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A partir del volumen 05, capítulo 06 en adelante — Aviso Importante:
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Capítulo 41: Yo voy contigo
Roshwitha se dio unos golpecitos en la cabeza, chasqueó la lengua con fastidio y murmuró con arrepentimiento:
—¿Cómo se me pudo olvidar ese tipo? A diferencia de otros reyes dragón que tienen su propio territorio y súbditos, Adam, ese lobo solitario, es casi imposible de castigar.
León asintió.
—Con tantas victorias seguidas y tantos giros inesperados, es normal que hayamos pasado por alto al más problemático de todos los reyes dragón.
La estructura de la sociedad dracónica se basaba, básicamente, en un sistema tribal encabezado por los reyes dragón.
Cada rey lideraba su tribu, y por lo general, no se metían entre sí. A veces había alianzas o contactos diplomáticos.
En pocas palabras: cada quien en lo suyo, sin molestar al otro.
Pero entre todos los reyes, solo uno era una excepción: el Rey Dragón del Martillo de Guerra, Adam.
No tenía territorio propio, ni una tribu, ni súbditos.
Como Roshwitha había dicho, era un verdadero solitario.
Un dragón… que era su propia tribu.
Por eso mismo, Adam no se tomaba en serio ninguna de las sanciones impuestas en la reunión secreta de los reyes dragón.
¿De qué le servían las multas o la pérdida de territorio?
No tenía nada que perder. Estaba solo en el mundo. Si alguien quería hacerle algo, que lo intentara.
Era el típico caso del que no tiene nada que perder y no le teme a nadie.
—Pero nunca se apareció —comentó León—. Después de la caída del Imperio, seguro volvió a su antiguo oficio de mercenario.
Ese «mercenario» al que se refería Roshwitha era precisamente la ocupación anterior de Adam.
Como no tenía a nadie ni nada que lo atara, nunca temió hacer enemigos. Así que, sin remordimientos ni limitaciones, aceptaba todo tipo de encargos a cambio de una buena paga.
Casi siempre trabajos turbios, cosas que no se pueden decir en voz alta: asesinatos, incendios provocados, infiltraciones, espionaje…
León meditó un momento y luego negó con la cabeza.
—¿Te acuerdas de cuando volvimos de negociar con Nacho y te hablé del tal “Señor Sombra”?
—Sí.
Roshwitha se puso seria, siguiendo el hilo de León.
—¿Crees que Adam tenga algo que ver con ese tal «Sombra»?
—Exacto. Nacho y los suyos todavía no han encontrado a la Reina Elizabeth, que escapó cuando cayó el Imperio. Yo apuesto a que fue a refugiarse con ese tal «Señor Sombra».
León prosiguió:
—Para que una reina, desesperada y sin patria, corra hacia él sin dudarlo, ese tipo debe ser mucho más poderoso e influyente que el títere de Kanter.
—Y si eso es así —añadió—, tenemos motivos para sospechar que el que realmente estuvo moviendo los hilos, manipulando la guerra entre humanos y dragones, no fue Kanter… sino este Sombra.
—Y ahora que la guerra terminó —continuó—, ese Sombra seguramente sigue en las sombras, tratando de lograr sus propios fines. Y su as bajo la manga… podría ser justamente Adam, el rey dragón que nunca se mostró.
Roshwitha ya le había contado a León que Adam, siendo un dragón solitario, tenía una fuerza difícil de medir.
Y en ese oficio de mercenario, si no eras increíblemente fuerte, te mataban al poco tiempo. Los enemigos sobraban.
Así que, si el tal Sombra tenía un objetivo más oculto y siniestro detrás de la guerra, ahora que el Imperio cayó y Kanter desapareció, tenía que poner en juego sus últimas cartas.
Y esa carta… muy probablemente era Adam.
León dobló el papel con los nombres de los reyes dragón y lo guardó.
—Cuando negocié con Nacho, acordamos que investigaríamos a Sombra por separado, tanto los humanos como los dragones. Ahora que hay pistas, tenemos que darnos prisa.
—¿Tan urgente es?
León sonrió, pasó el brazo por los hombros de Roshwitha y la atrajo hacia él. Mientras respiraba el suave aroma de su cabello, dijo:
—¿Sabes qué tipo de enemigo da más miedo?
Roshwitha guardó silencio. Sabía que esa no era una pregunta que necesitara respuesta. Solo tenía que esperar a que León continuara.
