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A partir del volumen 05, capítulo 06 en adelante — Aviso Importante:
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23. ¡No puedo hacer nada!
En el gran vestíbulo del primer piso, todos los jugadores que ya habían sido “eliminados” se habían reunido para presenciar el enfrentamiento final entre padre e hija.
—¡Vamos, hermana! ¡Tú también, papá, ánimo!
—¡Ánimo, Noa-chan~!
Moon y Helena se ofrecieron voluntariamente como animadoras del grupo.
Lucecita estaba en brazos de la tía Isa, y su colita se movía con tanta emoción que parecía un resorte.
Después de tantas horas de juego, sí, Lucecita se había divertido… pero siempre con esa sensación de que “faltaba algo”. Nada había logrado emocionarla por completo.
Pero ahora sí.
Una batalla final entre la hermana mayor y papá…
¡Este sí que era un espectáculo digno!
Y a diferencia de otros shows que se acaban rápido, el drama “padre amoroso vs hija rebelde” era de los que mejoraban con el tiempo.
Lucecita incluso pensó en pedirle al staff algunas piedras de grabación para poder revivir este épico duelo una y otra vez cuando regresaran a casa.
También pudo notar la emoción en su tía Isa.
—Tía, ¿quién crees que gane? ¿Mi hermana o papá?
—Objetivamente hablando… aunque vinieran cien como tu hermana, no podrían ganarle.
Isa fue honesta al principio, pero luego añadió con una sonrisa:
—Aunque quién sabe. Tal vez tu papá decida hacerle un poco de “aguadito” al asunto.
Lucecita parpadeó con sus enormes ojos brillantes.
—Tía, según tú, aunque papá suelte tanta agua que inunde todo el continente de Samael, ¿ni así ganaría mi hermana?
Isa le tocó la naricita con una risa.
—Ya veremos. Yo también tengo curiosidad de cómo se va a desarrollar este enfrentamiento final.
Roswitha, por su parte, miraba en silencio.
Ella sabía que León iba a dejarse ganar para que su hija ganara.
El problema era… que Noa no era tonta.
Y conociéndola, estaba clarísimo que sabía que no tenía chance contra su papá.
Por eso, para León, esto era una verdadera prueba de actuación.
Tenía que parecer que luchaba en serio. Que lo daba todo. Pero también tenía que soltar la partida con tanta naturalidad… que pareciera una derrota legítima.
Debía lograr ese efecto de: “¡Rayos, lo di todo y aun así… no pude hacer nada!”
Porque ante una diferencia de poder tan grande, solo una derrota bien actuada sería aceptable para una hija tan orgullosa.
Claro, unos minutos antes, en la bodega, la pareja ya había discutido este asunto.
Ambos querían que Noa ganara…
Pero si para lograrlo tenían que actuar de forma tan obvia que la hicieran sentir menos, mejor era jugar con normalidad.
En resumen:
Para León, perder de forma perfecta era más difícil que ganar fácil.
—Tengo que ponerme más serio que cuando enfrenté a aquellos reyes dragón —pensó.
—
En el centro del vestíbulo, padre e hija estaban listos.
El minijuego final: Captura el cascabel.
Reglas sencillas:
Cada uno lleva un cascabel atado a la cintura. Quien consiga arrebatarle el cascabel al otro… gana.
Ambos ya estaban listos en extremos opuestos.
Justo entonces, una voz sonó en la mente de Noa.
—Oye, mocosa.
Era el ancestro, que no hablaba desde hacía rato.
—¿Qué quieres?
El tiempo en el espacio mental fluía diferente, así que Noa podía hablar con calma.
—Sabes que en este tipo de juegos físicos… no tienes ninguna posibilidad contra tu padre, ¿verdad?
—Ajá. Lo sé.
Noa lo dijo sin emoción. Se encogió de hombros.
—¿Y qué quieres que haga? ¿Rendirme? ¿Ponerme a hacerle ojitos para que me regale el premio, la Piedra Negra?
—Suena bastante rápido y efectivo.
El ancestro rió entre dientes.
