Capítulo 068
A partir del volumen 05, capítulo 06 en adelante — Aviso Importante:
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Capítulo 368
68 – Respuesta
La última línea de la obra “Como el amor se hunde al oeste”, dirigida por Noa, no necesitaba explicación alguna.
Roswitha la recordaba demasiado bien.
Ella siempre pensó que fue solo una frase improvisada por León para darle dramatismo al final de la obra. Una declaración fingida, de esas que se sueltan por el show, y que se olvidan al salir del escenario.
Pero no esperaba que él la mencionara otra vez ahora.
Eso… ¿no significaba que quizás no fue tan improvisada?
¿Que tal vez el maldito hombre perro sí dijo algo que tenía guardado muy dentro?
Difícil de decir. Muy difícil de decir, ah.
Roswitha sonreía con los labios apretados, los brazos cruzados, y dijo en tono de “te pesco y te suelto”:
—¿Qué frase? No recuerdo nada.
León parpadeó, sorprendido:
—¿Ya con doscientos años y con pérdida de memoria?
—¡Tsss! —Roswitha chasqueó la lengua, molesta—.
—Lo que quiero decir es que eran muchas líneas, ¿cómo voy a acordarme de todas?
—Pero justo la última es imposible de olvidar.
—Pues yo no me acuerdo, ¿y qué?
Roswitha usó su clásica carta de “aunque no tenga razón, te peleo igual”.
Y lo peor era que León no tenía cómo ganarle.
No es que no pudiera refutarle. Es que…
Cuando la madre dragona se pone irracional, tiene esa vibra de chica adolescente mimada.
Y eso, en ella, es rarísimo. Así que León lo apreciaba como un tesoro.
—Bueno, si no te acuerdas, pues no te acuerdas —respondió con un encogimiento de hombros, rascándose la nariz y volteando la cara.
Roswitha frunció el ceño, fastidiada, y le pegó con el hombro.
—¿Te vas a morir si la repites?
Lo único que quería, era que él le dijera de nuevo esas tres palabras.
Porque todos sabían perfectamente cuál fue la “última línea”.
Pero no bastaba con insinuarla. Había que repetirla palabra por palabra.
Roswitha lo miraba expectante.
Pensaba que, si el perro ya había lanzado el primer “bola rápida al corazón”, uno más no le costaría nada, ¿verdad?
¿Sí? ¿Sí? ¿Verdad?
—No voy a decirla —dijo León, terco como un burro.
La reina frunció los labios, molesta:
—¿Y por qué no?
León se quedó callado, esquivando la mirada.
Pero Roswitha sabía que algo tenía que haber.
Y no era por orgullo o por hacerse el fuerte.
Podía ver que León sí quería decirle algo, pero por alguna “razón” había decidido callárselo.
—¿Te da pena?
Roswitha se inclinó un poco hacia él:
—¿Qué te da pena? Aquí solo estamos tú y yo. Lo que digas, solo yo lo voy a oír.
Su tono se volvió mucho más suave.
La Reina Plateada rara vez hablaba con esa delicadeza.
Pero con tal de escuchar otra vez esas tres palabras de su parte…
Bueno, hacerle un poquito de mimos no le costaba nada~
León negó con la cabeza:
—No es pena. En ese momento había cientos de dragones viéndome y no me dio pena.
Ahora, menos.
—¿Entonces por qué no la dices?
—Porque… ¡porque…!
—¿Hmm?
León bajó la mirada, jugueteando con los dedos:
—Porque desde que terminó la obra hasta hoy ya ha pasado una semana…
y tú no me diste ninguna respuesta.
Al oír eso, Roswitha se quedó en blanco.
Jamás pensó que ese fuera el motivo.
Y, honestamente, hasta pudo notar una pizca de tristeza en la voz del gran cazador de dragones.
Este hombre, que siempre iba de rudo, en realidad tenía una sensibilidad asombrosa.
Roswitha bajó los ojos y colocó su mano sobre la de él. Luego, lentamente, le habló:
—Yo… no es que no quisiera responderte.
Es que pensé que solo era una línea de guion.
No sabía que eso…
Sus mejillas empezaron a sonrojarse.