—No son los que tienen una meta clara. Los peores son aquellos de los que no sabes qué quieren… pero estás seguro de que lo que buscan no es nada bueno.
Sus dedos acariciaban suavemente la delicada mejilla de Roshwitha, y luego jugueteaban con su cabello mientras seguía hablando:
—Contra enemigos así… no podemos seguir reaccionando tarde.
Roshwitha reflexionó sobre las palabras de León.
Lo entendía. Sabía por qué él quería investigar al Sombra con tanta urgencia.
En su guerra contra el Imperio, hubo demasiadas ocasiones en que, por actuar con lentitud, ella y sus hijas terminaron en peligro.
Como la primera vez que Konstantin atacó el Santuario de Plata.
O como aquella batalla contra la fisura espacial.
Incluso al final, el maestro de León casi pierde la vida. Si no fuera porque la señora Charlotte le dio su escama de dragón guardacorazón, probablemente ya estaría muerto.
Así que sí. Roshwitha lo entendía. Lo entendía perfectamente.
—Que el Imperio se aliara en secreto con los reyes dragón para prolongar la guerra y sacar provecho de ella… tiene sentido, viendo lo codiciosos que eran esos dirigentes.
—Pero… —dijo Roshwitha— aún con todo eso, yo nunca sentí que las cosas quedaran claras del todo. Incluso cuando vencimos a la Pesadilla Primordial, derrocamos al Imperio y castigamos a los reyes traidores… nunca tuve esa sensación de alivio total. ¿Me entiendes?
—Claro que te entiendo.
Porque León sentía exactamente lo mismo.
Ganaron la guerra. Derrotaron al Imperio. León no falló a su maestro, ni a la Hermandad del León, ni al pueblo.
Y sin embargo… en el fondo de su corazón, sentía que algo se había escapado.
Una corriente oscura, peligrosa, que había huido en silencio entre los aplausos de la victoria.
Y ahora sabía que esa amenaza oculta… era Sombra.
—Así que si ya decidiste hacer esto, ve con todo —dijo Roshwitha.
Se apartó de su abrazo, se incorporó, se acomodó el cabello tras la oreja y, con una sonrisa suave en los labios, dijo:
—No importa lo que sea. Yo voy contigo.
Eso era lo que más enamoraba a León.
Porque cuando uno está a punto de tomar una decisión importante, otras personas tal vez te digan «Confío en ti», o «Haz lo que creas mejor».
Pero la Reina de Plata no.
Ella decía con firmeza, sin vacilar:
—Yo voy contigo.
Como en la promesa que hicieron tiempo atrás: proteger juntos…
…su familia.
Así que, ¿cómo iba a conformarse con que siempre fuera él quien la protegiera?
Ella quería estar a su lado, en todo momento. En cualquier lugar.
León se quedó en silencio unos segundos, y luego sonrió, reconfortado.
—Sé que siempre vas a estar conmigo, Roshwitha.
Ella se encogió de hombros. No era muy buena con las cursilerías —porque eso podría hacer que el perro este creyera que estaba locamente enamorada de él (aunque en realidad sí lo estaba, ¡pero no pensaba hacérselo tan evidente!)—.
Así que, tras ese breve momento de sinceridad, volvió rápido al tema principal:
—¿Y qué vas a hacer ahora?
León lo pensó un momento y respondió:
—Primero, voy a visitar a Konstantin. Después de todo, esta lista la conseguimos gracias a uno de sus lugartenientes. Seguro él tiene más información que no conocemos.
—Vale. Entonces…
—Iré solo.
La reina frunció el ceño.
—¿Todo lo que acabo de decirte fue en vano?
—¡No es eso! Esta vez solo voy a hablar con el viejo Kon, no voy a pelear. No hay necesidad de que la Reina de Plata se mueva personalmente.
—Y además…
—¿Además?
León tragó saliva, con una expresión un poco incómoda.
—Además… si los dos salimos varios días, me da miedo que, al volver, tengamos que comernos nuestras propias ofrendas otra vez.
Roshwitha soltó una risita y le dio un golpecito en el hombro.
—¿Así que eso es lo que te preocupa? Muy bien. Me quedo en casa y de paso~~~
León alzó una ceja:
—¿De paso qué?
—¡De paso preparo tu glorioso funeral junto a nuestras hijas!
—¡Eres imposible, maldita madre dragona!