Capítulo 054
A partir del volumen 05, capítulo 06 en adelante — Aviso Importante:
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Capítulo 354: 54 – El arte viene de la vida
Era fin de semana, y la pareja se dirigía a la Academia Saint Heath.
Normalmente, sus hijas siempre pasaban los fines de semana en casa, pero faltaba menos de un mes para el concurso de obras teatrales, y todos los equipos tenían que ensayar a contrarreloj.
El ensayo se hacía en un aula vacía de la academia.
¿Y por qué no ensayar en casa de alguno de los compañeros? Pues por una razón sencilla:
Los ensayos teatrales no cuentan como una razón válida para visitar otros clanes dracónicos.
Especialmente para los “líderes” o figuras importantes dentro de cada tribu.
Porque vamos a ver… si en medio de un ensayo, le pasa algo a uno de los miembros clave de un clan, ¿cómo se maneja eso después entre dos tribus?
Así que ensayar en la academia era, sin duda, la opción más segura y sensata.
Durante el fin de semana no había tantos estudiantes en la escuela.
La mayoría de los que se veían eran jóvenes dragones ocupados con sus proyectos de graduación, aprovechando hasta el último minuto.
De vez en cuando pasaba algún dragoncito con trajes coloridos.
Roswitha reconoció que no eran uniformes típicos de ningún clan. Eran claramente vestuarios para la obra.
—¿Y cuando veamos a Claudia? ¿Cómo piensas acercarte? —preguntó Roswitha.
León caminaba con las manos en los bolsillos, tranquilo como si diera un paseo.
—Pues… empezamos hablando como padres normales, ¿no? No voy a plantarme ahí y soltarle: “Señora Claudia, ¿conoce a Tyger Lawrence? Es mi maestro. ¿Qué relación tienen ustedes?” Sería un poco brusco, ¿no?
Roswitha soltó una risita.
—Si haces eso, esa sería la primera y última frase que le oirías decir.
—Sí, los dragones marinos llevan más de treinta años aislados por algún motivo. Seguro tienen una gran desconfianza hacia los forasteros.
León se quedó pensando un segundo y añadió:
—Así que, viendo eso… que Helena haya logrado convencer a Claudia de participar en la obra es un milagro.
Roswitha se encogió de hombros.
—No es ningún milagro.
—¿No? ¿Entonces qué es?
La reina se detuvo y lo miró de reojo.
—Es el apoyo de una madre a su hija.
León se quedó en silencio un segundo. Luego soltó una risa.
—Desde que nació Lucecita te estás volviendo cada vez más… “señora esposa”. Ya hasta hablas como si tuvieras estampado en la frente “soy madre de tres niñas”.
Roswitha le lanzó una mirada y giró la cabeza con desdén. Empezó a caminar, moviendo la cola con calma.
—No exageres.
—Ni siquiera necesito verte. Seguro estás conteniendo la risa.
Ella se detuvo en seco y se cubrió la boca de inmediato.
Pero ese pasito en falso ya la había delatado.
León sonrió, satisfecho.
—Ay… qué nostalgia me da aquella reina fría y orgullosa que solo quería vengarse de mí.
—¿Ah sí? Si tanto la extrañas, puedo volver a ese modo cuando quieras.
—Tampoco hace falta tanto.
Roswitha soltó una risita mientras le empujaba el brazo con fingida molestia.
Entre bromas y tonterías, llegaron al aula que Noa les había indicado.
La puerta estaba abierta.
León asomó la cabeza. No vio adultos, ni a sus hijas.
Solo una chica de cabello azul estaba barriendo el suelo.
León parpadeó. ¿Se habrían equivocado de salón?
Tocó la puerta con los nudillos y preguntó:
—Disculpa, ¿este es el aula donde ensaya el grupo de Noa?
La chica del cabello azul se giró.
Al verla de frente, León y Roswitha reconocieron enseguida a la compañera que Noa había traído a casa hace un tiempo: Helena.
Sí, el cabello azul en humanos ya es llamativo.
Pero en los dragones… es bastante común.
Solo en estos años, León ya había visto melenas de todos los colores.
Aunque, claro, su color favorito siempre será el plateado.
Y por supuesto, ese gusto no tenía nada que ver con Roswitha. (Anoten eso: en el examen de «decir lo contrario de lo que siento» va a salir).
Así que para evitar confusiones, León prefirió preguntar en lugar de asumir.
—¡Tío León, tía Roswitha! ¡Qué gusto verlos! —saludó Helena, dejando a un lado la escoba.
