Capítulo 128
A partir del volumen 05, capítulo 06 en adelante — Aviso Importante:
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Capítulo 128: ¡Soy más listo que un mono!
León recibió la billetera de manos de Will.
Al alzar la vista, el “gran ladrón” de hace apenas diez minutos ya no tenía nada de altanero.
Tenía los labios pálidos, el sudor corriéndole por la frente, y aun con el pantalón flojo, se le notaban las piernas temblando.
Y era normal. Al fin y al cabo, un ladrón experto que había soñado toda su vida con entrar a la Hermandad del León… jamás se imaginaría que un día terminaría robándole al mismísimo jefe de esa organización.
León lo miró de arriba abajo. Se notaba joven. Así que le preguntó:
—¿Cuántos años tienes?
—Die… dieciocho…
—La verdad. —intervino Nacho con voz seria.
Will se corrigió de inmediato:
—¡Diecisiete! ¡En dos meses cumplo dieciocho!
—¿Y no deberías estar estudiando a esa edad? ¿Por qué andas robando?
—¡Hermano, mi profesión no es “ladrón”! —Will se puso muy serio.
León arqueó una ceja, luego bajó la vista hacia su billetera recién recuperada.
—Entonces, si no eres ladrón… ¿qué eres?
—¡Un forajido justiciero! ¡Ayyy! ¡Eso duele!
Nacho le había dado un coscorrón en la nuca.
—Mocoso. Lo que no leíste en libros te lo inventaste para excusarte.
Will se sobó la cabeza con una sonrisa nerviosa.
—Está bien, está bien. La verdad es que mi papá sí me consiguió un trabajo decente hace poco. Lo de “forajido” es más bien un… eh… ¡ay ay ay sí sí, soy ladrón! ¡Pero solo es un trabajo de medio tiempo!
Nacho se burló con una risa, y levantó la pierna como para patearlo, pero Will fue lo bastante ágil como para esquivarlo.
León también rió. Nunca había oído de alguien que se dedicara al robo como si fuera un “part time job”.
Ese tipo de gente solo existía en ciertos cómics raros.
En el día eran oficinistas hartos de sus jefes, y en la noche se convertían en héroes enmascarados… o en súper villanos con ínfulas de justicieros.
Ahora, un ladrón a medio tiempo… eso sí era nuevo.
—Si con el trabajo a medio tiempo ya robas así de bien, seguro en tu trabajo real eres un genio, ¿eh? —bromeó León.
Will se rascó la nariz, algo presumido:
—Bah, tampoco tanto, hermano. Soy vigilante nocturno en un almacén.
Antes de que León pudiera comentar al respecto, Nacho se adelantó con tono sarcástico:
—Poner a este idiota a cuidar un almacén es como mandar a un mono a vigilar un huerto de duraznos.
—Eh, Nacho, eso ya es pasarse.
—¿Y cómo se debería decir, entonces?
—¡Pues que soy más listo que un mono!
Nacho solo pudo cubrirse el rostro con una mano. Este niño era justo la clase de dolor de cabeza que no quería ver metido en la Hermandad del León. No era solo por su edad: era su impulsividad, su forma de pensar medio torcida, su exceso de energía…
Aun así, últimamente Nacho había estado investigando a Will. Se confirmó que era un chico común, nacido y criado en el Imperio. Su familia venía del distrito bajo, y gracias al esfuerzo de su padre habían logrado subir al distrito medio, donde pusieron un pequeño negocio.
Pero en el Imperio todos sabían cómo funcionaban las cosas: podías ganar un poquito, pero el Imperio siempre ganaba más.
Y los primeros en ser exprimidos… eran precisamente los que no tenían respaldo ni conexiones.
Así que, si nos guiamos por eso, Will cumplía perfectamente el perfil para unirse a la Hermandad.
Solo que… este tipo era demasiado entusiasta.
