Capítulo 127
A partir del volumen 05, capítulo 06 en adelante — Aviso Importante:
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127 – Dos panes con queso derretido
Will no se consideraba un ladrón.
Nunca le robaba a la gente común. Solo a los ricos. Especialmente a esos nobles y ricachones que venían a pasear por el distrito medio.
Así que, según él, su comportamiento tenía un nombre muy claro:
Robar a los ricos para dárselo a los pobres.
Bueno, en realidad, robarle a otros ricos… para dárselo a sí mismo.
Como esa parejita que acababa de ver abrazándose a plena luz del día, mostrando amor como si nadie los viera. Con solo verlos, Will sabía que venían del distrito alto. Quizá incluso eran parte de la nobleza imperial.
Aunque iban vestidos como cualquier persona, su forma de hablar y moverse los delataba por completo.
Después de diez años en el distrito medio, Will ya tenía un olfato especial para detectar a los ricos.
Y esta vez, su instinto no falló: el “Robin Hood” Will volvió a robarle al objetivo correcto.
Gracias a su dominio del mapa urbano, logró dejar atrás a esos dos tontos con facilidad.
Y justo antes de perderlos de vista, escuchó al tipo gritar algo como “¡rayo!” o “¡torbellino!”…
“Tch… qué infantil.”
—Ya pasé la edad del síndrome del adolescente con delirios de superpoderes, ¿y él no?
Así calificó Will al tipo que acababa de caerse de cabeza entre un montón de cajas.
Una vez que se aseguró de que ya no lo seguían, se metió a un callejón, sacó la billetera robada y la abrió.
Los montones de monedas doradas casi lo deslumbran.
—¡Demonios, con esta cantidad, ni trabajando veinte años como bodeguero junto al puerto lo conseguiría!
Will se rio con satisfacción.
—Lo sabía, esta sí que fue una buena víctima. ¡Esto seguro es dinero sucio de esos parásitos de la realeza!
Iba a esconder su “donación forzada” cuando de pronto se acordó de algo:
Un hombre misterioso le había dicho hacía poco:
“Chico, ¿quieres entrar a la Hermandad del León? Haz algo grande. Que valga la pena. Que sea tu carta de entrada.”
Will lo entendía. La carta de entrada. Lo mismo hacían las pandillas cuando era más joven: si querías entrar, tenías que hacer algo grande. Algo que probara tu valor.
Y la Hermandad del León… esa sí que era una leyenda.
Una organización revolucionaria fundada por el mismísimo León Kasmode, antiguo cazador de dragones del Imperio. Se decía que todos los que se unían eran personas valientes, que se rebelaban contra el destino.
Claro, el Imperio los tachaba de traidores, insurgentes y criminales… pero el pueblo sabía perfectamente quién era el verdadero villano.
Will llevaba tiempo queriendo entrar. Había intentado ganarse la confianza de un viejo mendigo llamado Nacho, que se rumoreaba era uno de sus miembros.
Pero Nacho siempre se hacía el loco y lo evadía.
Esta vez, sin embargo…
Will miró la billetera.
—Ahora sí tengo una carta de entrada digna. ¡A ver cómo te me escapas esta vez, Nacho!
Justo cuando estaba por guardar su botín, escuchó una voz encima de su cabeza:
—Oye, niño. ¿Ya miraste suficiente? Si ya acabaste, ¿me puedes devolver la billetera?
Will se sobresaltó y alzó la vista.
¡Era el mismo tipo de antes! El tonto de la pareja. Estaba de pie sobre una muralla baja, mirándolo con los brazos cruzados y una sonrisa despreocupada.
Will retrocedió un paso y tragó saliva.
—¿Qué diablos…? ¿Cómo llegó tan rápido?
El problema no era solo la velocidad… ¡es que ni siquiera lo sintió llegar! Eso era lo verdaderamente alarmante para un ladrón experto como él.
—Heh… si la quieres, ¡ven por ella!
Will dio media vuelta para huir.
Pero apenas dio un paso… se topó con una mujer.
