32
A partir del volumen 05, capítulo 06 en adelante — Aviso Importante:
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32 ¿A ti también te pone pelear?
—¿Qué es esto? ¿Una carta de amor?
León le dio vuelta al sobre un par de veces. Salvo por unos versos enredados y figuras retóricas rebuscadas, no parecía contener nada importante.
—Al principio también creímos que era una carta de amor de la reina para ese tal “Señor Sombra” —explicó Nacho—. Que Kant había sido cornudo sin darse cuenta.
—Pero lo raro —continuó— es que registramos todo el Imperio. Interrogamos a todos los ministros cómplices, usamos magia de lectura mental y… nadie tenía información sobre ese tal “Sombra”. Es como si hubiera aparecido de la nada.
León guardó la carta misteriosa.
—La reina no escribiría algo así para alguien que salió de la nada.
—Exacto. Por eso creo que la desaparición de la Reina Elizabeth debe estar relacionada con ese tal “Sombra”. Nuestra siguiente investigación irá en torno a él.
—Entendido. Yo también investigaré sobre él entre los dragones.
Era la primera vez que León escuchaba ese nombre.
Bueno, más que un nombre, parecía un alias. Nadie se llamaría simplemente “Sombra”, ¿no?
Y si tenía vínculos tan estrechos con la Reina Elizabeth, era muy probable que también hubiera participado en la conspiración entre el Imperio y los dragones traidores.
Tal como León había previsto: aunque hubieran acabado con Kant y desenmascarado al Imperio, los problemas aún no se habían ido del todo.
Si quería mantenerse en pie en medio de este mundo en ruinas, no podía bajar la guardia ni un segundo.
Siguió hablando con Nacho un poco más sobre el tema, pero con tan poca información disponible no llegaron a nada.
Así que, al final, el tema regresó a la extraña y absurda negociación que acababan de tener.
Nacho miró el reloj mental.
—Aguanta dos minutos más y ya puedes irte.
León se rió por lo bajo y asintió.
—Sí.
Viendo que su capitán había terminado de hablar en serio, Rebeca se volvió a acercar.
—Oye, jefe, ¿cómo están el viejo y la tía Charlotte?
—Bien, muy bien. Están recuperándose sin problemas.
Días atrás, después de participar en la asamblea de reyes dragón en Ciudad Cielo, León había ido con Claudia a visitar a sus maestros en la tribu marina.
Ambos estaban con buen semblante.
Especialmente el maestro, que desde que recibió la escama pectoral de su esposa ya no sufría de dolores de espalda, ni calambres, ni nada.
Pero igual que le pasó a León, la escama necesitaba nutrirse con magia para mantener el cuerpo en reparación, así que el maestro ahora tampoco podía usar magia.
León no esperaba que sus maestros fueran como él y Roswitha, que se tatuaron runas de dragón para almacenar magia.
Aparte del carácter conservador de la maestra, el cuerpo del maestro… bueno, no estaba ya para esos trotes.
Las runas tendrían que esperar a que estuvieran más recuperados.
De todos modos, no poder usar magia también tenía su lado bueno: el maestro por fin podría disfrutar de una jubilación tranquila después de una vida llena de batallas.
—Ah, qué bien —sonrió Rebeca—. ¿Y no dijo cuándo volvería a visitarnos?
Hizo una pausa, y su tono se volvió algo más bajo.
—¿O es que… ya no va a volver?
Para Rebeca, que había crecido huérfana, el viejo Tiger era como un segundo padre.
Fue él quien la sacó del callejón, la guió en su juventud y la puso en el camino de los cazadores de dragones. Así empezó su leyenda como artillera prodigio.
Sin el viejo, probablemente seguiría peleando por territorio con otros delincuentes en alguna esquina maloliente.
Por eso, después de tanto tiempo sin verlo, lo extrañaba mucho.
—Claro que volverá —dijo León.
Los ojos de Rebeca brillaron.
—¿De verdad?
—Claro. Cuando él y la maestra estén más recuperados, volverán a verlos.
Y no era algo que León dijera solo por consolarla.
Hace unos días, cuando fue a visitarlo, el viejo maestro ya había dejado claro que estaba deseando volver al Imperio.
Pero por salud, aún necesitaba más descanso. Así que, por ahora, tendría que seguir en la tribu marina.
Hay que recordar que incluso León, un tipo duro, estuvo dos años en coma tras ser salvado con la escama de Roswitha…
Bueno, en parte fue culpa suya por usar aquel hechizo maldito.
