Capítulo 062
A partir del volumen 05, capítulo 06 en adelante — Aviso Importante:
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Capítulo 362:
62 – El alimento más delicioso a veces se cocina de la forma más simple
Una vez terminada la escenografía, todos tomaron posición.
La primera escena arrancaba tal como en los ensayos: Roswitha se llevaba a Moon para dejar solos a la princesa y al “prisionero” León.
Tras las clásicas actuaciones de “El latigazo de cola” y “Hombre guapo, con cicatrices”, la dirección de la escuela y los jueces comenzaron a comentar en voz baja:
—La niña que hace de princesa lo hace bastante bien, tiene presencia.
—Sí, y la manera en que modula las líneas… tiene ese aire de princesa orgullosa, incluso de reina.
—¿Y si sí es una reina de verdad?
—¿Y nadie va a hablar del papá? ¿No vieron esa forma de interpretar a un prisionero derrotado pero digno? ¡Ese manejo de emociones!
—Yo lo noté, sí. Es tan natural que ni parece actuación.
Desde el centro de la mesa de jueces, el subdirector Wilson acariciaba su barba blanca con satisfacción.
Se giró un poco y se inclinó hacia la directora de la escuela, Angelina Ouellet:
—¿Qué le dije, directora? ¡La familia Melkve nunca decepciona!
Angelina asintió.
—Lo admito, me han sorprendido.
Recordaba bien la primera vez que los conoció en su oficina. Verónica le había encargado que les entregara el cristal primordial como regalo de bodas.
Ya entonces, León y Roswitha le dejaron una buena impresión: eran educados, sabían hablar sin parecer invasivos, y mantenían su terreno sin mostrarse fríos.
En resumen, una pareja astuta. Eso pensaba entonces.
Pero al verlos hoy, actuando con esa sincronía y realismo… eran más que astutos: eran una pareja unida, con una química increíble.
Antes, cuando Wilson hablaba de lo bien que se llevaban, ella lo tomaba como exageración. Pero ahora…
Ahora le creía.
—¿Se está grabando todo con la piedra de grabación? —preguntó Angelina.
—To-do grabado —respondió Wilson con una sonrisa orgullosa.
Angelina sonrió. Perfecto. Luego le enviaría la grabación a la abuela Verónica. Seguro le haría feliz ver a su nieta y yerno tan compenetrados.
—
En el escenario, la primera escena terminó.
Segunda escena. Aparece Lucecita, interpretando al hada que ayuda al protagonista a escapar y regresar a su patria.
Pero justo cuando estaba por cruzar la frontera, aparece la princesa.
Él pensaba que iba a detenerlo…
Pero no. La princesa, ya enamorada, había ido a despedirse.
Se dijeron mil cosas, se aferraron el uno al otro, pero no se atrevieron a confesar sus sentimientos.
Lucecita, al costado del escenario, se desesperaba.
En los ensayos ya se ponía nerviosa.
Y ahora, en la función real, ¡más aún!
Pero Noa ya se lo había advertido: “Esto no se puede apurar. Si se confiesan aquí, se acaba la historia.”
El director manda, así que Lucecita aguantó.
Finalmente, tras una despedida llena de vueltas, Lucecita agitó su varita y exclamó:
—¡Valiente caballero, he visto la profecía! ¡Tú y la princesa volverán a encontrarse! ¡Pero ahora, regresa a tu tierra y prepárate para los desafíos que vendrán~!
Con ese gesto, se cerró la segunda escena.
El público aplaudió entusiasmado.
Los jueces no tardaron en hacer sus observaciones:
—La primera escena estableció bien los personajes. Pero esta segunda… ¡los hizo evolucionar!
—Exacto. El cambio emocional se notó y no se sintió forzado. El guionista es excelente.
—Sí, pero no olvidemos a la directora. Conectar esas dos escenas sin que se sienta cortado… eso no es fácil. Es mérito suyo también.
—Tiene razón. ¿Cómo se llama la directora? ¿Noa algo?
—Noa. Noa K. Melkve. Es la más joven del Departamento Infantil, pero siempre está en el primer puesto.
—Oh, yo trabajo como directora en el Teatro de Ciudad Cielo, y vine como jueza invitada. No sabía que en esta academia tenían estudiantes tan brillantes…
—¡Eh, profe, no intente llevársela! Ser directora es solo una de sus habilidades. Esa niña va a ser una guerrera dragón top.
—¡Jajaja! Me descubrieron rápido~
Los jueces estaban encantados con la obra.
—
Y entonces llegó la tercera escena, la más intensa:
León y Claudia, cara a cara.
Noa también salía en esa escena, como una doncella junto a la reina.
Pasos, posiciones, preparación.
Finalmente, su padre quedó frente a la tía Claudia.
Él se inclinó ligeramente y dijo con respeto:
—Madre.
Noa suspiró aliviada.
¡Bien, papá! Por fin lograste decir “madre” sin atragantarte…
La escena siguió. La tensión creció.
