Capítulo 097
A partir del volumen 05, capítulo 06 en adelante — Aviso Importante:
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97 ¡Maldita sea, quiere salir!
La puerta del cuarto se abrió, seguida por unos pasitos sigilosos.
No pasó mucho antes de que una motita de pelo rosado se asomara furtivamente por el marco, dejando ver solo un par de ojazos que espiaban el interior.
Noa salió del espacio mental y abrió los ojos lentamente, girando la cabeza hacia la puerta.
—¿Lucecita? ¿Qué haces ahí escondida?
Al ver que su hermana mayor la había notado, Lucecita decidió no seguir ocultándose. Entró con una sonrisa traviesa en la cara.
—¡Buenos días, hermana! ¿Qué haces?
Ignoró por completo la pregunta de Noa, entrando a dominar la conversación como si nada.
—Leyendo.
Porque claro, no iba a decirle que estaba tomando clases de historia con un fósil de hace decenas de miles de años, ¿no?
Lucecita echó un vistazo al escritorio frente a Noa.
Sí, había un libro allí.
Pero estaba cerrado, sin ninguna señal de haberse tocado en días.
Según sus observaciones, ese mismo libro llevaba al menos una semana en el escritorio.
Y con la velocidad de lectura de su hermana, un libro de ese grosor no le tomaba más de tres días.
Así que… lo de “leyendo” era claramente una excusa. Noa estaba haciendo otra cosa.
¿Tendrá que ver con las cosas raras que ha hecho últimamente?
Aurora Lucecita aún no se había olvidado de eso.
Después de pensarlo un momento, decidió ejecutar el plan maestro que había estado preparando durante varios días: su nuevo “Operativo Caza-Fantasmas”.
—¿Dónde está Moon? —preguntó Noa.
—Oh, está jugando con papá en el patio trasero.
Noa asintió apenas y no preguntó más. Volvió la mirada al libro y lo abrió para fingir que leía.
Lucecita tenía razón: ese libro era solo un decorado. Noa ya lo había terminado hace rato, pero simplemente olvidó cambiarlo.
Y sin saberlo, ese descuido fue justo lo que la delató.
Mientras Noa pasaba páginas sin prestarles atención, escuchó el ruido de una silla arrastrándose.
Miró hacia un lado y vio que Lucecita estaba empujando una silla más grande que ella para acercarse a su lado. Luego se trepó con esfuerzo.
—¿Y tú qué haces, Lucecita?
—¡A estudiar contigo! ¿No me diste varios libros para el próximo semestre? Pues voy a adelantar lectura.
—Oh… vale.
Noa no sospechó nada y volvió a su falsa lectura.
Lucecita sacó uno de los libros que su hermana le había preparado y lo hojeó por su cuenta.
Pero sus grandes ojitos rosados no paraban de lanzar miradas furtivas a Noa.
Pasado un rato, decidió que era hora de pasar a la acción.
¡Plop!
El libro se le cayó al suelo.
Y ella misma fingió caerse de la silla, dando tumbos.
Noa se apresuró a sostenerla del hombro, preocupada.
—¿Estás bien, Lucecita? ¿Te golpeaste?
Pero Lucecita se quedó recostada en el pecho de su hermana, frunciendo el ceño, cubriéndose una sien con una mano y con una expresión de dolor agudo.
—¡Ahh!… Duele… ¡me siento fatal!
—¿Dónde te duele? ¿La cintura? ¿Te caíste mal?
—¡No! ¡No salgas! ¡No salgas!
Noa estaba a punto de revisarla cuando escuchó esa extraña frase.
Se quedó desconcertada.
¿Cómo que “no salgas”?
—¿Lucecita?
—¡Hermana… ahh! ¡Aléjate! ¡No puedo controlarlo! ¡Mi segunda personalidad… quiere salir!
—¿¿Qué??
—¡¡Va a salir!! ¡¡Va a salir!!
Lucecita pataleó un par de veces, agitó la colita y luego… colapsó dramáticamente en los brazos de Noa.
—¡Lucecita! —gritó Noa, alarmada, sacudiéndola—. ¡Oye, no me asustes! ¡Voy a buscar a—!
—¡JAJAJAJAJAJA! —se oyó una risa explosiva.
Antes de que Noa pudiera terminar la frase, Lucecita dio un salto acrobático desde su regazo, estilo “carpa fuera del agua”.
Se plantó con los brazos en jarras, una sonrisa de oreja a oreja, y una expresión de “caíste redondita” escrita en la cara.
Noa estaba más confundida que nunca.
¿Esto qué era, una penitencia de “verdad o reto”?
—¿Lu… Lucecita? —preguntó, insegura.
—¡Yo no soy Lucecita! Aurora ya se fue a dormir. ¡Este cuerpo me pertenece ahora!
“…”
Esa frase…
¿Por qué le sonaba tan familiar?
¿No era igualita a lo que decía el viejo dragón en su mente?
—No digas tonterías, Lucecita.
—¿Quién dice tonterías?
Lucecita posó como toda una heroína shonen, levantando el brazo y flexionando su (inexistente) bíceps.
—¡Yo soy la personalidad oculta de Aurora! A diferencia de la débil ella, ¡yo soy fuerte! ¡Llena de power!
Pero ese numerito no convenció a Noa.
Con cara seria, estiró la mano y le tocó la frente.
—No tienes fiebre… ¿entonces por qué estás diciendo disparates?
Lucecita sacudió la cabeza para quitarse la mano de encima.
—¡Ya te lo dije! ¡Soy la segunda personalidad de Aurora! ¡¿No es genial?!
Noa se cruzó de brazos, imperturbable.
—Ajá. ¿Y cómo te llamas?
Lucecita se trabó.
—¿Cómo que cómo me llamo?