—…que eso era lo que de verdad querías decirme.
León se encogió de hombros, sin decir nada.
Roswitha alzó la vista y lo miró de perfil, con cierta nostalgia.
Sus ojos plateados temblaban un poco.
Y después de un instante de duda, apoyó la mano en su hombro, se inclinó y se acercó.
Su pecho, suave y cálido, envolvió el brazo fuerte de León.
Roswitha acercó sus labios a su oído, respirando de forma suave y cálida, y con una voz baja, sensual y electrizante, susurró:
—León Casmod… te amo.
Fue un susurro íntimo, provocador, que le erizó hasta el alma.
Y sin dejarle reaccionar, Roswitha lo besó suavemente en la mejilla.
Luego, le sostuvo la barbilla, giró su rostro hacia ella, y mirándolo directo a los ojos, le dijo con voz suave:
—¿Eso te sirve como respuesta?
Se miraron.
Respiraban el mismo aire.
Podían escuchar claramente el ritmo acelerado del corazón del otro.
Un “te amo” así, tan directo, era demasiado para dos personas tan orgullosas y cabezotas como ellos.
Pero cuando los sentimientos explotan,
¿qué puede ser más claro que esas tres palabras?
León no supo qué decir. Y ni siquiera Roswitha estaba segura de cómo seguir.
Ellos dos… nunca habían vivido algo así.
Y cuanto más pensaban en ello, más se daban cuenta de que ser bocones les quedaba mejor.
Tras un largo silencio, León suspiró:
—No cuenta.
Roswitha alzó una ceja:
—¿Cómo que no cuenta?
—Esa respuesta… no vale.
¿Perdón?
¿Este maldito perro ahora se estaba pasando de listo?
Roswitha le tiró de la oreja al instante:
—¿Cómo que no cuenta? ¡A ver, dime!
—¡Agh! ¡Suelta, suelta!
—¡Primero dame una explicación decente y tal vez lo piense!
¡Rápido! ¿Por qué no vale? ¿¡Con qué derecho dices eso!?
¡Maldita sea!
Una ha vivido más de dos siglos y jamás le había dicho “te amo” a ningún hombre.
Pensó que al menos se iba a desmayar de la emoción.
¡¿Y ahora viene este prisionero y se le sube a la cabeza?!
Hoy no hay paz, Casmod. ¡O das una buena razón, o no salís vivo!
—¡Porque… porque yo lo dije frente a un montón de gente!
¡Y tú me lo dices cuando estamos solo los dos!
¡No es lo mismo!
—¡Tú…!
Roswitha abrió la boca, lista para contraatacar…
Pero no supo qué decir.
Porque… tenía sentido.
Lo que León decía… era verdad.
Decirlo en público tenía otro impacto.
—¿Entonces qué quieres que haga? ¿Reunir a mis doncellas y a toda la guardia para repetírtelo delante de todos?
León sonrió mostrando los dientes:
—Me parece perfecto.
Roswitha le empujó la frente con cara de fastidio:
—Vete a la mierda. Con que lo escuches una vez ya deberías sentirte afortunado.
¡Recuerda: solo una vez!
—¿Ah? ¿Solo una vez?
Roswitha asintió con firmeza:
—Sí. No habrá segunda.
—¿Y si la hay?
Roswitha se encogió de hombros:
—¿Y qué se supone que haga?
León parpadeó, confundido.
No entendía bien qué quería decir.
Pero en el siguiente segundo, Roswitha lo agarró del cuello de la camisa y lo atrajo hasta que sus narices casi se rozaban.
—Si hay una segunda vez…
tú también vas a tener que responderme igual que yo a ti. ¿Entendido?
¡Uff, qué jefa, qué poderosa, qué presidenta sexy!
Pero el General León no caía en ese tipo de juegos.
Agarró la muñeca de Roswitha, la empujó con suavidad y, con un movimiento fluido, la acorraló contra el cabecero de la cama.
—No entiendo, Su Majestad.
¿Me lo podrías explicar… de otra forma?
Su aliento rozaba el cuello de Roswitha,
el deseo comenzaba a encenderse como una llama creciente…