Capítulo 129
A partir del volumen 05, capítulo 06 en adelante — Aviso Importante:
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Capítulo 129 – ¡La mejor pistolera del Imperio!
A altas horas de la madrugada, Nacho regresó a la Hermandad del León con su equipo.
Y con Will pisándole los talones.
Por la sonrisota de ese ladrón justiciero, se notaba que todo había salido bien.
—Walker, llévate a este mocoso para que se vaya familiarizando con el lugar.
—Entendido.
Walker se marchó junto con Will, que iba más curioso que niño en juguetería.
Nacho fue directo con León, que estaba frente a un gran mapa de los cinco distritos del Imperio.
—Todo listo —informó—. Colocamos piedras de grabación en todos los faroles del almacén. También conseguimos la ubicación exacta donde se soltarán en el Festival de los Mil Faroles. Están distribuidos en la Ciudad Imperial, el distrito alto y el medio.
—¿Y los distritos bajo y marginal?
Nacho negó con la cabeza.
—Parece que, para la realeza, esos dos no merecen faroles especiales.
León soltó una risita sarcástica.
Ridículo. Pero tratándose del Imperio, era exactamente lo que uno esperaría.
—No importa —dijo—. Con los faroles que reunimos por otras vías, cubriremos también esos distritos.
—Ahora solo hay que esperar al festival, soltar los faroles en los puntos clave… y mostrarle al mundo la verdadera cara del Imperio.
—Martin sigue sin moverse, así que parece que aún no sospechan.
—Lo que más incertidumbre nos causa ahora… es qué hará el Imperio cuando empiece a perder. Cuando una bestia está acorralada, siempre saca su último as bajo la manga.
León ya había hablado de eso con su maestro.
Lo más probable era que recurrieran a bestias híbridas, monstruos alterados o armas prohibidas.
Por eso, en esta operación, León se aseguró de traer refuerzos.
Incluyendo a Roswitha, eran tres los aliados con nivel de Rey Dragón que pelearían junto a la Hermandad.
—No te preocupes. Si ellos tienen ases, nosotros también —dijo León—. Esta guerra se va a pelear con todo, y ya todos están mentalizados.
Nacho asintió. Iba a responder, pero notó algo raro.
En el salón, los miembros estaban eufóricos. Conversaban con emoción, riendo y bromeando.
—¿Y esta gente? ¿No pueden dormir de los nervios o qué?
León sonrió al mirar el ambiente.
—Nervios, sí… pero creo que hay más emoción que otra cosa.
—¿Emoción?
—Ajá.
Una chica de dos coletas se les acercó caminando con calma y le dio una palmadita a Nacho en el brazo.
—Hace media hora, el capitán nos dio una charla antes del combate. ¡Uff! Nos dejó encendidos.
—¿Tan exagerado fue…?
Como noble criado en la realeza, Nacho no creía mucho en esas cosas.
Sabía que las arengas de guerra no eran más que una forma de lavar el cerebro a los soldados para que se mataran sin cuestionar.
—Pues sí lo fue —dijo Rebeca—. Cuando estábamos en el Ejército de Caza Dragones, siempre nos hablaba antes de una batalla. Que no tuviéramos miedo, que enfrentáramos el terror, que lo venciéramos con el corazón… ¡y blablablá!
—Sí, algo cursi, pero nos funcionaba.
—Y esta vez… fue aún mejor. Al escucharlo hablar, no sentí que lo dijera como capitán. Lo sentí como… un verdadero líder.
Al oírla, Nacho volvió a mirar a León.
Y por un segundo, entendió por qué jamás le había podido ganar en el pasado.
León era alguien que, sin importar la desesperación o la oscuridad, siempre encontraba una chispa de luz… y corría hacia ella con todo lo que tenía.
Y más aún: tenía la capacidad de transmitir esa esperanza a quienes lo seguían.
Por eso incluso alguien tan poderosa como Roswitha estaba dispuesta a acompañarlo sin dudar.
En cambio, el Imperio, aunque tenía muchos soldados, era puro cascarón vacío.
Su ejército se sostenía a base de miedo y manipulación. Eso, tarde o temprano, se volvería en su contra.
El Imperio… jamás podría ganar en lo que a “ganarse el corazón del pueblo” respecta.
—Dile a todos que descansen. Mañana toca la preparación final.
—Sí, capitán.
—Tú también, Nacho. Buen trabajo, ve a dormir.
—Entendido.
