Capítulo 077
A partir del volumen 05, capítulo 06 en adelante — Aviso Importante:
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Capítulo 377
77 – ¿Tampoco sabes eso, senpai?
—¡Auuuh~!
Con un aullido de dolor, una silueta blanca se soltó de las manos de Anton.
Lo único que quedó en sus dedos fue un puñado de pelaje arrancado de la cola del animal.
El orgulloso joven dragón se levantó con calma, dejó que los pelos se esparcieran al viento y se sacudió las manos con indiferencia.
—Anton, ya empezó la prueba de campo. ¿Por qué sigues tan distraído?
Yuna se acercó con el ceño fruncido.
—Las zorros de nieve del Ártico son muy difíciles de encontrar. Si logramos atraparla, ¡nuestra puntuación se dispararía!
Anton se limpió los restos de pelo con una palmadita y respondió sin mucho interés:
—Difícil o no, sigue siendo una especie peligrosa de nivel B. Capturar bichos así no tiene nada de reto.
—¡Tú…!
Yuna ya no sabía qué hacer con este tipo. Ni siquiera sabía cómo regañarlo ya.
Por suerte, los otros dos miembros del equipo se acercaron a calmar las aguas.
—No pasa nada, Yuna. Solo era un zorro. Seguro encontraremos otro —dijo una chica llamada Diane, buena amiga de Yuna.
El otro chico se colgó del hombro de Anton con confianza.
—Con el talento de mi hermano aquí presente, cazar un zorrito es pan comido. Que se escape no importa nada.
Se llamaba Raymond. Tenía pinta de rudo, pero en el fondo se notaba que era un tipo atento y con tacto.
Noa se quedó mirando en silencio toda la escena.
Esta era ya como la quinta vez que los “senpai” se peleaban desde que aterrizaron.
Parecía que este tipo de discusiones eran casi parte del paisaje.
Pero como Noa era una incorporación temporal al equipo, lo único que le importaba ahora era hacer lo que Yuna senpai había dicho: capturar especies peligrosas que subieran la puntuación.
No quería ver al “senpai engreído” dándose aires de sobrado.
Helena, viendo que su mejor amiga se estaba frustrando, se le acercó y le susurró:
—No te preocupes, los grandulones siempre se hacen los tontos antes de ponerse serios.
Noa asintió sin decir nada.
Y mientras los demás seguían hablando, Anton no tardó en soltar otra queja:
—Bah, igual que el año pasado. Nada nuevo. ¿No pueden hacer algo distinto por una vez?
—¿Y qué más quieres? Este año tienes a Noa y Helena en el equipo. No empieces con tus dramas —le dijo Yuna.
Anton echó un vistazo a las dos niñas, bufó con desdén y murmuró:
—Ya lo dije antes de venir, solo van a ser un estorbo.
—¿¡Y en qué momento han sido un estorbo!? Anton, ¿a tu edad Noa ya había pasado la prueba de ingreso? —Yuna no se quedó callada. Siempre defendía a su pequeña favorita.
Pero subestimó la cara dura de Anton.
Él simplemente se encogió de hombros con indiferencia.
—¿Y qué? Ellas quisieron venir. Si están aquí, se las trata como a todos.
Si no están preparadas, que se vuelvan con los profes. Nadie va a decir nada.
—¡Anton, tú—!
—Senpai tiene razón.
La que habló fue Noa. Su voz era fría y seria.
—Ya estamos aquí, así que no hay razón para retrasar la prueba por nuestra culpa.
Trátennos como a todos.
Lo que hagan ustedes, lo haremos nosotras.
Su mejor amiga no se quedó atrás.
—¡Exacto! El próximo año ya vamos a entrar al Departamento Juvenil, ¡así que no nos subestimen!
Yuna se quedó un segundo en silencio, sorprendida.
Luego, una sonrisa orgullosa apareció en su rostro.
Diane incluso les aplaudió.
—¡Bien dicho, pequeñas! ¡Son geniales~!
Solo Anton seguía con cara de desdén.
—Hablar bonito es fácil. Ya quiero verlas cuando se aparezca una especie peligrosa de rango A. Van a salir corriendo chillando como gatitos.
Nadie le hizo caso.
Con el mal momento superado, el grupo retomó el camino para continuar con la evaluación.
Pero lo que no esperaban era que el zorro ártico que Anton dejó escapar iba a ser el único bicho que verían en dos horas enteras.
La prueba era simple: el equipo que capturara las especies más raras y poderosas ganaba más puntos.
Y si alguien lograba matar una criatura de nivel súper peligroso, automáticamente se ganaba el premio anual y una medalla entregada por el propio director.
Quienes recibían ese honor, tenían garantizado un futuro brillante.
Pero…
la realidad era otra.
Llevaban dos horas y no habían visto ni un solo monstruo.
