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A partir del volumen 05, capítulo 06 en adelante — Aviso Importante:
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34 ¡Cállate, dragona malvada! – El león también da todo contra un conejo
León alzó la vista, instintivamente, hacia el reloj de pared.
Por la ubicación del Santuario de la Dragona Plateada, el amanecer llegaría alrededor de las 4:30, quizá casi las 5:00 a.m.
Y ahora, apenas habían terminado de cenar. Eran solo las ocho de la noche.
De las 8 p.m. hasta las 5 a.m. del día siguiente…
¡¿Por qué una cuenta tan simple hacía doler los riñones con solo pensarlo?!
León tragó saliva sin querer, bajó la vista y volvió a mirar a la belleza en medias negras sobre la cama.
La parte superior de su cuerpo aún estaba cubierta por la sábana.
Pero León ya podía imaginar lo que se escondía debajo.
Y el precio por ver ese paisaje de ensueño… era pelear durante nueve horas seguidas.
Cuando él y Roswitha aún se llevaban mal y se peleaban a cada rato, no era raro terminar hechos polvo después de pasar un día y una noche completos «luchando».
Pero ahora… no es que León se hubiera vuelto débil, sino que aquella rebeldía que sentía contra Roswitha se había esfumado por completo.
Y hay que entender: para un cazador de dragones, la “convicción” lo era todo.
Y después de seis años de matrimonio… bueno, ya no quedaba filo alguno en el alma del general León.
¡Porque esa dragona sí que sabe limarlo todo!
Así que ahora se enfrentaba a una difícil decisión:
¿Dejar ir a la mujer más tentadora del mundo… o apretar los dientes y lanzarse a una batalla de toda la noche?
Mientras León dudaba, Roswitha le lanzó otra bomba irresistible.
Con total calma, sacó algo de debajo de la sábana y se lo colocó en la cabeza…
—¿Orejas… de conejo?
El ojo de León tembló.
Por supuesto que reconoció de inmediato lo que era.
Y en ese momento, supo que lo que había bajo la sábana sería aún mejor de lo que imaginaba.
—Sip~ son orejitas de conejo —respondió Roswitha con voz dulce, mientras jugueteaba con una de las orejas, que se movía con un toque adorable sobre su cabeza.
—Y tú sabes, ¿cierto? Las orejitas nunca vienen solas. Siempre… vienen con cierto tipo de ropa, ¿verdad?
Su voz se volvió baja, seductora, como si un demonio le susurrara al oído.
—Vamos, mi amor. Ya lo adivinaste. Acéptalo de una vez.
—Solo jugar conmigo hasta que salga el sol. Para ti, eso no es nada… ¿o sí?
Mientras hablaba, deslizó sus dedos suaves por el dorso de su mano.
Ese roce leve, cosquilleante, fue directo al corazón de León.
Por más que intentara ocultarlo, los dos tatuajes de dragón en su pecho y brazo ya lo habían delatado… estaban brillando.
—Ya lo vi, están encendidos. Aunque no lo admitas, sé que en el fondo estás deseando…
Roswitha le levantó el mentón y lo atrajo hacia sí.
Lo miró a los ojos, profundamente, viendo su reflejo en sus pupilas oscuras. Sus labios se entreabrieron, y su voz fue un veneno dulce.
—Que me… destroces.
—Vamos, pequeño león. Usa tus colmillos y tus garras… y hazme pedazos.
León lo entendió.
¡Esta dragona estaba pidiendo guerra!
Muy bien, pequeña maldita. Si no te pego un par de mordidas cada día, te me trepas al techo. Si no te hago ver las estrellas, se te suben los humos.
¡Yo, León Casmod, declaro oficialmente inaugurada la temporada 2 de la guerra humano-dragón!
—Perfecto, dragona. No me culpes luego si te trato sin piedad, como si no fueras mi esposa…
Apenas lo dijo, levantó la sábana de un tirón.
Pero en cuanto la sábana voló… se quedó congelado.
Lo que vio no era lo que esperaba.
Ni de cerca.
—¿Una… chaqueta acolchada?
Roswitha estaba acostada, sí. Y llevaba esas medias negras infernales.
Pero en la parte superior del cuerpo… ¡tenía puesta una chaqueta de invierno!
Estaban en otoño, sí, y aunque a veces refrescaba…
¡¿Pero cómo demonios vas a meterte en la cama con una chaqueta de invierno puesta, loca?!
Ella, satisfecha con la cara de incredulidad y derrota de León, sonrió traviesa.
