06
A partir del volumen 05, capítulo 06 en adelante — Aviso Importante:
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6 OIO
Leon estaba recostado en el sofá.
Roswitha, de rodillas frente a él.
El resplandor violeta del tatuaje de dragón comenzó a parpadear suavemente,
indicando que la pareja ya estaba entrando en el ritmo.
Leon tenía las mejillas rojas.
Era su primera vez probando esta técnica nueva, y no sabía muy bien cómo reaccionar.
Roswitha también estaba algo nerviosa.
Y como era la primera vez usando una técnica del estilo “sandwich aéreo”, aún no lo dominaba del todo.
Después de varios intentos seguidos, todavía no lograba sujetarlo bien.
“¿Q-Quieres que intentemos otra cosa?” propuso Leon, incómodo.
Pero… ¿una Reina iba a rendirse a la mitad?
¡Ni hablar! Esta noche sí o sí desbloqueaba esta postura!
—No —dijo Roswitha, terca—. ¡Esta vez lo consigo!
Volvió a alzar sus pechos, decidida, y lo intentó una vez más.
Fracaso. Otra vez.
“…¿Será que los tengo muy pequeños?”
Roswitha, con sus orgullosas copas E, empezó a dudar de su hardware.
Mientras ella pensaba cómo mejorar el ángulo,
Leon preguntó con desconfianza:
—Oye… ¿de dónde sacaste esto?
Aunque llevaban cinco años casados, su vida íntima siempre había sido más bien tradicional.
Sí, eran intensos, con movimientos poderosos y noches que duraban hasta el amanecer…
Pero en esencia, seguían métodos bastante clásicos.
La razón era sencilla:
Ambos eran el primer amor del otro.
Sin experiencia previa, todo lo habían aprendido siguiendo sus instintos más básicos.
Así que tampoco es que se les ocurrieran muchas acrobacias.
Lo más extremo que habían hecho era… probar con disfraces.
Pero este repentino “pan gigante con queso fundido” había dejado a Leon medio en shock.
—Ah… lo leí en un libro —respondió Roswitha.
—¿Todo este tiempo que te pasas en la biblioteca hasta medianoche… has estado leyendo ese tipo de cosas?
—¡N-No es lo que piensas! —se defendió ella—. Son novelas románticas… y algunas tienen descripciones así.
Leon sabía que a Roswitha le gustaban las novelas románticas.
Pero… ¿así estaban ahora esas novelas? ¿Tan salvajes?
Uff…
Aunque pensándolo bien…
Entre tantas escenas cursis y repetitivas, meter algo directo, picante y divertido podía ser una buena jugada narrativa.
Lo que le gusta al público, ¡es lo que funciona!
—Me da la sensación de que estos últimos dos años lees más novelas románticas que antes —dijo Leon de pronto.
Roswitha quedó en silencio un momento y luego asintió:
—Sí… he pasado más tiempo leyéndolas desde que estoy contigo.
Leon parpadeó.
Desde que estoy contigo…
O sea, su afición por las novelas había crecido desde que se convirtió en su esposa.
Allí estaba, de rodillas, con su larga cola plateada extendida sobre la alfombra.
Leon miró su rostro refinado y sereno, y de pronto entendió la razón.
Así como habían mantenido una vida íntima sencilla por falta de experiencia,
ella tampoco sabía muy bien cómo ser una buena esposa.
Y para poder llevar bien su relación, había empezado a leer novelas románticas.
Una forma muy… inocente, muy tierna, muy de chica joven.
Y viniendo de la reina de los dragones de plata, hasta tenía cierto encanto.
Después de todo, ¿iba a ir con Isa a preguntarle:
“¡Isa, Isa! ¿Me enseñas cómo se enamora una mujer?”
Isa: “Buen intento, hermanita, llevo soltera como cinco siglos. ¡No tengo idea!”
Leon volvió al presente.
Alargó la mano y acarició con ternura el cabello plateado de Roswitha.
Ella alzó la mirada. Su rostro ruborizado se encontró con los ojos negros de Leon.
Ambos se miraron un rato.
La luz del tatuaje de dragón se volvía cada vez más intensa.
Y de pronto…
—¡Ah! ¡Se levantó! —gritó Roswitha sorprendida.
Sin perder el ritmo, alzó el pecho, encajó perfectamente, y se lanzó al ataque.
Leon quedó en shock un momento, y luego soltó una risa resignada.
¡Esta mujer era imparable!
Y esta vez, el cielo premió su esfuerzo.
¡La Reina tuvo éxito!
Cuando hay pasión de verdad, todo fluye con naturalidad.
Si al principio no funcionaba, no era porque el fuego se hubiese apagado,
sino simplemente porque llevaban días sin hacer deberes, y estaban algo oxidados.
Pero ahora…
Gracias al empeño de Roswitha, el pequeño leoncito despertó de su siesta.
Era una sensación nueva para ambos.
Normalmente, uno se encargaba de empujar, y el otro de sostener.
Pero ahora…
Todo era distinto. Sorprendente.
Ambos tenían el rostro completamente rojo.
Y por la postura, podían verse mucho más claramente que en cualquier otra ocasión.
Roswitha, paso a paso, fue perfeccionando la técnica.
Leon, que al inicio estaba algo tenso, poco a poco se relajó.
Se incorporó un poco,
rodeó con cariño la cabeza de Roswitha y la acercó más.
El aliento cálido de la reina acariciaba su abdomen.
Le hacía cosquillas.