—Pero sé que no vas a hacer eso.
—Tampoco pensé que el juego terminaría así. No voy a poder cumplir la misión del Cristal Nocturno…
—Si en verdad quieres ganar, entonces no digas cosas tan derrotistas.
La voz del ancestro sonó inusualmente seria.
Sus ojos de dragón blancos reflejaban la pequeña figura de Noa.
—Aunque tu oponente sea mucho más fuerte, aún puedes prepararte bien. No vayas a salir ahí solo a dar manotazos por desesperación.
Noa parpadeó, sorprendida por un instante. Luego respiró hondo y reflexionó.
—Además de la diferencia de fuerza, mi papá tiene muchísima más experiencia en combate. Todo lo que se me ocurre, él ya me lo enseñó o lo vio en la academia. Está todo muy encasillado.
—Exacto. Por eso, improvisa. No te aferres a lo aprendido. Usa la cabeza.
Noa asintió.
—Entendido.
—Y bueno… toca darte un poco de motivación también.
El ancestro la miró con ternura. En sus ojos, la silueta de Noa poco a poco se mezclaba con la de su yo del pasado.
Hace miles de años, muchos le dijeron que era imposible salvar a los dragones.
Pero ella igual eligió ese camino.
Y ahora, viendo a esta pequeña, esa determinación de “aunque me enfrente al mundo, no me detendré” se sentía viva otra vez.
—Aunque esto sea solo un jueguito de cascabeles, esa voluntad tuya de luchar aunque no tengas chances… me llena de orgullo.
—Ve con todo, chiquilla. Sin reservas. Sin arrepentimientos.
Noa soltó un suave “hm”, luego salió del espacio mental.
Y justo entonces, el staff anunció el inicio del juego.
Padre e hija se enfrentaron, separados por unos cinco o seis metros.
Ninguno se movió.
—No puedo creer que te guardaras esa carta —dijo León con una sonrisa.
—¿Sabes? Cuando encontré esta carta, pensé en una sola persona con quien quería usarla.
—¿Quién?
Noa lo miró directo a los ojos.
—Contigo, papá.
León arqueó una ceja, interesado.
—¿No preferías a mamá o a Helena?
—Claro que no. Siempre fuiste tú.
Noa flexionó piernas, espalda y brazos. Posición de ataque total.
—Siempre he querido luchar de verdad contigo.
—Así que, aunque sea un jueguito de cascabeles… voy con todo.
León no entendía por qué su hija decía que “siempre había querido enfrentarlo”, pero verla tan decidida, aun sabiendo lo imposible de la tarea… le llenaba el corazón.
Él también había sido ese niño alguna vez.
Retando a su maestro a peleas imposibles.
Y recibiendo tremendas palizas por ello.
Claro, él no iba a ser tan bruto como su maestro.
—¡Voy, papá!
—Dale.
Y Noa salió disparada directo al cascabel en la cintura de su padre.
Pero esa carga frontal tan obvia… era pan comido para León.
Con solo girar el cuerpo, esquivó el ataque con facilidad.
Y ya que estaba, extendió la mano para agarrar el cascabel de Noa.
Movió rápido, pero no tan rápido.
Debía cuidar que ella no notara que estaba fingiendo.
Noa, por su parte, reaccionó enseguida.
Tras fallar el primer intento, giró el cuerpo y alejó el cascabel al otro lado.
León también falló.
Noa tocó el suelo con la punta del pie y lanzó una segunda ofensiva más agresiva.
Pero por la diferencia de estatura, tenía que saltar si quería alcanzar el de su padre.
Y ese salto era justo el momento más vulnerable.
Lo notó tras fallar la primera vez.
Por eso, esta vez, en lugar de lanzarse sin pensar, optó por desestabilizar el centro de gravedad de León.
Usó su menor estatura para obligarlo a agacharse.
León entendió la táctica. Sonrió.
—Convertiste una desventaja en estrategia. Nada mal, Noa.
—Un maestro muy sabio me dijo…
Mientras atacaba sin pausa.
—…que no me apegue a los métodos aprendidos, que use la cabeza.
