Capítulo 115
A partir del volumen 05, capítulo 06 en adelante — Aviso Importante:
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115. Mira hacia arriba
A la mañana siguiente, León y Roswitha ya estaban listos para partir. Antes de irse, hicieron una última parada en la habitación de sus hijas.
León abrió la puerta con cuidado. Las tres pequeñas aún dormían profundamente.
La mayor, como siempre, acostada de espaldas; la segunda abrazándola cual koala; y la tercera… mordiendo la cola de la segunda.
Cada una con una postura distinta, pero al menos parecía que estaban en armonía.
León se acercó en silencio, y con cuidado sacó la punta de la cola de Moon de entre los labios de Lucecita, dejándola a un lado.
La pequeña murmuró algo en sueños, y al notar que no tenía nada entre los brazos, extendió las manos medio dormida… y acabó abrazando la muñeca de León.
León se quedó inmóvil por un momento, y luego sonrió con ternura.
Se soltó con suavidad, metió el bracito de la niña bajo la manta, y le acarició esa carita regordeta que aún conservaba un poco de su pancita de bebé.
Tan habladora que era despierta… y tan tranquila que dormía.
Luego León miró hacia un lado.
Roswitha también estaba ayudando a Moon a acomodarse para que no aplastara con brazos y piernas a su hermana mayor.
Pero estaba claro que, dormida o despierta, Moon seguía siendo una fan total de su hermana. No era como Lucecita, que se dejaba mover fácil.
Moon era como un gato que insistía en que sus patas tenían que estar encima, y sin importar cuántas veces Roswitha la reacomodara, ella volvía a enredarse con Noa.
Al final, la madre solo pudo reír con resignación y pellizcarle la naricita con cariño.
—Ay, hija… ¿cuándo dejarás de pegarte tanto a tu hermana?
—Hmm… hermana… huele rico… —murmuró Moon entre sueños, acurrucándose aún más en el cuello de Noa.
León y Roswitha retrocedieron hasta la puerta y miraron una última vez a sus tres tesoros durmiendo.
—Vámonos. Cuanto antes resolvamos esto, antes podremos volver con ellas —dijo León en voz baja.
Roswitha no apartó los ojos de las niñas, pero asintió.
—Sí.
Luego cerraron la puerta con mucho cuidado.
Unos minutos después, un enorme dragón plateado despegó desde el patio del Santuario de Plata y batió sus alas rumbo a lo desconocido.
Sin saber que, en el balcón de la habitación de las hermanas, una silueta pequeña y callada los observaba en secreto, sin apartar la vista hasta que el dragón desapareció en el horizonte.
—
Al atardecer, en un bosque cercano a la frontera del Imperio humano.
Roswitha desactivó su hechizo de invisibilidad y se escondió con León entre las copas de los árboles.
León conocía esa zona como la palma de su mano. Durante sus años en la Academia de Cazadragones, solían hacer pruebas de combate real allí.
También recordaba la distribución de vigilancia imperial. Algunos de esos puntos los había instalado él mismo en sus días como soldado.
Así que sabía bien cómo esquivar a las patrullas, y guiar a Roswitha por rutas seguras.
Agachado sobre una rama, León observaba la entrada a la muralla.
—Con tantas guerras últimamente, el Imperio ha reducido sus patrullas —comentó—. Nos viene bien para infiltrarnos.
—¿Y cómo piensas hacerlo? —preguntó Roswitha.
—Fácil. Cuando pase una caravana de comerciantes, me cuelgo por debajo del carro y cruzamos con ellos.
Una técnica infalible. Pasado, presente o futuro, la seguridad imperial jamás revisa la parte de abajo de los carros.
—Es… un método poco convencional —dijo Roswitha, medio burlona—. Pero sabiendo que es tu idea, todo tiene sentido.
Se acomodaron en el árbol, esperando que pasara una caravana.
Pero ese día no estaban de suerte. Cayó la noche y no apareció ninguna.
León se rascó la sien.
—¿Qué pasa, que ya nadie quiere hacer negocios con el Imperio? ¿O es que todos se hicieron ricos de golpe?
—Hay muchos factores que afectan el comercio: estaciones, movimiento poblacional, frecuencia de guerras… Como dijiste, el Imperio está muy activo militarmente, así que no puede destinar recursos a mantener el comercio exterior.
León la miró sorprendido.
—¿Y por qué nunca me enseñaste nada de esto?
Roswitha le guiñó un ojo con picardía.
—Porque si te enseño mucho, vas a querer esconder dinero sin que me entere.
—…
Lo sabía. El tema del dinero secreto es una trampa para todos los hombres casados.
Pero la verdad es que no es que Roswitha no quisiera enseñarle. Es solo que tenía demasiado conocimiento acumulado en sus cincuenta años como reina, y no podía soltarlo todo de una vez.
Si lo hiciera, la cabeza de León explotaría.
—Entonces… sin caravanas, ¿qué hacemos? —preguntó Roswitha.
—Esperar una oportunidad —dijo León, serio.
Roswitha lo miró con los ojos entrecerrados.
—O sea, que en realidad no tienes idea de cómo entrar, ¿verdad?
—¡Oye, no es como si el Imperio fuera tu casa, que entras cuando se te da la gana!
Y tenía razón. Por más relajados que fueran los guardias, seguía siendo el país más poderoso del mundo humano. No eran idiotas.