—¿Qué tal…? ¿Te gusta…? —preguntó Roswitha en voz baja.
El flequillo de Leon caía sobre sus ojos,
y su voz se escuchó grave y contenida:
—Mmmh…
—¿Quieres que… vaya más rápido…? ¿O más lento…?
—C-Cualquiera está bien…
—Entonces… dejaré que lo decida mi instinto.
—Ok…
Llevaban cinco años casados. Habían hecho esto miles de veces.
Pero esta escena se sentía como dos adolescentes descubriendo el amor por primera vez.
Roswitha aumentó un poco la velocidad.
Tal como temía Leon, estando herido, la reina tenía todo el control.
Pero por alguna razón, eso no le molestaba.
Tal vez porque la forma era nueva.
Tal vez porque su orgullosa esposa siempre lograba sorprenderlo.
El final se acercaba.
El tatuaje dragón brillaba con fuerza.
Roswitha estaba completamente entregada.
Su cola plateada se enroscaba en la pierna sana de Leon,
su cuerpo blanco se había puesto rojo,
y sus manos se movían con firmeza.
Por momentos, el «cabezón» golpeaba su barbilla.
Leon miraba sus labios entreabiertos, tan suaves, tan jugosos…
Y tenía que contener sus deseos de llevarla más lejos.
Así está bien. Así está bien. No te emociones…
—Roswitha… Ya… creo que deberías parar… Yo…
—No pasa nada… así está bien… aunque salga…
Ella no soltó.
Incluso apretó un poco más.
—Pero… podría ensuciar…
—No importa… no me molesta…
Y bueno…
con esas palabras, Leon ya no tuvo cómo negarse.
Luego de un breve impulso…
el pequeño león, que tanto había aguantado, por fin rugió.
Una ráfaga ardiente salpicó el pecho, cuello y cabello de Roswitha.
A pesar de que en esta ocasión no hubo la conexión física de siempre,
la sensación no fue menos satisfactoria.
Con el poder doble del tatuaje de dragón,
hasta un simple beso podía ser algo inolvidable…
¡imagínate esto!
Ella soltó sus pechos, se recostó un poco hacia atrás,
y dejó que ese calor recorriera su abdomen desnudo.
Disfrutaba. Recordaba.
Un rato después, Roswitha se levantó, cubriéndose tímidamente sus partes íntimas,
con el rostro avergonzado.
—V-Voy a darme un baño…
—Ah… ok…
Cuando se calmó el ambiente y vieron el desastre en el sofá,
ambos sintieron un poco de vergüenza.
Desde el baño llegó el sonido del agua.
No tardó mucho, y Roswitha salió envuelta en una toalla.
Se cruzaron la mirada a unos metros… y ambos apartaron la vista.
Roswitha caminó rápido hasta la cama y se sentó, esperando a que se secara el cabello.
Pasaron unos minutos de silencio.
Leon fue el primero en hablar:
—Roswitha…
—¿Hmm?
—Buen trabajo.
Ella lo miró, parpadeó un momento, y luego sonrió.
—Últimamente dices “buen trabajo” muchas veces. Sobre todo después de… eso.
Leon se sorprendió.
—¿E-En serio?
—Sí.
Roswitha se acomodó un mechón húmedo detrás de la oreja, y lo dijo con seriedad:
—Antes no lo hacías. O al menos, casi nunca.
Desde que nació Lucecita, cada vez que terminamos…
me lo dices. Siempre.
Hizo una pausa.
Y luego, con una sonrisa pícara:
—¿Qué pasa, héroe cazadragones? ¿Ahora sientes compasión por esta pobre dragona?
Leon torció la boca.
—Bah, qué engreída.
Yo sólo… sólo…
—¿Sólo qué?
—¡Sólo que soy educado! ¡Sí! ¡Eso!
Un caballero educado, cortés y con buenos modales.
Roswitha lo fulminó con la mirada.
—Muy bien, señor caballero.
Entonces esta noche duermes en el sofá.
—¿¡Por qué!?
—¿Cómo va a aprovecharse un caballero de una dama, eh?
—¡Pero si eres mi esposa!
—Esposa de mentira.
—¡¡Las esposas de mentira también cuentan!!
Leon no aguantó más.
Se levantó sobre una pierna y, a saltitos, fue hasta la cama.
Roswitha lo miraba con cara de “¿y este pingüino enojado qué quiere?”
Y justo antes de llegar, Leon tropezó y cayó de frente.
Por suerte, Roswitha lo atrapó.
—Estaba fingiendo —dijo Leon.
—Lo sé —respondió ella, cómplice.
Se miraron, y luego soltaron una carcajada.
Entre risas, Roswitha le pinchó la burbuja:
—¡¿Fingiendo qué?! ¡Casi te das un tortazo!
—¡Lo sé, lo sé! Mira cómo estoy, ya ni puedo caminar bien. ¿Me vas a dejar dormir en el sofá así?
—¿Y eso qué tiene que ver?
—Nada. Pero quiero dormir en la cama.
Roswitha soltó una risa preciosa:
—Está bien, está bien, duerme en la cama.
Se metieron juntos bajo las sábanas, apagaron la luz, y se quedaron mirando al techo.
De pronto, Leon recordó que Roswitha había dicho que aprendió esa nueva técnica en novelas románticas.
Entonces…
—Roswitha.
—Hmm.
—¿Cuándo lees más novelas de esas?
Roswitha: ¿?
¡Hombre! ¡Tu nombre debería ser “Codicia”!
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