—¿Vas a regresar con esa mujer? ¡Imposible! ¡Nunca lo permitiré! —dijo Claudia, imponente.
¡Era tan convincente que uno pensaría que de verdad no aceptaba que su hijo amara a una princesa enemiga!
Noa, impresionada, no podía dejar de mirar.
Sabía que sus padres eran buenos actuando… pero la tía Claudia también era una actriz de alto nivel.
León pensaba lo mismo hasta que, hace un tiempo, Claudia les confesó que los de la tribu marina nunca aprobaron del todo el matrimonio de su hermana con el cuñado.
Ahí entendió: la vida también es un escenario, y no solo él y Roswitha tenían dramas familiares.
—Madre, ¡déjeme verla una vez más!
—Te dije que no. Pero si insistes… quítate tu armadura, tus medallas, renuncia a todo tu honor. Solo así podrás ir a verla.
—…¡De acuerdo! ¡Tú lo dijiste!
León se despojó de todos sus accesorios y gritó:
—¡Ahora sí estás satisfecha!
—¡¿Tirar todo por ella?! ¿¡Vale la pena!?
—¡Sí! Por ella… todo vale la pena.
—¡Muy bien! ¡Guardias, expúlsenlo del reino! ¡No vuelva hasta que entre en razón!
Noa miraba fascinada.
Papá tenía esa aura rebelde y dramática que encajaba perfecto con el papel.
Y la tía Claudia…
¡Wow!
Pasaba de la sorpresa a la ira y luego a la resignación de forma tan natural que daba miedo.
Casi como si tuviera a un hijo rebelde de verdad…
—
Luego de eso, con la guía de Lucecita, el caballero volvió a encontrarse con la princesa.
Pero su historia aún no terminaba.
Aún quedaban dos países en guerra, el odio entre naciones, los errores del pasado…
Escaparon, fueron perseguidos, cayeron en trampas de brujas, y casi pierden la vida.
Cuando por fin estaban por llegar al “paraíso”, a esa tierra libre donde podrían vivir en paz…
La princesa fue maldecida.
Cayó en un sueño eterno.
—¡No! ¡NO!
(Con efectos de nieve cayendo y viento triste…)
—¡Amor mío, no puedes dejarme así! ¡No así!
Roswitha “desmayada”, en brazos de León.
Él, con lágrimas en los ojos, alzando la cabeza al cielo…
(Había frotado cebolla cerca del ojo antes de salir a escena, porque si no, seguro se le escapaba la risa.)
Porque en realidad… si Roswitha caía en coma, ¡él estaba feliz!
“¡Una excusa perfecta para disfrazarla de conejita sexy y sacarle fotos sin que me pegue! Hehe~”
Pero aún con esos pensamientos turbios, la escena le salió tan bien que el público quedó cautivado.
Los dragoncitos se angustiaban:
—¿Despertará la princesa…?
—
El caballero recorrió el mundo buscando una cura.
Ambos reinos se enteraron, pero no querían ceder ni un paso.
Aun así… su amor incansable conmovió incluso a los más duros.
Y por primera vez… no estuvo solo.
—
Última escena.
El caballero por fin encuentra el modo de despertarla.
La sostiene en brazos, frente al mar, con la luz del atardecer sobre ellos.
Justo como el título de la obra: Como el amor se hunde con el sol.
Entre bambalinas, Helena se acercó a Noa.
—Ya casi es el cierre, Noa. ¡Lo logramos!
—Sí… lo logramos.
—Por cierto, ¿esa última línea? ¿La que mamá no terminaba de decidir?
—Tranquila. Justo antes de salir, papá dijo que ya tenía la frase perfecta.
Los ojos de Helena brillaron.
—¿¡En serio!?
—Sí. No sé cuál será, pero… confío en él.
—
En escena, Roswitha abrió lentamente los ojos.
Se cruzaron las miradas.
La luz del atardecer reflejaba en sus pupilas.
El ambiente estaba cargado.
—Despertaste… —susurró León.
Roswitha ya estaba algo metida en el papel.
Miró a ese hombre de ojos profundos y contestó suavemente:
—Mmm…
Era el momento.
La última frase de la obra.
Esa que Helena había reescrito mil veces sin quedar satisfecha.
Roswitha también estaba curiosa.
¿Diría algo clásico como “Siempre estuve esperándote”?
¿O se lanzaría con una declaración larga y cursi?
¿O quizá…?
No lo sabía.
Porque ese hombre siempre la sorprendía.
—Roswitha.
No era el nombre de la princesa en el guion, pero él insistió en usar su nombre real.
Y claro, su voz fue tan suave que solo ella pudo escucharlo.
Roswitha lo miró, sorprendida.
¿Me acaba de llamar por mi nombre…? ¿Qué planea hacer este idiota…?
—Roswitha…
En medio del escenario, frente a todos, con los focos apuntando a ellos…
León dijo, mirándola a los ojos:
—Te amo.
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