—Dijiste que eras distinta de Aurora, ¿no? Entonces deberías tener tu propio nombre.
—Emmm…
—¿Qué pasa? ¿No tienes uno?
—¡Claro que sí! ¡Me llamo… me llamo…!
El cerebro de Lucecita trabajaba a mil por hora.
¡Maldita sea, ¿por qué mi hermana se enfoca en estas cosas raras?!
Pero si no inventaba algo pronto, no podría seguir con el plan.
Después de pensarlo al vuelo, tartamudeó:
—¡Mi nombre es… Sh-Shikari! ¡Sí, Shikari!
—Oh, vaya. ¿Tiene nombre y todo? —dijo Noa con tono neutro.
—¿Y tú?
—¿Yo qué?
—¡No te hagas! ¡Si todos tenemos una segunda personalidad, entonces también puedo sentir la tuya, Noa K. Melkvei! ¡Deja que salga la tuya también, que quiero conocerla!
Tch.
¿Lucecita tenía una contusión?
¿O esto era… pura chifladura estilo anime?
Aunque… según mamá, solo personas como papá sufrían este tipo de ataques de chuunibyou sin importar la edad.
¿Será que…?
¿Yo heredé de papá su necesidad de sobresalir?
¿Moon heredó el talento?
¿Y Lucecita… su fase edgy?
—No tengo una segunda personalidad, Lucecita. Y deja de bromear con eso.
Noa ya estaba convencida de que solo la estaba fastidiando.
—¡No estoy bromeando! ¡Vamos, que salga! ¡Ya quiero conocer a tu otro yo!
Noa suspiró profundamente.
Ya entendía.
Esto no era una fase chuunibyou, ni un golpe en la cabeza.
Lucecita todavía no había superado lo del “exorcismo” de hace unos días.
Debí imaginarlo, pensó Noa.
Moon era la ingenua… pero Lucecita no es nada fácil de engañar.
Aunque tampoco podía contarle la verdad.
Si lo hacía, la anciana en su conciencia no se lo perdonaría.
Así que…
A Noa se le ocurrió una idea.
—…Vaya, ya que me descubriste, supongo que no tiene sentido seguir ocultándolo —dijo muy seria, como si de verdad se rindiera.
Lucecita se le iluminó la cara.
¡Lo sabía!
¡Sabía que era cierto!
Aun así, se hizo la cool.
—Muy bien, ¿cómo se llama?
—Noa.
—¡No te estoy preguntando a ti! ¡Te pregunto por el nombre de tu segunda personalidad!
—Sí. Noa.
—…No. Tu… segunda… personalidad.
—Yup. Noa.
—¡¿Pero cómo va a llamarse igual que tú?!
Noa se encogió de hombros.
—Si no me crees, pues no me creas.
Yo te dije la verdad. Si tú no me crees, no es mi culpa.
Lucecita estaba a punto de volverse loca.
¡Justo cuando tenía una pista buena, su hermana se salía del guion!
Y encima con esa cara seria, tan parecida a la de mamá…
Lucecita empezó a sospechar que todo había sido una trampa desde el principio.
Suspiró internamente.
Parece que por hoy se acabó el juego.
—Ay… los momentos con libertad son tan breves.
Ha llegado la hora de despedirme de este mundo libre —dijo, fingiendo dramatismo.
Noa solo la miraba en silencio mientras ella seguía actuando.
—¡Si el cielo no me da vida, mi segunda personalidad vivirá en eterna oscuridad!
¡Adiós, mundo cruel!
Y dicho eso, se dejó caer de espaldas como una actriz de teatro.
Unos segundos después, abrió los ojos, se sobó el pelo y se levantó lentamente.
Miró a su alrededor con expresión confusa, hasta que su mirada se cruzó con la de Noa.
—¿Eh? Hermana, ¿qué pasó? ¿Qué hice?
Noa sonrió:
—Nada importante.
—Oh… entonces me voy al patio a jugar con Moon.
Pero justo cuando iba a salir corriendo, Noa la detuvo:
—Oye, espera.
—¿Qué pasa?
Noa fingió dudar un poco, y dijo:
—En realidad… acabas de despertar tu segunda personalidad.
Lucecita parpadeó, actuando como si no entendiera nada.
—¿Eh? ¿Y eso qué es?
—Ni idea —dijo Noa, tomando su mano—. Pero fue muy aterrador.
Puede ser una enfermedad. Vamos con mamá, tal vez ella sepa curarte.
¿Ir con mamá?
¡No! ¡Ni loca!
Esto era solo un truco para exponer a su hermana, ¡no para terminar en terapia!
Lucecita frenó en seco. Incluso su colita se plantó como freno.
—¡No, no quiero ir con mamá, hermana!
—Pero tu otra personalidad era aterradora. Si se queda mucho tiempo, podrías perder el control…
—Eeehhh… en realidad… estaba fingiendo…
La mayor no parecía estar bromeando, así que Lucecita tuvo que rendirse.
—¿Fingiendo? Mmm… tan convincente.
No se puede fingir eso, Lucecita.
Yo solo quiero ayudarte. Vamos.
—¡No, hermana! ¡Si mamá se entera, va a pensar que soy una niña rara!
Al ver que por fin se asustó, Noa la soltó satisfecha.
—¿Todavía te dan ganas de hacerte la loca para asustarme?
Lucecita negó con la cabeza como si fuera un sonajero.
—¡No, no, no otra vez!
—Hmpf. Entonces anda, vete a jugar.
—¡Gracias por perdonarme, hermana!
Y sin perder un segundo, Lucecita salió corriendo.
Noa sonrió con un pequeño resoplido.
—¿Te salió mal la jugada, eh, chiquita?
Aunque la había engañado esta vez…
¿Con qué vendrá Lucecita la próxima?
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