Nacho y Rebeca se marcharon. Los demás también se dispersaron hacia sus habitaciones.
León se quedó solo en la mesa del salón, con el enorme mapa extendido.
Las ubicaciones para soltar los faroles ya estaban listas.
Ahora estaba revisando las rutas de escape.
La mejor forma de evitar bajas… es estar preparados para todo.
La noche era fresca. No sabía cuánto tiempo había pasado, pero de pronto una mano blanca y suave se posó en su hombro.
—Ya es tarde. Deberías dormir.
La voz tranquila de Roswitha sonó a su espalda.
—Ya casi —respondió León.
Ella se sentó a su lado y echó un vistazo al mapa. Estaba lleno de marcas, líneas y círculos.
Como líder de los Dragones Plateados, Roswitha también sabía un par de cosas sobre estrategia y táctica militar.
Notó enseguida que León estaba estancado con las rutas de escape.
Pero no dijo nada. Solo observó.
Tras un rato, señaló un punto que aún no tenía línea trazada.
—¿Qué tal si la evacuación desde el distrito medio empieza por aquí? A la izquierda está el río, y más adelante la entrada este al distrito bajo. Si mal no recuerdo, ahí había un vertedero abandonado… perfecto para una emboscada o retirada.
Una sola frase, y León abrió los ojos con brillo.
—Nada mal, Su Majestad.
—Lo que pasa es que tú ya estás medio atontado de tanto desvelo.
Roswitha levantó la barbilla con aire elegante.
—¿Cuántas rutas te faltaban?
—Solo esa.
León dobló el mapa y se puso de pie.
—Vamos, a dormir.
—Ajá.
Roswitha sopló la vela de la mesa. A la luz de la luna que entraba por la torre del reloj, se colgó del brazo de León y juntos se fueron a descansar.
—
Festival de los Mil Faroles. El evento más importante del año en el Imperio.
Esa noche, los cinco distritos, tanto los ricos como los pobres, estaban sumidos en una alegría festiva.
Las calles estaban decoradas con faroles de todos los colores. Había puestos de comida por todas partes, ofreciendo manjares que normalmente no se veían.
Los niños corrían con faroles en la mano, riendo y jugando.
Fuegos artificiales estallaban en el cielo, pintando figuras brillantes en el aire.
Por un momento, todo lo podrido del Imperio quedaba oculto tras una fachada de belleza y felicidad.
En lo alto de un edificio bajo del distrito alto, Rebeca estaba agachada, con unos minishorts ajustados y dos pistolas amarradas en los muslos.
En la espalda llevaba un rifle de francotirador desmontable.
Obviamente, un ADC nunca va solo. León le había asignado dos soportes: Nacho y Martin.
—¡Wooow! Ni en la unidad caza dragones me trataron así. ¡Tengo dos spotters! —dijo la chica loca, emocionada.
Martin y Nacho estaban tirados al borde del techo, cada uno con un visor.
—Guarda la emoción para después del combate —dijo Nacho mientras revisaba la frontera entre el distrito alto y la Ciudad Imperial.
Ahí es donde León daría la señal para iniciar la operación.
—Tú eres la mejor tiradora de la Hermandad, por eso te dio este rol tan importante —agregó—. Si es necesario… eres tú quien tiene que volarle la cabeza a ese emperador de mierda.
—Tranquilo. Cuando practico, siempre pongo la cara del rey Kant en la diana. Me he preparado para este día.
—¡La mejor tiradora del Imperio! —exclamó Martin, animándola.
Rebeca se sobó la nariz con orgullo.
—Je. Pero bajito, bajito. No me gusta presumir…
—Ya basta de charla.
En el visor de Nacho apareció León.
—Prepárense. Esperen su señal.
—¡Entendido!
En la calle, el bullicio seguía.
León caminaba contra la corriente, envuelto en una capa con capucha negra, rumbo al límite entre el distrito alto y la Ciudad Imperial.
Con cada paso, se acercaba un poco más al objetivo por el que llevaba tantos años luchando.
A su alrededor todo era ruido, luces, risas, explosiones de colores.
Finalmente, tras subir las escaleras, se detuvo.
A unos cientos de metros frente a él… estaba la gran puerta de la Ciudad Imperial.
León metió la mano en su capa y sacó un farol de papel.
Era ese farol.
El que tenía escritos los nombres de todos los niños y maestras del hogar Casmod.
—Todas las cuentas… se saldan esta noche.
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