—¡Genial!
León sonrió, luego miró hacia los dragones que esperaban detrás de él. Se giró y retomó la palabra.
—Ya es hora. Me voy. El resto del proceso lo manejarán otros. De confianza, no te preocupes.
—Entendido.
—Si pasa algo, mándame un mensaje por dragón-cartero.
—Lo haré.
Tras dar esas últimas instrucciones, León asintió y caminó de regreso hacia el lado de los dragones.
Nacho exhaló profundamente con las manos en los bolsillos, mirando su silueta alejarse.
—Tu capitán siempre logra sorprenderme —murmuró.
—Quién sabe cuándo volveremos a verlo —dijo Rebeca, algo melancólica.
Pero Nacho frunció el ceño, más preocupado que nostálgico.
—No creo que tarde mucho.
—¿Por qué lo dices? —preguntó Rebeca.
—No sé… tengo una corazonada. Ese tal “Sombra”… va a darnos problemas. Problemas que no serán menores que los de Kant.
—
Bajo las miradas llenas de esperanza y admiración de los reyes dragón, el tan aclamado “Luz del Pueblo Dragón”, León Casmod, volvió con su bando.
—Todo fue bien. Aceptaron devolver parte de los territorios a los dragones y también aceptaron la compensación de recursos.
—¡Oh! ¡En tan solo unos minutos lograste acordar algo tan importante con los líderes humanos! Príncipe Plateado, no solo eres un gran guerrero, ¡también un maestro de la diplomacia! —exclamó Morgan.
¿No se les ocurrió que el “líder humano” era yo mismo? ¿Cuánto creen que me voy a tardar negociando conmigo?
—Exagera, Morgan-senpai. Solo cumplí con mi papel.
Aunque a veces decía tonterías, Morgan era casi de la misma generación que Odín y un tipo muy fuerte. Llamarlo “senpai” no era descabellado.
Los demás reyes dragón también se acercaron para echarle flores.
Después de todo, desde que León mató a Konstantin, luego a Star, y finalmente se lanzó a salvar el mundo del colapso dimensional, su fama entre los dragones solo había ido en aumento.
Y ahora que tenía tan buena relación con el viejo Odín, los demás no podían hacer otra cosa que tomarlo en serio.
Echarle flores, adularlo un poco, estrechar lazos con la tribu plateada… ¿quién sabe? Capaz y terminaban agarrándose de esa pierna poderosa.
León, sin embargo, no era de los que disfrutaban los halagos.
Aunque mantenía la sonrisa, por dentro ya quería desaparecer.
Fue Roswitha quien finalmente lo rescató.
—Señores, mi esposo lleva días sin dormir preparando esta negociación. Está agotado, tanto física como mentalmente. Les agradecemos su entusiasmo, pero si no les importa, ¿podemos dejar los saludos para otra ocasión?
Dicho esto, la reina se colgó naturalmente del brazo de León, y les dedicó a todos una sonrisa de disculpa perfectamente diplomática.
Los dragones, viendo su gesto, entendieron la señal y se retiraron sin protestar.
Por último, Roswitha miró al viejo Odín, que no había dicho nada, solo observaba a León con atención.
—Gracias también, Odín-senpai, por recomendar a mi esposo como representante en esta negociación.
—No hace falta agradecer —dijo él, bajando la mano que había tenido en alto todo el tiempo—. Las personas capaces merecen el reconocimiento de los demás.
Luego se giró para marcharse, pero antes de avanzar, miró a León por encima del hombro.
—No olvides nuestro acuerdo, Príncipe Plateado.
León asintió.
—No lo olvidaré.
—Bien. Entonces, hasta pronto.
Con esas palabras, una fuerte ráfaga de viento barrió la zona. El Rey Dragón del Trueno desplegó sus alas gigantescas y se transformó en un colosal dragón azul oscuro, liderando a su tribu en el vuelo de regreso.
Las otras tribus también se despidieron y se marcharon una por una.
—¿Tú y Odín tienen un acuerdo? —preguntó Roswitha.
—Sí. Le prometí que, si tengo tiempo, haríamos una pelea amistosa.
—¿Y tú qué ganas con eso?
León se quedó un segundo pensativo. Miró su propia mano derecha.
—Nada en particular. Pero, citando al Rey Dragón Carmesí…
León abrió los dedos, luego cerró el puño con fuerza.
—¡Pelear… es adictivo!
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