Capítulo 067
A partir del volumen 05, capítulo 06 en adelante — Aviso Importante:
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Capítulo 367
67 – Un hombre casado con experiencia
León seguía tirado en la cama como un cadáver.
Las niñas estaban esforzándose en la academia, la madre dragona controlaba cada vez mejor el poder primordial, y él ya había perfeccionado su técnica de las Nueve Puertas del Infierno…
Esa sensación de “ser invencible y estar solo en el mundo” que no había experimentado ni en sus años de comandante de los escuadrones de caza durante las guerras imperiales, por fin la estaba sintiendo ahora… cinco años después de casado.
Tsk. ¿Será que el matrimonio sí cambia a los hombres?
¡PUM!
Un portazo interrumpió sus pensamientos.
Por el nivel de fuerza y el volumen del golpe, era obvio: la madre dragona.
Después de todo, en todo el Santuario del Dragón Plateado, solo había una persona con los ovarios para azotar así la puerta de la “habitación de la reina”.
Y León tenía el presentimiento de que, como siempre, algo se le cruzó mal a Roswitha. Si no, ¿por qué entrar con semejante escándalo?
Antes de que la madre dragona irrumpiera, León repasó mentalmente si había hecho algo que mereciera una paliza.
Hmm…
¿Tal vez lo de trenzarle el pelo en forma de orejas de conejo mientras dormía?
¿O esconderle todos los zapatos planos para que no tuviera más opción que usar sus tacones favoritos?
¿O grabarla con una piedra de grabación mientras cantaba “Me gusta bañarme, colita pa’ arriba” en la ducha?
…
La verdad, cualquiera de esas cosas bastaría para que lo masacrara.
¡Pero!
El General León no solo no estaba nervioso, sino que incluso tenía cierta expectativa.
Después de todo, como dice el dicho:
Ninguna regla del hogar puede frenar a un hombre casado con experiencia.
Y si puede, es que ese hombre aún es novato.
No como él: todo un veterano, astuto y refinado.
Vamos, madre dragona, ¡te estoy esperando!
Justo entonces, escuchó los tacones acelerados acercándose.
Y al instante siguiente, la reina de cabellos plateados entró hecha furia.
León se incorporó con toda calma de la cama, y luego…
Agarró la almohada de al lado y, con total naturalidad, se la puso sobre la cabeza.
En ese preciso momento, Roswitha agarró un oso de peluche de la cama y se lo lanzó directo al cráneo.
Pero como León ya se lo esperaba, la almohada hizo de escudo perfecto.
El peluche y la almohada se dieron un cariñoso besito.
Obviamente, eso no fue suficiente para que Su Majestad se calmara. Así que giró el cuerpo y le lanzó un coletazo al pecho.
Pero el General León, siempre atento, ya se había tumbado de espaldas.
La cola plateada apenas rozó la punta de su nariz.
Dos ataques, dos fallos.
La dragona bufó de la rabia y se lanzó sobre la cama, dispuesta a inmovilizar al maldito y darle su merecido.
Pero esa jugada también estaba perfectamente calculada por León.
En cuanto Roswitha se tiró encima, él impulsó las piernas, y con la fluidez de una anguila bien entrenada, se deslizó por debajo de su falda —hmm, encaje negro, al parecer la madre dragona tenía sus momentos— y salió disparado hacia el pie de la cama, donde aterrizó con gracia felina.
Una ejecución impecable. Nivel tutorial de defensa anti violencia doméstica.
Roswitha cayó de bruces sobre la cama, giró la cabeza furiosa y gritó entre dientes:
—¡Tú…!
León y Roswitha, al mismo tiempo:
—¡Vuelve aquí!
(Pausa)
—¡No me imites!
(Pausa)
—¡¿Otra vez imitando?! ¡¡Te voy a pegar!!
(Pausa)
—¡AHHHH TE VOY A MATAR, MALDITO!
Y acto seguido, la reina agarró una almohada del cabecero y se la arrojó con fuerza.
León la atrapó al vuelo sin pestañear.
Hizo cálculos rápidos: sí, ya se completó todo el “protocolo de pelea de pareja”.
Sacudió un poco la almohada, la colocó con cuidado a un lado, y luego saludó con toda naturalidad:
—Buenas tardes, Su Majestad.
—¡¿Buenas tardes tu cabeza, animal?! —Roswitha se acomodó la ropa y se dejó caer en la cama, furiosa.
—¿Puedo saber cuál es el motivo de su majestuosa histeria esta vez?
Roswitha se cruzó de brazos, sin decir una palabra.
León la observó, pensativo, y luego se acercó sin vergüenza alguna, sentándose junto a ella pese a la mirada asesina que le lanzó.
Pero eso no afectaba en lo más mínimo a un hombre casado con alto EQ.
León alargó la mano y le agarró la cola a Roswitha.
Ella hizo un par de movimientos para soltarse, pero él aprovechó para hacerse el herido, dejándola azotar su brazo.
—¡Ayyy, qué cola más poderosa tiene Su Majestad! ¡Casi mata a este humilde prisionero!
