Capítulo 060
A partir del volumen 05, capítulo 06 en adelante — Aviso Importante:
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Capítulo 360:
60 – Amor a primera vista & Héroe salvando a la dama
Después de varios ensayos, León, Roswitha y Claudia empezaron a llevarse cada vez mejor.
Y una vez que se soltaron más, la pareja se dio cuenta de que Claudia, en realidad, no era tan difícil de tratar.
Era inteligente, tenía una inteligencia emocional altísima y se expresaba con educación impecable.
Estar con alguien así… resultaba muy cómodo.
Y no era porque Claudia estuviera “rebajándose” al nivel de ellos.
No señor.
Si hablamos de habilidades sociales, la Reina de los Dragones Plateados no tenía nada que envidiarle.
Las dos eran estrategas natas. Apenas con una o dos frases, ya podían prever lo que la otra iba a decir o hacer.
Por suerte, no estaban en bandos contrarios. No había necesidad de escarbar con segundas intenciones para descubrir secretos de clanes rivales.
Así, la convivencia se volvía mucho más fluida.
—
Esa tarde, después del almuerzo, Noa se llevó a un grupito de dragoncitas a la oficina académica. Era el último día para confirmar la lista de presentaciones, porque quedaba solo una semana para el gran show.
En el salón quedaron solo León, Roswitha y Claudia.
La elegante señora se sentó frente a la pareja con la postura perfecta. Refinada, pero con ese toque de pereza noble que solo dominan algunas mujeres.
Tenía los dedos entrelazados, el mentón apoyado con delicadeza en el dorso de la mano, una pierna cruzada sobre la otra, y una sonrisa curiosa en los labios mientras observaba a la pareja.
—Felicidades, León. Ya puedes llamarme oficialmente “madre política” sin vergüenza —bromeó Claudia, sonriendo.
—Sigue sonando raro… pero si eso ayuda a que nuestras niñas tengan una buena nota, ni modo, Claudia.
Las formalidades ya habían quedado atrás.
De “señor Kasmode”, “señorita Melkve” y “señora Claudia” pasaron directamente a llamarse por su nombre.
No era falta de respeto: cuando dos personas con status similar se vuelven cercanas, llamarse por su nombre puede acercar aún más.
—Hablando de niñas…
Tras la broma, Claudia cambió de tema:
—La otra vez, después de visitar su casa, Helena no paraba de alabar el ambiente familiar. Supongo que han puesto mucho esfuerzo en la educación, ¿no?
—Las niñas son muy listas. No tuvimos que esforzarnos tanto —respondió Roswitha—. Y, en mi opinión, el “ambiente familiar” no es algo que pueda medirse como bueno o malo. Solo hay “adecuado” o “no adecuado”.
—¿Adecuado o no? —repitió Claudia, alzando una ceja, intrigada.
Roswitha asintió levemente.
—Lo que nosotros construimos funciona bien para Noa y las otras. Pero quizá otro niño no podría adaptarse. Puede que a Helena le haya parecido maravilloso simplemente porque nunca había experimentado un tipo de convivencia así. Claudia.
Ese Claudia final vino con una pausa significativa.
Una pausa que escondía un mensaje silencioso:
“¿Me estás entendiendo, verdad?”
Por supuesto, Roswitha no iba a decir eso tan directo. Porque decirlo así haría sonar la conversación como un interrogatorio.
Y eso era lo peor que podía pasar.
Para mantener buenas relaciones, hay que limar los bordes afilados. Hablar con diplomacia.
No te dejes engañar por cómo se apuñalan verbalmente en casa: cuando la Reina se pone seria, en estas situaciones sociales se mueve como pez en el agua.
Claudia sonrió suavemente.
—Tienes razón, Roswitha.
Esa sonrisa tenía un matiz curioso.
Estaba satisfecha. Pero también parecía… ¿conmovida?
Roswitha entendía esa satisfacción.
Básicamente, su comentario había dicho:
«Todos los niños son geniales. Los míos también. Tu hija Helena también es maravillosa.»
Un cumplido disfrazado de reflexión. Inteligente y con doble beneficio.
Pero… ¿esa emoción? ¿Esa especie de ternura? ¿Qué era?
Roswitha conocía esa expresión.
La había visto solo en una persona.
La abuela Verónica.