Cabello oscuro, mirada afilada, postura imponente.
No decía nada, pero sus ojos plateados brillaban con una presión increíble.
Will tragó saliva otra vez. Dio media vuelta y corrió por otro lado.
La mujer caminó despacio tras él, taconeando con calma:
—Este chico, ¿no entiende que ya no tiene salida?
León bajó del muro, se paró junto a ella, y miraron juntos cómo el ladrón corría sin rumbo.
—¿Seguimos con la competencia? Porque siento que esta la gano yo —dijo León.
—No te muerdas la lengua de tanto hablar. Yo lo encontré primero. Si no fuera por dejarte jugar, ya lo habría atrapado.
—Ja, eso ya veremos. ¡Vamos!
Ambos se separaron y tomaron rutas distintas, rodeando al ladrón por caminos alternos.
Will, por su parte, seguía corriendo como alma que lleva el diablo.
—¡Maldición! Los subestimé. Seguro estos tipos vienen del ejército o algo… ¡Imposible que corran tan rápido sin entrenamiento!
Pensando así, aceleró el paso. Pero no iba a tener suerte esta vez.
Unos minutos después, se metió en un callejón.
Pensó que, por fin, los había dejado atrás… hasta que una voz familiar lo detuvo.
—¿Ya no vas a correr?
León apareció al final del callejón, bloqueando su salida.
Will giró sobre sus talones. Pero la mujer también estaba detrás de él, bloqueando el otro extremo.
Pan, queso, pan. Sandwich de Will.
Will miró a un lado y a otro, luego se arrimó contra la pared, como intentando fundirse con ella.
Pero no sabía que esos dos… no necesitaban ataques sorpresa para atraparlo.
Se acercaron caminando. Se pararon juntos frente a él, y luego se giraron a mirarlo.
—Parece que gané yo —dijo ella.
—Ni en sueños. Gané yo.
—¿Piedra, papel o tijeras?
—¿Crees que me asusta? ¡Vamos!
Y en ese momento… Will se quedó estupefacto.
¿¡Quién demonios juega piedra, papel o tijeras después de atrapar a un ladrón!?
¿¡Qué son, humanos o monstruos!?
Aprovechando que estaban distraídos, Will echó un vistazo a la salida del callejón… y vio una silueta conocida.
—¡Nacho! ¡Nachooo!
Will corrió como alma que lleva el diablo, con la billetera en la mano.
Nacho solo estaba paseando por el distrito, recopilando información, cuando escuchó su nombre… y de inmediato le dieron ganas de enterrarse.
¿Este idiota todavía no me deja en paz?
—¡Nacho! ¡Mira! ¡Mira esto! ¡Le robé esto a un noble! ¡Es mi carta de entrada para la Hermandad del León!
Nacho bajó la mirada y vio la billetera. Parpadeó.
…¿Por qué le parecía tan familiar?
—Ese noble, ¿dónde está?
—¡Allá! ¡Esos dos de allá!
León y Roswitha ya se habían acercado. Al verlos, Nacho se quedó congelado.
León lo reconoció. Roswitha también. Todos se miraron.
Silencio.
Hasta que Will, como buen metepatas, lo arruinó.
—¿Y ahora qué? ¿Se quedaron sin palabras? ¿Se asustaron?
—Will… por favor, cállate.
—¿Qué pasa? Ah, ya entendí, ¿no? ¡Es secreto! ¡No se puede hablar del grupo en público!
Will bajó la voz y les hizo una seña.
—Pero estos dos ya saben nuestra identidad… así que deberíamos…
Hizo un gesto de cortarle el cuello a los esposos.
Nacho se cubrió la cara con la mano.
—Te lo ruego. En serio. Cállate.
—¿Qué? ¿Qué hice?
Nacho suspiró, y luego señaló a León:
—Él no es de la realeza.
Will se quedó helado.
—Entonces… ¿él es…?
Una gran mano llena de cicatrices se posó en su hombro.
Un escalofrío recorrió la espalda de Will.
—Yo soy León Kasmode. ¿Podrías devolverme mi billetera?