Y, en algún rincón de su mente, el “maestro sabio” chasqueó la lengua de orgullo.
—Entonces, prueba esto —dijo León.
Y de pronto, la tomó del cuello de la camisa y la levantó.
Así de fácil.
Eso era lo que significaba la “diferencia absoluta de poder”.
Si León usaba en serio su fuerza y tamaño, ninguna táctica le duraba.
—Entonces… perdón, pero me quedo con tu cascabel.
Estiró la mano hacia su cintura.
Noa pataleó. No tenía suelo. No podía usar fuerza.
Y su papá ya estaba por quitárselo.
En ese momento, Noa apretó los labios y usó su cuerpo como péndulo, generando impulso.
Luego, con precisión, usó la cola para enroscarse en el brazo de su padre y girar el cuerpo.
León se sorprendió.
—¡Vaya! No sabía que eras tan ágil.
—¡Y eso que no has visto todo!
Noa usó su cola como palanca, giró como en una barra fija y terminó montada sobre los hombros de su padre.
Como en los viejos tiempos. Como cuando jugaban al “jinete dragón”.
—Papá, me convierto en dragonera.
—¿¡Qué!?
Ahora estaba sobre sus hombros, montada como si fuera a cabalgar.
—Pero así, tan arriba, ¿cómo vas a agarrar el mío?
León sostenía sus piernas con cuidado para que no cayera.
Entonces Noa sonrió.
—Así —dijo.
Y de pronto, se dejó caer hacia atrás.
Con los pies enganchados bajo sus brazos, hizo un puente invertido y colgó de su espalda.
Su cabeza colgaba boca abajo, el cabello plateado cayendo como cascada.
¡Y justo sus manitas alcanzaban el cascabel de papá!
—¡Lo tengo!
Sus ojos brillaron.
Pero el viejo León no iba a caer tan fácil.
Agarró sus tobillos y empezó a girar sobre su eje.
El mundo dio vueltas. Noa perdió la puntería.
Tuvo que abortar la misión.
Después de unas vueltas, León se detuvo y la bajó con cuidado.
—Has mejorado bastante desde la última vez.
—Te lo dije. No me iba a contener.
Después de un breve descanso… ¡Noa volvió al ataque!
Y León también se puso en guardia.
Ambos sabían: esta sería la última.
Ya conocían los estilos del otro. Esta era la definitiva.
Noa cambiaba de dirección, saltaba, giraba. Iba a toda velocidad.
Y los “eliminados” miraban, asombrados.
—¿Esa niña… de verdad tiene solo cinco años? —dijo Claudia, impactada.
—Este año cumple seis —respondió Roswitha.
—¡Mamá, Moon también cumple seis! —dijo la pequeña.
Roswitha sonrió y le acarició la cabeza.
—Sí, mi lunita también cumple seis.
Helena, atónita:
—Cuando yo tenía su edad, no podía ni soñar con tener esa precisión… atacar tan limpio, y al mismo tiempo defender con tanta claridad…
—Sabía que era fuerte, pero no imaginé que pudiera pelearle así al mismísimo León.
Todos la elogiaban.
Roswitha se alegraba.
Pero como madre, también sabía mirar más allá.
Sabía cuánto se había esforzado su hija para llegar ahí.
Cuánto sudor había derramado cuando nadie la miraba.
No era solo talento.
Era sacrificio.
—
En el centro del salón, Noa vio una pequeña abertura, saltó directo al cascabel de su padre.
¡Rápida!
León apenas logró esquivarla.
Pero como la vez anterior, ese tipo de ataque frontal dejaba vulnerabilidad.
León pensó en repetir la jugada y atrapar el de ella.
Pero entonces…
¡Sorpresa!
En lugar de ajustar su postura, Noa usó la cola.
Desde un ángulo que León no esperaba, fue directo al cascabel.
León abrió los ojos, sorprendido.
—¡Oh, no…!
¡Ding-ling!
Noa aterrizó.
Sus manos estaban vacías.
Pero en la punta plateada de su cola…
Colgaba un cascabel.