Capítulo 094
A partir del volumen 05, capítulo 06 en adelante — Aviso Importante:
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Capítulo 94: Todo puede ser un fetiche
El resplandor púrpura de la marca de dragón se mezclaba con la luz cálida del candelabro de cristal en el techo.
Detrás del fino dosel translúcido, dos cuerpos se entrelazaban con una intimidad ambigua.
Una larga cola plateada, seductora y flexible como una serpiente venenosa, se deslizaba y se enroscaba sin cesar sobre su presa.
Isa tenía razón: estar en un hotel realmente se sentía distinto a hacerlo en casa.
El ambiente era tranquilo, sin necesidad de preocuparse por molestar a otros.
Aunque armaran un escándalo, nadie vendría a interrumpirlos.
Y el entorno extraño, totalmente ajeno, activaba ese instinto natural de alerta en cualquier criatura.
Eso los obligaba a estar más concentrados, y les permitía disfrutar y captar con mayor detalle cada caricia y reacción del otro.
Roswitha estaba boca abajo, con un cojín bajo el pecho, sintiendo el cosquilleo embriagador de los besos que bajaban por su espalda, justo donde comenzaba su cintura.
Sus ojos plateados se nublaban de placer, la marca de dragón palpitaba en resonancia.
En su mirada flotaban ondas de corazones, como si estuviera borracha de deseo.
—León… desgraciado…
Después de tantos años casados, conocían de memoria cada punto sensible del otro.
Y la cintura de Roswitha…
era un botón.
Un botón que la hacía derretirse al instante.
Solo con rozarla, la Reina Dragón perdía toda fuerza y se volvía incapaz de resistirse.
Le llamaba “desgraciado” con la boca…
Pero en su corazón solo quería que no parara.
Ay, las mujeres.
Dicen una cosa, pero quieren otra.
Y en la cama, más aún.
León le sostenía la cola con la rodilla.
Solo la punta seguía pataleando con terquedad, tratando inútilmente de escapar.
Deslizó la mano y acarició la marca de dragón en su cintura.
A medida que presionaba con los dedos, el brillo aumentaba.
—Dime, Su Majestad… ¿cuánta energía mágica acumulaste todo este tiempo?
—I-idiota… ¡por supuesto que la llené toda!
—¿Toda?
—¡Obvio!
¿Quién se pone a hablar de magia en medio del “trabajo”?!
Este idiota…
Pero Roswitha, aun entre suspiros, le respondió con esfuerzo:
—Desde el principio… ese era el plan… por eso, claro que la acumulé toda.
—No, Su Majestad. Yo creo que…
Se inclinó sobre su delicada espalda, y susurró junto a su oído:
—…todavía no estás llena.
Los ojos de Roswitha se abrieron de golpe.
De repente entendió sus intenciones.
—¿Qué estás pensando? ¡No, no hagas e—Agh… desgraciado… pervertido…
—Entonces, Su Majestad… déjame ayudarte a “llenarte”.
Apretando con fuerza los bordes de la almohada, el rostro de Roswitha se tiñó completamente de rojo.
—Siempre… siempre con esas frases de novela…
¿¡No puedes simplemente hacer las cosas sin… ey, para—!
Un alarido, digno de un Rey Dragón, cortó sus palabras de raíz.
Y bueno, tampoco le molestaba.
Si no había un poco de violencia, sentía que faltaba algo.
Simplemente no se sentía completo.
León la sujetó del cuello con firmeza, mirándola desde arriba.
—Melkweiss… dilo. Dime que quieres algo más rudo.
—No… yo no voy a decir eso…
Quererlo lo quiere. Pero decirlo… nah.
¿Cómo ganarle a esta Reina con orgullo de sobra?
—Dilo. Si no, hasta aquí llegamos por hoy.
—Hmph, pues hasta aquí. Me da igual.
—Roswitha, vamos… dime lo que sientes de verdad.
Sé que te encantaría que fuera más salvaje contigo, ¿cierto?…
Pequeña dragoncita caliente.
Ups.
