!
—¡Ay! ¡Ese golpe sí dolió!
—¡Ay! ¡Perdón! ¡No fue a propósito! ¿Estás bien?
León: ?????????
Roswitha: ??????