—¿Te gusta mi combinación, amor?
—…¿No te da miedo que te salgan ronchas?
—No me salieron ronchas, pero sí…
Roswitha se sentó despacio, desabrochando poco a poco la chaqueta.
Piel blanca y tersa fue quedando al descubierto, junto a un dragontatuaje que brillaba con un misterioso resplandor púrpura entre sus curvas.
—Sí me salió… un conejito.
Se quitó la chaqueta por completo.
Y debajo, pegado a su figura de escándalo, tenía puesto un traje completo de conejita sexy.
Desde su espalda, la larga cola plateada se deslizó como una serpiente y rodeó la cintura de León.
Él se quedó en blanco.
Ella aprovechó y, de un tirón, lo jaló a la cama.
Después se dejó caer hacia atrás, tumbándose con gracia.
—Te dije que esta noche verías algo que te encantaría. ¿Cómo podría mentirte?
—…Eres una diablilla.
Roswitha rió suavemente, y con un dedo le acarició la mandíbula firme, marcada por los años y las batallas. Ese rostro de guerrero aún lograba hacerle latir el corazón con solo verlo.
—Vamos, mi pequeño león… haz lo que quieras. Hazme lo que quieras.
Lo rodeó con ambos brazos, abrazándolo por el cuello. Sus narices se rozaban, y el aliento cálido de ambos chocaba en el aire entre los dos.
—Solo tengo un requisito. Ya te lo dije… Hasta que salga el sol. No~ puedes~ parar.
León asintió en silencio. Sus manos grandes y fuertes levantaron con suavidad su delgada cintura.
Esa cintura… perfecta, como hecha para encajar en su agarre.
Los dragontatuajes brillaban aún más.
Se besaron bajo la brisa fresca de otoño. Sus labios ardientes se encontraron, sus cuerpos se rozaban, creando un murmullo embriagador.
Para Roswitha, sentir las manos ásperas de León deslizándose por su piel era suficiente para derretirse.
Llevaba mucho esperando esta noche.
Habían pasado demasiadas cosas últimamente. Y aunque de vez en cuando hacían el amor, siempre era con prisas, con cansancio, con preocupaciones encima.
Pero ahora… por fin todo se había calmado.
No sabían qué les traería el futuro.
Pero esta noche, en este instante, solo querían entregarse por completo el uno al otro.
—Nnngh~ ah…
Un gemido exquisito brotó de su garganta. Un escalofrío recorrió su espalda.
Sus ojos de dragona plateada estaban ya nublados por el deseo.
Abrazó fuerte los hombros de su hombre, sintiendo ese ritmo fuerte e implacable.
Tal como había dicho… parecía que él realmente quería destrozarla.
El ritmo, la fuerza… hasta un dragón completo tendría problemas para aguantar algo así.
Pero Roswitha… quería aún más.
—¡No es suficiente… León…! ¿Eso es todo lo que puedes? ¿Eh? ¡¡Te dije que me rompieras!! ¡¡Despedázame!!
Y la respuesta fueron oleadas y oleadas de embestidas aún más profundas.
Su cuerpo se hundía en el colchón, envuelta, presionada, devorada…
Y lo amaba.
Cada centímetro, cada roce… lo recibía con hambre.
Sus ojos se volteaban, su mente se perdía, sus mejillas eran un atardecer ardiente.
Sus gemidos sonaban como cantos de dragona encantada.
Y con ese traje de conejita que había preparado especialmente para esta noche… León no solo estaba al máximo: estaba potenciado con velocidad de ataque y golpes críticos.
Ella había “provocado” a ese león salvaje que llevaba tanto tiempo conteniéndose.
Y ahora ya no tenía escapatoria.
Y no quería escapar.
Lo que ella más deseaba… era ser conquistada.
Ser dominada por el hombre más fuerte de todos.
—Roswitha…
En medio del caos, escuchó vagamente la voz de León.
—¿Hmm…? ¿Qué pasa…?
—Di mi nombre.
Su cerebro, a medio fundir, no lo entendía del todo.
—¿Eh? ¿Qué… qué significa eso?
—Quiero que lo grites… en el momento que cruces el límite.
Fue una orden fría, imponente. De un rey.
Y luego… la devoró por completo otra vez.
—León…
El deseo la consumía. Apenas podía mantenerse cuerda.
—León… León…
La puerta se tambaleaba.
El agua estaba a punto de romper la presa.
—¡León… León! ¡¡Leóoon!!
Y con cada grito de su nombre, el dique reventó.
Y ya no hubo vuelta atrás.