Siempre que ella o Isa hacían algo sobresaliente, la abuela mostraba esa misma sonrisa.
Tsk… ¿No me digas que esta señora todavía no sale del papel de “madre de la reina” que interpretó en el ensayo?
—
Después de un rato hablando de crianza, Claudia fue llevando el tema hacia el terreno favorito de toda civilización: el chisme.
—En los clanes dracónicos, los nacimientos por parto no son tan comunes. Incluso Helena nació de un capullo. Por eso quería preguntarles… ¿cómo fue que ustedes dos terminaron juntos?
León y Roswitha se quedaron paralizados.
Se miraron entre ellos. En sus ojos brillaba la misma frase:
¿Por qué TODO el mundo nos hace esta pregunta?
¡Solo nos casamos! ¡No matamos a nadie!
¡Qué manía tienen todos con preguntar “cómo empezaron”!
Ya lo había dicho otro:
“Una pareja feliz despierta más sospechas que un asesino en fuga.”
Y para un matrimonio promedio de dragones, esa pregunta era normal.
Pero… ellos no eran un matrimonio promedio.
Por eso, cada vez que alguien preguntaba por su historia de amor, tenían que inventarse una versión bien elaborada, coherente y “realista”.
—Bueno, eso… es una historia larga —empezó Roswitha, componiendo el cuento por milésima vez—. Después de que el clan de León se disolviera, él llegó a nuestro territorio. Y entonces…
—Fue amor a primera vista —completó León con tono solemne.
Sí.
El amor a primera vista era la mejor carta para zafarse del chisme.
—¡Qué romántico! —comentó Claudia, con cierto brillo en los ojos—. Yo, como la mayoría de los dragones tradicionales, siempre fui partidaria del celibato. Jamás he probado eso llamado “amor”.
Menos mal, pensó León en silencio. No te imaginas lo que es embarazar a una madre dragona…
Pero entonces, Claudia dejó caer la bomba:
—Mi hermana, en cambio, sí se enamoró.
León alzó una ceja, curioso.
—Helena mencionó que tenía una tía. ¿Se refiere a ella?
Claudia asintió.
—Sí. Ella se enamoró de alguien.
—¿Y luego?
Claudia soltó una risa suave y se encogió de hombros:
—Pues terminaron juntos. Pero no fue amor a primera vista. Fue el cliché de siempre…
Héroe salva a la dama.
La pareja se volvió a mirar.
Hmm~
¡Esto sí es chisme del bueno!
Retiramos lo dicho.
¡Viva el chisme!
¡Chisme para todos!
¡Que el mundo ruede si hay salseo de calidad!
Claudia notó la emoción en sus ojos y sonrió.
—Fue hace muchísimo tiempo. Mi hermana estaba en peligro, apareció un hombre fuerte y la salvó. Después… se casaron.
León y Roswitha: ¿?
Señora…
Eso no fue “una historia larga”.
Fueron… ¿cuántas? ¿Cincuenta palabras?
¡Queremos detalles! ¡Fechas, lugares, sensaciones!
¿Qué es esto? ¿Resumen de sinopsis?
Es como leer una novela romántica, justo cuando los protas están por besarse, por fin llega el “momento caliente”…
y el autor pone:
“…”
¿Tú no dejarías un comentario del tipo “¡me bajé los pantalones para esto!”?
—¿Eh? ¿Qué pasa? ¿Querían saber más? —preguntó Claudia, sonriendo—. Pues la verdad… tampoco conozco tantos detalles. Solo sé que se quieren mucho.
Una historia sencilla, pero dulce.
Algo breve, pero bueno.
Sin embargo, Claudia cambió sutilmente de tono:
—Aunque… en casa, ni yo ni los demás aprobábamos esa relación. Pero ella insistió, y al final, solo nos quedó cerrar un ojo y hacer la vista gorda.
Y justo cuando terminó de decir eso…
los niños regresaron.
La práctica de la tarde empezó enseguida.
Pero León se quedó atrapado en esa conversación.
Había escuchado un pedacito de la historia familiar de esa hermosa y misteriosa mujer…
pero había algo raro.
Claudia no era de hablar tanto.
¿Por qué justo hoy había decidido contar algo tan personal?
Se sentía como si…
…como si lo hubiera hecho a propósito.
Como si esas palabras no fueran casuales,
sino… un mensaje dirigido a ellos dos.
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