Llamarla “dragoncita caliente” era…
bueno, un insulto, claramente.
Y si no estuvieran “haciendo tarea”, ni con cien vidas León se atrevería a decir algo así.
Pero en su “deporte matrimonial”, las palabrotas se habían convertido en parte del juego.
“Dragoncita ardiente”, “prisionera inútil”, “reina pervertida”…
Como dice el dicho:
Todo puede ser un fetiche —Fragmento de La indecente vida conyugal de cierta pareja de dragones plateados.
—Qué aburrido~… Tan aburrido —farfulló la Reina, ya acorralada en la esquina de la cama, sin escape.
—¿Eso es todo? ¿León, de verdad puedes?
El general León, que justo estaba en plena acción, se quedó congelado.
—¿¡Qué significa eso de “si puedo o no”?!
¿Acaso tu cuerpo y… y eso de ahí no saben la respuesta?
Roswitha se giró lentamente y lo abrazó por el cuello con sus brazos largos y suaves.
Sus ojos brillaban como la luna, y una sonrisa traviesa curvaba sus labios.
—Piensa bien lo que dije, tonto.
—»¿Si puedo o no?”… No hay otra forma de entender eso, ¿no?
Aprovechando que León se detuvo, Roswitha se sentó despacio y lo miró directamente a los ojos.
Después bajó la mirada…
Y luego la alzó de nuevo.
Una mirada que lo decía todo.
—¿Quieres que te explique lo que significa «hasta el fondo»…?
¿Eh? Pequeeeño… leeeoncito.
Los ojos de León se movieron un poco.
Hasta el fondo…
Hasta el fo—
¡Ding!
¡Ah! ¡A eso te referías!
—Hmph, tú misma lo dijiste.
Yo solo estaba usando… un tercio de mi poder.
Roswitha alzó una ceja.
—Uy, amor, ¿ahora resulta que lo tuyo viene con porcentajes? ¿Sabes medirlo o qué?
—No es cálculo. Es medida real. Literalmente un tercio.
—……
Un segundo en blanco.
Luego lo entendió.
Resulta que no era la única con la mente sucia.
Tal cual dice el refrán:
Dos cochinos no pueden dormir en camas distintas.
—Muy bien, muy bien…
Ahora sí va “hasta el fondo”.
Roswitha sonreía mientras acariciaba su mejilla con el pulgar.
—Enséñame pues…
Todo ese fuego que traes, leoncit— ¡Ah!
Este perro, como siempre, atacando justo cuando una empieza a hablar…
Tras ese breve diálogo, comenzó una nueva ronda intensa.
Y cuando se llega a ese punto, ya nadie se acuerda de si era un tercio, dos tercios, o qué.
Como pensaba Roswitha hace un momento:
Lo importante es disfrutarlo.
La cama se sacudía suavemente.
Las luces temblaban con cada movimiento.
Sombras entrelazadas.
Gemidos dulces y sonidos ambiguos llenaban la habitación.
……
A la madrugada, la pareja yacía abrazada, disfrutando del calor del otro.
La cola plateada de Roswitha colgaba flácida al borde de la cama.
Estaba acurrucada en los brazos de León, con las pestañas plateadas cubriéndole los ojos.
Sus mejillas aún estaban enrojecidas, su expresión totalmente exhausta.
Abrazarse sin palabras ya era su costumbre.
Ese momento de silencio…
les servía para sacudirse la vergüenza.
¿Vergüenza de qué?
De que, incluso después de cinco años de convivencia,
aún sentían que estar con alguien de otra especie…
era un poco tabú.
Claro, ese “tabú” también era parte de lo que encendía su vida conyugal.
En esos instantes, solo se abrazaban.
Sin bromas, sin orgullo, sin discusiones.
Solo escuchaban el latido y la respiración del otro.
Después de un buen rato, León apartó el flequillo de su frente y le besó suavemente entre las cejas.
—Buen trabajo.
Ella no respondió.
Solo enterró la cabeza en su pecho, y lo abrazó aún más fuerte.