Capítulo 055
A partir del volumen 05, capítulo 06 en adelante — Aviso Importante:
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Capítulo 355: 55 – ¡Suéltala, Lucecita!
—¡Mamá, llegaste~!
Helena se levantó de un brinco y corrió hacia la puerta.
—Ajá —respondió Claudia con voz tranquila.
Helena le agarró la mano y la fue guiando al interior del aula mientras decía:
—Mamá, te presento: estos son los papás de Noa.
Cuando Claudia se acercó, León y Roswitha se pusieron de pie.
—Mucho gusto. Soy la madre de Helena, Claudia Poseidón —dijo con tono neutro, la voz fría como el agua profunda.
León no pudo evitar pensar en la Roswitha de antes… antes de ser madre de tres hijas. La misma frialdad, la misma distancia, aunque dijera cosas educadas, parecía inalcanzable.
—Un placer, señora Claudia. Soy Roswitha Melkveigh, la mamá de Noa —respondió Roswitha con un tono un poco más animado… pero solo un poco.
Por más que ahora tuvieran delante a la famosa Claudia —la señora «caja mágica» que tanto les intrigaba—, Roswitha no mostró ni un poco del entusiasmo que sentía por dentro.
Al fin y al cabo, llevaba más de cincuenta años siendo reina. Sabía muy bien que, si mostraba sus cartas demasiado pronto, perdería la iniciativa en cualquier conversación.
Y aunque ni ella ni León veían a Claudia como una enemiga, un poco de juego estratégico en este primer encuentro no estaba de más.
—La reina de los dragones plateados. Un placer al fin conocerla, señorita Melkveigh.
En la cultura dracónica, alguien de apenas doscientos años todavía calificaba como «señorita».
Luego, Claudia volvió su mirada hacia León.
Curiosamente, aunque al llegar lo había observado más tiempo que a nadie, esperó hasta el final para saludarlo.
Roswitha lo notó enseguida. Si ella entendía de juegos sociales, Claudia —que llevaba aún más años viva— claramente también sabía jugarlos.
Al notar que ella lo miraba, León se adelantó:
—Encantado. Soy León Casmod, esposo de Xiao Luo.
Roswitha levantó una ceja.
Normalmente, él siempre la llamaba “madre dragona”, “mi dragona loca” o cosas sin filtro como “querida esposa” o “mi mujer”.
Pero Xiao Luo…
Ese apodo solo lo usaban los miembros de la familia Melkveigh.
Entre la tercera generación, Roswitha era la más joven, así que ese diminutivo —aunque contrastara con su apariencia seria— tenía sentido.
Y sorprendentemente… no le disgustó que León la llamara así.
Incluso le hizo un poquito de ilusión…
Roswitha sacudió la cabeza para no irse por las ramas.
Tras el saludo, Claudia tomó asiento. Helena le entregó una copia del guion.
Ella lo revisó por encima, asintió con lentitud y comentó:
—Muy bien hecho, Helena.
La pequeña dragona marina movió la cola, orgullosa.
—¿Y el resto del grupo?
—Están con los disfraces y accesorios. Ya regresan.
—Ajá. Para la próxima, prepárense con más antelación.
—Sí, mamá.
León y Roswitha miraban a ese dúo madre-hija, y no pudieron evitar recordar…
«Manual de crianza de la reina plateada, cortesía del general León.»
Años atrás, cuando Roswitha recién se convirtió en mamá, no sabía bien cómo tratar a sus hijas.
Era como Claudia ahora: siempre seria, siempre corrigiendo con cara de piedra.
A las niñas no parecía molestarles, pero Roswitha nunca pensó que hubiera otra forma.
Hasta que ese hombre, después de dormir dos años seguidos, se despertó trayendo consigo todo su repertorio de “paternidad humana”.
Roswitha al principio se resistía… pero al ver a sus hijas más alegres y cariñosas, no tardó en rendirse y decir: “vale, esto sí funciona”.
Y ahora, viviendo tanto tiempo en un hogar cálido, ya se le había olvidado cómo era la crianza tradicional de los clanes dracónicos…
Claudia le refrescó la memoria.
Roswitha no dijo nada. Cada familia tiene su manera de convivir. No era su lugar opinar.
Justo entonces, León le tocó suavemente la mano.
Ella lo miró. Se activó la comunicación interna de pareja.
León:
> ¿No te suena familiar esta escena?
Roswitha:
> Ya sé lo que vas a decir. ¡Y ya he cambiado desde entonces!
León:
> Vale, vale. Aun así… esta Claudia tiene madera de líder. ¿No crees que debe ser una figura importante en el Clan Marino?