—Hola, Helena. ¿Estás sola? ¿Dónde están Noa y las demás?
—Fueron a preparar el vestuario y los accesorios. Ya regresan.
—Vaya, si hasta los accesorios ya los tienen pensados, se ve que están muy bien organizados —comentó Roswitha con una sonrisa.
Helena asintió con fuerza.
—¡Sí! A Noa le gusta tomarse en serio cada competencia, así que tenemos que dar lo mejor en cada ensayo. Queremos ganar el día de la función.
Al oír eso, Roswitha se inclinó hacia León y le susurró:
—¿Y tú que te quejabas de que Noa no se parecía a ti? Mira esa obsesión por ganar… es toda tuya.
—Hablas como si tú no fueras competitiva.
—¿Y yo cuándo fui competitiva?
—Compites hasta por quién recibe primero el beso de tu hija.
—… Tch.
—Tomen asiento, tíos —dijo Helena mientras sacaba dos sillas y servía agua caliente.
La pareja se sentó. Helena les entregó una copia del guion.
León lo revisó por encima. La historia era como Noa les había contado: un caballero valiente se enamora de la princesa del país enemigo, y al final, terminan juntos.
—Helena, ¿Noa dijo que tú escribiste el guion? —preguntó Roswitha.
—Sí, tía —respondió ella, muy formal.
—Vaya, impresionante. A tu edad ya puedes escribir una historia con estructura y ritmo tan bien hechos.
Aunque, mientras lo leía, Roswitha no podía evitar la sensación de estar leyendo su propia autobiografía…
Pero, admitámoslo: que una niña de diez años escriba algo así, era muy admirable.
—Ay, no fue para tanto, tía —respondió Helena, sonrojada—. En realidad, mi mamá me dio muchas ideas.
Palabra clave detectada: mi mamá.
La pareja se miró.
Ese hilo podía servir para tantear un poco más sobre la misteriosa Claudia Poseidón antes de que empezara el ensayo.
—¿Tu mamá…? ¿Ella es buena escribiendo historias así? —preguntó Roswitha.
—Mmm… no es que sea buena en eso exactamente.
Helena también se sentó a su lado y explicó:
—Mamá suele recopilar y adaptar textos antiguos. Así que tiene mucho manejo del ritmo narrativo y sabe expresarse muy bien. En cuanto al guion…
Se quedó balanceando las piernas, su faldita escolar flotando suavemente sobre unas medias blancas. A la luz del sol, parecía un helado derritiéndose.
Helena sonrió y los miró a ambos.
—Mamá dijo que la inspiración para este guion… vino de la vida real.
En cuanto oyeron eso, ambos se congelaron.
¿Acaso… en el Clan Marino también hubo una historia épica de amor prohibido entre humano y dragona?
No, no puede ser… ¿cierto?
León, al menos, no creía que existiera otro “jinete de dragón” tan loco como él.
Y Roswitha… bueno, tampoco se lo creía del todo.
Aunque algo sí le llamó la atención.
Aunque no hubiera una historia igual, quizá el Clan Marino tenía alguna conexión con los humanos.
Y más específicamente… con Tyger.
Pero eso era solo una teoría salvaje de Roswitha. Dos libros de magia no eran prueba suficiente.
Había que seguir observando.
—Entonces tu mamá debe de ser una persona muy talentosa —dijo Roswitha sin escatimar elogios. Luego preguntó—: Pero… ¿cómo es que no ha llegado todavía?
—Ah, bueno, es que el Clan Marino vive bastante lejos. Mamá salió muy temprano, pero ya debe estar por—
Tac — tac — tac —
Unos pasos de tacones resonaron fuera del aula. Rítmicos, firmes, seguros.
Se acercaban.
Cada vez más cerca.
Hasta que se detuvieron justo en la puerta.
Los tres voltearon a mirar.
Allí estaba.
Una mujer alta, de figura elegante. Su cabello largo y azul caía como un mar en calma, reflejando la luz del sol con un brillo sereno.
Aunque se notaba que era mucho mayor que Roswitha, su rostro seguía siendo bellísimo, lleno de encanto maduro.
Y el porte noble que emanaba… dejaba claro que se trataba de una miembro de la realeza del Clan Marino.
Sus ojos azul profundo recorrieron la sala. Se detuvieron un instante en Roswitha, luego en Helena…
Y al final, se clavaron en León.
Él mantuvo la calma.
Ya la había visto antes… en las fotos del futuro, junto a sus hijas.
No había duda.
Ella era la legendaria——
Claudia Poseidón.