Las veces anteriores que León logró colarse, hubo un poco de suerte.
La primera vez que escapó del Imperio, lo hizo a la fuerza junto a su maestra y Rebeca.
Así que si esta vez la diosa Fortuna no estaba de su lado, tendría que esperar pacientemente.
León suspiró para sí mismo, deseando que la oportunidad llegara pronto.
Iba a decirle algo a Roswitha para pasar el rato, pero cuando volteó… ya no estaba a su lado.
Se incorporó y miró alrededor.
La encontró de pie sobre el tronco, observando los alrededores como si buscara algo.
—¿Qué estás mirando? —preguntó curioso.
—Una cosa. Ha pasado tanto tiempo, que no sé si ese árbol sigue en pie.
Eso aumentó aún más su curiosidad. León se acercó a su lado y siguió la dirección de su mirada.
Pero todo eran árboles enormes, iguales entre sí. No veía nada especial.
—¿Qué árbol?
—El árbol en el que te humillé salvajemente frente al Imperio al que jurabas lealtad.
León: …
Demasiadas imágenes en su cabeza. Aunque no quería recordar, las escenas de ramas crujiendo y hojas temblando aparecieron como una película en su mente.
—Majestad, qué nostalgia tan… perturbadora —murmuró entre dientes.
Roswitha soltó un “hm” desdeñosa y siguió buscando su “árbol del trauma”.
Hasta que de pronto, lo señaló con alegría:
—¡Oh, lo encontré! Mira, ese de ahí. ¿Lo ves?
León, por supuesto, no recordaba cuál era. En ese momento solo quería que la tierra se lo tragara.
Así que apenas le echó un vistazo y murmuró:
—No se ve diferente a los otros. Seguro estás señalando al azar.
—¡Que no! Ven, vamos a verlo de cerca.
Roswitha desplegó sus alas y lo llevó volando hasta la copa de aquel árbol.
Una vez arriba, aterrizaron sobre una rama alta. Roswitha pisó el tronco y este crujió con familiaridad.
—¿Te suena ese sonido, León? —preguntó con una sonrisa.
—…Estamos por ir a la guerra, querida. No me hagas revivir esos traumas.
Y luego agregó:
—Además, ¿cómo supiste que era este árbol?
—Fácil.
Roswitha avanzó un paso, alzó el brazo y señaló hacia el Imperio.
—Este es el mejor punto para observar el Imperio. Lo elegí justamente por eso, para que tuvieras una buena vista mientras te hacía sufrir.
—Qué generosa Su Majestad… —murmuró León, con cara de querer tirarse del árbol.
Estaban a punto de seguir discutiendo cuando algo le vino a la mente a León.
Levantó la mano para pedir silencio y se agachó, mirando hacia abajo con atención.
—¿Qué pasa? —susurró Roswitha.
—Esta zona está dentro del área de patrullaje de las tropas cazadragones.
León explicó:
—¿Recuerdas que después de aquella… sesión, nos topamos con un escuadrón? Su capitán me dio una bengala de emergencia, por si tenía problemas.
Roswitha lo pensó. Sí, algo así había pasado.
Así que ese árbol sí estaba dentro del territorio de vigilancia.
—Volvamos al sitio de antes. Era más seguro —dijo León.
—Vale.
Por más bromas y juegos, lo importante era la misión.
Pero justo cuando iban a moverse, se escucharon pasos debajo del árbol.
Ambos se agacharon al instante, conteniendo la respiración para no hacer caer ni una hoja.
—Uff, qué cansado. ¿Cuándo termina esta ronda?
—Ya casi. Dos kilómetros más y volvemos.
—¿Dos kilómetros más? Qué horror. Ser soldado del Imperio es trabajar por una moneda haciendo el trabajo de dos.
Arriba, León y Roswitha se miraron.
—Definitivamente patrulleros. Cuidado —susurró él.
Roswitha asintió.
—¿Cuándo se acabará esta miseria? Tú también hacías estas cosas cuando estabas en el ejército cazadragones, ¿verdad, Walker?
—Al principio estaba en el frente. Pero luego llegó un príncipe que quería “ganarse méritos” y me sacaron para ponerme aquí, en patrullas.
Walker habló con algo de resignación, aunque también un poco de rabia.
Pero enseguida cambió el tema. Ya no valía la pena revivir esos recuerdos amargos.
—¿Por un tipo con contactos te sacaron? Malditos nobles, todos iguales —dijo su compañera—. No te preocupes, Walker. Cuando derroquemos a ese maldito emperador, estas cosas no volverán a pasar.
—Sí… sigamos caminando —dijo él, queriendo evitar seguir con eso.
—Hemos caminado tanto… ¿No sería mejor meter a otro como infiltrado y que nos reemplace?
—En Lionheart somos pocos, y cada uno tiene su tarea. Tú haz bien la tuya. Recoge toda la basura del Imperio que puedas, así será más fácil derrocar al emperador más adelante.
—Hablas como si fuera fácil… ¿Tú crees que voy a vivir para ver caer a ese malnacido?
—La veterana Rebeca dijo que ese día está cerca. Además…
—Ese hombre… ya casi ha vuelto.
Lo que Walker no sabía, era que ese hombre estaba justo ahora encima de su cabeza.