—¿Qué clase de almacén contrataría a alguien como tú para vigilar? ¿No saben ya todos que eres un ladrón?
—¡Los locales sí lo saben, pero los de afuera no! Ese almacén no fue construido por el distrito medio, lo armó la familia imperial usando un terreno de aquí, como cosa “provisional”.
Will hizo una pausa, y luego su tono se volvió molesto.
—¡Y no veas cómo me hierve la sangre! Nos quitaron terreno del distrito y encima nos pagan la mitad de la renta. Y eso que lo venden como “una honra ser utilizados por el Imperio”. ¡Ja! ¡Mentira! Algún día les voy a prender fuego a ese almacén…
Palabras clave localizadas por León y Roswitha: Imperio, distrito medio, almacén provisional.
Ambos se miraron de reojo. No necesitaban hablar para entenderse.
—¿Y qué guardan en ese almacén? —preguntó León.
—Esto. —Will sacó de su bolsillo un farol de papel ya doblado.
Como en el Festival de los Mil Faroles se necesitaban montones, los faroles habían sido diseñados para plegarse fácilmente.
Solo bastaba estirarlos por los lados y ya estaban listos para usar.
—Vaya… el mono sí se metió al huerto. —murmuró Nacho—. Seguro no te llevaste solo uno, ¿verdad?
—¡Te juro que sí, Nacho!
—¿Ah sí?
—… Está bien, fueron cinco.
—¿Y?
—… Diez o más. ¡Pero hay tantos en ese almacén que nadie lo va a notar!
Will se encogió de hombros.
—Quería robar unos cuantos para venderlos. Considera que es como el alquiler que nos deben.
—Sí, claro. Qué buena imaginación tienes.
—¿A que sí, Nacho?
—Anda, hazte a un lado.
—Oookay…
Will se hizo a un costado, bajando la cabeza.
Nacho se acercó a León, y le habló en voz baja:
—Supongo que estás pensando lo mismo que yo.
León observó a Will desde la distancia. El joven pateaba piedritas como si no tuviera nada mejor que hacer.
—Ayer, después de que me mencionaste a Will, le pregunté a Rebeca. Me dijo que su historial era difícil de rastrear. Me preocupa que, si lo metemos en el plan, no aguante la presión y nos traicione. —León fue honesto.
No es que Will le cayera mal. De hecho, hasta le parecía simpático. Pero la situación era demasiado seria como para decidir algo por instinto.
—No creo que se dé la vuelta. —dijo Nacho—. Aunque fue difícil encontrar información, ya logré revisar sus antecedentes. Salvo por la edad y su impulsividad, es perfecto para nosotros.
León se quedó pensativo.
—Entonces, ¿lo usamos?
—Es la forma más rápida de acceder a los faroles.
León asintió y comenzó a dar órdenes:
—Esta noche lleva a unos cuantos. No muchos, por si se complica y salimos perdiendo.
—Entendido.
—Y lleva suficientes piedras de grabación. No hace falta sacar los faroles del almacén. Podemos colocar las piedras en su interior y camuflarlas con magia ilusoria. Ahorramos tiempo y esfuerzo.
—¿Y el total de faroles?
—Haz un recuento de los otros que tenemos. Nuestro objetivo es cubrir toda la capital imperial.
—Voy.
Nacho dio media vuelta y se fue hacia Will.
Tras hablar un momento con él, Will pegó un grito de emoción y dio un salto de tres metros.
—¡Gracias, Nacho!
Y luego se volvió hacia León, agitándole el brazo:
—¡Gracias a ti también, León! ¡Gracias por darme esta oportunidad!
—Ya, muévete. —Nacho lo empujó hacia la salida del callejón.
—¿León no viene con nosotros?
—¿Tú has visto a un jefe meterse al campo a hacer el trabajo?
—Oh, cierto, cierto.
Ambos se alejaron entre la multitud.
Roswitha miró de reojo a León, sonriendo.