Roswitha:
> Por supuesto. “Poseidón” es el apellido real de los dragones marinos. No es cualquiera.
León:
> Entonces… ¿investigarla va a ser complicado?
Roswitha:
> Mucho. Cada pregunta tendrá que estar bien calculada. Un paso en falso, y adiós confianza.
León:
> Entendido.
Corte de comunicación.
León volvió a mirar hacia la madre y la hija.
Claudia estaba dando consejos a Helena sobre una línea del guion.
—Helena, ¿crees que esta frase transmite bien los sentimientos del personaje?
—¿Cuál frase, mamá?
—“No puedo vivir sin ti. Por favor, despierta.”
Claudia señaló el guion.
—Esta línea aparece al final. Y aunque a lo largo de toda la obra se siente que los protagonistas se aman, nunca lo dicen directamente.
—Ese amor implícito, construido a lo largo de dos horas de trama, es como pólvora. Pero para que explote… hace falta una chispa.
—Y esa chispa… es esta frase.
—Tienes que pensar cómo usar una sola línea para detonar todo lo anterior y que el público lo sienta contigo, como si fueran ellos quienes amaran.
Le entregó el guion.
—Sí, mamá. Lo corregiré —respondió Helena, muy seria.
—Confío en que harás algo aún mejor.
León parpadeó.
Tenía que admitirlo: Claudia sabía lo que hacía.
No por nada era la autora de Las Nueve Prisiones del Infierno y El Juicio del Alma. Tenía talento.
Y además, enseñaba con una voz serena, sin sonar pesada ni molesta. Incluso como oyentes, León y Roswitha podían notar lo metida que estaba en el tema.
Lo cierto es que ni hacía falta tomarse tan en serio una obra escolar. Era solo un grupito de dragoncitos jugando al teatro. Cualquier falla se perdonaba.
Pero Claudia se lo tomaba muy en serio. Cada línea era importante. Y eso…
Eso le recordaba a la esposa de su maestro.
Esa mujer que, con la voz más dulce del mundo, solía darle órdenes que no se podían discutir ni un poquito.
Un granjero simple, un mocoso huérfano que entró a la Academia de Cazadores a los diez… el maestro y él habrían acabado como una pareja de desastre.
Pero por suerte, ella estaba ahí. Los cuidaba. Los guiaba.
Por eso su maestro la amaba tanto.
León miró a Claudia de nuevo.
Ahora sí se fijó en su rostro. Muy guapa (aunque —por supuesto— no más que mi madre dragona), pero había algo…
Algo familiar en sus facciones.
Recordaba que, en el futuro, cuando vio una foto suya por primera vez, también tuvo esa sensación.
Pero nunca supo de qué.
Se rascó la cabeza.
“No soy de esos que se ven a una guapa y dicen ‘yo la he visto antes’, ¿verdad?”
Bueno, según Lucecita en el futuro… sí. Pero fue solo un malentendido, ¿vale?
En ese momento, se oyeron pasos animados en la puerta.
Todos miraron hacia allá.
Y vieron llegar a sus tres dragonecitas, cargando disfraces y accesorios en los brazos.
—¡Oye, ya están todos! —anunció Noa, dejando sus cosas en el suelo. Luego se giró hacia Claudia con una sonrisa.
—Hola, tía Claudia. Soy Noa K. Melkveigh, compañera y roomie de Helena.
—Hola, Noa —respondió Claudia con una sonrisa amable.
—Hola, tía. Yo soy Moon, la hermana menor de Noa.
—Qué nombre tan bonito. Significa “luna”, ¿verdad? Encantada, pequeña Moon.
—¡¡Yo yo yo!! ¡Me llamo Aurora! Pero me dicen Lucecita. Tía Claudia, ¡dame un abracito!
—¡Eeh, mi amor, eso no se puede! —intervino León a toda velocidad.
¡Ni hablar de que activaran el gancho derecho de Lucecita frente a Claudia! Si eso pasaba, olviden obtener cualquier información de ella.
Lucecita parpadeó, confundida.
León se agachó y le explicó con ternura:
—No es muy educado pedir abrazos así de repente, ¿vale?
—Bueno… —aceptó ella, algo decepcionada pero obediente.
Logro no desbloqueado: “Conquistar a todas las tías guapas en primer intento”.
Un borrón vergonzoso en la impecable trayectoria de la joven Lucecita.
Después de presentarse, Noa dio una palmada:
—¡Muy bien, gente! Ya que estamos todos, ¡empecemos el ensayo!