Regla número uno del matrimonio: Si quieres atrapar, primero suelta. Hazte el débil.
Roswitha seguía fingiendo seriedad, pero la sonrisa ya se le escapaba por las comisuras.
Recogió su cola con dignidad y dijo con cara de reina:
—¿Ahora sí sabes lo fuerte que soy? La próxima vez, déjate golpear sin chistar, ¿me oíste?
—Sí, sí, Su Majestad tiene toda la razón.
Regla número dos del matrimonio: Siempre reconocer el error. Aunque nunca vayas a corregirlo.
—Mira que hablas bonito ahora. Después se te olvida todo.
—¿Cómo crees? ¡Si todo el mundo sabe que yo soy el que más quiere a su esposa!
Regla número tres del matrimonio: Si convences al público, ya ganaste. Que juzgue la audiencia.
Roswitha le dio un codazo cariñoso y lo miró con burla:
—Con lo meloso que suena eso, cualquiera pensaría que de verdad somos marido y mujer.
Perfecto. Eso quería León. Sabía que eso significaba que ya la había apaciguado.
La madre dragona no era como otras mujeres.
Otras, cuando las convencías, cambiaban la cara al instante y te soltaban un “mi amor” cada cinco segundos.
Pero la madre dragona era diferente.
Cuando ella decía “no soy tu esposa, no somos pareja, ni siquiera me gustas, ¡¡ahhhh!!”, eso significaba que estaba contenta.
No pregunten por qué. Simplemente: experiencia.
—Entonces… ¿a qué vino todo ese drama?
Finalmente, tocó el tema serio.
Roswitha abrió la boca, pero dudó.
Originalmente quería preguntarle: ¿no te parece que estamos entrando en una etapa fría? ¿Sientes que ya no te intereso tanto como antes?
Pero si soltaba eso así, iba a parecer que le importaba demasiado la opinión de León.
Y si le daba esa ventaja al perro, seguro se iba a agrandar y presumir.
Así que se tragó la pregunta.
Pensó un poco, y al final cambió el enfoque:
—Últimamente, siento que nuestro plan de familia falsa está empezando a mostrar grietas.
León se sorprendió.
—¿Grietas? ¿Qué tipo de grietas?
—Pues… Milan y las demás dicen… que se nos ve apagados.
—¿Apagados? ¿Qué apagados?
—¡Los sentimientos! ¡Dicen que ya no se nota el cariño!
—Pero si tú misma dices que no hay cariño entre nosotros. ¿Entonces cómo se va a apagar algo que no existe?
—¡Sí, pero de cara a los demás sí hay cariño!
Roswitha le explicó con toda seriedad:
—Milan vino hace un rato a decirme que parecemos una pareja en etapa fría, que tú… que tú…
—¿Que yo qué?
Roswitha se sonrojó un poco, y también se sintió culpable.
Culpable, porque en realidad ella quería hacer esa pregunta. Pero, por orgullo de “Su Majestad”, se la endosó a la pobre doncella.
—…que tú ya no te ves tan interesado en mí como antes…
Luego, rápidamente cambió el tono para desviar:
—¡Lo cual claramente significa que nuestro montaje como familia perfecta ya no se lo cree nadie!
León parpadeó, pensativo, y luego asintió lentamente.
—Tiene sentido… Si es un show para los demás, son los demás quienes tienen que creerlo, no nosotros.
—¡Exacto! ¡Ese es el punto!
—¿Y qué le respondiste a Milan?
Roswitha titubeó y respondió con voz débil:
—Nada… solo dije que estábamos como siempre.
—Vaya respuesta más convincente, madre dragona —León la troleó sin piedad.
—¡¿Entonces qué querías que le dijera?! ¿Por qué no lo haces tú si eres tan listo?
—¡Obvio que puedo hacerlo!
León infló el pecho, se aclaró la garganta y dijo muy serio:
—Primero, no estamos en etapa fría. El dicho dice que la “picazón de los siete años” llega en el séptimo año. ¡Y nosotros llevamos cinco!
—Segundo, aunque lleguemos a los siete años, tampoco tendremos una etapa fría porque…
Roswitha se animó, curiosa:
—¿Porque?
—Porque cada día contigo es divertido. ¿Frialdad? ¿Dónde?
Roswitha: (//>v/) —Además, no creo que ser cariñosos signifique andar pegados como chicles todo el día. Darse espacio mejora mucho la calidad de vida matrimonial. Roswitha: (//>v/) ¡Súper de acuerdo! —Y otra cosa: yo sí me preocupo por ti, Roswitha. Sin ti, no podría vivir. Roswitha: (//>v<//) ¡!!!
—Porque tú eres la que me cocina.
Roswitha: …¿ah?
—Y por último…
León la miró directo a los ojos plateados, y dijo palabra por palabra:
—Si todavía hay quien cree que no nos amamos, le sugiero ir con el subdirector Wilson a pedir una copia del video de “Como el amor se hunde al oeste”…
y que le den directo la última línea.
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