—La verdad, pensé que ibas a encargarte tú mismo.
—Tú me enseñaste que un líder no tiene por qué hacerlo todo.
—Pero también debe…
—…estar dispuesto a asumir toda la culpa si el plan falla. —León la interrumpió con una sonrisa.
—Mira tú, qué memoria tan buena.
Un buen líder no compite con los suyos por el mérito.
Como con este caso del almacén.
León solo hace los planes. Quienes los ejecutan son los miembros de la Hermandad.
Si todo sale bien, el crédito es para todos.
Y si sale mal, León nunca les echaría la culpa.
Como dijo antes… ese es el peso que lleva un líder.
Y Roswitha, como siempre, estaría allí para cargarlo con él.
—¿Y ahora? ¿Qué hacemos? —preguntó ella.
—Vamos. Quiero pasar a ver a la profesora Caroline y a los niños.
—
Hogar de Bienestar Casmod
Niños y monjas estaban moviendo dos enormes cajas de faroles de papel hasta la entrada.
—¡Buen trabajo, chicos! Hoy cenamos carne estofada~
—¡¡Yaaaaay!!
—¡La profesora Caroline es la mejor!
Todos se lanzaron hacia el comedor a celebrar la única cena de carne del año.
Caroline se giró hacia León, que esperaba en la puerta.
—Estos son los faroles que usted encargó. Trabajamos sin parar para terminar tantos.
—Gracias, profesora Caroline. Ha sido un gran esfuerzo.
Ella lo miró un instante, ese hombre disfrazado que en realidad era alguien muy conocido para ella.
Aunque solo fuera un segundo, ese momento fue suficiente para alegrarla.
No sabía qué pensaba hacer León.
Pero como dijo Sharon, “Si León ha vuelto… entonces hay esperanza.”
—¡Profesora Caroline!
La voz de Sharon interrumpió sus pensamientos.
La joven monja llegó corriendo con un farol en las manos.
—¡Terminé el último farol! ¡Por favor, acéptelo, seño… señor!
Era un farol ya desplegado.
En los bordes estaban escritos, uno por uno, los nombres de todos los niños y maestras del hogar Casmod. Estaba tan lleno que ya no cabían más.
Pero en la parte más visible, arriba del todo, había una sola línea reservada para un único nombre:
León Casmod.
—¿Este farol es…?
—¡Es muy especial, señor! —dijo Sharon emocionada—. Todos escribimos nuestros nombres. ¡Y el de arriba… ese fue…!
Estaba tan nerviosa que se trabó al hablar.
León también había notado ese nombre escrito solo en la cima.
Por la caligrafía, supo que había sido la profesora Caroline quien lo escribió.
Y en ese momento, algo se encendió en su mente.
¿Acaso… ya me reconocieron?
—Ese hombre es nuestro héroe, señor. —dijo Caroline, poniendo su mano bajo la de Sharon para acercar aún más el farol a León—. Lo fue en el pasado, lo es ahora… y lo será en el futuro.
—Por eso, acepte este farol. Lleva consigo las esperanzas de todos en el hogar Casmod.
León ya no tenía dudas.
Pero este no era el momento para reencontrarse.
No con tanta gente cerca. Ya llegaría el día para abrazarse como es debido.
León miró ese farol lleno de nombres. Le temblaban un poco las pupilas.
Pasaron unos segundos.
Y finalmente, extendió las manos y lo recibió con solemnidad.
—Lo entiendo. Gracias, profesora Caroline. Gracias, Sharon.
—De nada, señor.
Después de una pausa, Caroline añadió con una sonrisa suave pero voz firme:
—Buena suerte en batalla.
Ella era monja.
Y como tal, casi nunca decía esa frase.
Solo una persona había sido motivo suficiente para que Caroline la pronunciara siempre al despedirse.
Ese niño se llamaba León. Y fue el mejor alumno que Caroline tuvo en toda su vida.