—¿Qué pasa aquí? Se supone que en esta zona hay un montón de especies salvajes, ¿por qué no aparece ninguna? —Anton estaba confundido.
Yuna aprovechó para burlarse:
—Seguro sintieron la «presencia poderosa» de nuestro gran guerrero dragón Anton y todas se escondieron.
—Pff, qué mujer más fastidiosa.
—Y tú, qué ególatra más insoportable.
A estos chicos en plena adolescencia les encantaba pelearse.
(Aunque… ¿por qué una cierta pareja de dragones plateados que lleva cinco años de casados también hace lo mismo…?
Misterios de la vida.)
Después de otro par de frases sarcásticas, el equipo volvió a quedarse sin ideas para buscar especies salvajes.
En eso, Noa notó algo raro en la muñeca de Yuna.
El brazalete que siempre llevaba, hecho con materiales rarísimos, estaba emitiendo un ligero resplandor.
Noa entrecerró los ojos y señaló.
—Senpai, ¿tu brazalete está brillando?
Todos se voltearon a mirar.
Yuna también bajó la vista.
—¡Guau! ¡Sí está brillando! —exclamó Diane, con los ojos como estrellas.
—¡Ese es el brazalete que te regaló el tío Odín! ¡Y encima brilla~!
Yuna parpadeó, confundida.
—Pero mi papá nunca me dijo que esto brillara…
—¿No será un juguete barato del mercado? —se burló Anton.
—¡Ay! —gritó al instante.
Yuna le había pisado el pie con fuerza.
Luego levantó la mano y apuntó el brazalete al cielo.
Pensaba que era solo el reflejo del sol o algo, pero no.
Definitivamente era el brazalete el que emitía luz.
No muy brillante, pero pulsaba cada dos segundos, con una regularidad marcada.
—Yuna, ¿tu papá nunca te dijo de dónde sacó ese brazalete? —preguntó Diane.
—No. Solo dijo que lo había conseguido en un viaje largo.
Estuvo muchos años sin volver a casa, y cuando regresó me lo dio.
En el clan todos decían que andaba haciendo algo muy importante, pero él nunca habló de lo que hizo en todo ese tiempo.
Noa, al escuchar eso, pensó en su mamá.
Un día, notó que llevaba un colgante nuevo.
Resultó que era un “regalo de bodas atrasado” de su bisabuela, que también había desaparecido por mucho tiempo y reapareció de la nada para entregárselo.
La pequeña dragona se rascó la cabeza.
¿No se parecía demasiado esa historia a la de Yuna?
Mientras Noa meditaba, Yuna gritó de pronto:
—¡Ey! ¡La frecuencia del brillo está cambiando!
Empezó a caminar de un lado a otro, cambiando de posición.
Y el ritmo de la luz se hacía más rápido o más lento.
Como si quisiera decirles algo…
¿Una señal?
¿Una coordenada?
Yuna corrió unos metros en una dirección.
El brazalete empezó a parpadear más rápido.
Claramente, cuanto más se acercaba a “algo”, más rápido brillaba.
Los demás la siguieron.
Anton fue el primero en proponer:
—Entonces sigamos la dirección del brazalete, ¿no? A lo mejor encontramos algo interesante.
—¿Y si no hay nada? ¿Si es una pérdida de tiempo? —dudó Diane.
Anton se encogió de hombros, mirando a su alrededor.
—¿Y qué? No es como si quedándonos aquí fuéramos a encontrar gran cosa.
Hagamos una votación. ¿Quién quiere seguir el brazalete?
Él fue el primero en alzar la mano.
Luego Raymond.
Después de dudar un poco, Yuna y Diane también levantaron las suyas.
Al ver que Noa y Helena no levantaban la mano, Anton aprovechó para atacar.
—¿Qué pasa, pequeñas? ¿Les dio miedo?
Lo sabía. Niñas. Solo saben hablar. Cuando hay que actuar, se acobardan.
—No, senpai —respondió Noa con el tono más neutro del universo. Igualita a la Reina Plateada.
Se ajustó la mochila, tomó la mano de Helena, y le dijo con toda tranquilidad:
—Como ya todos ustedes votaron, levantar o no la mano no cambia el resultado final.
Senpai, ¿ni eso sabes deducir?
Lógica básica.
—¡Pfff! —Yuna no pudo contenerse.
Diane se tapó la boca, aguantando la risa.
Raymond se reía a carcajadas mientras le daba palmaditas a su “bro”.
—¡Te dejó sin palabras, bro! ¡Te lo dijo una niña de cinco!
Anton tenía la cara dura…
Pero eso solo le servía con gente de su edad.
Que una cría de cinco años lo dejara mudo con lógica pura, le dolió en el alma.
Se le enrojecieron las mejillas, aunque logró mantener la compostura.
Avanzó a grandes pasos, sin mirar atrás, y dijo:
—¡Vamos ya!
No puedo esperar a ver la cara que pones cuando te pongas a llorar, enana.